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CRÍTICA DEL DOLOR Y EL ARTE DE VIVIR

Por Macedonio Fernández

 

 
 

Macedonio Fernández

 

  Crítica del dolor

  El arte de vivir

 

  En este momento de Textos olvidados, presentamos dos textos del notable y genial creador Macedonio Fernández, pionero de la deconstrucción de la novela, creador de notables ficciones fantásticas, y según el decir de Borges, su dilecto discípulo, el único pensador metafísico argentino. Aquí reflexiona desde su estilo agudo y ocurrente, sobre el dolor y las condiciones generales de la vida. 

 Agradecemos a Edgardo Suárez, y a su valiosísima revista Madre Tierra, por habernos destacado la importancia de este momento de la obra macedoniana. 

   E. I

 

Crítica del Dolor - Eudemología

Prefacio

     Tiempo ha que tuve la idea de esta Crítica y anduve temiendo no saber hacerme entender a causa de mi poca disciplina y diligencia para las explicaciones -a veces la sola Gramática es suficiente para ponerme en fuga del esfuerzo comenzado- y especialmente porque la particularidad de la noción que trato de presentar, la singular denominación y tema de mi asunto o haría imaginar que traigo uno de esos libros que viven de su título, pacientemente estudiado en las mejores horas mentales de su autor, o sugeriría desde luego al lector otras ideas tras las cuales se me marcharía, no siendo aquéllas a que deseo traerlo y creando una situación tan cómoda como infecunda, que es la desesperación clásica de los escritores.

A estas razones bastantes, quizá, para hacer de mi libro un caso de inoportunidad permanente, se añade la inoportunidad actual nacida de la gran prosperidad en que están viviendo los argentinos, quienes apenas conservan impresiones de la riqueza en dolor de la Vida. Viéndome hablar del Dolor no dejarán de suponerme un estudioso de cosas antiguas, y sin desdén, con amistosa lástima, pues como argentinos y como hombres felices mis lectores de ahora acogen con doblada cordialidad toda aparición de un producto de vida en la escena que ellos hacen hermosa con su trabajo, sus capacidades de esperanza y su plena buena voluntad de vivir, pensarán que seguramente se me ven méritos y labor, y haciendo de Gobierno Nacional ya estarán preocupados con un buen empleo para mi.

Por mi parte no quisiera más honroso destino, pero bien advierto que tan pronta iniciativa no significa otra cosa que la de cisión firmísima de despedirse de mí desde ahora sin comprometerse en la lectura más allá de la primera página y con una ojeada al índice de "esta nueva producción que con la sugestiva carátula de "Critica del Dolor" nos visita a principios de año y hemos de leer con detenimiento".

Creo, empero, que esta gallarda Nación que es uno de los grupos nacionales de convivencia más culto y sano y vivaz de la Tierra, esta sociabilidad en que el trabajo de todos los corazones parece que esta concentrando y creando el más espléndido Sol humano de Buena Voluntad actualmente existente o en formación, está sujeta a una inminente catástrofe económica que abriré un período de dolor nacional como el que soportamos hace veinte años o como el que soportan los Estados Unidos desde 1907. El Dolor efectuará su reaparición y estos hogares argentinos cuya estructura moral no tiene igual en el mundo (los hogares son las fortalezas y la finalidad de la nacionalidad: allí se refugia y se repara la patria enferma o intimidada; de allí salen cotidianamente las fuerzas puras, la sangre moral, sin las cuales la vida política y comercial se hundiría en el crimen en una semana: un día de hogar es más eficiente que toda la instrucción-educación pública que recibe un joven: el Gobierno, la Religión Externa, las costumbres son estructuras de lujo, productos residuales y de fricción que, existen simplemente porque no se les ha podido evitar del todo, porque el hogar no es una perfección) conocerán nuevamente las amarguras de esos largos anos de combate estrecho y acérrimo que es preciso para que entre el pan en la casa cuando un violento ciclón económico ha pasado por la Nación.

Estamos olvidados de que si no la miseria, la estrechez más o menos disimulada y continua y el trabajo rudo es la ley en el noventa por ciento de los hogares en toda la Tierra excepto en períodos locales muy prósperos.

Solemos creer que los privilegios propios de la Argentina consistentes en la riqueza de su suelo, ausencia de gérmenes étnicos y en cierta medida económico-sociales de conflicto y ruina., salubridad en sus circunstancias físicas, benignidad de clima, son extraordinariamente prominentes. Yo declaro que en mi opinión son en conjunto superiores a los de Estados Unidos, Canadá, Australia, Trasvaal, Bélgica y algunos otros países que en la hora actual pueden reconocerse como las agrupaciones nacionales más favorablemente dotadas por ventajas físicas, étnicas, sociales, y a pesar de poner tan alto a mi patria creo que en un parangón hedónico, es decir, comparando el bienestar y malestar sustancial, subjetivo, las diferencias entre las nacionalidades son insignificantes, como son insignificantes las diferencias reales de sufrimiento y goce entre los diversos individuos cualesquiera sean las variedades de condición, educación, carácter, poder mental, etcétera, etcétera.

Sea como fuere creo que la crítica del dolor como dirección teórica sistemática, precisa -a nadie habíasele ocurrido hasta ahora que era un problema especial deslindable y que debía deslindarse, extraviado el problema entre esos tejidos de vaguedades con que se componen los libros sobre la Felicidad- es un examen y preparación cuya necesidad todo individuo siente mil veces en las vicisitudes de su carrera hedónica, y opino que tal como la propongo hará que la lectura de estas páginas sea de efecto más bien tónico que depresivo, con mejora casi imperceptible pero general del nivel permanente de combate en la "actitud" voluntaria.

Para mí es ineludible optar en la carrera terrestre o por la actitud metafísica o por la actitud práctica, tan valiosas y tan legítimas una como otra. Con cualquiera de ellas llevadas a un extremo de disciplina podemos situarnos favorablemente en lo que tiene de hedónico nuestro pasaje terrestre.

La "Critica del Dolor" es el capítulo mayor de mi posición práctica general, lo que no significa que yo me sienta más llevado hacia la posición práctica; al contrario, la posición metafísica es mi gran escudo, pero he solido verme y he visto a otros bien defendidos en la posición práctica en toda su desnudez. No sólo se puede vivir sin necesitar a Dios (Religión) sino aún sin necesitar ser Dios (Metafísica, Misticismo).

A veces en verdad parece que se hace más honor a la Tierra como escuela del momento enclavándose en un valor tan grande cual el Mundo.

A veces la Metafísica, es decir, una disciplina sin límites de refutación de la presentación práctica del mundo, parece más definitivo que el Valor.

Mas, ¿qué hay más definitivo que un presente bien llenado? Una recepción plena es lo que quiere el Presente para hacerse Eternidad.

Al compás de estas páginas voy pensando y haciéndome de disciplina práctica. No entiendo de otra manera el escribir libros. Yo tengo que preparar, como todos, reservas para emplearlas en las horas que el Dolor se toma con nosotros. Pero si me siento a meditar actitudes e inhibiciones con que resistir el dolor cuando llegue, la meditación se dispersa a cada minuto. Tener en la cabeza un plan de libro y ver páginas que crecen día a día, son auxilios internos y externos para la continuidad de la meditación y, sobre todo, las sensaciones musculares de la escritura la sostienen muy bien. Que después de todo y habiendo ya sido útil a quien lo hacía el libro que ayudó a pensar escribiendo ayude a pensar leyendo y que todavía sus sugestiones -ya que no trasmisiones de ideas que rara vez ocurren- levanten un minúsculo grado el tono del día anterior del hijo, del amigo, del lector, que éste se separe de sus páginas con más elasticidad para la Fiesta y más disciplina de Infierno...

Se advertirá en estas páginas cierta inconstancia en el acento de serio dogmatismo con que se calzan y visten todos los que escriben libros científicos.

Es, efectivamente, así; pero ante la incesante alternativa de las opiniones de los más vigorosos pensadores, prueba eterna de la fragilidad del pensamiento o de la complicación de las cosas, me parece ridícula tanta seriedad y buenamente digo que la intención científica de mis capítulos es sincerísima y que nada me interesa tanto en este mundo como la verdad (no empleo mayúscula porque estoy harto de énfasis); las dos verdades: la práctica y la metafísica; esta última más que la otra.

Leyendo la "vida" de Napoleón, de Beethoven, de Spencer, nuestra sospecha de que la suerte humana, inextricable mixtura de sufrimiento y goce, es igual y común y no la modifica de ninguna manera favorable la posesión más extensa de cualquier "bien" (poder, riqueza, ciencia, sensibilidad) se robustece; y un examen sistemático de nuestra constitución psico-fisiológica parece conducir a lo mismo.

La "Historia" (de la Ciencia, de la Acción, de la Expresión) narra tantos fracasos como victorias y cada vida individual es un tejido de perplejidades y lucideces. Lo que se llama Progreso, hecho incuestionable en mi opinión, es una complicación creciente para el Placer y para el Dolor, para el Error y la Verdad, pero la "vida" continúa siendo una igual posibilidad de goce o sufrimiento y el "mundo" una igual posibilidad de causas de dolor y de placer,

No es, pues, el caso de adoptar una actitud de sapiencia ilimitada cuando se descerraja un libro sobre el público, no tomar esa adorable apostura de "lo sé todo" con que se retratan los autores en la primera página o tapa de su "obra" con mirada centelleante y gesto de inquebrantable voluntad; las señoritas y damas también tienen para el fotógrafo una actitud insustituible que llamaremos: la actitud virginal; pero aquella "perfecta lucidez" y "definitiva orientación" y esto "perfil virginal" son cosas cuya existencia positiva...

Téngase, pues, presente que estamos escribiendo y estudiando; que rectificaremos sin dificultad cualquier afirmación de los primeros capítulos que al llegar a los últimos haya perdido nuestras simpatías, y también, que sabemos, en este momento, tan poco que ni aún podríamos decir si al fin sabremos algo irrefutable.

Es decir, que no tenemos por qué desesperar de alcanzar alguna verdad favorable a la dicha humana.

Así sea.

Añadiremos, para terminar, que estas páginas tratan un tópico que no tiene la primera jerarquía en las meditaciones del autor. Han sido pensadas y escritas para amenizar la persecución de la soberana intelección metafísica, nuestra predilecta Esperanza.

CRÍTICA DEL DOLOR

I

Estas páginas no son un tratado de optimismo aunque la primera impresión que ha de sugerir al lector el título de mi libro es la de que aquí se expone una defensa optimista.

La palabra optimismo es manifiestamente inexacta, pues sólo sería aplicable al sistema que sostuviera lo que dícese -aunque por mi parte no creo que a pensador alguno se le ocurran estas o semejantes terquedades- opinaba Leibnitz: que la vida es hedónicamente no buena y deseable sino óptima. Se llama optimismo, sin embargo, la creencia de que la vida es generalmente mejor que la inexistencia, que la vida contiene por lo general más placer que dolor. Yo entiendo que por poco que se incline la vida en la mayoría de los casos a procurar más placer que dolor, ya es buena y deseable. Y la mejor prueba de que es generalmente deseable está en que es generalmente deseada. Suponer que podría continuar prevaleciendo el deseo de vivir a pesar de que en el contenido de la experiencia individual y hereditaria prevalecieran los capítulos de dolor sobre los de placer es enteramente caprichoso.

Pero también creo que la prevalencia en la generalidad de las existencias del placer sobre el dolor es apenas apreciable, es insignificante, meramente lo suficiente para que hedónicamente sea preferible haber nacido a no hacerlo, en el sentido terrestre, único sentido de la palabra nacimiento. Y esto es así por una razón metafísica, no por un accidente variable como si dijéramos por circunstancias de confort. Así, pues, el progreso en que se cifran tantas esperanzas no puede cambiar estas cosas: siempre ha sido y será así, en el hombre como en el insecto, y los esfuerzos, recibidos con tanto aplauso, de los que nos representan a nuestros antepasados de hace un millón de años como criaturas de dolor, perpetuamente aterrorizados, inermes y hambrientos, temblando en los bosques y temblando en las cavernas, no demuestran sino que a veces el hombre pierde y procura perder el sentido divino de la vida. Es degradar el Tiempo y la Realidad imaginar que hay tiempos mejores que otros y que el alma y la vida tengan que esperar perfecciones del futuro. Toda existencia y nuestros antepasados o no existieron o existieron actualmente: nuestra actualidad no vale más que la de ellos: su presente es el mismo que hoy es nuestro.

Y así como el deseo general de vivir es prueba de la deseabilidad de la vida, la ilusión del progreso hedónico, la general espera del Futuro es prueba de la profunda deficiencia hedónica de toda actualidad y la vida es pura actualidad. Por eso, en suma y cerrando esta digresión pienso que la vida es deseable pero apenas deseable y que no puede ser de otra manera porque la vida es una invención del alma; placer y dolor son sus invenciones; placer es lo que el alma quiere que sea presente, dolor lo que quisiera que deje de ser presente; pero la vida sin el dolor podría ser cualquier cosa menos un algo hedónico, y el alma quiere que la vida sea un algo hedónico, además de otras cosas; por eso hay tanto dolor en ella aunque es invención del alma y por eso hay más placer que dolor, porque es invención del alma. Si tales opiniones pueden autorizarse con un símil cabe decir que el placer no podría crecer como no puede aumentar la luz del mundo como hecho subjetivo, pues todo acrecentamiento de la duración del reino de la luz lleva correlativa una intensificación de nuestra sensibilidad para la oscuridad. Puede prolongarse el día pero la noche será tanto más extraña para nuestros sentidos.

En suma: la Vida, que como posición terrestre del ser es invención del alma, tenía que ser por ello satisfactoria hedónicamente, pero ante todo tenía que ser hedónica para que pudiera ser "moral", pues el fenomenismo terrestre ha sido concebido como instalación moral y la moralidad nace con el dolor y la pluralidad e individuación, como diría el gran Schopenhauer, el maestro.

Esta extemporánea digresión, cuyo espíritu sé muy bien será decididamente antipático a juicio de casi todos mis lectores, ser vira, sin embargo, si es que tengo algún oyente todavía, para guiarlo en la interpretación de algunas singularidades que seguirá encontrando en mi exposición. No puedo dejar de ser todo lo que soy en todo lo que escribo; aunque escribiera sobre Derecho o sobre Higiene no puedo dejar de ser risueño, doloroso y metafísico a cada página. Sobre todo creo que la Metafísica es la disciplina más favorable a la felicidad y nunca me abstendré de presentar toda perspectiva metafísica que se ofrezca a mi espíritu mientras llevo adelante mi redacción.

II

Nadie quizá está tan lleno de miedos como el que escribe esto: y seguramente de haber sufrido tanto por esta causa nació la necesidad profunda de formarme una vez por todas una posición mental completa con respecto al fenómeno Dolor en todas sus posibilidades.

¿Qué me propongo en este libro? ¿Demostrar que en la generalidad de las vidas hay más placer que dolor? Ya he dado mi opinión apenas optimista sobre este punto, pero estas páginas no tienen nada absolutamente que hacer con el optimismo o el pesimismo.

Lo que me propongo es hacer examen de las "intensidades" y "duraciones" posibles de dolor con la esperanza de aquietar mi alma y la del lector. Con el espíritu con que tantas veces se ha hecho la "crítica del conocimiento" intento una crítica de la sensibilidad tomada en el aspecto que suelen llamar negativo: ensayo una crítica del dolor que hasta hoy no se ha intentado y espero demostrar que incurrimos en exajeración, y determinamos el nacimiento de ideas falsas en nosotros y en los demás, en nuestros juicios y expresiones del dolor.

¿Qué vinculación hay entre la Crítica del Dolor y la Eudemonología? Eudemonología es la investigación de la probabilidad o efectividad en el pasado de un balance hedónico favorable en promedio al vivir sobre el no vivir, comparadas severamente las intensidades, frecuencias y variaciones del dolor y del placer. La Crítica del Dolor es, como la Critica del Placer, la comparación entre los valores, diremos, del dolor y placer en perspectiva y su efectivo valor al tiempo de ser experimentados; y la comparación entre los valores afectivos inherentes a la labor misma de soportación, con los dolores experimentados, según la fórmula de la sabiduría tradicional, religiosa, de que Dios da las cargas pero da también las fuerzas proporcionadas. Juzgamos con agrandamiento tanto el dolor futuro como el placer futuro, y el momento presente de ellos resulta tanto para el placer como para el dolor, menor en contenido del que le adjudicaba nuestro juicio previo.

EUDEMONOLOGÏA

   Eudemonología vendría a ser el arte, extraído de la consulta combinada de todas las ciencias o de un saber muy extenso, de indicar las conductas, o reglas cuya observancia fuera más útil, es decir más evitadora de dolores o procuradora de placeres. Consideradas las condiciones más generales y comunes de toda vida humana, examinaría y tomaría el peso a las ventajas e inconvenientes propios de cada uno de los llamados "bienes": salud, ciencia, fuerza muscular, dinero, belleza personal, sensibilidad, reputación, honradez, etc., haría la crítica severa de ellos, de la que quizá emergiera que ninguno merecería el nombre de "bien", porque ofrecieran inconvenientes que compensaran sus ventajas, o que alguno de ellos era muy superior en saldo de ventajas sobre inconvenientes, a los otros, y por tanto debiera ser erigido en objeto preferente de nuestros esfuerzos; resultaría quizá que la salud era un bien más plenamente que la ciencia y que por ejemplo las privaciones, trabajos e investigaciones que nos propusiéramos para adquirir y conservar salud fueran más útiles que los conducentes a la adquisición científica; en otros casos resultaría quizá que era más conveniente ser valeroso que ser erudito, que la honradez traía más sufrimientos que la pillería, o que la belleza personal acarreaba más dolores que placeres facilitaba, siendo preferible ser feo o fea para vivir con más probabilidades de bienestar.

Es éste un estudio comparativo sistemático que nunca se ha hecho y del que surgiría quizá el descrédito de muchos de los llamados tradicionalmente bienes. La salud misma debe tener sus inconvenientes, pues si bien comporta la plenitud de la Actividad, es decir de los recursos musculares e intelectuales que pueden servirnos para obtener placeres y evitar dolores, también representa la plenitud de los deseos sensuales, emocionales y de todo orden, que son otras tantas exigencias que se truecan en dolores si no disponemos de lo necesario para satisfacerlas. Además, la salud es un equilibrio y armonía biológica nada fácil de conquistar y mantener; es a costa de privaciones diarias, de múltiples cuidados en nuestro sueño, alimentación, aereación, ejercicio, vestimenta, placeres, pasiones, contagios prevenidos, adulteraciones de alimentos y líquidos evitadas, etc., que se logra conservarla, y esto requiere no sólo esfuerzos, privaciones y mortificaciones, sino estudios, observaciones y consultas. Si, después de todo esto, obtenemos la salud y sus goces nos compensan los sufrimientos y labores que nos exije, resultando un saldo favorable de los placeres que nos proporciona con las privaciones y trabajos que nos impone, todavía quedará por examinar en este balance una desventaja que acompaña a todos los estados y condiciones de la vida y surge de la característica constitucional de nuestra economía psico-fisiológica; la compensación o Relatividad, en virtud de la cual el hombre que cuidando su salud logra evitar durante muchos años toda enfermedad, si alguna vez llega a enfermar, lo que no logrará eludir, será mucho más sensible a las mortificaciones y molestias peculiares del estado de enfermedad, que el que con frecuencia ha estado enfermo, y además sus sufrimientos morales serán mucho mayores: no podrá tolerar la inmovilidad y secuestro a que lo reduce la enfermedad y sus temores ante una operación necesaria y sus inquietudes por la posibilidad de morir, le impondrán tormentos que al hombre enfermizo o desarreglado ya no abruman. Se ve pues cuan complicado es el tejido de la vida y cuan difícil por tanto la tarea de la Eudemonología. Señalar un camino o táctica que procure al hombre una probabilidad algo apreciable de gozar más que padecer en el conjunto de su existencia es obra muy ardua que toca cumplir a esta ciencia-arte.

Sin embargo, de las múltiples compensaciones que toda cosa y estado ofrecen, el principio fundamental de Eudemonología debe ser que la Vida es aceptable, es buena, siempre que comporte para la generalidad de los seres un saldo cualquiera de placer sobre el dolor inherente, en diversas formas, a ella; este saldo nunca será muy grande y muy poco podrá la Eudemonología acrecentarlo y ese poco en que podrá aumentarlo estará también compensado por los trabajos y estudios que habrá requerido la formación de esta ciencia. Pero esta compensación existirá para el autor o autores de la Eudemonología, no para el autor que acepte sus fórmulas prestándoles fe, o que por lo menos se forme conciencia sobre el asunto con menor esfuerzo intelectual aprovechándose de la exposición coordinada, de las demostraciones claras y de los ejemplos que el autor aporte.

La vida, en general, no ofrece más probabilidades de placer que de dolor, pues, subjetivamente, el Hombre puede definirse: una susceptibilidad igual de placer y de dolor, y, objetivamente, el Mundo puede ser definido: una posibilidad igual de causas de placer y de dolor. Por consiguiente la vida no es un bien ni es un mal, la muerte no es mejor ni peor que la vida, y renunciar a ésta no es una pérdida. En ciertos momentos la existencia es buena; en otros es intolerable. ¿Podrá la Eudemonología aportar una probabilidad de que la existencia vivida según sus indicaciones contenga más bienestar que sufrimiento?

Esto sólo podrá resultar de algún gran hallazgo, de algún gran resorte o secreto, descubierto en la íntima constitución del complejo tejido del vivir y del mundo físico y moral en que la vida se desenvuelve.

Nadie ha realizado una exploración profunda y sistemática de este problema y yo por mi parte estoy muy lejos de haber acertado con nada semejante.

Detengámonos un momento a hacer ciertas advertencias. Como la Eudemonología debe consultar todas las regiones del saber, ha de poder decir y ha de decir a veces, comparando y pesando las ventajas de una verdad o regla encontrada aquí y otra hallada allá: entre el precepto higiénico: no meterse en cama con los pies húmedos o fríos, secarlos o calentarlos previamente, y el precepto psicológico: no abandonarse a gesticulaciones y expresiones de desaliento, y el precepto económico: preferir siempre, en igualdad de condiciones, en América especialmente, toda inversión en inmuebles, y el precepto jurídico: no dejar espacio en blanco entre la última línea y la firma, o no suscribir ninguna notificación recibida en casa ni ninguna declaración prestada en juicio 1, y el precepto sicofisiologico: favorecer la obtención del sueño imaginando estar haciendo dormir a otro, no imaginando que uno se está adormilando (Baldwin); -debe poder decir que considerada la sencillez de tal regla, la frecuencia de su aplicación, la facilidad de recordarla y de ejecutarla, el poco esfuerzo o privación que impone y la magnitud del mal que elude o del bien que hace aprovechar, es mejor que tal otra, y es preferible grabar aquella en la memoria o apuntarla y procurar observarla, pues no es muy grande el número de indicaciones útiles que uno puede tener presente y mucho menor el de las que uno es capaz de ejecutar, dada nuestra natural pereza y nuestro terror a toda molestia voluntariamente impuesta ...

1 Indicaciones para los profanos y cuya conveniencia resulta de que el rehusarse a firmar una y otra no trae ninguna mala consecuencia porque no es materia de castigo ni de interpretación judicial desfavorable, y evita grandes males por la fecha o conceptos en que puede ser redactada la notificación, y por las grandes desviaciones que, aún sin mala voluntad, sufre una declaración verbal al ser puesta por escrito.

Este es un capítulo de Eudemonología que no puede omitirse.

Otra cosa que debe advertirse es que todo joven que quiere tener un poco de fe en la vida, es decir en el pequeño saldo de placer, que deducido de sus dolores, puede gozarse observando una cierta táctica que le señale la Eudemonología, ha de empezar por eliminar el prejuicio de creer que ciertos caracteres o temperamentos son más aptos que otros para la felicidad. Esto no es cierto y uno no debe tratar de cambiar de carácter porque crea que otros caracteres son más propicios al bienestar: sólo ha de procurar modificarse y aun cambiar de carácter (pues esto es posible) cuando concretamente vea que, por ciertas circunstancias, el carácter que tiene le trae más males que bienes; si esas circunstancias cambian debe tender nuevamente hacia otro tipo de carácter y así siempre, en la medida de sus energías, porque en absoluto todo carácter tiene tantos inconvenientes como ventajas y sólo en concreto, en tal o cual situación y circunstancias, es más benéfico uno que otro.

Del mismo modo no debe creer lo que tanto se repite y es falsísimo: que hay caracteres felices, bienhumorados, joviales, que todo lo sobrellevan bien. Esto nada tiene de verdad; es una ilusión muy general. Las personas generalmente llamadas sociables son los caracteres que sugieren con más frecuencia la calificación de felices. Me parece haber explicado en otra parte de dónde dimana este error.

La felicidad existe: el placer es real, pero en el conjunto de la existencia de una persona que haya vivido cuarenta o cincuenta años y aún menos, el placer y el dolor se compensan casi en absoluto. Sólo de un joven muerto a los quince años o antes se podría decir que fue muy feliz.

Pero el placer es tan real como el dolor: se puede ser pesimista en el sentido de juzgar que por la constitución de la vida, o de los seres vivos, o de la vida humana, y del Mundo en que respira, hecho un balance general de probabilidades, haya de ser para la generalidad de los individuos, en una época y lugar dados, o, aún, en toda época y lugar (lo que excede de toda previsión y ciencia) más probable, por comparación de frecuencia y de intensidad, un saldo de dolor que de placer; pero es infantil negar al placer tanta realidad como al dolor, y desconocer que existen momentos, días y aun épocas prolongadas de casi continuo bienestar en toda existencia humana, así como las hay de indecible sufrimiento y miseria.

En fin, no se olvide que de los beneficios de toda regla, verdad o indicación descubierta, hay que descontar, además de los inconvenientes que toda práctica, regla o conducta comporta casi sin excepción, la mortificación del esfuerzo de actividad, de pensamiento, de privación, etc., que para observar el precepto sea necesario imponerse. Esto ocurre casi con toda prescripción, pues hasta el calentarse o secarse los pies al entrar al lecho es alguna molestia, si bien parece que este precepto puede prevenir males muy superiores a la incomodidad de su observancia.

Terminadas las advertencias, veamos qué es lo que cabe proponer como buenas fórmulas eudemonológicas.

Luego, será preciso seleccionar pocas, seguras y buenas reglas sin dejarse ilusionar por aparentes ventajas.

Una regla es buena: 1° a condición de que la molestia de esfuerzo que su cumplimiento exija constituya un dolor menor que el que ella evita o sea compensado con un placer inmediato o ulterior más intenso o durable que el dolor de esfuerzo; 2° y a condición de que sus ventajas sean mayores que sus inconvenientes pues no habremos de imaginarnos que hagamos el hallazgo de algún precepto libre de inconvenientes.

Del saldo de ventajas sobre inconvenientes hay que deducir la molestia del trabajo de estudio, comprobación y ensayos que habrá costado el descubrir la regla: los beneficios que de ella se recojan estarán casi bien pagos o casi compensados con las molestias de buscarla primero y de ejecutarla después; si aun queda saldo aunque sea muy módico la regla es muy apreciable; mas para un tercero que no se ha tomado el trabajo de estudiarla y que la acepta porque se la recomienda un padre, un amigo inteligente o un autor prestigioso, las reglas son aun más benéficas.

Desde que siempre seguir una regla cualquiera importa contrariar hábitos ya formados o privarse de placeres o imponerse trabajos musculares, o de atención o de reflexión, o luchas de dominio de emociones, etc. (ya se trate de la regla que aconseja alternar ocupaciones, madrugar, no fumar, no firmar en blanco, gesticular la alegría, no hacer confidencias, etc.), la gran dificultad para llegar a aprovechar las pocas buenas reglas posibles es ser capaz de ejecutar esfuerzos, es decir, ser capaz de dolor voluntario útil.

Tratando de llegar a algunas indicaciones prácticas, generales y particulares, sustancia y extracto prolijamente estudiados de lo poco que es posible exprimir de una experiencia individual de vida muy observada, rumiada y examinada, escaso es lo que de seguro beneficio cabe aconsejar, por la indecible complicación de efectos malos de lo bueno y buenos de lo malo que se presentan para todo acto, toda conducta o regla, en el conjunto y compensación de consecuencias inmediatas y remotas que se tejen y entretejen en la totalidad de una existencia.

Muchas reglas generales se han formulado desde Aristóteles a Bacon, Kant, Feuschtersleben, Richter, Schopenhauer, Spencer y otros eudemonólogos, prescindiendo de las "morales" y las "religiones" que mucho tienen de eudemonologías, aconsejando la virtud, la ciencia, la soledad, el vigor físico, el cuidado de la salud, el cultivo del valor, la represión de los deseos, etc., cada una en primer término, según el autor, como fuente más sólida de bienestar, pero con frecuencia las ventajas e inconvenientes no han sido escudrinados fríamente y hay mucho de entusiasmo infundado y de repetición de viejas máximas que nadie controló y todos recomiendan.

La misma "salud", por ejemplo -ya he dicho- que parece tan evidentemente un "bien" puro y sin mezcla, un beneficio por excelencia, aparte de que reclama infinitos cuidados y privaciones diarias para su obtención y conservación, de tal manera que sus ventajas se pagan bien caro en forma de precauciones, de estudio y de renuncia a casi todos los placeres y tentaciones, que despojan a la existencia de sabor y alicientes, no es un bien absoluto sino bajo el concepto negativo de ausencia de los sufrimientos propios del estado de enfermedad; bajo el aspecto positivo no es un bien ni un mal en sí; sólo es un bien cuando la vivacidad de todos los apetitos y deseos (del sueño, de la alimentación, de la actividad muscular e intelectual) en que se traduce el estado de salud, coincide con la posibilidad de satisfacerlos; el buen apetito es un martirio cuando nos es imposible satisfacerlo; el deseo de pensar o de hacer ejercicio muscular es un sufrimiento cuando somos interrumpidos en nuestras reflexiones por el bullicio o las visitas, " impedidos de desplegar nuestros músculos por la etiqueta, o por la falta de espacio en una prisión o en larga navegación en un barco estrecho.

A esto se añade que los placeres reales que nos proporcionan esos deseos cotidianos, cuando nos es fácil satisfacerlos, se reducen a intensidades nimias. El que todos los días puede acostarse a la hora en que experimente sueño, comer en cuanto sienta apetito, empezar su estudio o trabajo cuando su cerebro o sus músculos lo pidan y suspenderlos cuando se note una leve molestia o fatiga, el que puede aplacar su deseo sexual tan pronto como lo sienta nacer no saboreará casi ningún placer en todos estos actos y momentos. Es necesaria alguna postergación, privación, fatiga forzada según los casos, para que se torne apreciable el placer de la satisfacción postergada o del descanso tras una labor pesada impuesta por las circunstancias. Es necesario que por la privación o retardo, el deseo se intensifique hasta ser realmente un malestar, un dolor, para que la supresión momentánea de ese deseo que se llama satisfacción revista cierta intensidad de placer.

La sustancia de la teoría de Schopenhauer relativa a nuestra contextura afectiva (o hedónica: facultad de sufrir y gozar en forma de sensación, de deseos o de emoción) es ciertísima y constituye una de las grandes visiones de la inteligencia en sus exploraciones de la realidad y de la vida. El placer es siempre negativo, no en el sentido de irreal, lo que fuera niñería, pues es tan efectivo como el dolor, sino en cuanto sólo se produce por cesación de un dolor. No es sino muy leve y casi indigno de ser tenido en cuenta todo placer que no está constituido por la satisfacción de un deseo que nos ha molestado más o menos tiempo y más o menos intensamente. La sensación de un perfume o la percepción de un matiz agradable no son precedidas de dolor pero poca es la intensidad que alcanzan; muy poco nos moveríamos por ir a gustar un perfume o un color bellos, en tanto que para ir a beber una taza de café caminamos con frecuencia muchas cuadras, porque en este caso existe el deseo, es decir, una sensación molesta que por satisfacción se transforma en placer: entretanto nos aguijonea y nos pone en movimiento.

No olvidemos que también solemos caminar larga distancia aunque al final del recorrido no nos espere el placer de un perfume y sólo por el placer del ejercicio muscular.

Observemos también que si todos los días tuviéramos violetas en nuestro escritorio el placer de su perfume se aminoraría mucho y que si al contrario pasáramos largo tiempo sin disponer de ellas llegaríamos a experimentar cierto malestar olfativo y el placer de su olor se avivaría, cuando tuviéramos oportunidad de obtenerlas, porque habría sido precedido de deseo, que es un dolor.

Anotemos asimismo que cuando se cuenta con una satisfacción inmediata y segura de un deseo, la certidumbre de que podemos satisfacerlo hace aparecer como grato el deseo y aun nos complacemos en postergar un momento su aplacamiento. Pero esto tiene otra explicación: es la general de nuestra fisiología y de nuestra ideación por la perspectiva de un placer seguro la que se traduce en una sensación general grata; el deseo continúa siendo un malestar.

Sin comprometernos en un análisis sistemático es de todos modos visible que para la existencia de una gran parte de los placeres es imprescindible la pre-existencia del dolor; que cuando más intenso es el dolor de deseo más intenso es el placer de satisfacción; que toda cesación de dolor (aunque no sea dolor de deseo sino de sensación) se manifiesta en forma positiva de placer, que no es simplemente la cesación de un estado (el de dolor) sino la desaparición de éste seguida inmediatamente de la aparición del estado contrario (el de placer); en fin que (como lo hacía Cardan) todos podemos procurarnos en cualquier momento un placer imponiéndonos previamente un dolor; por ejemplo postergando el momento de acostarnos o la hora de una visita que deseamos hacer a un amigo o imponiéndonos una tarea perentoria para luego disfrutar del placer de cesación de trabajo forzado; y de libertad de esa constricción.

Esta ley de nuestra constitución establece una igualdad y una compensación casi absoluta en el destino de todos los individuos bajo el punto de vista de la felicidad, sea cualquiera la riqueza, la salud, el poder intelectual, el poder muscular, el valor, la instrucción, la belleza personal, etc., sea cualquiera el grado en que unas personas más que otras posean alguno de estos llamados "bienes",

Dentro de este límite que la dependencia del placer para con el dolor impone a nuestra posibilidad de alcanzar alguna felicidad, caben ciertas reglas que favorecerían nuestro bienestar, pero como sin excepción la observancia de cualquier regla exige Esfuerzo (el Trabajo muscular, intelectual, de represión de emociones o Valor, de supresión o restricción de deseos o Ascetismo), la primera misión del eudemonólogo debe ser estudiar una persecución del placer, una evasión del dolor; el Placer es el único criterio inconmovible de la existencia.

Cuando hablemos de felicidad no aludiremos a ninguna entidad misteriosa, a ningún tipo emocional, o estado especial psicológico o fisiológico del hombre, sino a todo lo que comporte más goce que sufrimiento, de cualquier naturaleza. Entendemos que el Placer es tan real como el Dolor y que alcanzan iguales intensidades y duraciones; creemos que la intensidad y la duración deben ser los únicos motivos de nuestras preferencias, prescindiendo de las calificaciones; placer o dolor egoísta, noble, innoble, superior, etcétera.

Nos parece que es un rasgo general de las vidas individuales el que aparezcan divididas en largas épocas de sufrimiento y de bienestar alternativamente; es decir que el placer y el dolor no nos llegan inopinadamente alternándose a cortos intervalos, porque ningún acontecimiento por extraordinario que sea puede trasportar a un hombre de un día para otro de la dicha a la infelicidad ni sacarlo bruscamente de un estado de profundo padecimiento para colocarlo a la mañana siguiente en un estado paradisíaco. Los acontecimientos no pueden tanto sobre nosotros. En vista de esto juzgamos que nada merece tan cordial acogida como la muerte cuando llega en los principios de una de nuestras malas épocas. Nada pesa tanto en ... (se interrumpe el texto).

(La vida vale a veces) algo más que el sueño y que la nada y a veces algo menos, siendo tan frecuente lo primero como lo segundo y siendo invariablemente cierto que ninguna vida es muy feliz y ninguna muy desgraciada. Esto último tiene una única excepción: el suicidio y la muerte involuntaria pueden producirse en el momento en que la existencia de una persona iba a comenzar un largo periodo de sufrimiento, y a la inversa. Si Napoleón hubiera perecido o suicidándose en Waterloo fuera un ejemplo admirable de suerte y dicha; Cronwell y Alejandro el Grande extinguiéndose bruscamente son vidas envidiables. He aquí lo que vale más que todas las reglas, todas las previsiones y todos los favores de la suerte: morir en momento oportuno o acertado.

Eudemonología ha sido tema predilecto de los hombres de inclinación meditativa, quienes le han consagrado siempre, expresa o accidentalmente, muchas páginas. Aparte de que varios sistemas morales y quizá todos no son otra cosa que "tácticas para vivir" (señaladamente los de Epícteto y Epicuro), métodos para la más segura obtención del placer y exclusión o alivio del dolor, todos los filósofos han sido atraídos por los pequeños y grandes problemas que ofrece el abigarrado tejido de la vida práctica, de esa existencia cotidiana donde la Naturaleza despliega un arte consumado para mezclar sutil e inextricablemente el placer y el dolor en cada instante.

Si me es posible haré al final un resumen de las máximas de estos predecesores, las que, por lo demás, serán recordadas de camino en cada oportunidad.

Escribieron preferentemente sobre el arte de ser feliz: Sócrates, Platón, Epicuro, Epícteto, Cicerón, Séneca, Marco Aurelio, Bacon, Cardan, Pascal, La Rochefoucauld, Chamfort, Schopenhauer muy especialmente, Feuchstersleben, Richter, Benjamín Franklyn, Leopardi comentando y admirando a Epícteto, Carlyle y Emerson desde un punto de vista sistemático, Droz, Payot y Janet, WiIIiam James. Por mi parte recomiendo a Epícteto, Séneca, Bacon, Schopenhauer y W. James, el espíritu más lúcido y penetrante de este momento. Payot sólo ha extractado y aplicado los principios de Psicología formulados por W. James y Lange; su obrita "Educación de la Voluntad" es de útil lectura.

En fin, el libro "La Educación", de Spencer, es de sumo mérito; en el fondo, un arte de vivir lo mejor posible, como toda educación en lo esencial; no ha podido dejar de hacer Spencer lo que todos los espíritus contemplativos (no acumuladores, como los sabios y eruditos): formular sus animadas reflexiones en presencia de la distribución, tan igual y tan abigarrada, del Dolor y el Placer en el mundo, indicando los expedientes, según él, más propicios para eludir el primero y alcanzar el segundo.

Muchos sistemas se han dibujado en este campo de la litera tura; "esquivar el dolor más bien que perseguir el placer" es el de Schopenhauer, quien invoca los votos de Aristóteles, Goethe, Voltaire; la exaltación del poder voluntario, es el de Epícteto y los estoicos; el cultivo de las grandes pasiones o sentimientos metafísicos es la palabra de Emerson y de Cariyle; la cultura de los poderes emocionales, Feuchstersleben; una conducta moral, altruista, Richter, Droz y muchísimos otros; la ciencia o acumulación de conocimientos de relaciones verdaderas, Spencer y todos los sabios; la riqueza, los yanquis y el noventa por ciento de toda la humanidad; el desprecio de las riquezas, los cínicos y los santos; el método orden y trabajo, Frankiyn; la salud, otros; el valor, otros; la perfecta educación intelectual, emocional y muscular, los pedagogos; el ser mandados, los soldados y el jesuíta; el poder, los caudillos; la soledad, Zimmermann; el contacto y el estar bien con todo el mundo, lord Chesterfield y todo el mundo; la previsión prolija y la prudencia infatigable, o, en fin, el abandono e imprevisión, Walt Witman y el sublime Poe.

El dinero y el trabajo constante, aun sin objeto alguno, son indisputablemente las dos grandes recetas del vulgo; la tercera es quizá la vida en multitud, la sociedad; y con todo, el vulgo sabe muy bien y lo dice a menudo, que aún siguiendo todos sus preceptos y peor aún, observando los de los filósofos, no se hace nunca gran negocio con la vida.

Existen además muchos otros pequeños sistemas, obsesiones y miopías: la distribución igual de la riqueza (socialismo); el socialismo es la burguesía en su máximum de ferocidad: es el criterio del dinero convertido en sistema; la supresión de la carne, o vegetarismo; la supresión del poder público: anarquismo; la destrucción de las facultades de emoción: los adversarios del Arte, cuyo prohombre es Nardau, que, al mismo tiempo, dispone de un entusiasmo de imprenta, diremos así, por la acumulación científica, hermana de la acumulación pecuniaria; los teetoballer, los temperantes, los partidarios de la paz universal, e infinitos otros.

Como por mi parte no he llegado aún a conclusión, ignoro en cuál de tantos criterios y sistemas me verá alistado el lector al fin del libro o sí me contemplará, con maliciosa complacencia, amasando a fuerza de ingenio y ardorosa labor, en los últimos capítulos, alguna amalgama preciosa de todos ellos, algún sanalotodo, alguna malaquita.

Investiguemos buenamente.

SOLUCIONES PREVIAS

Digamos que el problema primero en Eudemonología estriba en fijar con precisión el alcance de la ley de relatividad afectiva. ¿Hasta qué punto, por ley constitucional de la conciencia, es indispensable haber sufrido para poder gozar?

En este punto la gente de consulta son los psicólogos. ¿Existe una ley de nuestra psiquis que, en todo o en parte, haga depender el dolor del placer y este de aquél? Porque si así fuera en absoluto, la inteligencia, la ciencia, la industria, la conducta, nada nos serviría para modificar la igual distribución de placer y dolor en cada vida,

Segundo problema. ¿Existe por el contrario algún factor o causa en cuya virtud necesariamente el placer haya de ser más familiar a la vida que el dolor, o éste más que aquél?

Es opinión general que la vida en sí misma es un placer, si bien interrumpido por el frecuente accidente del dolor; se habla del "placer de vivir", se dice "la vida es siempre amable", y, en fin, se hace sistema de este optimismo y se afirma con Leibnitz que nuestra existencia merece la clasificación de "muy buena", por el gran saldo del placer sobre el dolor, sin desconocer la multiplicidad e intensidad del dolor.

Schopenhauer se dirige a la humanidad, en cambio, advirtiéndola de que el vivir en sí es un deseo, es decir, un dolor, la sensación constante de que algo nos falta en cada momento; la interrupción de este estado continuo se llama placer y naturalmente, como toda interrupción, es más corta que lo interrumpido, que es la aspiración, el deseo, un malestar.

Vivir es tener siempre sed, que es el dolor prolongado y renaciente; los cinco segundos que se emplean en beber el vaso de agua, esperado durante una hora, representan la posición y duración del placer en la vida. Desde ya decimos que el más grande de los metafísicos en nuestra opinión, no es aquí ni verdadero ni sincero; ha jugado en este punto con sus lectores; ha empleado su buen humor en malhumorar a la humanidad.

Para nosotros la vida tiene tanto de malo como de bueno; no nos entusiasman los énfasis pesimistas u optimistas; pero, al mismo tiempo, entendemos que por muy poco que la vida se inclinara hacia el placer siempre merecería ser considerada deseable.

Pueden formularse también otros problemas menores, pero asimismo previos, como el de saber si existe un instinto vago, una tendencia, una impresión confusa, un rumor psíquico que vela por nuestro bien, o si, por la eficacia de la adaptación, de la acomodación al medio, consolidada por la misteriosa "herencia", el dolor y el placer de nuestras sensaciones son guía sabia y suficiente para apartar los males de nuestro camino (Spencer).

Estos y otros serán estudiados al tratar los dos principales.

ler. Problema: Relatividad afectiva

Cardan, el físico, parece ser quien se ha dado cuenta mejor del hecho. No sé que haya sido tratado después por algún psicólogo con completa especialidad. Bain, Dumont y otros han hecho estudios detenidos.

Trátase de saber si es cierto que todos, que muchos o que algunos placeres no son más que cesación de dolor y viceversa, cuáles dolores son efecto inmediato de la cesación de un placer.

Dije ya que si esta ley de relatividad fuera absoluta, ni la acción ni el abandono ni la ciencia ni la inocencia, alterarían nuestro destino. Adiós, entonces, Eudemonología.

Es, por tanto, necesario examinar prolijamente la intimidad de nuestra constitución psico-fisiológica, los placeres y los dolores y sus leyes. Será éste mi capítulo más laborioso y poco falta para que me desanime ante la perspectiva, pues no quisiera hacer afirmaciones que dejaran de inspirarme absoluta confianza.

Veamos si es posible abordar el problema con orden y claridad.

Excepto en la muerte del sueño, nuestra psique hállase en todo momento constituida u ocupada por algún estado de "Deseo", y en todas las regiones del cuerpo que aportan estados a la conciencia hay también en todo momento un estado correlativo.

Así un músculo hallaráse en todo instante: o llenándose de energías que le han sido sustraídas por un ejercicio normal (equivalente psíquico de normal es en el caso placentero), es decir, en estado de descanso que es también agradable; o en ejercicio actual normal o agradable; o en ejercicio actual excesivo o doloroso; o en el estado que de esto es consecuencia, es decir, en el estado de náusea de ejercicio o fatiga; o en fin, en el estado que corresponde al deseo puro en la conciencia, o sea cargado de energías e impedido de desplegarlas. Tal es el caso del hombre encarcelado o de aquél (lo que es igual) que en una visita ceremoniosa no puede gesticular con libertad, o caminar o formular todos sus pensamientos.

Otro tanto ocurre con cualquier órgano al servicio de la conciencia, pues no todos lo están.

Como el músculo, o el órgano auditivo, o el esófago, o los órganos sexuales, jamás pueden dejar de hallarse en alguno de estos estados, por leves que sean, la psique se encontrará siempre ocupada por algún estado del deseo y todo estado del deseo es afectivo, es decir, o doloroso o placentero.

Existen sólo dos excepciones: el sueño, durante el cual la psique no existe, estado idéntico al de la muerte, desde un punto de vista no metafísico; y la ocupación de la conciencia por otro estado más intenso, que impide la entrada al primero.

Ese otro estado puede ser: una sensación afectiva, es decir, de dolor o de placer, pues una sensación no afectiva (visual, táctil, auditiva, etc.) no puede luchar en la conciencia con ningún estado afectivo o una emoción (que es siempre afectiva) o estado de atención que siempre está sostenido por algún estado afectivo (el interés).

Ahora bien, el deseo cuando recién nace, cuando empieza a dibujarse en la conciencia, no parece un estado penoso, o, al menos, no lo es nunca cuando hay la certidumbre o perspectiva de su satisfacción inmediata; no sólo no es penoso entonces sino que es positivamente grato; es un placer emocional quizá superior al placer del instante mismo de la satisfacción del deseo 1. Sobre esto volveremos.

1 Esto es tan cierto que cuando contamos con la seguridad de una satisfacción inmediata preferimos postergarla unos instantes.

De donde resulta que el mayor número de nuestros placeres es necesariamente precedido de deseo pero no de dolor y aquí reside el error (mi opinión es que Schopenhauer no padecía tal error, aunque lo sostenía) de Schopenhauer.

La casi totalidad de nuestros placeres y dolores son habituales o cotidianos; los de la actividad muscular e intelectual, del cariño, del amor, de la comida, de la imaginación emocional (creación y percepción estética), cigarro, azar de los negocios o del juego; esa masa de placeres y de dolores (cuando se padece su privación o su deseo forzado) de todos los días que constituye el noventa por ciento de nuestra dicha y desdicha total, son precedidos por el deseo, positivo o negativo.

Llamo positivo al deseo cuando éste es de tal naturaleza que por la acción o funcionamiento se satisface, y negativo cuando se satisface por la inacción; en uno y otro caso hay deseo, aunque parezca que no lo hay en el descanso o inacción, y hay por consiguiente satisfacción u obstáculo a ese deseo.

El descanso del músculo es el deseo de la inmovilidad y se está satisfaciendo con la inmovilidad; si en ese movimiento se le fuerza al movimiento el dolor que ocasiona es tan grande como el placer que se deja de experimentar, o tan grande como el que ocasiona cuando se halla en estado de fatiga (es decir, después de un exceso de acción) o cuando se le ejercita actualmente con exceso, o cuando se le priva de ejercitarse hallándose de nuevo cargado de energías gracias al reposo.

Es decir, que el estado de descanso es un estado de satisfacción continuada de un deseo; es un placer como el de apagar la sed o alimentarse; el estado de fatiga es un dolor, la repercusión de un deseo violentado o irritado largo tiempo por un funcionamiento excesivo. Entre la fatiga y el estado llamado tedio o aburrimiento existe cierta similitud; en ambos casos se trata del deseo maltratado por las circunstancias, pero de diferente manera. En la fatiga ha habido un deseo al que le ha sido proporcionada una satisfacción forzada más allá del momento de su desaparición o perfecta satisfacción; esto es aplicable a cualquier deseo. Un hombre sale a caminar para su recreo y recorre una distancia muy complacido; cuando ya su deseo de caminar ha sido ampliamente satisfecho y por consiguiente se ha desvanecido, nuestro hombre toma asiento en el banco más próximo de una plaza y estira sus piernas con grata sensación acompañando este movimiento característico con un suspiro de confort y de agradecimiento y una mirada en derredor preñada de beatitud.

Mas, desdichadamente, explorando sus bolsillos en busca de cigarros sus dedos tropiezan con la ausencia de su cartera.

Inmediatamente el banco, del cual salta como si le quemara, los árboles, la plaza y la ocurrencia de haber salido aquella mañana, todo se le torna odioso; instantáneamente recuerda que al dar vuelta la esquina de su casa, tan luego a la distancia máxima del lugar en que se encuentra, sufrió un vivo empellón de parte de otro transeúnte y esta idea irritante de haber sido robado precisamente él cuando podía haber sido otra persona, lo pone de regreso enseguida con gran animación de piernas y desánimo de espíritu.

No tiene una moneda en el bolsillo y es preciso caminar treinta y cuatro cuadras, con celeridad y mirando prolijamente al suelo, pues es posible que no haya habido robo sino extravío, lo que suscita un sentimiento más vidrioso aún, dado que, en tal hipótesis, preciso será volver el enojo contra sí mismo y desmerecer en el propio concepto.

Sus piernas, al encontrarse de nuevo en su casa, habrán trabajado exactamente el doble de lo que deseaba, aparte de que las emociones que lo habrán acompañado durante el retorno son muy extenuantes, y entonces los músculos de las extremidades inferiores traducirán su estado fisiológico en términos de conciencia y la sensación resultante será de fatiga, cuya intensidad dolorosa será equivalente a la intensidad grata del primer trayecto.

Al entrar a su casa y echarse en un sillón habrá un instante brevísimo de placer por la cesación del trabajo forzado, pero inmediatamente reaparecerá el dolor en forma de fatiga general y local. Ese breve momento de placer no compensará ni con mucho el malestar del trabajo no espontáneo, pero al día siguiente o al segunda día se producirá la compensación. Aquellos músculos habrán crecido en proporción; los órganos que proveen de energía a esos músculos y que también se habían fatigado, el pulmón, el corazón, el estómago, el sistema nervioso, el cerebro, por tanto, etc., etc., se habrán adaptado a la mayor demanda de esos músculos y aquel hombre poseerá un apetito muscular más intenso que el habitual; por tanto su aptitud al placer condigno será mayor y por tanto su aptitud al dolor correspondiente (el de inacción forzada) estará acrecentado también.

Disfrutará más si puede caminar libremente; sufrirá más si es encarcelado o si se ve obligado a hacer un largo viaje en un barco corto.

Acaece lo mismo con el trabajo intelectual (nada hay tan parecido al músculo como las imágenes o representaciones: son los dos arsenales, las dos herramientas, los dos dominios de la Voluntad) cuyo ejercicio o funcionamiento es la atención exterior e interior, espontánea o forzada; en el primer caso placentera, en el segundo penosa, resultando del ejercicio espontáneo otro placer, el del descanso intelectual, y del ejercicio forzado, doloroso, otro dolor, el de la fatiga intelectual.

Igual caso sucede con el placer sexual que a veces es forzado, como en el caso de una apuesta frecuente entre los hombres; con los placeres emocionales (la audición de piano obligada en las cómicas visitas sociales); con los de la gula (necesidad de hacer honor a cada manjar, encomendando a Dios nuestro estómago en las mismas) y tantas otras satisfacciones forzadas que a todos nos tocan en nuestra parte de infierno terrenal.

Son otros tantos casos de fatiga, de náusea; mas el aburrimiento o tedio no se origina de un deseo satisfecho con exceso, sino de uno satisfecho sólo a medias y que ha quedado subsistente a medias, pero por las dificultades con que se ha tropezado para su satisfacción aparece luego asociado a imágenes y recuerdos molestos, de tal modo que posteriormente cada vez que ese deseo resurge, resurgen con él las imágenes (y sus emociones) de contrariedades diversas que se opusieron a su completa satisfacción.

El hombre entonces no intenta nuevamente disfrutar con ese deseo, salvo que las circunstancias hayan cambiado, porque ha dejado de ser deseable para él, pero lo experimenta y sufre.

El aburrimiento no es la ausencia de deseos pues recuerdo que me hizo viva impresión esta frase de un amigo proferida sin propósito alguno y como quien habla consigo mismo: "En este momento no envidio a nadie; no deseo nada ni sabría qué pedir; me siento feliz". Esto es estar contento, no aburrido. Por lo demás es un estado que no puede durar, un equilibrio interior sumamente inestable.

Estar contento de su situación y estado presente no es la alegría; es un equilibrio momentáneo que proviene de que los deseos en general se hallan satisfechos y no han empezado todavía a renacer.

El deseo y los estados del deseo (emociones, sentimientos) constituyen la casi totalidad de nuestra vida afectiva (Placer-Dolor) y están muy sometidos, si no del todo sometidos a la ley de relatividad.

Pero existe otra fuente afectiva que parece sustraída a dicha ley y desvinculada del deseo.

Cuando inesperadamente un nervio es lesionado por un contacto o corte, por una temperatura violenta, o el nervio visual o auditivo es herido por una luz o un sonido muy vivos, el dolor que se experimenta no ha sido precedido de deseo alguno, no es un deseo contrariado. Aquí se rompe la cadena de relación y compensación; un dolor de muelas, de cabeza, una quemadura, una dislocación son dolores que alcanzan las mayores intensidades y duraciones; son estados afectivos sin cesación de placer o contrariedad de deseo.

Estos son los dolores de sensación. ¿Cuáles son los placeres de sensación?

Aquí salta bajo la pluma un problema que no es posible desairar, a fuer de buenos eudemonólogos.

¿Qué placer físico de pura sensación hay que pueda compensar, que pueda soportar la comparación con uno de esos formidables dolores físicos, como una dislocación, una quemadura extensa o la universalmente tradicional extracción odontológica?

Hay placeres y dolores morales tan intensos como éstos pero ¿dónde están los placeres de sensación que podamos echar en el otro platillo de la balanza? Como la altura de los árboles, puede medirse la intensidad de uno de estos dolores por la longitud de la sombra que proyectan desde el futuro sobre nuestro presente. Cuando un dolor semejante (como, en otro género, el dolor moral del terror a los exámenes en los estudiantes) deba tocarnos ineludiblemente en un futuro algo lejano, dentro de un año, por ejemplo, su perspectiva desde la distancia envenena el presente, su sombra empaña nuestra conciencia actual.

¿Qué sensaciones de intenso placer pueden serles opuestas? Ninguna; el nervio que aporta a la conciencia la terrible sensación de una dislocación, no puede proporcionarle ningún placer ni intenso ni leve. Por otra parte, la intensa sensación voluptuosa de un acto sexual largamente postergado y codiciado, es la satisfacción de un deseo irritado mucho tiempo por el tormento de la postergación; lo mismo decimos del hambre, de la sed y de los deseos morales o emocionales (cariño, odio, placer de una venganza largos años aplazada). En todos estos casos la intensidad del placer que se disfruta no hace más que retribuir lo mucho que se ha sufrido y por tanto no se lo puede anotar en cuenta para compensar otros dolores.

Pues bien, la compensaci6n se encuentra en los placeres cotidianos de satisfacción de deseos en intensidades normales, habituales, aplacados sin postergación, es decir, antes que se hayan trocado en dolores, inmediata o casi inmediatamente de arribados a la conciencia. Estos placeres no son precedidos de dolor: pueden, pues, ser inscritos en el haber para compensar los dolores de sensación.

Con esta lectura habrá refrescado el lector sus recuerdos y representaciones pertinentes a lo que ha sufrido y a lo que ha gozado, y será ahora más provechoso intentar un resumen y una clasificación y enumeración.

Primero: La Eudemonología trata del placer y el dolor de toda especie y solamente del placer y el dolor, de toda especie. Eudemonológicamente placer y dolor no tienen más que dos modos (como diría Spinoza) o calidades: duración e intensidad; y estas calidades son permutables o compensables; hablando en términos de Matemática (ciencia que sentimos mucho ignorar completamente): una duración A de una intensidad B es igual a una duración B de una intensidad A.

Fuera de la duración y de la intensidad, no hay calificativo que nos conmueva; sea el dolor o el placer digno o indigno, superior o inferior, noble o innoble, merecido o inmerecido, estas palabras nada dicen a un eudemonólogo concienzudo. Segundo: El Placer y el Dolor pueden ser, por su causa, de sensación, de emoción o de deseo.

a) Placer y Dolor de Sensación. Placer: La visión, audición y el tacto son siempre gratas, pero su placer aunque casi continuo es insignificante. El gusto y el olfato son fuente de placer y de dolor, y ambos más intensos. Las sensaciones llamadas internas son sólo de dolor y pueden llegar a terribles intensidades. Las de temperatura son placenteras o dolorosas; pueden alcanzar gran intensidad.

Placer y Dolor de la Actividad intelectual y muscular. Son sensaciones gratas o penosas que siguen la ley del deseo, ya se trate de acción o inhibición. El Trabajo. Son origen de placer y de dolor pues, también, todos los deseos sensuales o morales.

c) Las Emociones son estados simultáneos musculares, intelectuales e internos, es decir muy complejos, que suelen asumir a veces una forma muy neta de deseo con toda su evolución- y otras no, siendo en ambos casos fuentes de dolor y de placer.

 

EL ARTE DE VIVIR

Cuando el individuo es feliz o pasablemente feliz, la insinuación de un "arte de vivir", de un conjunto de principios, reglas e indicaciones más o menos sólidas, conducentes a favorecer la obtención de un bienestar moderado y a evitar algunos dolores, excita su sonrisa.

Mas como eludir el dolor y alcanzar el placer son la exclusiva preocupación del ser vivo, ese mismo hombre temblará y palidecerá ante la perspectiva de un insignificante sufrimiento o llenará su casa de gritos y amenazas porque ha encontrado la sopa fría, y siempre que cualquier circunstancia retire de su alcance alguno de los manjares de su bienestar cotidiano.

Esto es común a Rockefeller y a su portero, a Napoleón y a su más oscuro soldado, a Spencer y a su criada; deliberadamente invierto todas las jerarquías dominantes porque en esta materia no las hay; para el placer y para el dolor todas las unidades humanas son iguales, y el santo se enojará porque le estorban ser todo lo santo que desea y palidecerá ante una tentación, es decir, temblará ante el dolor, porque una tentación importa para él la inminencia de un dolor moral, de una derrota de su voluntad.

El disimulo puede cultivarse y también puede darse color de indignación a lo que es siempre la misma moneda corriente de la cólera. Nuestros goces y nuestros sufrimientos podrán revestir la forma más egoísta o altruista; siempre eludir dolor y obtener placer serán el modo único de respirar la Vida, propio de todo ser vivo.

El cultivo del Valor puede ser llevado a amplitudes admirables, pero no alterará ese doble movimiento esencial de toda "vida" y, además, comportará el sacrificio o abandono de otros poderes de la personalidad.

Del mismo modo, la milagrosa trasposición merced a la cual el individuo rompe la ilusión del "yo", profana el egoísmo natural, y hace suyos el placer y el dolor de otro ser, no modifica su criterio hedónico, como no invierte su manera de respirar. La "madre", consumada perfección de esta suprema gracia del "yo", de ese bellísimo movimiento de trasposición que es la agilidad más exquisita del "individuo", del mundo cerrado de la conciencia individual, la madre sólo estará conforme con su estado cuando se sienta feliz y estará y se manifestará descontenta mientras falte algo a su felicidad, aunque el significado de esa dicha o de esa desdicha sea textualmente éste: mi hijo es feliz, o mi hijo sufre.

Y, por tanto, la madre, el héroe, el santo, el asceta, actúan con respecto al Placer y Dolor exactamente como el más simple individuo humano o animal, y cuando el dolor invade sus existencias caen en las mismas supersticiones y temores, buscando amuletos y refugios ya en las religiones, ya en los moralismos, ya en tal o cual sistema higiénico, sociológico, psicológico, cultura de la voluntad, "conciencia tranquila", etcétera.

Entonces, pues, en este asunto que a todos preocupa por igual ¿será posible hallar reglas generales e indicaciones especiales que beneficien en alguna proporción el estado humano?

Es, quizá, verdad que una regla general para la vida en conjunto y en todas las posibilidades y situaciones no podría formularse. No existe ninguna observancia, ninguna conducta, probablemente, que en toda circunstancia y ni siquiera en la mayoría de las circunstancias presente más ventajas que inconvenientes, descontando desde ya que ninguna regla carecerá de múltiples inconvenientes.

Pero existen circunstancias y situaciones más frecuentes que otras y es por ello que vamos a intentar una exploración.

Toda regla supone una privación, una abstención o una labor y es, desde luego, contraria a nuestra repugnancia para todo dolor inmediato.

La privación o esfuerzo que esa observancia supone es un dolor cierto; en cambio el placer próximo o remoto que de ese esfuerzo nos resultará nunca es cierto porque pertenece al futuro y nuestra existencia puede cesar antes de recoger el fruto; además, porque puede haber error parcial o total de en regla; también, porque aún siendo exacta la regla puede estar mal o incompletamente expresada, o ser mal interpretada por nosotros, o porque existen muchas reglas que son benéficas si se cumplen todos los requisitos que ellas exijen y faltando uno cualquiera de ellos, sus ventajas se truecan en perjuicio.

Además ningún precepto puede ser muy bueno, porque nada en la vida lo es. Nuestra contextura psicológica y la infinidad de las contingencias del Mundo imponen que en cualquier condición y momento, individual o histórico, los bienes y los males se compensen, de tal modo que la existencia humana o animal en general no es mejor ni peor que la no-existencia. A esto se agrega que dentro de una vida individual, por ley de relativismo psicológico, nadie puede gozar mucho más de lo que ha sufrido ni puede sufrir mucho sino a condición de haber gozado mucho.

Dentro de tal relatividad la eficacia de cualquier regla eudemónica tiene que ser muy circunscripta; y, además, es posible asegurar los buenos efectos más o menos inmediatos de algunas conductas y preceptos, pero los efectos distantes, por las circunstancias mencionadas, o por otras, pueden llegar a ser grandemente desfavorables al bienestar, sobre todo en virtud del relativismo hedónico. Así el hombre que para combatir una dispepsia se ha señalado un régimen frugalísimo habrá logrado su bienestar al cabo de muchos tanteos, errores y privaciones; mas si repentinamente las circunstancias cambian y se ve obligado a salir a campaña militar o a vivir viajando por necesidad, su estómago habituado a una labor ligera le hará casi intolerable o sencillamente intolerable la existencia y los esfuerzos realizados por frugalizarse no sólo no tendrán recompensa sino que le habrán creado una condición directamente contraria a su felicidad.

De igual modo, el buen fumador que, por no carecer de dinero ni de salud, ha podido disfrutar a su gusto de la grata compañía del habano durante ocho, diez, quince años (lo que no es poca dicha) si inopinadamente, por prescripción médica o por carencia de dinero, o por pérdida de la libertad o por encontrarse desprovisto de cigarros en un largo viaje, se ve privado de su goce habitual, sufrirá en una semana hasta enloquecerse o llorar (como lo he observado muchas veces y aún en hombres que hacían un culto del valor). Es decir, que su miseria y sufrimiento será tanto mayor cuanto más holgada y libremente haya gozado, antes, de su placer; o, lo que es lo mismo, que si su goce hubiera sido antes estorbado por pobreza o prisiones o enfermedades, su dolor ahora sería menos intenso y prolongado.

Y esto es así de todas las condiciones y venturas; de los goces de la amistad, del amor, del cariño fraternal, de la lectura, de la ciencia, de la música, etc., y por ello puede enunciarse que ni la belleza, ni la fuerza, ni la riqueza, ni el poder intelectual, ni la aptitud al cariño, ni la aptitud al odio, ni la gloria, ni el valor, ni la salud, son '"bienes" no digo absolutos, ni siquiera son condiciones o circunstancias que puedan llamarse "más buenas que malas". En otro capítulo trato de demostrar esta verdad, que algunos hallarán demasiado amplia y considerarán objetable, particularmente en lo que atañe a la salud y al valor, que a todos parecen oro sin mezcla.

En consecuencia, las reglas que yo acierte a formular no tenderán sistemáticamente a la obtención de ninguno de estos llamados "bienes" y por ello mi primera advertencia al lector será que no envidie ninguna condición ni ningún carácter, y, en segundo término, que sepa, si actualmente sufre, que a él le está reservada tanta felicidad como a cualquier mortal, sin necesidad de que llegue a alcanzar la gloria, la riqueza, la valentía o la ciencia que otros poseen; que tenga siempre presente que sufrir ahora es estar sembrando la semilla del placer futuro.

Todo hombre llega a la felicidad ineludiblemente, cualesquiera que sean sus defectos de carácter (para la dicha y la desdicha ninguna forma de carácter es cualidad o defecto sino que es las dos cosas alternativamente y según las circunstancias), su condición y sus fracasos. Unas veces llegará a ella por realización de sus deseos y otras por destrucción de ellos a fuerza de fracasos, pero llegará a ella indefectible y plenamente con tal de que su existencia se prolongue unos años más y sin otro requisito que éste. De idéntico modo tornará a vivir miserablemente después que haya saboreado algunos años dichosos y también por la sola razón de que gozar es crear las condiciones necesarias para el sufrimiento ulterior, es sembrar dolor futuro.

Olvidé enumerar entre los comúnmente llamados "bienes" el buen humor o carácter alegre y lo he olvidado en mis páginas porque la Realidad lo ha olvidado entre sus "casos" o "creaciones". El carácter alegre no existe; colocadlo en la condición o situación opuesta a aquella en que lo habéis visto alegre y observaréis cuan poco alegre llega a ser. Las personas llamadas "Alegres" son generalmente temperamentos cariñosos y cordiales que en la sociedad de sus semejantes se sienten dichosos como el pez en el agua; en la soledad son grandes desdichados por la misma razón que el pez fuera del agua, pero como, naturalmente, no cabe observarlos sino rara vez en la soledad, dado que el observador les haría compañía, dejan siempre la impresión dominante de un inagotable buen humor.

La relatividad, pues, dice a todos: "alegraos si sufrís", "entristeceos puesto que gozáis", en vista de que el porvenir del dolor es el placer y el porvenir del placer es el dolor.

Indicaremos, asimismo, que la felicidad llega sólo cuando el individuo ha adquirido a fuerza de esfuerzos de trabajo o de esfuerzos de privación de satisfacciones, una abundantísima actividad o una gran frugalidad en todos los deseos afectivos o sensuales y, en fin, que no siempre se es desgraciado cuando uno cree serlo, ni es imposible que seamos felices sin que nos hayamos apercibido de ello; aunque tal cosa no ocurrirá a las personas que constantemente reflexionan sobre su existencia, ocurre con frecuencia que hombres estudiosos e inteligentes observan tan poco su vida interior que emiten con respecto a los períodos de su vida juicios endemónicos muy inexactos.

La existencia es dura para todos y no puede ser de otra manera; lo único que alcanza a determinar una diferencia considerable entre una existencia y otra con respecto a su balance final de goces y sufrimientos, es la oportunidad o inoportunidad con que llega la muerte. Es una gran ventaja morir cuando se ha disfrutado de todo el período bueno subsiguiente a uno malo; y es el colmo del infortunio que se extinga la existencia cuando se iniciaba el buen período. Vivir poco o mucho nada significa, pues la vida en sí no es un bien, y ningún destino más envidiable que el de quien muere antes de los veinte años.

Casi siempre el brillo de la vida empieza a palidecer desde los catorce o quince años; aunque bajo otros puntos de vista carece de toda belleza ética y estética la niñez y la adolescencia, la existencia donde el Dolor no ha invadido todavía, es lo cierto que esa parte es la más deseable de nuestro pobre destino y que importa un inestimable beneficio que ella cese a esa altura.

Pero la intensidad de la dicha puede ser tan completa a los cincuenta años como a los quince y muchos jóvenes a los veinte años son ya profundamente desgraciados.

El Mundo no es una morada hecha "a la medida" para el hombre o para el ser vivo: la "vida" en general y la "vida humana" son accidentes que han brotado, persisten y pueden desaparecer en cualquier momento, y la ilusión de la adaptación progresiva de la Vida al Mundo, es una esperanza pueril que se desvanece con sólo detener un instante nuestro pensamiento en esta consideración: que si la "vida" evoluciona en el seno de la Realidad tendiendo a adaptarse a ella, a su vez la Realidad Total paralelamente y con entero olvido de la "Vida" evoluciona también, de tal manera que cuando la primera cree haber dado un paso de adaptación, la Realidad, por las modificaciones graduales o no graduales que constituyen su evolución propia, se ha alejado y la Vida descubre que se ha adaptado a lo que era y ya no es, que se ha adaptado al Pasado sin provecho alguno.

Es infantil creer que la Vida se mueve en el seno de una Realidad inmóvil. La especie "diamante" o la especie "agua", del mundo inorgánico, es un tipo en marcha como la especie "eucaliptus" o la especie "hombre", del orgánico, y cuando la especie "hombre" cree haberse adaptado a las condiciones de aprovechamiento de la especie "agua", ésta ha modificado su constitución y requiere una diferente adaptación que a su vez llega y se encuentra con un nuevo distanciamicnto.

Pero, por otra parte, tampoco el mundo es un infierno, como nos lo notifica Schopenhauer. El Placer no es negativo, es real, tan real como el Dolor. Lo que ha dado pábulo a tal afirmación en descrédito del Placer (aunque lo mismo acontece con el Dolor) es aquel rasgo singular de nuestra facultad afectiva, merced al cual la certidumbre de ... {se interrumpe el texto).

1 Empleo el término "evolución" aunque no creo que sea cosa tan segura su gradualidad; el aforismo "natura no marcha a saltos'' puede ser cierto y puede no serlo; lo único que es cierto es que el deseo humano quisiera que así fuera, como en muchos otros casos.

2 Me consta que mi tecnicismo es muy pobre en ciencias naturales y me duele porque no ignoro que en el mundo de los libros y de la ciencia hay que presentarse, como en sociedad, con el frac del tecnicismo y la verbologia clasificante, aunque el pensamiento no parezca expuesto a naufragio por excesiva carga de "ideas". (*)

 

(*) Fuente: Macedonio Fernández, "Teorías", Obras Completas vol. III; editorial. Corregidor, 3ra. Edición, 1997.

 

 

 

 

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