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 LA ÉTICA DEL DESINTERÉS 

  Por Antonio Caso

 

Monumento conmemorativo en la Ciudad de México, hogar del pensador mexicano Antonio Caso (1883-1946)

 

   Antonio Caso (1883-1946) es uno de los fundamentales pensadores mexicanos. Escritor de acentos espiritualistas, fue atraído por los vértigos de la existencia. Rector de la Universidad, su estilo fue asistemático. En esta tendencia lo influenciaron Bergson y Husserl. Junto a Alfonso Reyes y José Vasconcelos, impulsó en su país el renacer de una meditación filosófica y de la fuerza del ensayo. Algunas de sus obras esenciales son: Discurso a la nación mexicana (1922); El problema de México y de la ideología nacional (1924); El concepto de la historia y la filosofía de los valores (1933): La persona humana y el estado totalitario (1941). También incursionó en las poesía con: Crisopeya (1931) y El político de los días del mar (1935).

  En el ensayo que aquí presentamos, en este nuevo latido de Textos Olvidados de Temakel, Caso piensa en el bien como fuerza ética, no como fría y opresiva ley de la razón, a la manera del imperativo categórico kantiano. La fuerza de los valores auténticos "no manda, nunca manda, inspira"; no es coacción de la razón pura ni de la vida exterior; "no se induce ni seduce, no se actúa; se crea". En este territorio de lo moral como potencia inspiradora y creadora, el valor que se destaca es de la caridad y el desinterés. Como lo creían Max Scheller, o el  segundo Wittgenstein, sólo en la acción hay revelación y difusión en el mundo de un contenido ético. La ética no es un sistema proposicional. Ética es el poder del actuar, del obrar, que difunde en la realidad una fuerza moral. Posición ésta que, sin duda, colisiona hoy con el escepticismo y relativismo contemporáneos. Pero la aparente "ingenuidad idealista" de Caso es parte de la seria preservación de lo ético como posibilidad de los valores como trascendencia individual y colectiva. Actitud muy distinta a de la falsa ética que se agota en la declamación teórica sin acción.

E.I

 

 

 LA ÉTICA DEL DESINTERÉS 

  Por Antonio Caso

 (Ensayo de Antonio Caso perteneciente a su obra La existencia como economía, como desinterés y como caridad)

   Lo que se destruye a su mismo por sí propia naturaleza no puede ser fin en sí. Lo que, como la vida, es esfuerzo de conquista que termina en el fracaso de toda individualidad que lo intenta, lejos de poderse considerar como término ideal, lejos de poderse erigir en final de la existencia, es la demostración de su propia inanidad. Conquistar, se dice; ¿para qué conquistar? Triunfar del medio del semejante, ¿para qué tales triunfos efímeros? Reproducirse, crecer discontinuamente, ¿para qué crecer de tal suerte, engendrando nuevos seres que, a su vez, habrán de crecer y reproducirse? Morir..., ¿para qué tal desenlace funesto y precioso de un equilibrio móvil que al fin termina en el aniquilamiento de la individualidad?...

 Se dirá: mas, si el individuo es perecedero, la especie, en cambio, no lo es; y para ella será la victoria final. Si el individualismo anarquista no implica un fin en si, por lo perecedero y efímero de la individualidad biológica, el humanitarismo, la religión de la especie, al amor a la posteridad remota y feliz, amor filial a nuestros descendientes, mejores que nosotros, son ideales y sentimientos nobles, justificables, como fines en sí. Consagrándonos a su triunfo, haremos que la vidas venza las miserias anejas a la contingencia de la individualidad; amaremos a Dios, como Comte: "en el conjunto de los seres humanos progresivos".

  Mas, en primer lugar, habrá que responder, la especie no es sino una colección de individuos, nada más; la propia miseria muchas veces, y en muchos, miserables; la propia avidez muchas veces ávida; el propio dolor, esto sobre todo, el propio dolor, y la muerte. La humanidad siempre estará formada de hombres. Por ende, el cortejo de necesidades, de funciones, de reproducciones y vicisitudes sin cuento ni sentido, renacerá perpetuamente. ¿Por qué entonces, si un dolor que cesa pronto es malo como dolor, y se confiesa, se cree bueno un dolor que no termina, una lamentación reiterada inmensamente, como el clamor bíblico de los trenos de Jeremías o el coro monótono y terrible de una tragedia de Esquilo, capaz de llenar el infinito?

   Además, la humanidad no va ninguna victoria final. El hombre es hoy tan miserable y tan grande como lo fue siempre; si sufrir es un mal, sufrir muchos males no puede ser la circunstancia atenuante.

  El progreso (pro, hacia adelante, y gressus, marcha), no puede afirmarse como ley de la humanidad. Progresamos, si lo hacemos realmente, en los siguientes órdenes: el físico, el moral, el intelectual y el estético. El progreso físico no existe. ¿Qué hombre contemporáneo se equipara en la belleza de su forma a los nobles atletas de los juegos seculares de Grecia? Nuestros sentidos son de indudable inferioridad comparados con los acuciosos y perfecto del salvaje. No existe un progreso físico, sino diverso estados progresivos, en diferentes tiempo y lugares de la historia.

  Como el animismo ingenuo de los primitivos, admiro y endioso a las bestias, en razón de la superioridad física de muchos animales sobre el hombre (sentido en el cual hubo de efectuarse la proyección de la conciencia que, según Wund, crea el mito), así los modernos han endiosado a los púgiles griegos, y deberían endiosar a los salvajes membrudos y brutales.

  Moralmente, somos tan inferiores como siempre. Progresan los sistemas, las instituciones que pretenden vencer el mal con la violencia o la persuasión; pero el sentido, la conciencia moral, no progresa. Hoy es tan mal y tan buen la humanidad como el primer día. Somos más hábiles, quizás, para engañarnos, pero no más buenos; y si algunas virtudes prosperan y algunos vicios declinan, otras virtudes se ahuyentan y nuevos vicios medran.

  El arte no progresa. Toda escuela es la imitación regresiva de un maestro genial. El genio en el arte siempre ha estado en el pasado; aun cuando lo pensemos para el porvenir, estará en el pasado. Todo discípulo presupone un maestro. Ya era supremo el arte hierático del Egipto clásico. Supremo fue el arte gráfico, cinematográfico, de la carreta del rengífero fijada en la roca viva por el pedernal vigoroso del primitivo habitante de las cavernas; y perfecto es, como expresión desinteresada del ritmo, el corrobori, la primitiva danza australiana. Su intuición, como todo verdadera intuición, no admite progreso. Es absoluta. Así nuestra música es más sintética que la antigua, si la Novena sinfonía o el drama puramente humano de Wagner, son la apoteosis de la música, ¿en dónde están hoy los arquitectos de un nuevo Partenón?; y el arte apolíneo de la epopeya nos está vedado. Ya no habrá homéridas de una nueva Ilíada.

  En lo que sí progresamos, sin disputa, es en la industria, en la ciencia, en lo económico e interesado de la vida, con lo que aumenta nuestra necesidad, nuestro dolor, nuestra avidez. Progresamos en aumentar nuestras relaciones utilitarias con las cosas, en procurarnos nuevos insaciables; pero, ¿tal progreso es un bien? Habemos quienes pensamos que progresar, industrialmente, es un mal. De todos modos, si sólo así se progresa, el progreso de la humanidad no es un bien absoluto. ¿Quién podrá hablar entonces de victoria final? La especie, como el individuo, cabe en el enunciado del axioma; lo que se destruye a sí mismo, por su propia naturaleza, no puede ser fin en sí. La moral no puede fundarse en la biología individual no social; y, sin embargo, urge fundamentarla; porque el dolor está aquí con nosotros, y pide urgentemente alivio a la inteligencia y al corazón...¿Cómo lo aliviaremos?

  El dolor es el egoísmo, dice el cristiano. Si se niega el egoísmo termina el dolor. Tal es la sencilla solución evangélica. Pero el cristiano niega el dolor y el egoísmo, porque disfruta de una nueva experiencia, de una nueva intuición, de una vida  nueva: la caridad, energía prepotente. No niega por negar; niega por afirmar mayor afirmación.

  El artista sacrifica la economía de la vida a la objetividad de la intuición, que es innata; y el hombre de bien sacrifica el egoísmo a socorrer al semejante, y tal sacrificio es libre. Por esto decía Pascal: Todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus reinos, no valen lo que el menor de los espíritus; porque el espíritu conoce todo eso y se conoce a sí mismo, y los cuerpos no. Todos los cuerpos juntos, y juntos todos los espíritus y todas sus producciones no vale el menor movimiento de caridad.

  En suma, la tabla de valores de la humanidad es ésta: mientras más se sacrifica y más difícilmente se efectúa el sacrificio de la humanidad es esta: mientras más se sacrifica y más difícilmente se efectúa el sacrificio de la vida meramente animal a fines desinteresados, hasta llegar -desde la contemplación estética y las simples buenas acciones- a la acción heroicas, se es más noble...

  El desinterés, la caridad, el sacrificio, son lo irreductible a la economía de la naturaleza. Si el mundo sólo fuera voluntad, se negase a sí misma en el sacrificio. El mundo es la voluntad del egoísmo y la buena voluntad, además, irreductible, contradictoria con la primera. Lo que prueba, experimentalmente, que hay otro orden y otra vida, junto con el orden y la vida que rige férreamente el bárbaro imperativo de Darwin, el struggle for life. La ecuación del bien se enunciaría diciendo:

 Sacrificio = Máximun de esfuerzo con mínimum de provecho.

  El bien no es un bien imperativo categórico, una ley de la razón, como la pensó Kant, sino un entusiasmo. No manda, nunca manda, inspira. No impone, no viene de fuera, brota de la conciencia íntima, del sentimiento que afianza sus raíces en las profundidades de la existencia espiritual. Es como la música, que subyuga y encanta; fácil, espontáneo, íntimo, lo más íntimo del alma. No es coacción de la razón pura ni de la vida exterior; no se induce, no se deduce, ni se ataca; se crea. Es libertad, personalidad, divinidad. Es, en una palabra para usar de la expresión de un ilustre pensasor mexicano: "lo sobrenatural que se siente como lo más natural del mundo".

  En esto estriba que se haya de rechazar toda idea de coacción, de imperativo condicional o categórico. La esencia de todo mandamiento es presuponer dos actos de voluntad, uno que ordena y otro que acata, uno que da el decreto y otro que lo cumple. Pero la experiencia del bien es que tal desdoblamiento no existe, sino como ficción representativa, como racionalización a posteriori de un proceso espiritual único e indisoluble. No se es bueno porque alguien lo quiere, sino que se es bueno porque se quiere serlo, porque se es libre de serlo, porque se es bueno; en otros términos: porque se es creador de bondad, ley y acto.

  Las tres clásicas virtudes del cristianismo son de obvia aceptación. La caridad no se demuestra ni colige. Es la experiencia fundamental religiosa y moral. Consiste en salir de uno mismo, en darse a los demás, en brindarse y prodigarse sin miedo de sufrir agotamiento. Esto es en esencia lo cristiano.

  Para ello hay que ser fuerte, personal, uno mismo, que diría Ibsen. El débil no puede ser cristiano, sino en la media de su propósito de ser fuerte para ofrecerse como centro de acción caritativa.

  El cristianismo no es una apología de la debilidad, como lo creen algunos contemporáneos, sino de la fuerza moral más pura, de la energía que se opone al mal, sin usar de sus medios para vencerlo. Virtud débil es una contradicción patente.

  ...Cuando se trata de la caridad, se piensa generalmente en el alivio que recibe el débil por la acción del caritativo; más no en la explosión de fuerza que implica el sentimiento de caridad, al vencer las resistencias del egoísmo y brotar del alma del fuerte. La caridad es indisolublemente fuerza y bondad, fuerza porque es bondad, y bondad porque es fuerza; porque es virtud, no conforme al estilo del Renacimiento (virtú), como decía Nietzsche; ni a la griega, ni a la oriental, no a la romana; sino virtud a secas, sin forma histórica demasiado humana.

  ...Lector: lo que aquí se dice es sólo filosofía, y la filosofía es un interés de conocimiento. La caridad es acción. Ve y comete actos de caridad. Entonces, además de sabio, serás santo. La filosofía es imposible sin la caridad; pero la caridad es perfectamente posible sin la filosofía, porque la primera es una idea, un pensamiento, y la segunda una experiencia, una acción.

  Tu siglo es egoísta y perverso. Ama, sin embargo, a los hombres de tu siglo que parecen no saber ya amar, que sólo obra por hambre y por codicia. El que hace un acto bueno sabe que existe lo sobrenatural. El que no lo hace no lo sabrá nunca. Todas las filosofías de los hombres de ciencia no valen nada ante la acción desinteresada de un hombre de bien. (*)

 

 

 

 

 

 

(*) Fuente: Antonio Caso, La existencia como economía, como desinterés y como caridad, edición de la Universidad Autónoma de México, 1972.