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 EL SALTO DEL ÁNGEL EN EL REINO DE LAS AGUAS

 

Por Alejo Carpentier

 

Imagen de salto de agua en la Gran Sabana, paisaje que motivo la lírica descripción del gran escritor cubano Alejo Carpentier. (Foto en franweb.com)

 

   El ojo del escritor roza la altura. Dentro de un pájaro de metal atraviesa nubes. Vuela en alguna cumbre del cielo. Y, desde allí, contempla la tierra americana. La arquitectura de piedra de las montañas. Las cascadas que dibujan serpientes de espuma en su caída. Desde las ventanillas de un avión Alejo Carpentier escudriña la Gran Sabana en Venezuela. El creador cubano tiene su visión de América, del suelo preñado de antigüedad y de vigor telúrico. Una visión que será una crónica que el autor de Los pasos perdidos publicará en 1947 en El nacional, un periódico de Caracas. El escritor descubre en el paisaje una "perenne revelación de formas". La geografía virgen de América no es el espacio repetido y despojado de toda sorpresa. Lo que América revela es la perenne forma vivaz y relumbrante. Para el escritor cubano el paisaje americano de la Gran Sabana " es sencillamente lo fantástico hecho piedra, agua, cielo. Todo lo que imaginaron, en fantásticas visiones de italiano o de flamenco, los Jerónimo Bosch, los Arcimboldo, los ilustradores de tentaciones de San Antonio, los dibujantes de mandrágoras y de selvas de Brocelandia, se encuentra aquí, en cualquier rincón de cerro". La América marcada por la cruz y la espada, la América de las grandes ciudades, de la explotación de las minas y de la masacre del indio existe a un lado de la otra, de la geografía americana de lo radiante, del fulgor fresco e inicial. Esa otra América es la que el indio percibió y la que habitó con sus mitos y dioses. Es la tierra experimentada como recién alumbrada a pesar de su largo pasado geológico. Allí se alzan el cerro de Auyan-Tepuy, o las cascadas que surgen de bocas de cavernas; allí están los ríos estruendosos y las montañas de obsidiana. Este es el mundo de las fuerzas poderosas. Fuerzas presentes. No una pálida evocación literaria. Es la América del paisaje solar, de la aurora del génesis y de lo divino encarnado en la tierra.

  En este nuevo momento de Textos Olvidados de Temakel presentamos esta narración de una visión de la geografía americana en el centro de los ojos de uno de los máximos escritores latinoamericanos.

 Esteban Ierardo

 Alejo Carpentier (1904-1980) es autor de obras esenciales en la literatura latinoamericana del siglo XX como El recurso del método, La consagración de la primavera, El siglo de las luces, Los pasos perdidos. En Temakel, en la sección de grandes cuentos fantásticos hemos editado acaso su relato fantástico fundamental:

  Viaje a la semilla

 

 EL SALTO DEL ÁNGEL EN EL REINO DE LAS AGUAS

 

Por Alejo Carpentier

 

  Luego de cerrar  un anchísimo viraje en espiral que casi nos ha conducido a las fronteras del Brasil, el avión vuela, ahora, al nivel de las mesetas. Las nubes pesadas que demoraban en la cumbre del Auyan-Tepuy comienzan a levantarse. El sol desciende al fondo de quebradas y desfiladeros. Y, de pronto, los flancos de los cerros se empavesan de cascadas -largos estandartes refulgentes, con flecos de neblina colgados de la cima. Mundo de las rocas, la Gran Sabana es también el reino de las aguas vivas; de aguas nacidas a increíbles altitudes, como las del Kukenán, paridas por el Roraima, o las del Surukún, de arduas riberas. A los prestigios de la piedra, de la inamovible y bien encajado en el planeta; a la dureza de los cuarzos, de las rocas ígneas, de las pórfidos, sucede ahora la magia de lo fluyente, de lo inestable, de lo nunca quieto, en saltos, juegos y retozos de ríos arrojados a los cuatro vientos de América por las Mesetas Madres, y que, en su mayoría, van a engrosar luego de muchos vagabundeos y desapariciones -recogiéndose de paso el oro y algún diamante- el fragoroso y salvaje Caroni. Comprendemos ahora como, caído tan alto, rico de tantas aventuras, el Caroni se rehúsa a todo disciplina, rompiendo los cepos con que quiso apretarle la dura y sofocante naturaleza de abajo.

  Lo hemos remontado hace menos de dos horas, ese Caroni de aguas oscuras, casi negras en ciertos remansos, plomizas a veces, ocres en un pailón, pero nunca amables; río que conserva desde los dios del Descubrimiento, descubrimiento que apenas le rozó la boca, una rabiosa independencia -más que independencia, virginidad feroz de amazona indomeñable, vencedora de los conquistadores ingleses, devoradora de los trescientos compañeros del protugués Álvaro Jorge, responsable de cien muertes sin historia. Todavía hoy, hay quienes dicen haber encontrado viejas armas españolas -picas y mandobles- escamadas de herrumbre, en las riberas del río tumultuoso. Y es que el Caroni no conoce ley ni cauce. Hijo de cien cascadas, adquirió en días de diluvio, en era de mares vaciados, cuando tal vez huyeran las aguas de la mítica Laguna de Parima, el hábito de los caminos arbitrarios. Siempre habrá de comportarse del modo más inesperado, olvidado mil veces del ya torcido camino. De pronto, se abre en lagunatos inquietos, para angostarse de nuevo, acelerar el curso, dividirse en el filo de una peña negra, romperse en raudales, quebrarse en brazos, volver sobre sí mismo, en un eterno retorcerse, hervir, barrer, perder la línea, para tenerla mas tremebunda. De repente, en un codo, le salen montañas negras, negras de obsidiana, en el mero centro, poniendo blancos de espuma sobre la transparente negrura de un agua que corre, ahora, sobre algún fondo de pizarra. Por escaleras de un amarillo de barro le llegan las furias brincadoras del Carrao. Por despeñaderos sin cuento, los torrentes de la Gran Sabana. Alimentados por los ríos más desconocidos del continente, el Caroní es un crisol de tumultos. En el caen los Grandes Juegos de Agua de América, llevados a la escala de América, con bocas de cavernas que vomitan cascadas enormes, en vez de la endeble espiga líquida silbada por tritoncillos con las tripas de plomo. No puede concebirse nada más impresionante que el salto de Tobarima, dado por el Caroní en medio de la selva más cerrada y feroz, para meterse en gargantas donde apenas puede creerse que quedan tantas y tantas aguas. Y es que el Caroní es río estruendoso, río que brama en sus cañones, que retumba en trueno al pie de sus raudales, a punto de que Walter Raleigh, al conocer ese trueno de agua, lo calificara de "horrísono cataclismo líquido". Bien pintó el fino humanista, amigo de Shakespeare -hecho en Trinidad barbado aventurero de agriados sudores-, aquellas cataratas de Urucapay que "caían con tal furia que el rebotar de las aguas producía un aguacero descomunal sobre la región. Y a veces causaba la impresión de una humerada que se desprendiera de una enorme ciudad".

  Pero he aquí, luego de volar nuevamente sobre los verdes valles de Karamata, estamos rozando los flancos del más misterioso y legendario de los Cerros de la Gran Sabana: el Auyán-Tepuy , recién descubierto, apenas explorado, a cuyo aislamiento de siglos añade el prestigio otorgado por consejos y supersticiones locales. Para los indios del lugar, nada raro tiene el hecho de que el único avión llevado a su cima nublada por un aviador temerario quedara clavado, allá arriba, de ruedas en un pantano, como libélula de entomólogo. Aún hoy, los karamakotos que viven al pie del cerro auguran grandes desgracias a los que intentan la ascensión. Cuando truena muy fuertemente, nadie mira hacia el Auyán-Trepuy, para no acrecer la ira de Aquel que causa todos los males, da mala sombra a la choza, mete animales malvados en las víscera, castiga al que se va con el misionero, asusta, depaupera y lastima. Se comprende, además, que entre todas las mesetas de la Gran Sabana el demonio de la selva haya elegido ésta por morada, ya que, a la cónica geometría del Ptari-Tepuy, a la cilíndrica formación del Angasimá-Tepuy, el Auyán opone una dramática visión de gran monumento en ruinas. Rozando sus terrazas pedregosas y hostiles, todas escalonadas, las vemos cortadas por hondas grietas y resquebrajaduras. La niebla se estaciona en el fondo de gargantas que alcanzan hasta cuatrocientos metros de profundidad. Cuando llueve, se llenan en su cima de centenares de estanque que revientan en cascadas por todos los bordes. Pero las nubes grávidas, pesadas, perennemente hinchadas por la humedad de una tierra siempre vestida de humo, ignorante de la tala, palpitante de manantiales, cuidan muy particularmente del "Salto del Angel", aquel que justifica doblemente el nombre con su virginidad, su ausencia de los mapas, y el llevar la cabeza más alto que todos los saltos del mundo. Además, este suntuoso ángel de agua no pone los pies en la tierra, deshaciéndose en humo de espuma, espeso rocío, sobre los árboles de un verde profundo, que lo reciben en las ramas. El día que supimos de su maravilla, descendía del parador de nimbos en dos brazos que se unían en el vacío. Pero en otras épocas del año se arroja desde su vertiginosa almenaje, por cinco, seis, siete bocas paralelas. Al juntarse, las aguas se entrechocan y giran y brincan en el aire, con todas las luces del arco iris, promoviendo una inacabable explosión de espejos.

    Pero ya hemos dejado Auyán-Tepuy a nuestra derecha metiéndose en gargantas y pasos que alimentan otros juegos de agua. A la vuelta de cada cerro, de cada espolón, aparecen nuevos saltos. Los hay espigados y estremecidos, surgidos de una elevada cornisa; los hay que ruedan, espumantes de rabia, por escalinatas de roca parda; los hay, furiosos, que se rompen cuatro veces, antes de hallar el cauce; los hay tranquilos y pesados que dan una rara impresión de inmovilidad, como el Kamá; los hay caudalosos, anchos, de aguas esculpidas por enormes lajas, como el sintuoso salto Morok, en el río Kukenán. Pero ahora, hay que añadir un nuevo elemento de prodigio a ese mundo que se ha puesto en movimiento, agitando velos y estandartes. Ese elemento que habrá de agotar nuestras reservas de asombro es el color. En la Gran Sabana el agua de los ríos, en la proximidad de los saltos, suele hacerse casi negra, de una negruras rojiza, de azúcar quemado, con una rugosa consistencia de asfalto a medio enfriar. Esto se explica por la acumulación en tales lugares de enormes cantidades de hojas muertas, venidas de lo hondo de la selva con su carga de limos. Más, de pronto, el río se libera de su costra, saltando al vacío.

  En ese momento se opera el milagro de la transmigración: el agua se torna de oro.  De un oro amarillo y ligero, cuya coloración se matiza hasta el infinito, entre el amarillo de azufre y el color de herrumbre. Ese oro que cae, canta, rebota y bulle, ardido por los esmaltes del espectro, es el que pudo soñar Milton para las cascadas de su Paraíso Perdido, ya que sólo las desmedidas imágenes del ciego visionario, con sus gigantes coronados de nubes, cabrían en estas "Tierras aún sin saquear, cuya gran ciudad los hijos de Gerión llamaron El Dorado".

  "En aquel tiempo había gigantes sobre la tierra", dice el Génesis. Pero gigantes que, más que hijos del Gerión helénico, fueron hermanos de los primeros héroes citados en el "Libro de los Linajes" de Chilam Baam. ("No eran dioses: eran gigantes"). Héroes justos, medidores de la tierra, inventores de la agricultura, Jefes de Rumbos. Es interesante observar, además, como esta noción de gigantes industriosos, dotados de Plenos Poderes, es una constante de las mitologías americanas. Porque nada recuerda mejor los trabajos realizados por los primeros gigantes del "Libro de los Linajes" que aquellos otros, debidos al genio del demiurgo Amalivaca-"quien dio forma al mundo con ayuda de su hermano Uochi"-, y cuya vasta sombra se proyecta sobre toda la cuenta del Orinoco, en una área de difusión de sí mito cuya extensión asombraba al barón de Humbolt. Todavía se muestran, en cercanías de la dramática Sierra de la Encaramada, Monte Ararat de los indios tamanacos, dibujos trazados a considerable altura por una misteriosa mano. Son ésas -según el mito- los "tepuremenes" o "piedras pintadas" por Amalivaca en los días del Diluvio Universal, "cuando las aguas del mar remontaron el Orinoco". Pero esas piedras pintadas plantean el mismo problema de ejecución -señalado por Humboldt- que ofrecen los petroglifos vistos por Jacques Soustelle en un lago del estado de Chiapas, en México. No se explica con que andamiajes pudieron ser trazados. Una vez más. América reclama su lugar dentro de la universal unida de los mitos, demasiado analizados en función exclusiva de sus raíces semíticas o mediterráneas. Aquí sigue tan vigente el mito de Amalivaca -mito que es también el de Shamash, el de Noé, el de Quetzlcoatl- que en días de la Enciclopedia y de los Diálodos de Diderot, el padre Filippo Salvatore Dilli se oyó preguntar por un indio si Amalivaca, modelador del planeta, andaba arreglando algo en Europa: es decir, en la otra orilla del Océano. En aquellos mismos días había vuelto a encenderse, en Santo Tomás de Nueva Guayana, el espejismo de la laguna de Parima, nacido probablemente del diluvio que "hiciera romperse las olas del mar sobre las rocas de la Encaramada". ¡Diluvios, gigantes, amazonas, monstruos con la cara en el pecho, signos misteriosos, ríos que acarrean diamantes, cuerdos españoles- contemporáneos del burgués Moratín- que pierden la cabeza porque un indio del Alto Caroní les muestra reflejos blancos en una nube"!...

  No hay que buscar explicaciones complicadas a todo esto. Hay en América una presencia y vigencias de mitos que se enterraron, en Europa, hace mucho tiempo, en las gavetas polvorientas de la retórica o la erudición. En 1780, seguían creyendo los españoles en el paraíso de Manoa, a punto de exponerse a perder la vida por alcanzar el mundo perdido, reino del último inca, visitado antaño, según fantasiosas versiones, por Juan Martínez, mal guardador de pólvoras de Diego de Ordaz, pero mejor encendedor de fuegos artificiales. En 1794, año en que Paris elevaba cantatas, con música de Gosecc, a la Razón y al Ser Supremo, el compostelano Francisco Menéndez andaba por tierras de Patagonia, buscaba la Ciudad Encantada de los Cesares.

  Y es que América alimenta y conserva los mitos con los prestigios de su virginidad, con las proporciones de su paisaje, con su perenne "revelación de formas"-revelación que dejo atónita, no hay que olvidarlo, a la España de la Conquista, a punto de que Pedro Mártir de Angleria, decepcionado por un viajero que se había jactado de hallar robledares, encinares y olivares en su expedición, exclamara: "¿Qué necesidad tenemos nosotros de estas cosas vulgares entre los europeos?" Y es que España, deslumbrada por lo que le llegaba en las arcas de los naucheros, maravillada por los relatos de los aventureros afortunados, acostumbrada ya a pronunciar nuevas palabras y nombres, a saber del Potosí y del Reino de Cuzco, del Inca y del Teocali, se iba habituando a admitir que, en América, lo fantástico se hacia realidad. Realidad de esta Gran Sabana, que es sencillamente lo fantástico hecho piedra, agua, cielo. Todo lo que imaginaron, en fantásticas visiones de italiano o de flamenco, los Jerónimo Bosch, los Arcimboldo, los ilustradores de tentaciones de San Antonio, los dibujantes de mandrágoras y de selvas de Brocelandia, se encuentra aquí, en cualquier rincón de cerro. Pero -¡eso sí!- como simple detalle de un gran conjunto imposible de encerrar en un marco de madera; como meros accesorios de una creación grandiosa que apenas si ha conocido, hasta ahora, el leve hormiguero del hombre. De ahí que la Gran Sabana - confundida con El Dorado- fuese siempre un excitante para el don adivinatorio de las poetas, una fascinante luminaria para esos otros poetas que fueron los aventureros capaces de jugarse la vida sobre la fe de una leyenda.

  Y no se me diga que hablar de la virginidad de América es lugar común de una nueva retórica americanista. Ahora me encuentro ante un genero de paisaje que "veo por vez primera", que nunca me fue anunciado por paisajes de Alpes o de Pirineos; un genero de paisaje que sólo había intuido en sueños, y del que no existe todavía una descripción verdadera en libro alguno. (*)

 

 

Aguas que fluyen entre escalinatas de roca en la Gran Sabana que motiva la poética visión de un paisaje americano por Carpentier. (Foto en franweb.com)

 

(*) Fuente: Alejo Carpentier, "El salto del Ángel en el reino de las aguas", Visión de América, Buenos Aires, editorial Losada, 1999, p.27-34.