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TEXTOS DE LA INCÓGNITA DEL HOMBRE

(y también de "La conducta en la Vida")

Por Alexis Carrel 

 

Alexis Carrel (1873-1944)

 

     Presentación

   1. El lugar del hombre en la tierra (texto perteneciente a "La conducta en la vida")

   Los siguientes pertenecen a distinto momentos de "La incógnita del hombre":

   2. Acerca de la experiencia mística

   3. Personalidad, expansión y telepatía

   4. La restauración del hombre

 

   PRESENTACION

    Alexis Carrel: médico, biólogo y pensador francés, que unió la materia y el espíritu. Fue un extraordinario ejemplo de un hombre de ciencia abierto a las honduras del pensar. La influencia de los consejos de su madre, determinaron su personalidad moral y su fe cristiana. En Lyon, en 1893, inició sus estudios en medicina. Rápidamente, atraería la atención de sus colegas por sus aportes a la cirugía experimental vinculados al transplante de venas y órganos, el rejuvenecimiento artificial de tejidos cultivados, y la técnica operatoria de la anastamosis vascular. En 1903, llegó a Lourdes con un tren de enfermos peregrinos. Presenció la milagrosa curación de una jovencita que padecía una peritonitis tuberculosa. A pesar de la imposibilidad científica de esta curación, Carrel, movido por una genuina honestidad intelectual, da testimonio de su realidad en el libro de comprobaciones médicas en la oficina de Lourdes. La reacción de sus colegas fue furiosa. Todo el ámbito académico se transformó para él en una continua borrasca hostil. Entonces, luego de cuatro meses de cavilaciones en Paris, decidió trasladarse a Canadá para dedicarse a la agricultura y ganadería. Pero el destino lo llevó allí al Hospital General de Quebec. Los médicos de aquella institución hospitalaria lo convencieron para que continuara sus investigaciones en medicina experimental. Luego se estableció en Chicago. Allí, recibió la devastadora noticia de la muerte de su madre. Logró superar la amarga pérdida mediante un frenético ritmo de trabajo. Carrel descolló no sólo como investigador sino también como conferencista reputado. En 1912, se le concedió el Premio Nobel de Medicina por sus innovadores aportes en el campo quirúrgico. En 1916 actuó como médico voluntario en la primera guerra mundial. Allí siempre permaneció cerca de los campos de batallas más feroces. En 1933 fue convencido para plasmar en una obra sus reflexiones que unían la inquietud humanista con la experimentación científica. Así, nació La incógnita del hombre, obra que se convertiría en una suerte de Biblia para una generación ávida de trascendencia. En 1935, surgió su idea de fundar una institución que se abocara a "una reconstrucción del hombre civilizado". Carrel manifestó entonces: "es necesario un centro del pensamiento sintético, una institución consagrada a la integridad del conocimiento que podría llamarse ¨Instituto del hombre o de la Civilización¨". En 1941 escribió La conducta en la vida. Cuando estalla la Segunda Guerra, regresó a su Francia natal para colaborar con sus compatriotas. Su corazón dejó de propagar su música en este mundo en 1944. 

      En este momento de Textos Olvidados de Temakel, nos complace recuperar algunas brisas de este olvidado pensador humanista y hombre de ciencia. Presentamos cuatro momentos de su escritura reflexiva. Primero un instante de La conducta en la vida donde Carrel destaca nuestra profunda pertenencia al mundo natural. Nuestros cuerpos nos unen a la naturaleza, al universo de los animales y de las lejanas estrellas. El resto de los textos proceden de La incógnita del hombre, el esencial faro del pensar de Carrel. En el primer texto, Carrel ausculta la naturaleza íntima de la experiencia mística, la cima del vuelo religioso del alma muy olvidada o mal comprendida en la época del imperio de la técnica y la veloz vida urbana. En el texto que dimos en llamar "Personalidad, expansión y telepatía", Carrel nos alienta a trascender nuestra imagen habitual del cuerpo y el yo psíquico como entidades finitas, circunscritas a los límites de nuestro organismo. La personalidad puede ser también un sutil río energético y vibratorio que expande al ser humano hasta vastas amplitudes y que le permite acceder a la poco conocida aún comunicación telepática. Esta expansión de la personalidad puede expresarse en los individuos geniales y su clarividencia (como se destaca en "Genio y clarividencia"). En el texto que hemos denominado "La restauración del hombre", Carrel alimenta el deseo de una recreación del hombre que le permita abrirse a todas las dimensiones de la flor de la existencia.

   Con Carrel, el pensamiento es aventura espiritual que recorre las grutas misteriosas de nuestro cuerpo y las sinfonías de la materia.

 Esteban Ierardo

 

   1. El lugar del hombre en la tierra.

  En la conducción de nuestra vida no podemos permitirnos ignorar la ordenación natural de las cosas. Es cierto que conservamos todavía la ilusión de ser los privilegiados entre todos los vivientes y de escapar a la regla común. El sentimiento de ser libres nos da una engañosa seguridad. Creemos ocupar sobre la tierra una situación muy superior a la asignada a las plantas, a los árboles y a los animales. Conviene, sin embargo, que sepamos de modo preciso cuál es nuestro verdadero lugar en la naturaleza. 

    Nuestro cuerpo, como se sabe desde Aristóteles, es una unidad autónoma, cuyas partes todas están entre sí en relaciones funcionales y existen como sirvientes del todo. Se compone de tejidos, de sangre y de espíritu. Estos tres elementos son distintos, pero inseparables unos de otros. Son igualmente inseparables, aunque distintos, del medio físico, químico y psicológico en el cual estamos sumergidos. Todas las substancias, pues, que constituyen los tejidos y la sangre vienen de este medio, bien directamente, bien indirectamente, por mediación de las plantas y de los animales. La mayor parte de nuestro cuerpo está hecha del agua de la lluvia, de los manantiales y de los ríos. Esta agua inferior tiene en solución proporciones definidas de sales minerales cuyo origen se encuentra en el suelo. Constituye el substrato de las células y de la sangre. Como la tierra y el agua de mar, contiene sodio, potasio, magnesio, caldo, hierro, cobre, y una cantidad de elementos más raros, como el manganeso, el cinc, el arsénico que nos aporta la carne de los animales, la leche, los granos, los cereales, las hojas de las legumbres, los tubérculos y las raíces. Son también los animales y las plantas los que suministran las materias azoadas, las grasas, los azúcares, las sales y las vitaminas indispensables para la construcci6n de los tejidos, para su conservación y para sus gastos energéticos. Los elementos químicos que entran en la composición del cuerpo son idénticos a los que componen el sol, la una y las estrellas. No hay diferencia alguna entre el oxigeno que respiramos del planeta Marte y el oxígeno que respiramos. El hidrógeno contenido en la molécula del glicógeno del hígado y de los músculos y el calcio del esqueleto son los mismos que el hidrógeno y el calcio de las llamas cinematográficas por Mac Math en la atmósfera del sol. El hierro de los glóbulos rojos de la sangre es semejante al hierro de los meteoritos. Los átomos de sodio que flotan como niebla ligera en los espacios intersiderales podrían ser utilizados por nuestros tejidos tan bien como los de la sal de nuestros alimentos. En suma:
elementos químicos de que se halla hecho nuestro cuerpo vienen del cosmos, de la tierra, del aire y del agua. Los elementos químicos se comportan de la misma manera dentro del cuerpo como fuera de él. Desde Claude Bernard, sabemos que las leyes de la fisiología son fundamentalmente las mismas que las de la mecánica, de la física y de la química. Los modos de ser de las cosas son invariables; por ejemplo: las leyes de las masas de la capilaridad, de la ósmosis, de la hidrodinámica, siguen siendo verdaderas en el seno de nuestros tejidos. Es posible, sin embargo, de acuerdo con la hipótesis emitida por Donnan, que ciertas leyes estadísticas cesan de obrar en los órganos celulares tan pequeños que sólo encierran algunas gruesas moléculas de materia proteica.
    En suma: nuestro cuerpo es un fragmento del cosmos, dispuesto de manera muy particular, pero en el cual se manifiestas las mismas leyes que en el resto del mundo. Está constituido por los mismo elementos que su ambiente físico.
   Hay también entre el hombre y su medio relaciones funcionales individibles. El medio se acomoda al hombre y el hombre al medio. Se puede decir que el medio es para el hombre lo que la cerradura para la llave. Hombre y medio forman las dos partes de un todo. En efecto; la superficie de la tierra presenta un conjunto de físicas y químicas excepcionales en el universo y enminentemente propias para nuestra existencia. Nuestro planeta retiene en su derrotero una atmósfera bastante densa para permitir a los vivientes obtener, aún sobre las altas montañas, el oxígeno indispensable para la respiración. Es también la atmósfera la que protege a las plantas y a los animales contra la acción nociva de los rayos solares y del frío. La atracción del globo terrestre terrestre ejerce sobre todos los cuerpos nos hace adherirnos al suelo en la medida apropiada a las necesidades de nuestra vida.  

   En la superficie de Júpiter nos hallaríamos inmovilizados por nuestro peso. En la luna seríamos excesivamente ligeros. Como Henderson lo ha demostrado, el medio cósmico se adapta a la vida, sobre todo gracias a las propiedades singulares de tres elementos: el oxígeno, el hidrógeno y el carbono, que forman el agua y el ácido carbónico. El agua y el ácido carbónico estabilizan la temperatura de la tierra. Además, el agua moviliza la mayor parte de los elemento químicos. Una ver movilizados, estos elementos penetran por todas partes y sirven de alimento a los vegetales. En fin, el hidrógeno, el oxígeno y el ácido carbónico son los más activos de todos los elementos. Forman los compuestos más numerosos y los edificios moleculares más complejos. Gracias al agua, que  les proporciona en solución la mayor parte de las sustancias químicas, las plantas  y los animales preparan los alimentos complejos que el hombre necesita. De ese modo, el medio se adapta a la vida. Al mismo tiempo, la vida se adapta al medio. Emplea para ello dos procedimientos diferentes. Consiste el primero en absorber o asimilar el medio. El organismo, por ejemplo, absorbe el oxígeno del aire y asimila las substancias alimenticias. El segundo procedimiento consiste en reaccionar contra el medio y en ajustar a él. Este ajustamiento se hace por un esfuerzo de los grande sistemas de adaptación. La repetición de este esfuerzo aumenta el poder de estos sistemas, es decir, de los vasos, de los centros nerviosos, de los músculos, de las glándulas, del corazón, de todos los órganos. Esta es la razón de que el individuo, a fin de alcanzar su desarrollo óptimo, deba luchar constantemente con su medio. La dureza de las condiciones de la vida es la condición indispensable para la ascensión de la persona humana.
     Los sabios cometen con frecuencia el extraño error de observar los fenómenos naturales como si ellos mismos se encontrasen fuera de la naturaleza. En realidad, forman parte de un sistema material compuesto del observador y del objeto de su observación. 

   Nuestro espíritu, es cierto, no está encerrado en las cuatro dimensiones del espacio y del tiempo. Aun cuando estemos sumergidos en el cosmos, tenemos el sentimiento de podernos librar de él. De un modo que todavía no compremos, el espíritu es capaz de evadirse de la continuidad física. Sin embargo, continúa inseparable del cuerpo es decir, del mundo físico. Está sometido a este mundo. Basta que el plasma sanguíneo quedé privado de ciertas sustancias químicas para que las más nobles aspiraciones del alma se desvanezcan. Cuando la glándula tiroides, por ejemplo, cesa de segregar la tiroxina en los vasos sanguíneos, ya no hay ni inteligencia, ni sentido de lo bello, ni sentido religioso. El aumento o la disminución del calcio produce un desequilibrio mental. La personalidad se desintegra bajo la influencia del
alcoholismo crónico. Si, como lo hizo Mr. Collum, se suprime completamente el manganeso de la alimentación de una rata, ésta pierde el sentido maternal. Por el contrario, cuando se suministra un extracto de glándula pituitaria llamado prolactina a ratas vírgenes, adoptan estás a jóvenes ratas, construyendo nidos para ellas y las rodean de cuidados. Y a falta de jóvenes ratas, consagran su amor paternal a pichones recién nacidos. Es cierto también que los sentimientos son profundamente influidos por ciertas enfermedades. Un ataque ligero de encefalitis letárgica puede producir como consecuencia una transformación de la personalidad. Cuando el treponema pálido comienza su invasión del cerebro, ilumina a veces la inteligencia con relámpagos de genio. Es cierto que el estado del espíritu se halla condicionado por el cuerpo. Las  actividades intelectuales y afectivas dependen de los condiciones físicas, químicas y fisiológicas de los órganos. Por consiguiente, del mundo cósmico.
    En suma: nuestro cuerpo está hecho de agua y de elementos tomados en el aire y en la tierra. Las leyes de la física y de la química se aplican lo mismo a los fenómenos que se realizan en el mundo interior de nuestros tejidos y de nuestros humores que a los del mundo exterior. Somos en la superficie de la tierra seres análogos a los demás seres; más próximos, sin embargo, a las plantas, los árboles y los animales, que a las rocas, las montañas, los ríos y el océano. Formamos evidentemente parte de la naturaleza. Tenemos lazos estrechos de parentescos con los animales superiores, en particular con los chimpancés y los orangutanes. Pero les superamos inmensamente por la potencia de nuestra mente. Gracias a nuestra inteligencia tenemos libertad de conducirnos con nos place. Es el sentimiento de la libertad lo que nos da ilusión de ser independientes de la naturaleza. Si bien cierto que somos libres, es cierto también que estamos sometidos al orden del mundo. Podemos, si lo queremos, no tener en cuenta ninguna de las leyes naturales. Sólo nuestra voluntad nos obliga a tomar en consideración las propiedades esenciales de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, y los modos de ser del mundo que nos rodea. Podemos, si lo deseamos, descender de un barco para caminar sobre las aguas, saltar desde lo alto del Empire State Building a la Quinta Avenida, habitar gracias al hashish entre las maravillas del país de los sueños, o abandonarnos a la corrupción de la civilización moderna. En otros términos; tenemos la facultad de comportarnos o no según el orden que emana de las cosas. Pero jamás conseguiremos romper los lazos que nos unen al mundo del cual procedemos. La voluntad del hombre será siempre impotente para modificar la estructura del universo. Como nuestros hermanos inferiores, los cetáceos de los mares polares, o los antropoides que viven en las selvas tropicales, formamos parte de la naturaleza. Estamos sometidos a las mismas leyes que el resto del mundo terrestre. Por razón de formar parte de la naturaleza, debemos, como lo enseña Epitecto, vivir conforme a sus órdenes. Tenemos que ser lo que somos en nuestra esencia de ser. (*)

(*) Fuente: Alexis Carrel, La conducta en la vida, Buenos Aires, Colección Vértice, Editorial Guillermo Kraft Limitada, 1954, pp.50-55.  

 

   2. Acerca de la experiencia mística

  En los hombres modernos rara vez observamos las manifestaciones de la actividad mística o del sentido religioso. La tendencia al misticismo, hasta en su forma más rudimentaria, es excepcional. Mucho más excepcional que el sentido moral. Sin embargo, sigue siendo una de las actividades humanas esenciales. La humanidad ha sido impregnada más a fondo por la inspiración religiosa que por el pensamiento filosófico. En la ciudad antigua, la religión era la base de la familia y de la vida social. Las catedrales y las ruinas de los templos erigidos por nuestros antepasados cubren aún el suelo de Europa. Claro es que su significado es hoy apenas conocido. Para la mayoría dc los hombres modernos, las iglesias no son más que museos de religiones muertas. La actitud de los turistas que visitan las catedrales de Europa muestra con claridad cuán completamente ha sido eliminado de la vida moderna el sentido religioso. La actividad mística ha sido desterrada de la mayor parte de las religiones. Hasta su significado ha sido olvidado. Esta ignorancia es probablemente responsable de la decadencia de las iglesias. La fuerza de una religión depende de los focos de actividad mística en que su vida crece constantemente. No obstante, el sentido religioso continúa siendo hoy una actividad indispensable para la conciencia de un número de individuos. Vuelve a manifestarse entre la gente de elevada cultura. Y, aunque parezca extraño, los monasterios de las grandes órdenes religiosas son demasiado pequeños para recibir a todos los jóvenes de uno u otro sexo que ansían entrar en el mundo espiritual a través del ascetismo y del misticismo.

   La actividad religiosa ofrece aspectos diversos, cuino los ofrece la actividad moral. En su estado más elemental, se compone de una vaga aspiración hacia un poder que trasciende las normas materiales y mentales de nuestro mundo, una especie de plegaria, sin formular, una  búsqueda más absoluta que la del Arte o la Ciencia. Es análoga a la actividad estética. El amor a la belleza conduce al misticismo. Además, los ritos religiosos están asociados con diversas formas de arte. El cántico se transforma fácilmente en oración. La belleza que el místico persigue es todavía más rica y más indefinible que el ideal de artista. No tiene forma. No puede expresarse en lenguaje alguno. Se esconde en el interior de las cosas del mundo visible. Rara vez se manifiesta. Requiere una elevación espiritual hacia un Ser que es el manantial de todas las cosas, hacia un poder, un centro de fuerzas, que el místico llama Dios. En cada periodo de la Historia, en cada nación, han existido individuos que poseían en alto grado este sentimiento peculiar. El misticismo cristiano contribuye la más elevada forma de actividad religiosa. Está más ligado a las demás actividades de la conciencia que los misticismos hindúes o tibetanos. Tiene la ventaja, sobre las religiones asiáticas, de haber recibido en su primera infancia las lecciones de Grecia y de Roma. Grecia le dio la inteligencia y Roma el orden y la medida.

   El misticismo, en su estado más elevado, comprende una técnica muy elaborada, una estricta disciplina. Primero, la práctica del ascetismo. Tan imposible es penetrar en la región de la mística sin preparación ascética, como transformarse en un atleta sin someterse a ejercicios físicos. La iniciación al ascetismo es dura. Por eso son muy pocos los hombres que tienen el valor de aventurarse por la senda del misticismo. El que desee emprender este viaje áspero y difícil debe renunciar a todas las cosas de este mundo, y por fin a sí mismo. Luego tiene que vivir durante largo tiempo en las sombras de la noche espiritual. Mientras implora la gracia de Dios y llora su degradación y su falta de merecimientos, van purificándose sus sentidos. Es la primera y obscura jornada de la vida mística. Poco a poco, el hombre se va despidiendo de sí mismo. Su oración se torna contemplación. Penetra en la vida iluminada. Es incapaz de describir sus experiencias. Cuando el hombre, ya en la vida mística, intenta expresar lo que siente, se apropia a veces -como hiciera San Juan de la Cruz- del lenguaje del amor carnal. Su espíritu se escapa del espacio y del tiempo. Alcanza el grado de la vida unitiva. Está en Dios y en Él obra. 

   La vida de todos los grandes místicos está formada de las mismas etapas. Tenemos que aceptar sus experiencias tal como ellos las describieron. Sólo aquellos que han seguido la vida de oración son capaces de comprender sus peculiaridades.
    A la verdad, buscar a Dios es un empeño enteramente personal. Por medio del ejercicio de las actividades normales de subconciencia, el hombre puede intentar alcanzar una realidad invisible que es a la vez inmanente y que trasciende del mundo material. De este modo se lanza a la más audaz de las aventuras que puedan osarse. Se le puede considerar corno un héroe o como un lunático. Pero nadie debe preguntarse si la experiencia mística es verdadera o falsa, si es autosugestión, alucinación, o un viaje del alma más allá de las dimensiones de nuestro mundo, y su unión con una realidad más elevada. Debemos contentarnos con tener un concepto operante de semejante experiencia. El misticismo es generoso con espléndidez. Da al hombre la satisfacción de sus más altos deseos. La fuerza interior, la luz espiritual, el amor divino, la paz inefable. La intuición religiosa es tan real como la inspiración estética. A través de la contemplación de la belleza sobrehumana, los místicos y los poetas pueden alcanzar la verdad final. (*)

(*) Fuente: Alexis Carrel, La incógnita del hombre, Buenos Aires, Joaquín Gil-Editor, 1953, pp. 134-136. 

   3. Personalidad, expansión y telepatía

  El individuo es, evidentemente, un centro de actividades específicas. Se nos ofrece distinto del mundo inanimado y también de los demás seres vivientes. Al propio tiempo se halla ligado a un ambiente y a sus semejantes. No puede existir sin ellos. Se caracteriza por ser independiente y dependiente a la vez del Universo cósmico. Pero no sabernos cómo está ligado a los otros seres, ni cuáles son sus fronteras espaciales y temporales. Tenemos razones para creer que la personalidad se extiende fuera del continuo físico. Sus límites parecen estar situados más allá de la superficie de la piel. La precisión de sus contornos anatómicos es, en parte, una ilusión. Cada uno de nosotros es mucho más amplio y más difuso que su cuerpo. 

   Sabemos que nuestras fronteras visibles son, por un lado la piel y, por el otro, las mucosas digestivas y respiratorias. Nuestra integridad anatómica y funcional, así como nuestra supervivencia, dependen de su inviolabilidad. Su destrucción y la invasión de los tejidos por las bacterias acarrean la muerte y la desintegración del individuo. También sabemos que pueden ser atravesadas por los rayos cósmicos, el oxígeno de la atmósfera, la luz, el calor, las ondas sonoras y las substancias resultantes de la digestión intestinal de los alimentos. Gracias a estas superficies, el mundo interior de nuestro cuerpo está en continuidad con el mundo cósmico. Pero esta frontera anatómica es sólo la de un aspecto del individuo. No incluye nuestra personalidad mental. El amor y el odio son realidades. Gracias a estas sensaciones, los hombres están ligados unos a otros de manera positiva, cualquiera que sea la distancia que haya entre ellos. A ni a mujer, la pérdida de un hijo le produce mayor dolor que la pérdida de un miembro. La ruptura de una unión afectiva puede acarrear hasta la muerte. Si pudiéramos percibir los lazos inmateriales, los seres humanos ofrecerían aspectos nuevos y extraños. Algunos, apenas si sobrepujarían sus límites anatómicos. Otros, se extenderían hasta la caja de caudales  de un Banco, los órganos sexuales de otro individuo, ciertos manjares o bebidas, quizá un perro, una joya, un objeto de arte. Otros aparecerían inmensos: se extenderían como largos tentáculos, asidos a su familia, a un grupo de amigos, a una vieja casa, al cielo y a las montañas de su país natal. Los conductores de naciones, los grandes filántropos, los santos, paro, parecerían gigantes de cuentos de hadas, que extendiesen sus múltiples brazos sobre un país, un continente, el mundo entero. Existe una estrecha relación entre nosotros y nuestro medio social. Todo ser humano ocupa un cierto lugar en su grupo. Está ligado a él por cadenas mentales. Su posición puede parecerle más importante que la vida misma. Si le privan de ella por la ruina, la enfermedad, la persecución, el escándalo o el crimen, el hombre puede incluso preferir el suicidio a este cambio. Es evidente que el individuo se proyecta en todos los sentidos más allá de sus fronteras anatómicas.

   Pero el hombre puede difundirse a través del espacio de manera más positiva todavía (1). En los fenómenos telepáticos, envía instantáneamente una parte de sí mismo, una especie de emanación, que va a reunirse con un pariente o un amigo alejado. De este modo se extiende a grandes distancias. Puede cruzar océanos y continentes en un espacio de tiempo demasiado corto para ser calculado. Es capaz de hallar, en medio de una multitud, la persona que desea encontrar. También puede descubrir en la inmensidad y la confusión de una ciudad moderna la casa, la habitación del individuo que busca, aunque no le conozca ni a él ni al ambiente que le rodea. Aquellos que están dotados de esta forma de actividad se conducen como seres extensibles, amebas de un género extraño, capaces de enviar sus seudópodos a distancias prodigiosas. A veces se observa que el hipnotizador y el sujeto se hallan unidos por un lazo invisible. Este te lazo parece emanar del sujeto. Cuando se establece la comunicación entre el hipnotizador y el sujeto, el primero puede, sugestionándole a distancia, ordenar al último que realice determinados actos. En este momento se ha establecido entre ellos una comunicación telepática. En tal caso, dos individuos dejados están en contacto el uno con el otro, aunque ambos parezcan estar confinados dentro de sus respectivos límites anatómicos. 

  El pensamiento parece ser transmitido, como las ondas electromagnéticas, de una región a otra del espacio. Hasta el presente, no ha sido posible medir la velocidad de las comunicaciones telepáticas. Ni los biólogos, ni los físicos, ni los astrónomos, han tenido en cuenta la existencia de fenómenos metafísicos. La telepatía es, no obstante, un dato primario de observación. Si algún día encontrásemos que el pensamiento viaja a través del espacio como viaja la luz, nuestras teorías acerca de la constitución del Universo tendrían que ser modificadas. Pero no es seguro que los fenómenos telepáticos se deban a la transmisión de un agente físico. Posiblemente no existe contacto espacial entre individuos que se hallan en comunicación. En efecto, sabemos que el espíritu no está enteramente descrito dentro de las cuatro dimensiones del continuo físico. Se halla situado simultáneamente dentro del Universo material como cualquier parte. Puede insertarse en las células cerebrales y prolongarse fuera del espacio y del tiempo, como un alga que se fija a una roca y deja que sus tallos floten en el misterio del océano. Ignoramos por completo las realidades que se hallan fuera del espacio y del tiempo. Nos es permitido suponer que una comunicación telepática es un encuentro, más allá de las cuatro dimensiones de nuestro Universo, entre las partes inmateriales de dos espíritus. Pero es más cómodo considerar estos fenómenos producidos por la expansión del individuo en el espacio. 

   La extensibilidad espacial de la personalidad es un hecho excepcional. Sin embargo, los individuos normales pueden leer a veces los pensamientos de los demás, como hacen los clarividentes. De un modo quizá análogo, algunos hombres poseen el poder de arrastrar y convencer a grandes multitudes con palabras en apariencia vulgares, de conducir a las gentes a la felicidad, a la batalla, al sacrificio, a la muerte. César, Napoleón, Mussolini, todos los grandes leaders de naciones...envuelven a gentíos inmensos en la red de su voluntad y de sus ideas. Entre ciertos individuos y la Naturaleza existen relaciones obscuras y sutiles. Tales hombres  pueden extenderse a través del espacio y del tiempo y comprender la realidad concreta. Parecen escaparse de ellos mismos, así como del continuo físico. A veces proyectan en vano sus tentáculos más allá de las fronteras del mundo material y no traen consigo nada importante. Pero, al igual de los grandes profetas de la Ciencia, el Arte y la Religión, también pueden  aprehender, en los abismos de lo desconocido, seres sublimes e ilusorios llamados abstracciones matemáticas, las ideas platónicas, la belleza suprema, Dios. (*)

(*) Fuente: Alexis Carrel, La incógnita del hombre, Buenos Aires, Joaquín Gil-Editor, 1953, pp. 235-238. 

 (1) Las fronteras psíquicas del individuo en el espacio y en el tiempo son, evidentemente, suposiciones. Pero las suposiciones, aunque sean muy extrañas, son cómodas y ayudan a agrupar hechos que son temporalmente inexplicables. Su propósito es, sencillamente, inspirar experimentos. El autor comprende claramente que sus conjeturas serán consideradas ingenuas o heréticas, tanto por el hombre corriente como por el sabio. Que desagradarán igualmente a los materialistas que a los espiritualistas, vitalistas o mecanicistas. Que se dudará del equilibrio de su intelecto. Sin embargo, no se pueden desdeñar los hechos porque sean extraños. Por el contrario, deben estudiarse. La Metafísica puede aportarnos datos más importantes sobre la naturaleza del hombre que la Psicología normal. Las sociedades de investigación psíquica y especialmente la Sociedad Inglesa, han atraído la atención del público hacia la clarividencia y la telepatía. Ha llegado el momento de estudiar estos fenómenos como se estudian los fenómenos fisiológicos. Pero las investigaciones metafísicos deben ser emprendidas por aficionados,  aun cuando estos aficionados sean grandes físicos, grandes filósofos o grandes matemáticos. Hasta para hombres tan ilustres como Isaac Newton, William Crookes u Oliver Lodge, es peligroso salirse de su terreno y meterse en Teología o Espiritismo. Para estudiar este tema sólo están calificados los experimentadores ejercitados en la clínica médica que tengan un profundo conocimiento del ser humano, de su fisiología y psicología, de sus neurosis, de su aptitud para mentir, de su susceptibilidad a la sugestión, de su habilidad para la prestidigitación. El autor espera que sus suposiciones acerca de los limites espaciales y temporales del individuo tal vez inspiren, en lugar de sonrisas y discusiones fútiles, experimentos realizados con las técnicas de la Fisiología y de la Física. 

 

    4. La restauración del hombre 

    No podemos emprender nuestra restauración y la de nuestro ambiente sin haber transformado nuestra manera de pensar. La sociedad moderna ha adolecido desde su origen de una falta intelectual, falta que ha sido constantemente repetida desde el Renacimiento. La Tecnología ha construido al hombre, no de acuerdo al espíritu de la Ciencia, sino de acuerdo con concepciones metafísicas erróneas. Ha llegado el momento de abandonar estas doctrinas. Debemos romper las barreras que se han alzado entre las propiedades de los objetos concretos y los diferentes actos de nosotros mismos. El error al cual se deben nuestros sufrimientos provienen de una interpretación equivocada de tina idea genial de Galileo. Como es harto sabido, Galileo distinguió las cualidades primarias de las cosas -dimensiones y eso- que pueden medirse fácilmente, de sus cualidades -forma, co1or, olor-, que no pueden medirse. Se separé lo cuantitativo de lo cualitativo. Lo cuantitativo, expresado en lenguaje matemático, aportó la Ciencia a la Humanidad. Lo cualitativo fue desdeñado. La abstracción de las cualidades primarias de los objetos era legítima. Pero no lo era el olvido de las cualidades secundarias. Este error tuvo grandes consecuencias. En el hombre, las cosas que no pueden medirse son más importantes que las mensurables. La existencia del pensamiento es tan fundamental como, por ejemplo, los equilibrios fisicoquímicos del suero hemático. La separación de lo cualitativo de  lo cuantitativo se hizo aún mayor cuando Descartes creó el dualismo del cuerpo y del alma. Entonces las manifestaciones del espíritu se volvieron inexplicables.  Lo material fue definitivamente aislado de lo espiritual. Las estructuras orgánicas y los mecanismos fisiológicos adquirieron una realidad mucho mayor que el pensamiento, el placer, el dolor y la belleza. Este error encauzó nuestra civilización por la ruta que conduce al triunfo de la Ciencia y a la degradación del hombre. 

   Para encontrar de nuevo el buen camino, debemos volver con el pensamiento a los hombres del Renacimiento, impregnarnos de su espíritu, de su pasión por la observación empírica y de su desprecio por los sistemas filosóficos. Como ellos, hemos de distinguir las cualidades primarias y secundarias de las cosas. Pero hemos de diferir de ellos radicalmente y atribuir a las cualidades secundarias la misma importancia que a las primarias. También tenemos que rechazar el dualismo de Descartes. El espíritu será reintegrado a la materia. El alma no será ya distinta del cuerpo. Las manifestaciones mentales, así como los procesos fisiológicos, estarán a nuestro alcance. Claro es que lo cualitativo es más difícil de lo cuantitativo. Los hechos concretos no satisfacen a nuestro espíritu, que prefiere el aspecto definitivo de las abstracciones. Pero la Ciencia no debe ser cultivada sólo por sí misma, por la elegancia de sus métodos, por su luz y su belleza. Su finalidad es el beneficio material y espiritual del hombre. Debe darse tanta importancia a los sentimientos como a la Termodinámica. Es indispensable que nuestro pensamiento abarque todos los aspectos de la realidad. En lugar de abandonar los residuos de las abstracciones científicas, los utilizaremos tan plenamente como las abstracciones mismas. No aceptaremos la tiranía de lo cuantitativo; la superioridad de la Mecánica, de la Física y de la Química. Renunciaremos a la actitud intelectual producida por el Renacimiento y su arbitraria definición de lo real. Pero debemos conservar todas las conquistas hechas desde los días de Galileo. El espíritu y las técnicas de la Ciencia son nuestro más preciado bien.

   Será difícil librarse de una doctrina que durante más de trescientos años ha dominado la inteligencia de los civilizados. La mayoría de los hombres de ciencia creen en la realidad de los Universales, en cl derecho exclusivo a la existencia de lo cuantitativo, en la supremacía de la materia, en la separación del espíritu del cuerpo y en la posición subordinada del espíritu. No renegarán fácilmente de su fe, porque semejante cambio haría vacilar sobre su base a la Pedagogía, la Medicina, la Higiene, la Psicología y la Sociología. El pequeño jardín que todo sabio cultiva, fácilmente se transformaría en un bosque que habría de ser derribado. Si la civilización científica abandonase la senda que ha seguido desde el Renacimiento y olvidase a la observación ingenua de lo concreto, se producirían inmediatamente extraños acontecimientos. La materia perdería su supremacía. Las actividades mentales se volverían tan importantes como las fisiológicas. El estudio de las funciones morales, estéticas y religiosas aparecería tan indispensable como el de las Matemáticas, la Física y la Química. Los métodos actuales de educación parecerían absurdos. Las escuelas y las universidades se verían obligadas a modificar sus programas. Se preguntaría a los higienistas por qué se limitan exclusivamente a la prevención de las enfermedades orgánicas y no a de los trastornos mentales y nerviosos. Por qué no conceden atención a la salud del espíritu. Por qué aislan a los enfermos infecciosos y no a aquellos otros que propagan enfermedades intelectuales y morales. Por qué se consideran peligrosas las costumbres culpables de las enfermedades orgánicas y no aquellas otras que llevan consigo la corrupción, la criminalidad y la demencia. El público rehusaría ser asistido por médicos que no conocen sino una pequeña parte del cuerpo. Los especialistas tendrían que aprender Medicina general, o trabaja como unidades de un grupo bajo la dirección de un médico general. Se induciría a los patólogos a que estudiasen las lesiones de los humores igual que las de los órganos. A tener en cuenta la influencia de lo mental sobre los tejidos, y viceversa. Los economistas se darían cuenta de que los seres humanos piensan, sienten y sufren; de que es preciso darles algo más que trabajo, alimentos y comodidad; de que tienen necesidades tanto espirituales como fisiológicas. Y también de que las causas de las crisis económicas y financieras pueden ser morales e intelectuales. No nos veríamos ya obligados a aceptar las condiciones bárbaras de vida en las grandes ciudades, la tiranía de la fábrica o de la oficina, el sacrificio de la dignidad moral al interés económico, del espíritu al dinero, como beneficios que nos dispensa la civilización moderna. Rechazaríamos las invenciones mecánicas que impiden el desarrollo humano. La Economía ya no se nos ofrecería como suprema razón de todo. Es evidente que la liberación del libre del hombre del credo materialista transformaría la mayor parte de los aspectos de nuestra existencia. Por eso la sociedad moderna se opondrá con todas sus fuerzas a este progreso en nuestras concepciones. 

  Sin embargo, debemos cuidar de que el fracaso del materialismo no traiga consigo una reacción espiritual. Ya que la Tecnología y el culto a la materia no han tenido éxito, puede ser grande la tentación de escoger el culto contrario, el del espíritu. La supremacía de la Psicología sería no menos peligrosa que la de la Fisiología y la Química. (*)

(*) Fuente: Alexis Carrel, La incógnita del hombre, Buenos Aires, Joaquín Gil-Editor, 1953, pp. 252-255. 

 

Genialidad y clarividencia


  La inteligencia sola no es capaz de engendrar la Ciencia. Pero es un factor indispensable para su creación. La Ciencia, a su vez. fortifica la inteligencia. Ha traído a la Humanidad una nueva actitud intelectual, la certeza que se deriva de la observación, la experimentación y el razonamiento lógico. La certeza que se deriva de la Ciencia, es muy diferente de la que se deriva de la fe. La última es más profunda. No puede ser conmovida por los argumentos. Se parece a la certeza que da la clarividencia. Pero, aunque parezca raro, no es completamente extraña a la Ciencia. Es evidente que los grandes descubrimientos no son producto de la inteligencia sola. Los genios, además de sus poderes de observación y de comprensión, poseen otras cualidades, tales como la intuición y la imaginación creadora. Por su intuición aprenden cosas que ignoran los demás hombres, perciben relaciones entre fenómenos al parecer aislados, siendo inconscientemente la presencia del tesoro desconocido. Todos los grandes hombres están dotados de intuición. Saben sin análisis, sin razonamiento, lo que les importa saber. Un verdadero leader no necesita test (pruebas) psicológicos ni cartas de recomendación cuando escoge a sus subordinados. Un buen juez, sin entrar en detalles de argumentos legales y aun partiendo de falsas premisas, es capaz de fallar una sentencia justa. Un gran sabio toma instintivamente la senda que conduce al descubrimiento. Este fenómeno, en tiempos pasados, se llamaba inspiración.

   El hombre de ciencia pertenece a dos tipos diferentes: el lógico y el intuitivo. La Ciencia debe su progreso a ambas formas de la inteligencia. Las Matemáticas, aunque de estructura puramente lógica, utilizan sin embargo la intuición. Entre los matemáticos hay intuitivos y lógicos, analistas y geómetras. Her,otte y Weierstrass eran intuitivos. Riemann y Bertrand eran lógicos. Los descubrimientos de la intuición han ido siempre desarrollados por la lógica. En la vida ordinaria, como en la Ciencia, la intuición es un medio poderoso, pero peligroso, de adquirir la sabiduría. A veces es difícil distinguirla de la ilusión. Aquellos que se fían de ella enteramente están sujetos a errores. Está lejos de ser siempre fidedigna. Pero el grande hombre, o el simple corazón puro, puede ser conducido por la intuición a la cumbre de la vida mental y espiritual. Es una extraña cualidad. Para inexplicable abarcar la realidad sin ayuda de la inteligencia. Uno de los aspectos de la intuición se asemeja a una rápida deducción de una observación instantánea. El conocimiento que los grandes médicos poseen a veces acerca del estado presente y futuro de sus pacientes es de esa naturaleza. Un fenómeno semejante se produce cuando aprecia, en un destello, el valor de un hombre, o se presiente sus virtudes o sus vicios. Pero, bajo otro aspecto, la intuición tiene lugar bastante independientemente de la observación y del razonamiento. La intuición puede conducirnos a nuestra meta cuando no sabemos cómo alcanzarla ni dónde está situada esta meta. Tal forma de conocimiento se parece mucho la clarividencia, al sexto sentido de Richet.

  La clarividencia  y la telepatía son un dato primario de observación científica. Aquellos que están dotados de este poder, perciben los pensamientos secretos de otros individuos sin hacer uso de sus sentidos. Asimismo perciben los acontecimientos más o menos remotos en el espacio y en el tiempo. Esta cualidad es excepcional. Sólo se desarrolla en un pequeño número de seres humanos. Pero muchos la poseen en un estado rudimentario. La ejercen sin esfuerzo y de una manera espontánea. A quienes la poseen, la clarividencia les parece bastante vulgar.  Les aporta un conocimiento más seguro que el que obtienen a través de sus sentidos. Un clarividente lee los pensamientos de otras gentes con la misma facilidad que examina la expresión de sus rostros. Pero las palabras "ver" o "sentir" no expresan con exactitud los fenómenos que se producen en la conciencia. El clarividente no observa, no piensa. Sabe. La lectura del pensamiento parece estar relacionada a la vez con la inspiración científica, estética y religiosa, y con la telepatía. Las comunicaciones telepáticas se producen con frecuencia. En muchos casos en el momento de la muerte o de un gran peligro, un individuo se pone en cierto género de comunicación con otro. El moribundo, o la víctima del accidente, aun cuando dicho accidente no sea mortal, se le aparece a su amigo en su aspecto acostumbrado. Generalmente, el fantasma permanece silencioso. Algunas veces habla y anuncia su muerte. El clarividente puede también percibir a gran distancia una escena, un individuo, un paisaje, que es capaz de describir minuciosa y exactamente. Existen muchas formas de telepatía. Cierto número de personas, aunque no estén dotadas de clarividencia, han recibido una o dos veces en su vida una comunicación telepática.

   De este modo, cl conocimiento del mundo externo puede llegar al hombre a través de otros cauces que los sentidos. Es seguro que el pensamiento puede ser transmitido de un individuo a otro aunque les separen grandes distancias. Estos hechos, que pertenecen a la nueva ciencia de la Metapsíquica, deben ser aceptados tal como son. Expresan un aspecto extraño y casi desconocido de nosotros mismos. Son probablemente los responsables de la misteriosa agudeza mental de algunos individuos. ¡Qué extraordinaria penetración resultaría de la unión de la inteligencia disciplinada y de la aptitud telepática! Claro es que la inteligencia, que nos ha dado el dominio sobre el mundo físico, no es una cosa sencilla. Sólo conocemos uno de sus aspectos. Tratamos de desarrollarla en las escuelas y en las universidades. Este aspecto no es sino una pequeña parte de una actividad maravillosa compuesta de razón, juicio, atención voluntaria, intuición y, tal vez, clarividencia. A esta función debe el hombre su capacidad para apoderarse de la realidad y para comprender el ambiente que lo rodea, a sus semejantes y a sí mismo. (*)

(*) Fuente: Alexis Carrel, La incógnita del hombre, Buenos Aires, Joaquín Gil-Editor, 1953, pp. 125-128. 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo