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  VIDA DE UN ESCLAVO AMERICANO escrita por él mismo

Por Frederick Douglass

 

 

"Esclavos escapando a través de la ciénaga",  obra del pintor norteamericano Thomas Moran.

 

Presentación

1. El azote y las blancas velas de un sueño

2. La escuela dominical

3. La fuga y el abismo

4. Hacia la libertad

 

Presentación

  En la historia siempre hubo hombres que arrojaron sobre otros los dardos mutiladores de la esclavitud. Y también hubo muchos que buscaron recuperar la salud de la libertad. En el mundo esclavista romano, la revuelta de Espartaco condensó todo el deseo furioso de la liberación. En el Estados Unidos esclavista, del siglo XIX, no hubo una resonante sublevación de esclavos pero sí existieron acciones individuales heroicas, individuos que se atrevieron a enfrentarse a la incierta aventura de la fuga de las plantaciones sureñas. Una de esas individualidades valerosas fue la de Frederick Douglass (izquierda en imagen para ampliar). En 1838 logró escapar del sur esclavista. Llegó después a Nueva York. fotodouglass.jpg (41648 bytes)Allí atravesó en un principio un periodo de gran incertidumbre. Su temor era ser capturado por algún cazador de esclavos fugitivos que lo devolviera a su pasado de opresión. Esta inseguridad concluyó  cuando asociaciones antiesclavistas le dieron ayuda y protección. Inició entonces una intensa labor como conferencista. Su encendido verbo en favor de la liberación de sus hermanos de raza, causó una vívida impresión en los auditorios de gente blanca a los que se dirigió. Esta sensación se intensificó por el hecho de que Douglass, si bien había aprendido a leer durante su esclavitud, nunca había recibido una educación formal. Esta sorpresa se multiplicó cuando, en 1845, publicó su Vida de un esclavo americano, escrita por él mismo. Una obra de una sorprendente plasticidad narrativa y riqueza literaria. Hoy por hoy, las páginas de Douglass constituyen uno de los principales exponentes de la llamada "narrativa de esclavos", un género muy difundido en la literatura norteamericana del siglo XIX. Luego de cinco años de su publicación las ventas del libro superaban los 30.000 ejemplares. La repercusión de la obra le confirió a Douglass fama internacional. Dictó conferencias en Inglaterra, Escocia e Irlanda. De regreso a Estados Unidos, en 1847, se inició como periodista. Se convirtió en propietario, director y editor sucesivamente del  North Star, Frederick Douglass Weekly, Douglass Monthly y el New national era. Douglass murió de un ataque cardíaco en Washingthon en 1895. Su cadáver fue trasladado a Rochester, Nueva York, donde fue enterrado en cementerio de Mount Hope.

  En este nuevo momento de Textos olvidados de Temakel, le presentamos cuatro momentos muy significativos de las memorias de Douglass. Los nombres de los encabezados de esta selección no corresponden a la edición original. Primero, en El azote y las blancas velas de un sueño, Douglass recrea su infernal experiencia en las plantaciones del señor Edward Covey. Éste lo sometió a numerosas tandas de crueles golpes y azotes. En este periodo, Douglass contempló una serie de barcos de velas blancas en una bahía. Una imagen que le inspiró uno de los momentos de más ardoroso y emocionante lirismo de su Vida. En La escuela dominical, recuerda sus esfuerzos por enseñar a leer a sus hermanos oprimidos. Las clases se impartían los domingos y eran estrictamente secretas. Los amos esclavistas temían el despertar intelectual de sus esclavos. Sabían que la lectura, el pensamiento y la cultura, los harían detestar su humillante condición esclavizada. En Fuga y abismo, Douglass narra la preparación de un plan de fuga destinado a fracasar. Es estremecedora la exhaustiva radiografía que se traza del torbellino de temores y pesadillas que castigaban a las participantes del proyecto de escape. Finalmente, en Hacia la libertad, Douglass describe sus últimos días como esclavo, en Baltimore, bajo la opresión del amo Hugh. Allí, el autor de estas memorias se convirtió en calafateador, un oficio que se practicaba en los astilleros y consistía en cerrar las junturas de madera de las naves con estopa y brea para que no entrara agua. En Baltimore Douglass consiguió también que se le concediera el "privilegio" de "alquilar su tiempo". Este era un sistema de semilibertad por el cual el esclavo podía disponer de su tiempo para buscar trabajo. Todo lo que ganara debía entregárselo cada semana a su amo. Esta perversa práctica terminó por inflamar el deseo de Douglass por llegar a su libertad. Así, planeó y ejecutó, esta vez exitosamente, su fuga en 1838.

  La obra de Douglass es una especial contribución a la memoria histórica. Pero también es estímulo para pensar la continuidad en el mundo contemporáneo de la vieja esclavitud bajo las formas de la explotación y la manipulación de las sociedades. 

Esteban Ierardo

 

  VIDA DE UN ESCLAVO AMERICANO escrita por él mismo

Por Frederick Douglass

 

 1. El azote y las blancas velas de un sueño  

    Dejé la case del amo Thomas y fui a vivir con el señor Covey el 1 de enero de 1833. Era ya por primera vez en mi vida, un peón rural. Me sentí en mi nuevo empleo aun más desconcertado de lo que podría estarlo un muchacho del campo en una gran ciudad. Cuando llevaba sólo una semana en mi nuevo hogar, el señor Covey me azotó muy severamente, rasgándome la piel de la espalda, haciendo correr la sangre y alzando costurones en la carne tan grandes como mi dedo meñique. Los detalles de este incidente son los siguientes: el señor Covey me envió, por la mañana muy temprano, uno de los días más fríos del mes de enero, al bosque, por una carga de leña. Me dio una pareja de bueyes sin domar. Me explicó cuál era el de la derecha y cuál de la izquierda. Luego ató el extremo de una larga cuerda a los cuernos del bueno y me dio el otro extremo y me dijo que, si el buey empezaba a correr, debía sujetarlo con la cuerda. Yo era la primera vez que manejaba bueyes y pasé muchos apuros, claro está. Conseguí, sin embargo, llegar al borde del bosque con poca dificultad; pero cuando no llevaba recorrido más que unas cuantas varas, los bueyes se asustaron y echaron a correr, lanzando el carro contra los árboles y por encima de los tocones del modo más horroroso. Yo esperaba a cada momento acabar con los sesos aplastados contra los árboles. Después de recorrer así un trayecto considerable, volcaron por fin el carro, lanzándolo con gran fuerza contra un árbol y precipitándose ellos en una densa espesura. No sé cómo pude librarme de la muerte. Allí estaba, completamente solo, en un espeso bosque, en un lugar nuevo para mí. Tenía el carro volcado y destrozado, los bueyes atrapados entre los arbustos, y no había nadie para ayudarme. Tras muchos esfuerzos, conseguí arreglar el carro, liberar a los bueyes y uncirlos de nuevo. Me dirigí luego con mi equipo al lugar donde había estado el día anterior cortando leña y cargué mucho el carro, pensando que de ese modo dominaría mejor a los bueyes. 

Luego emprendí el camino de casa. Había consumido ya la mitad del día. Salí del bosque sin novedad y me sentí ya fuera de peligro. Paré los bueyes para abrir la cerca del bosque; y cuando la abrí, antes de que pudiera coger la cuerda de los bueyes, éstos se lanzaron de nuevo a la carrera, engancharon el portillo entre la rueda y el cuerpo del carro, haciéndolos pedazos, y estuvieron a punto de aplastarme contra el poste del portillo. Asi que, por dos veces en un breve día, escapé a la muerte por los pelos. Cuando llegué a la casa le contesté al señor Covey lo que había pasado, y cómo había pasado. Me dio orden de volver al bosque inmediatamente. Lo hice y él fue detrás de mí. Cuando estaba llegando ya al bosque, apareció y me dijo que parara el carro, que me iba a enseñar a malgastar el tiempo y a romper portillos. Luego se acercó a un gran ciruelo silvestre y cortó con el hacha tres varas largas y, después de quitarles hojas y ramas con la navaja, me mandó quitarme la ropa. Yo no dije nada, pero seguí con la ropa puesta. El repitió la orden. Yo aún seguí sin contestar y sin hacer ademán de desvestirme. Ante esto se abalanzó sobre mí con la ferocidad de un tigre, me  arrancó la ropa y me zurró hasta que se gastaron las varas, haciéndome heridas tan terribles que me dejaron marcas visibles durante mucho tiempo. Esa fue la primera de una serie de palizas parecidas y por delitos similares.

  Viví con el señor Covey un año. Durante los seis primeros meses de ese año, casi no pasó una semana sin que me azotara. Era raro que no tuviese la espada llagada. Su excusa para azotarme era casi siempre mi torpeza. Trabajamos hasta el borde la extenuación. Mucho antes de que se hiciera de día estábamos ya en pie, habíamos dado de comer a los caballos y en cuanto empezaba a clarear salíamos hacia los campos de cultivo con los azadones y las yuntas. El señor Covey nos daba comida suficiente, pero poco tiempo para comerla. A veces teníamos que comer en menos de cinco minutos. Solíamos estar en los campos desde las primeras luces del día hasta que nos habían dejado ya los últimos rayos del sol; y en la época en que había de economizar el forraje, nos daba la medianoche en el campo recogiendo hierba.

  Covey estaba allí con nosotros. Lo que solía hacer para aguantarlo, era esto: se pasaba la mayor parte de la tarde en la cama. Luego salía repuesto al atardecer, listo para instalarnos con sus palabras, su ejemplo y frecuentemente con el látigo. El señor Covey era uno de los pocos propietarios de esclavos que era capaz de trabajar con las manos, y lo hacía. Era muy trabajador. Sabía por experiencia propia qué era lo que podía hacer exactamente un hombre o un muchacho. A él no había modo de engañarle. El trabajo continuaba en ausencia suya casi tan bien como cuando estaba presente; y tenía la facultad de hacernos sentir que estaba siempre presente entre nosotros. Esto lo lograba sorprendiéndonos. Raras veces se acercaba al lugar donde estábamos trabajando abiertamente, si podía hacerlo en secreto. Siempre procuraba cogernos por sorpresa. Era tan astuto, que solíamos llamarle, entre nosotros, "la serpiente". Cuando estábamos trabajando en el maizal, se acercaba a veces arrastrándose, apoyado en las manos y las rodillas para que no lo viéramos llegar, y de pronto se ponía de pie en medio de nosotros y gritaba "¡Va, va! ¡Vamos, venga! ¡De prisa, rápido!". Como seguía esa táctica, nunca era seguro que pudiese parar un solo minuto. Llegaba como un ladrón en la noche. Nos parecía siempre que estaba allí al lado. Estaba debajo de cada árbol, detrás de cada tocón, en cada matorral y en cada ventana, en la plantación. A veces montaba a caballo, como si fuese a St. Michel, que quedaba a unos doce kilómetros de distancias, y media hora después le veías acurrucado en el rincón de la valla de madera, vigilando todos los movimientos de los esclavos. Dejaba en esos casos el caballo atado en el bosque. También venía a veces andando hasta donde estábamos y nos daba órdenes como si estuviese y hacía como si se dirigiese a la casa para disponerlo todo; y antes de que hubiese recorrido la mitad del camino, se desviaba y se escondía en un rincón de la valla, o detrás de un árbol, y nos vigilaba desde allí hasta que se ponía el sol. 

El punto fuerte del señor Covey era su capacidad para engañar. Su vida estaba consagrada a planificar y perpetrar los engaños más groseros. Todo lo que él poseía en forma de conocimientos o de religión, lo adaptaba a su disposición para engañar. Parecía considerarse capaz de engañar al Todopoderoso. Rezaba una breve oración por la mañana y una oración larga por la noche; y, por extraño que pueda resultar, pocos hombres parecían más devotos de lo que lo parecía él a veces. Sus ejercicios devotos familiares siempre empezaban con cantos; y, como él cantaba muy mal, solía corresponderme a mí el honor de iniciar el himno. Él lo leía y me hacía una señal para que empezara. Yo a veces lo hacía; otros, no lo hacía. Mi desobediencia producía casi siempre mucha confusión. Para demostrar que no dependía de mí, empezaba y avanzaba vacilante con su himno, desentonando horriblemente. En ese estado de ánimo, rezaba con más brío del ordinario. ¡Pobre hombre! Tal era su disposición para el engaño y tanto éxito tenía engañando, que yo en verdad creo que a veces se engañaba a sí mismo y llegaba a creer en serio que era un adorador sincero del Dios altísimo; y esto, además, en una época en que se puede decir que era culpable de obligar a su esclava a cometer pecado de adulterio. Los hechos de este caso son los siguientes: el señor Covey era un hombre pobre; estaba empezando en la vida; sólo podía comprar un esclavo; y, sorprendentemente, la compró a ella, para criar, como él decía. Esa mujer se llamaba Caroline. El señor Covey se la compró al señor Thomas Lowe, a unos diez kilómetros de St. Michael. Era una mujer grande y corpulenta, de unos veinte años de edad. Ya había dado a luz un niño, lo que demostraba que servía para lo que el quería. Después de comprarla, tomó en arriendo a un hombre casado del señor Samuel Garrison, para que viviera con él un año, ¡y lo encerraba con ella todas las noches! El resultado fue que, al final del año, aquella desdichada dio a luz gemelos. El señor Covey pareció sumamente complacido con este resultado, tanto con el hombre como con la desventurada mujer. Tanta era su alegría, y la de su esposa, que nada de lo que pudiesen hacer por Caroline después del parto les parecía demasiado bueno o demasiado duro. Los niños los consideraron un magnífico aumento de su riqueza.

  Si hubo algún periodo de mi vida en el que me hicieran beber más que en ningún otro las heces más amargas de la esclavitud, ese periodo fue el de los seis primeros meses de mi estancia con el señor Covey. Nos obligaba a trabajar hiciera el tiempo que hiciera. Nunca hacía demasiado calor ni demasiado frío; por mucho que lloviera, soplara el viento, granizara o nevara, teníamos que trabajar en los campos. Trabajo, trabajo, era casi tanto el orden del día como el de la noche. Los días más largos eran demasiado cortos para él, y las noches, más cortas, demasiado largas. Yo era bastante ingobernable cuando llegué allí, pero unos cuantos meses de aquella disciplina me domaron. El señor Covey consiguió quebrantarme. Estaba quebrantado de cuerpo, de alma y de espíritu. Mi flexibilidad natural estaba aplastada, mi inteligencia languidecía, desapareció la afición a leer, se apagó la chispa alegre que brillara en mis ojos; la noche sombría de la esclavitud se cerró sobre mí, y lo que era un hombre se convirtió en un bruto.

  El domingo era mi único tiempo de ocio. Lo pasaba en una especie de estupor animal, entre sueño y vigilia, bajo algún árbol grande. A veces me sublevaba, atravesaba mi alma un fogonazo de libertad estimulante, acompañado de un tenue rayo de esperanza, que parpadeaba un instante y luego se esfumaba. Y volvía a hundirme, lamentando mi desdichada condición. Me sentía impulsado a veces a poner fin a mi vida, y a la de Covey, pero me lo impedía una mezcla de esperanza y miedo. Mis sufrimientos en aquella plantación parecen ahora un sueño más que una dura realidad.

 Nuestra casa estaba a unas cuantas varas de la bahía de Chesapeake, cuyo amplio seno estaba siempre blanco por las velas procedente de todas las partes del mundo habitable. Aquellas bellas embarcaciones, vestidas del blanco más puro, tan deleitosas a los ojos de los hombres libres, eran para mí como otros tantos espectros ensabanados, que me aterraban y me atormentaban con pensamientos sobre mi condición desventurada. Cuantas veces he seguido, en la quietud profunda de uno de aquellos domingos de verano, completamente solo allí las orillas grandiosas de esa noble  bahía, con el corazón afligido y los ojos cubiertos de lágrimas, el número incontable de velas que avanzaban hacia el poderoso océano. La visión de aquellas veles me afectaba siempre profundamente. Mis pensamientos exigían una formulación; y allí, sin más público que el Todopoderoso, vertía el lamento del alma, a mi manera tosca, con un apostrofe a aquella multitud de navíos en movimiento:

  ¡Vosotros os habéis soltado de vuestras amarras y sois libres; yo estoy atado a mis cadenas y soy un esclavo! ¡Vosotros avanzáis alegres impulsados por un viento dulce, y a mi me impulsa triste un látigo sangriento! ¡Vosotros sois ángeles de la libertad de raudas alas que voláis alrededor del mundo; yo estoy encerrado tras rejas de hierro! ¡Ojalá fuera libre! ¡Ojalá estuviese, ay, en una de vuestras airosas cubiertas y bajo vuestra ala protectora! Ruedan, ay, entre nosotros dos las aguas turbulentas. Ios, íos. ¡Ojalá pudiese irme también! ¡Si supiese nadar! ¡Si supiese volar! ¡Oh, por qué hube de nacer hombre para me convirtieran luego en animal! El alegre navío ya se ha ido, se oculta en la brumosa lejanía. Y aquí quedo yo en el infierno más ardiente de esclavitud interminable. ¡Sálvame, oh, Dios! ¡Ampárame! ¡Déjame ser libre! ¡Hay Dios? ¿Por qué soy entonces un esclavo? Me escaparé. No lo soportaré. Que me capturen si no consigo huir, pero lo intentaré. Que más da morir de fiebre que de calentura. Sólo tengo una vida que perder. Prefiero que me maten corriendo a morir aquí quieto. Piénsalo un momento; ¡ciento sesenta kilómetros al norte en línea recta y eres libre! ¿Lo intentarás? ¡Sí! Y lo conseguiré, con la ayuda de Dios. No es posible que viva y muera esclavo. Me lanzaré al agua. Esta misma bahía me llevará a la libertad. Los barcos de vapor seguían rumbo al nordeste desde Punta Norte. Lo mismo haré yo; y cuando llegué al final de la bahía, dejaré a la deriva mi canoa, atravesaré Delaware y entraré en Pennsylvania. Y cuando llegué allí, ya no necesitaré llevar salvoconducto; podré viajar sin que me molesten. En cuanto se me presente la primera oportunidad, me voy, pase lo que pase. Mientras tanto, procurare aguantar bajo el yugo. No soy el único esclavo de este mundo. ¿Por qué he de torturarme? Puedo aguantar tanto como el que más. Y soy solo un muchacho, y todos los muchachos han de estar sometidos a alguien. Es posible que mi desgracia en la esclavitud no haga sino aumentar mi felicidad cuando sea libre. Han de venir mejores tiempos.

 2. La escuela dominical

(...) 

Pero he de volver al señor Freeland y a mi experiencia mientras estuve a su servicio. Él, como el señor Covey, nos daba bastante de comer; pero, a diferencia del señor Covey, también nos daba tiempo bastante para comerlo. Nos hacía trabajar mucho, pero siempre desde que salía el sol hasta que se ponía. Nos exigía mucho trabajo, pero nos daba buenas herramientas para hacerlo. Tenía una finca grande, pero empleaba a bastantes hombres para trabajarla, y con desahogo, comparado con muchos de sus vecinos. El trato que me dio, mientras estuve a su servicio fue celestial, comparado con el que padecí a manos del señor Edward Covey.

  El señor Freeland era propietario, por su parte, de solo dos esclavos. Se llamaban Henry Harris y John Harris. El resto de sus peones eran alquilados. Éramos, yo, Sandy Jenkins y Handy Caldwell. Henry y John eran muy inteligentes, y conseguí en muy poco tiempo despertar en ellos un fuerte deseo de aprender a leer. Y no tardó en surgir este deseo también en los demás. Reunieron en seguida unos cuantos silabarios viejos y se empeñaron en que yo tenía que organizar una escuela dominical. Accedí a ello y pasé así a dedicar los domingos a enseñar a leer a aquellos queridos compañeros de esclavitud. Ninguno de ellos sabía las letras cuando yo llegué allí. Algunos de los esclavos de las fincas vecinas descubrieron lo que pasaba y también aprovecharon aquella pequeña oportunidad de aprender. Era algo sobreentendido, entre todos los que venían, que debía hacerse todo con el mayor secreto posible. Era necesario mantener a nuestros religiosos amos de St. Michael ignorantes del hecho de que, en vez de pasar la festividad luchando, boxeando y bebiendo whisky, intentábamos aprender a leer la voluntad de Dios; pues a ellos les gusta mucho más vernos dedicados a distracciones degradantes que ver que nos comportábamos como seres intelectuales, morales y responsables. Me hierve la sangre cuando pienso en la forma sanguinaria con que los señores Wright Fairbanks y Garrison West, junto con mucho más, cayeron sobre nosotros con piedras y palos y destrozaron  nuestra virtuosa escuelita dominical en St. Michael...¡y se decían cristianos todos!, ¡humildes seguidores de nuestro señor Jesucristo! Pero estoy desviándome de nuevo.

  Mi escuelita dominical estaba en la casa de un hombre libre de color cuyo nombre considero imprudente mencionar, ya que si se supiese podría causarle grandes contratiempos, aunque el delito de acoger la escuela fue hace diez años. Llegué a tener hasta cuarentas alumnos, y de los buenos, ardientemente deseosos de aprender. Eran de todas las edades, aunque principalmente hombres y adultos. Pienso ahora en aquellos domingos con un placer inexpresable. Fueron grandes días para mí alma. El trabajo de instruir a mis queridos compañeros de esclavitud fue el compromiso más grato con que me he visto bendecido. Nos queríamos, y separarme de ellos al final del domingo era una cruz muy dolorosa. Cuando pienso que aquellas valiosas almas están hoy encerradas en la prisión de la esclavitud, los sentimientos me abruman y estoy a punto de decir: "¿Rige el universo un Dios justo? ¿Y por qué sostiene los rayos en su mano derecha, si no es para abatir al opresor y liberar al expoliado de la mano del expoliador?". Aquellas almas queridas no acudían a la escuela dominical porque fuese costumbre hacerlo, ni yo les enseñaba porque diese prestigio dedicarse a ello. Cada instante que pasaban en la escuela, corrían el peligro de que los descubrieran y les administrasen treinta y nueve latigazos. Venían porque querían aprender. Sus amos crueles habían estado matando de hambre su inteligencia. Habían permanecido encerrados en la oscuridad mental. Yo les enseñaba porque era el deleite de mi alma estar haciendo algo que parecía mejorar la condición de mi raza. Mantuve la escuela casi todo el año que viví con el señor Freeland; y, además de mi escuela dominical, dediqué tres noches por semana, durante el invierno, a enseñar a los esclavos en casa. Y tengo la dicha de saber que varios de los que asistieron a la escuela dominical aprendieron a leer.

3. La fuga y el abismo

Al acabar el año 1834 el señor Freeland me arrendó de nuevo a mi amo por el año 1835. Pero por entonces yo empecé a querer vivir sobre tierra libre tanto como con Freeland (Freeland, en inglés tierra libre), y no estaba contento ya viviendo con él ni con ningún otro propietario de esclavos. Empecé, con el comienzo de año, a prepararme para un combate final que debía decidir mi destino de una forma u otra. Mi tendencia se acentuaba. Me aproximaba ya a la edad adulta y había pasado un año tras otros y yo seguía siendo esclavo. Estos pensamientos me enardecían: tenía que hacer algo. Así que decidí que no pasaría 1835 sin que intentase conseguir la libertad. Pero no estaba dispuesto a considerar la decisión yo solo. Quería a mis compañeros de esclavitud. Estaba deseoso de que participasen conmigo en aquello, mi decisión vitalizadora. Empecé por tanto muy pronto, aunque con gran prudencia, a investigar sus ideas y sentimientos sobre su condición y a imbuir en sus mentes ideas de libertad. Me dediqué a estudiar vías y medios para nuestra fuga, esforzándome al mismo tiempo  por convencerles, en todas las ocasiones adecuadas, del fraude grosero y de la inhumanidad de la esclavitud. Me dirigí primero a Henry, luego a John, luego a los demás. Descubrí en todos ellos corazones cálidos y espíritus nobles. Estaban dispuestos a oír y dispuestos a actuar cuando se propusiese un plan factible. Eso era lo que yo quería. Hablé con ellos de nuestra falta de hombría si nos resignábamos a nuestra esclavitud sin al menos un noble esfuerzo por ser libres. Nos reuníamos a menudos y nos consultábamos con frecuencia y explicábamos nuestros miedos y esperanzas, y repasábamos las dificultades, reales e imaginarias, a las que tendríamos que enfrentarnos. Algunas veces estábamos casi dispuestos a ceder, e intentar contentarnos con nuestra suerte desdichada; otras veces nos mostrábamos firmes e inflexibles en nuestra decisión de irnos. Siempre que proponíamos algún plan, surgía el miedo...los inconvenientes eran temibles. Nuestra ruta estaba plagada de los mayores obstáculos; y si conseguíamos llegar al final de ella, aún era discutible nuestro derecho a ser libres, aún corríamos peligro de que nos volviesen a la esclavitud. No podíamos ver ningún lugar, de este lado del océano, donde pudiésemos ser libres. No sabíamos nada del Canadá. Nuestro conocimiento de Norte no se extendía más allá de Nueva York; e ir allí y estar siempre agobiado por el peligro aterrador de que te devolvieran a la esclavitud, con la certeza de que serías tratado diez veces peor que antes, era una idea horrible, y a la que no era fácil sobreponerse. El planteamiento era así a veces: en cada puerta por la que teníamos que pasar veíamos un vigilante, en cada trasbordador un guardia, en cada puente un centinela y en cada bosque una patrulla. Estábamos rodeados por todas partes. Estos eran nuestros problemas, reales o imaginarios; lo bueno que había que buscar y lo malo que había que evitar. Por una parte, estaba la esclavitud, una realidad dura, que relumbraba aterradora sobre nosotros, con sus vestiduras enrojecidas ya con la sangre de millones de hombres, y que entonces incluso estaba alimentándose voraz con nuestra propia carne. Por otra parte, allá en la imprecisa lejanía, bajo la luz parpadeante de la estrella del norte, tras algún cerro escarpado o alguna montaña cubierta de nieve, había una libertad dudosa (medio congelada) llamándonos a compartir su hospitalidad. Esto por sí solo bastaba a veces para hacer que nos tambaleásemos; pero cuando nos permitíamos examinar el camino, solíamos quedarnos sobrecogidos. Veíamos a ambos lados de él una muerte inexorable, que adoptaba las formas más horribles. Unas veces era el hombre, que nos obligaba a devorar nuestra propia carne; otras veces luchábamos con las olas y nos ahogábamos; otras, nos alcanzaban y acabábamos despedazados por los colmillos de los terribles sabuesos. Nos picaban escorpiones, nos perseguían animales salvajes, nos mordían serpientes y, por último, después de haber llegado casi al punto deseado, después de cruzar a nado ríos, enfrentarse a las fieras, dormir en los bosques, padecer hambre y desnudez, nuestros perseguidores nos daban caza y, como nos resistamos, ¡nos mataban a tiros allí mismo! Como digo, este cuadro nos sobrecogía a veces y nos hacía  preferir los males conocidos, que huir hacia otros, de los que no sabíamos nada. Al tomar la decisión en firme de escapar, hicimos más que Patrick Henry cuando decidió sobre libertad o muerte. En nuestro caso era una libertad dudosa como mucho, y una muerte casi segura si fracasábamos. Yo, por mi parte, prefería la muerte a la esclavitud sin esperanza.

4. Hacia la libertad

Llego ahora a esa parte de mi vida durante la cual planeé, y conseguí al fin huir de la esclavitud. Pero antes de pasar a explicar las circunstancias concretas, creo necesario dar a conocer mi intención de no explicar todos los hechos relacionados con el asunto. Las razones que tengo para seguir esa conducta se pueden entender a partir de lo siguiente. Primero, si diese una descripción detallada de todos los hechos, es no solo posible sino muy probable que otras personas se viesen en muy graves dificultades. Segundo, esa explicación daría lugar sin duda a una mayor vigilancia por parte de los propietarios de esclavos que la que ha habido hasta ahora entre ellos; lo que significaría, claro está, que vigilarían una puerta por la que pudiera algún querido hermano de esclavitud escaparse a sus fuertes cadenas. Lamento profundamente que la necesidad me obligue a suprimir cosas importantes relacionadas con mi experiencia de la esclavitud. Sería sin duda un gran placer para mí, además de aumentar materialmente el interés de mi relato, el tener libertad para satisfacer una curiosidad que sé que existe en la mente de muchos con una narración precisa de todos los hechos relacionados con mi afortunadísima fuga. Pero he de privarme de ese placer, y del goce que le procurara esa narración al curioso. Prefería soportar las mayores acusaciones que pudiesen hacer los malintencionados, a correr peligro, por justificarme, de cerrar la más pequeña vía que permitiese a un esclavo hermano liberarse de las cadenas y grilletes de la esclavitud.

  Nunca he aprobado esa forma tan pública que tienen algunos de nuestros hermanos occidentales de dirigir lo que llaman el ferrocarril subterráneo, el cual yo creo que, debido a sus explicaciones detalladas, se ha convertido sin lugar a dudas en un ferrocarril de superficie. Respeto a esos hombres y mujeres por su noble audacia y les aplaudo por exponerse de forma voluntaria a una persecución sangrienta, al reconocer abiertamente su participación en las fugas de esclavos. Pero  creo que esa forma de actuar no puede hacer mucho bien, ni a ellos ni a los esclavos que se fugan; mientras que veo y creo firmemente, por otra parte, que esas explicaciones detalladas son un mal indudable para los esclavos. No dan al esclavo ninguna información y sí mucha al amo. Le mueve a vigilar más, y a reforzar su capacidad de capturar al esclavo. También les debemos algo a los esclavos que están al sur de la línea divisoria y no sólo a los que están al norte de ellas; y al ayudar a estos últimos en su camino hacia la libertad, deberíamos procurar no hacer nada que pudiera impedir a los primeros huir de la esclavitud. Yo mantendría al amo implacable en la profunda ignorancia sobre los medios de fuga que utiliza el esclavo. Le dejaría que se imaginara rodeado de miríadas de atormentadores invisibles, siempre dispuestos a arrebatarle de las garras infernales a la trémula víctima. Dejémosle que camine a tientas en la oscuridad, que sobre él se cierna una oscuridad equiparable a su delito y que piense que a cada paso que da, persiguiendo al esclavo fugitivo, está corriendo el riesgo aterrador de que un agente invisible le salte la tapa de los sesos. No prestemos ninguna ayuda al tirano; no sostengamos la luz con la que pueda seguir las huellas de nuestro hermano fugitivo. Pero basta de este asunto. Pasaré ahora a la exposición de aquellos hechos relacionados con mi fuga de los que solo yo soy responsable, y por lo que solo se me puede castigar a mí.

  En la primera parte del año 1838, empecé a sentirme muy inquieto. No podía ver ninguna razón por la que tuviese que verter el fruto de mi trabajo en la bolsa de mi almo al final de cada semana. Cuando le llevaba mis ganancias semanales, él, tras contar el dinero, me mirada a la cara con la fiereza de un ladrón y preguntaba: "¿Esto es todo?". Tenía que entregarle hasta el último centavo. Aunque cuando le daba seis dólares, me daba a veces seis centavos, para estimularme. Tenía el efecto contrario. Para mí era como si reconociese con aquello mi derecho a todo. El que me diese la parte que fuera de mi salario demostraba, a mi modo de ver, que me creía con derecho a la totalidad. Siempre me sentía peor cuando me daba algo, pues temía que el darme unos centavos tranquilizara su conciencia y le hiciese sentirse un tipo muy honorable de ladrón. Crecía el descontento en mi interior. Siempre estaba pendiente de los medios de huida; y, al no encontrar ningún medio directo, decidí intentar alquilar mi tiempo, y conseguir así dinero para poder fugarme. En la primavera de 1838, cuando vino a Baltimore el amo Thomas a comprar los artículos de primavera, aproveché la oportunidad y le pedí que me permitiese alquilar mi tiempo. El rechazó mi petición sin vacilar diciendo que no era más que otra estratagema mía para escapar. Me contó que no podía ir a ningún sitio en el que no pudiera darme alcance él y, en caso de que me escapara, no ahorraría ningún esfuerzo para capturarme. Me exhortó a contentarme con mi suerte y a ser obediente. Me explicó que si fuese feliz renunciaría a hacer planes para el futuro. Dijo que, si me portaba como era debido, él se cuidaría de mí. Me aconsejaba, en realidad, que dejase de pensar del todo en el futuro, y me enseñaba a basar sólo en él mi felicidad. Pareció darse cuenta plenamente de la necesidad apremiante de anular mi capacidad intelectual, para que pudiera sentirme contento en la esclavitud. Pero a pesar de él, y hasta a pesar mío, seguí pensando, y pensando en la injusticia de mi esclavización y en la forma de huir. 

  Unos dos meses después, solicité del amo Hugh el privilegio de alquilar mi tiempo. Él no tenía noticia del hecho de que se lo había pedido ya al amo Thomas y me lo había negado. También él pareció inclinarse al rechazo en principio; pero, después de reflexionar un poco, me otorgó el privilegio, proponiendo las condiciones siguientes: se me concedía todo el tiempo, establecería yo todos los acuerdos con las personas para las que trabajase y me buscaría yo mismo trabajo; y a cambio de esta libertad, tenía que pagarle tres dólares al final de cada semana, proveerme yo mismo de las herramientas de calafatear y mantenerme y vestirme. La pensión eran dos dólares y medio por semana. Con esto y el desgaste y las roturas de la ropa y de las herramientas de calafatear, mis gastos regulares ascendían a unos seis dólares por semana. Estaba obligado a reunir esa cantidad porque si no perdía el privilegio de alquilar mi tiempo. Lloviese o hiciese sol, hubiese trabajo o no lo hubiese, al final de cada semana debía entregar el dinero o perdía el privilegio. Este acuerdo era, como puede verse, claramente favorable a mi amo. Le liberaba de toda obligación de cuidarse de mí. Obtenía un dinero seguro. Recibía todos los beneficios de la esclavitud sin sus males; yo en cambio soportaba todos los males del esclavo y padecía todos los desvelos y angustias del hombre libre. Me parecían condiciones duras. Pero, aunque fuesen duras, las consideraba mejores que la forma anterior de relación. El que te permitieran asumir las responsabilidades de un hombre libre era un paso hacia la libertad, y yo estaba resuelto a no perder el privilegio. Así que me consagré a la tarea de ganar dinero. Estaba dispuesto a trabajar noche y día y, aplicándome a ello con perseverancia y diligencia infatigables, fui ganando suficiente para cubrir mis gastos y para ahorrar un poco de dinero a la semana. Así me mantuve desde mayo a agosto. Entonces el amo Hugh se negó a dejarme alquilar mi tiempo más. La base para su negativa fue que una noche de sábado no le pagué por mi tiempo de la semana. Este fallo se debió a que asistí a una acampada evangelista a unos dieciséis kilómetros de Baltimore. Durante la semana yo había quedado comprometido con unos jóvenes amigos para salir de Baltimore hacia el lugar de acampada al atardecer del sábado; y como mi patrono me entretuvo no pude bajar a casa del amo Hugh porque si lo hacía llegaba tarde a la cita. Yo sabía que el amo Hugh no tenía ninguna necesidad especial de dinero aquella noche. Así que decidí ir a la acampada y pagarle los tres dólares a la vuelta. Estuve en la acampada un día más de lo que tenía pensado en un principio. Pero en cuanto regresé fui a verle para pagarle lo que él consideraba que le debía. Estaba muy furioso; apenas podía contener la cólera. Dijo que había estado pensando darme una buena tanda de latigazos. Me dijo que cómo me atrevía a salir de la ciudad sin pedirle permiso. Yo le dije que alquilaba mi tiempo y, mientras le pagara el precio que pedía, no sabía que estuviese obligado a preguntarle a él adónde debía ir y cuándo. Esa respuesta le incomodó y, después de reflexionar unos instantes, se volvió a mí y dijo que no me dejaría alquilar mi tiempo más; que cuando quisiera darse cuenta me habría escapado. Y, con el mismo pretexto, me mandó llevar a casa inmediatamente mis herramientas de calafatear y mi ropa. Lo hice; pero en vez de buscar trabajo, como había venido haciendo anteriormente para alquilar mi tiempo, me pasé toda la semana sin hacer nada. Lo hice como represalia. El sábado por la noche me pidió como siempre mi salario de la semana. Yo le dije que no tenía nada; no había trabajado nada aquella semana. Entonces estuvimos a punto de llegar a las manos. Él se puso furioso y juró que estaba decidido a meterme en cintura. Yo no dije ni una sola palabra; pero había decidido que, si me ponía la mano encima, sería golpe por golpe. No me pegó, pero me dijo que se encargaría él de que tuviese siempre trabajo en el futuro. Yo medité sobre el asunto durante el día siguiente, domingo, y decidí por último que el día 3 de septiembre sería el día en el que haría mi segunda tentativa de asegurar mi libertad. Tenía dos semanas durante las que podía prepararme para el viaje. El lunes por la mañana temprano, antes de que el amo Hugh tuviera tiempo de conseguirme un trabajo, salí y encontré empleo con el señor Cutler, en su astillero, junto al puente levadizo, en lo que llaman el City Block, haciendo así innecesario que me buscase trabajo él. Al final de la semana le llevé entre ocho y nueve dólares. Pareció ponerse muy contento y me preguntó por qué no había hecho lo mismo la semana anterior. Poco sabía él cuáles eran mis planes. Mi objetivo al trabajar de firme era disipar cualquier sospecha que él pudiese tener de mi intención de huir; y tuve un éxito admirable en eso. Supongo que pensó que no podía sentirme satisfecho de mi condición precisamente cuando estaba planeando mi fuga. Pasó la segunda semana y le di de nuevo mi salario completo; y tanto le complació que me dio veinticinco centavos (una suma muy grande para un esclavo) y me advirtió que hiciese buen uso de ellos. Le dije que lo haría.

  Todo siguió sin novedad en apariencia, pero por dentro no estaba tranquilo. Me es imposible describir mis sentimientos a medida que se acercaba el momento en que tenía prevista la partida. Contaba con una serie de afectuosos amigos en Baltimore (amigos a los que quería casi como a mi vida) y me resultaba indescriptiblemente dolorosa la idea de estar separado de ellos para siempre. Soy de la opinión de que escaparían de la esclavitud miles de hombres que ahora no lo hacen si no fuese por los firmes lazos de afecto que les ligan a sus amistades. La idea de dejar a mis amigos era claramente la más dolorosa con la que tenía que lidiar. Su amor era mi punto flaco y lo que más me hacía vacilar en mi decisión. Además de los dolores de la separación, la angustia y el temor al fracaso superaban lo que había experimentado en mi primera tentativa. Volvía a atormentarme la derrota abrumadora que había sufrido entonces. Estaba convencido de que si fallaba en aquel intento no podría tener más esperanzas, sellaría mi destino como esclavo para siempre. Sólo podía esperar que me aplicaran el castigo más severo y que me privaran de cualquier medio de fuga. No hacía falta una imaginación muy intensa para trazar las escenas más aterradoras por las que tendría que pasar en caso de que fracasase. Tenía perpetuamente ante mí el horror de la esclavitud y la bendición de la libertad. Eran para mi vida y muerte. Pero me mantuve firme y, de acuerdo con lo que había decidido, el día 3 de septiembre de 1838 dejé mis cadenas y conseguí llegar a Nueva York sin la más leve interrupción de ningún género. Cómo lo hice, de qué medios me serví, en qué dirección viajé y por qué sistema de transporte, no puedo explicarlo, por las razones antes mencionadas. (*)

 

(*) Fuente: Frederick Douglass, Vida de un esclavo americano escrita por él mismo, Barcelona, Editorial Alba, 1995 (traducción J.M. Álvarez Flórez).

 

 

 

 

 

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