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   LA MUERTE CREADORA Y EL VIENTRE INMENSO

 Por Henry Miller 

 

   La muerte creadora

   El vientre inmenso

    Aves místicas siempre planearon cerca de la pluma de Henry Miller (1890-1980).  Mística laica que emergió como sacralización de la sexualidad, tal como acontece en Trópico de Capricornio. Trópico de Cáncer, y La crucifixión rosada, trilogía formada por Sexus, Plexus y Nexus, son otras de las obras esenciales de Miller. Que también se complació en el ensayo. La sabiduría del corazón es una olvidada ágata de su escritura ensayística. Entre sus páginas, hemos hallado los textos que presentamos a continuación en Textos Olvidados de Temakel: "La Muerte Creadora", y "El vientre inmenso". En el primero, Miller cabalga en la evocación del escritor inglés D. Lawrence, otro de los heraldos de un erotismo sacro y de la sensibilidad ante lo mítico y la simbólica misión del artista. El artista es quien  experimenta muerte y renacimiento recreadores, y así "nos devuelve un universo vital, que canta, vivo en todas sus partes".

   En "El vientre inmenso" se pondera al que percibe y celebra la vida inagotable; al que sabe que todo es vientre pletórico de vida actual o potencial. Quien respira aire caliente, vive al mundo como vientre y no como tumba.

   Dos huertos millerianos; dos huertos de reflexiones, de planeos a través de la muerte paradójica que crea y un ilimitado vientre que gesta lo vivo. Lo único que hay...

 E.I


 LA MUERTE CREADORA

   "No quiero que el Destino o la Providencia me traten bien. Soy esencialmente un luchador." Lawrence escribió esto hacia el final de su vida, pero decía ya al comienzo de su carrera: "Tenemos que odiar a nuestros predecesores inmediatos para liberarnos de su autoridad".

    Los hombres a quienes debía todo, los grandes espíritus de quienes se alimentaba y nutría, a quienes tuvo que rechazar para afirmar su propia fuerza, su propia visión ¿acaso no eran como él hombres que iban a la fuente? ¿No los animaba a todos ellos la idea que Lawrence proclamó una y otra vez: que el sol no envejecería nunca, ni la tierra se tornaría jamás estéril? ¿Acaso no eran, todos ellos, en su búsqueda de Dios, de esa "guía que falta dentro de los hombres", víctimas del Espíritu Santo?
    ¿Quiénes fueron sus predecesores? ¿Con quiénes reconoció estar en deuda, reiteradamente, antes de ridiculizarlos y desenmascararlos? Con Jesús, desde luego, y con Nietzsche, y Whitman, y Dostoiewsky. Con todos los poetas de la vida, los místicos, que al censurar la civilización fueron quienes más aportaron al engaño de la civilización.
      Dostoiewsky tuvo una tremenda influencia sobre Lawrence. De todos sus antecesores, incluido Jesús, el que le resultó más difícil de quitarse de encima, de superar, de "trascender", fue Dostoiewsky. Lawrence siempre había considerado al sol como origen de la vida, y a la luna como símbolo del no-ser. La Vida y la Muerte: constantemente tuvo ante sí estos dos polos, como un marinero. "Quien más se acerque al sol", decía, "será conductor, aristócrata de aristócratas. O quien, como Dostoiewsky, más se acerque a la luna de nuestro no-ser". Los intermedios no le interesaban. "Pero el ser más poderoso", concluye, "es aquel en camino hacia la floración todavía desconocida". Veía al hombre como un fenómeno estacional, una luna creciente y menguante, una semilla brotada de la oscuridad original para volver a ella. La vida breve, transitoria, eternamente fija entre los dos polos del ser y el no-ser. Sin la guía, sin la revelación, no hay vida sino sacrificio a la existencia. Interpretaba la inmortalidad como ese deseo vano de existencia sin fin. Esta muerte viviente era para él el Purgatorio en el cual el hombre lucha incesantemente.
       Por extraño que parezca hoy decirlo, la finalidad de la vida es vivir, y vivir significa estar consciente, gozosamente, ebria, serena, divinamente consciente. En ese estado de conciencia divina, se canta; en ese reino el mundo existe como poema. Sin por qué ni por lo tanto, sin dirección, sin meta, sin lucha, sin evolución. Como al chino enigmático, lo arrebata a uno el espectáculo siempre cambiante de los fenómenos pasajeros. Ése es el estado sublime a-moral, del artista, de quien vive sólo en el momento, el momento visionario de lucidez total, previsora. Una cordura tan diáfana, tan álgida, que parece locura. Mediante la fuerza y el poder de la visión del artista, se destruye ese todo sintético que se llama el mundo. El artista nos devuelve un universo vital, que canta, vivo en todas sus partes.

    En cierto modo, el artista siempre obra contra el movimiento tiempo-destino. Siempre es a-histórico. Acepta el Tiempo absolutamente, como dice Whitman, en el sentido de que cualquiera sea la forma en que gire (con la cola en la boca) es un rumbo; en el sentido de que un momento, todo momento, puede ser la totalidad; para el artista no hay más que presente, el eterno aquí y ahora, el momento infinito que se ensancha y es llama y canto. Y cuando logra establecer este criterio de experiencia apasionada (que es lo que significa el "obedecer al Espíritu Santo" de Lawrence), entonces, y sólo entonces, afirma su calidad de hombre. Sólo entonces encarna su pauta de Hombre. Obediente a todo impulso, sin distinción de moral, ética, ley, costumbre, etc. Se abre a todas las influencias, todo lo nutre. Todo es jugo para él, hasta lo que no comprende; en particular lo que no comprende.
   Esa realidad final que el artista llega a admitir en su madurez es ese paraíso simbólico del vientre, esa "China" que los psicólogos alojan en algún punto entre la conciencia y el inconsciente, y la unión con la naturaleza, la seguridad y la inmortalidad prenatales de las cuales ha de arrebatar su libertad. Cada vez que nace espiritualmente sueña con lo imposible, lo milagroso; sueña con poder quebrar la rueda de la vida y la muerte, evitar la lucha y el drama, el dolor y el sufrimiento de la vida. Su poema es la leyenda en la cual se refiere los misterios del nacimiento y la muerte; su realidad, su experiencia. Se entierra en su tumba de poema para lograr esa inmortalidad que se le niega como ser corporal.    

    La China es una proyección hacia el dominio espiritual de su condición biológica de no-ser. Ser es tener forma mortal, atributos mortales, es luchar, evolucionar. El Paraíso es, como el sueño de los budistas, un Nirvana donde ya no hay personalidad y, por lo tanto, no hay conflicto. Es la expresión del deseo del hombre de triunfar sobre la realidad, sobre la transformación. El sueño del artista que sueña lo imposible, lo milagroso, es simplemente resultado de su incapacidad de adaptarse a la realidad. Por lo tanto, crea una realidad propia -en el poema-, una realidad adecuada a él, una realidad en la cual puede vivir sus anhelos inconscientes, sus deseos, sus sueños. El poema es el sueño hecho carne, en dos sentidos: como obra de arte, y como vida, que es obra de arte. Cuando el hombre llega a ser plenamente consciente de su fuerza, su papel, su destino, es artista, y desiste de su lucha contra la realidad. Se convierte en traidor de la raza humana. Engendra la guerra porque ha llegado a estar en permanente desacuerdo con el resto de la humanidad. Se sienta en el escalón del vientre de su madre con sus recuerdos de casta y sus anhelos incestuosos, y se niega a moverse. Vive cabalmente su sueño del Paraíso. Transmuta su experiencia real de la vida en ecuaciones espirituales. Desdeña el alfabeto corriente, que a lo sumo puede dar una gramática del pensamiento, y adopta el símbolo, la metáfora, el ideograma. Escribe en chino. Crea un mundo imposible valiéndose de una lengua incomprensible, un engaño que encanta y esclaviza a los hombres. No es que sea incapaz de vivir. Al contrario, su gusto por la vida es tan poderoso, tan voraz, que lo obliga a matarse una y otra vez. Muere muchas veces a fin de vivir innumerables vidas. Así se venga de la vida y adquiere su poder sobre los hombres. Crea la leyenda de sí mismo, la mentira dentro de la cual se constituye en héroe y dios, la mentira por la cual triunfa sobre la vida.

    Tal vez una de las mayores dificultades de la lucha con la personalidad de un creador radica en la profunda oscuridad en que se alberga, a sabiendas o no. En el caso de un hombre como Lawrence, nos hallamos ante alguien que exaltó la oscuridad, ante un hombre que encumbró al máximo esa fuente y manifestación de toda vida, el cuerpo. Todo esfuerzo por aclarar su doctrina implica una vuelta a los problemas eternos, fundamentales, que le hicieron frente, y una renovada lucha con ellos. Lawrence constantemente lo lleva a uno a la fuente, al centro mismo del cosmos, a través de un laberinto místico. Su obra es enteramente símbolo y metáfora. El Fénix, la Corona, el Arcoiris, la Serpiente Emplumada, todos estos símbolos están centrados en la misma idea obsesiva: la resolución de dos opuestos en forma de misterio. A pesar de la progresión de un plano conflictual a otro, de un problema vital a otro, el carácter simbólico de su obra se mantiene constante e inmutable. Es hombre de una idea: que la vida tiene una significación simbólica. Es decir, que vida y arte son uno.

    En su elección del Arcoiris, por ejemplo, se manifiesta su intento de exaltar la eterna esperanza del hombre, en la cual  se apoya su justificación como artista. En todos sus símbolos, el Fénix y la Corona particularmente, pues estos fueron sus símbolos primeros y más eficaces, observamos que sólo estaba dando forma concreta a su verdadera naturaleza: ser artista. Porque el artista que hay en el hombre es el símbolo imperecedero de la unión entre sus yoes conflictuales. Hay que dar un sentido a la vida por el hecho evidente de que carece de sentido. Hay que crear algo, como intermedio curativo y estimulante, entre la vida y la muerte, porque la conclusión a que apunta la vida es la muerte, y el hombre instintiva y persistentemente cierra los ojos ante ese hecho concluyente. El sentido del misterio, que se halla en el fondo de todo arte, es la amalgama de todos los terrores innominados inspirados por la realidad cruel de la muerte. Entonces hay que vencer a la muerte, o disimularla, o cambiarla. Pero en el intento de derrotar a la muerte el hombre inevitablemente se ha visto el ligado a derrotar a la vida, pues las dos están inextricablemente  relacionadas. La vida marcha hacia la muerte, y negar la una significa negar la otra. El firme sentido del destino que revela todo creador se apoya en su conciencia de la meta, en esa aceptación de la meta, ese marchar hacia una fatalidad, igual a las fuerzas inescrutables que lo animan y lo empujan.

     La historia toda es el testimonio del fracaso insigne del hombre en desbaratar su destino; dicho con otras palabras, el testimonio de los pocos hombres de destino que, por haber reconocido su papel simbólico, hicieron la historia. Todos los engaños y evasiones de que el hombre se ha alimentado -la civilización, en suma- son fruto del artista creador. La naturaleza creadora del hombre es la que se ha negado a dejarlo caer en esa unidad inconsciente con la vida que caracteriza al mundo animal del cual el hombre se ha zafado. Así como el hombre reconstruye las etapas de su evolución física en su vida embrionaria, así también, al ser lanzado fuera del vientre, repite, en el transcurso de su desarrollo de la niñez a la ancianidad, la evolución espiritual del hombre. En la persona del artista se recapitula toda la evolución histórica del hombre. Su obra es una gran metáfora, que revela mediante la imagen y el símbolo todo el ciclo del desarrollo cultural a través del cual ha pasado el hombre desde el ser primitivo hasta el ser civilizado infructuoso.

    Cuando ahondamos en las raíces de la evolución del artista, redescubrimos en su ser las diversas encarnaciones o aspectos de héroe con que el hombre siempre se ha representado a sí mismo: rey, guerrero, santo, mago, sacerdote, etc. El proceso es largo y tortuoso. Todo él es una conquista del miedo. La interrogación por qué lleva a la interrogación adónde y cómo. La huida es el deseo más profundo. Huida de la muerte, del terror innominado. Y la forma de huir de la muerte es huir de la vida. Esto lo ha manifestado siempre el artista a través de sus creaciones. Al vivir adentrado en su arte adopta como mundo un reino intermedio dentro del cual él es todopoderoso, un mundo dominado y regido por él. Ese mundo intermedio del arte, ese mundo en el cual se mueve como héroe, sólo ha sido factible debido al más profundo sentido de frustración. Paradójicamente, surge de la falta de fuerza, de la sensación de incapacidad para oponerse al destino. 

    Esto, entonces, es el Arcoiris, el puente que el artista tiende sobre el abismo de la realidad. El brillo del Arcoiris, la promesa que anuncia, es el reflejo de su creencia en la vida eterna, su creencia en el nacimiento perpetuo, la juventud, la virilidad, la fuerza continuas. Todos sus fracasos son nada más que el reflejo de sus choques humanos y débiles con la realidad inexorable. El motivo es el impacto dinámico de una voluntad que conduce a la destrucción. Porque con cada fracaso real recae con mayor intensidad en sus ilusiones creadoras. Todo su arte es el esfuerzo patético y heroico por negar su derrota humana. En su arte logra un triunfo real, puesto que no es un triunfo ni sobre la vida ni sobre la muerte. Es un triunfo sobre un mundo imaginario creado por él mismo. El drama está enteramente en el dominio de la idea. Su guerra con la realidad es reflejo de la guerra que se libra dentro de él mismo.

     Así como el individuo, cuando llega a la madurez, la revela aceptando la responsabilidad, así también el artista, cuando reconoce su verdadera naturaleza, su papel predestinado, está obligado a aceptar la responsabilidad de la hegemonía. Se ha conferido a sí mismo poder y autoridad, y debe obrar consecuentemente. No puede tolerar nada más que los dictados de su propia conciencia. Así, al aceptar su destino, acepta la responsabilidad de prohijar sus ideas. Y así como los problemas con que tropieza cada individuo son únicos para él, así también las ideas que germinan en el artista son únicas y han de ser vividas. El artista es el signo del Hado en sí, el signo mismo del destino. Porque cuando por vivir su lógica de sueño se realiza mediante la destrucción de su propio yo, está encarnando para la humanidad el drama de la vida individual que, para probarse y experimentarse, ha de admitir la disolución. Pero a fin de lograr su propósito, el artista está obligado a retirarse, a apartarse de la vida utilizando sólo la experiencia suficiente como para ofrecer el sabor de la lucha real. Si elige vivir anula su naturaleza propia. Tiene que vivir vicariamente. Para poder desempeñar así el monstruoso papel de vivir y morir incontables veces, según la medida de su capacidad para la vida.

    En cada nueva obra el artista vuelve a representar el espectáculo del sacrificio del dios. Porque detrás de la idea del sacrificio está la idea esencial del sacramento: se mata a la persona que encarna el gran poder a fin de que su cuerpo sea consumido y se redistribuyan los poderes mágicos. El odio al dios es el más fundamental del culto al dios: se basa en un deseo primitivo de conseguir el poder misterioso del hombre-dios. En ese sentido pues, el artista siempre es crucificado: para ser devorado, para ser despojado del misterio, para quitarle su poder y su  magia. La necesidad del dios es este anhelo de una vida mejor: es lo mismo que el anhelo de muerte.

     Se puede representar al hombre como un árbol sagrado de la vida y la muerte, y si además consideramos que ese árbol representa  no solamente al hombre individual sino a todo un pueblo, a una cultura íntegra, tal vez empecemos a percibir la relación íntima entre la aparición del tipo de artista dionisiaco y el concepto del cuerpo sagrado.

     Y siguiendo con la imagen del hombre como árbol de la vida y la muerte, bien puede comprenderse cómo los instintos vitales, impulsando al hombre a expresarse cada vez más por medio de su mundo de forma y símbolo, por medio de su ideología, por último lo obligan a prescindir de los aspectos puramente humanos, relativos, fundamentales de su ser -de su naturaleza animal, de su mismo cuerpo humano-. El hombre trepa por el tronco del vivir para dilatarse en un florecimiento espiritual. Desde un microcosmo insignificante, pero recién separado del mundo animal, el hombre con el tiempo se extiende sobre los cielos bajo la forma del gran anthropos, el hombre mítico del zodiaco. El propio proceso de diferenciación del mundo animal al cual pertenece todavía hace que cada vez vaya perdiendo más de vista su humanidad total. Sólo en los límites últimos de la facultad creadora y cuando su mundo de formas no puede ya tomar mayores dimensiones arquitectónicas, comienza a comprender de pronto sus "limitaciones". Entonces lo asalta el miedo. Es entonces cuando verdaderamente experimenta la muerte -la gusta de antemano, por así decir-.

   Entonces los instintos vitales se convierten en instintos mortales. Lo que antes parecía todo libido, impulso incesante de creación, ahora se ve que encierra otro principio: la admisión de los instintos de muerte. Sólo en la cima de la expansión creadora llega a humanizarse verdaderamente. Entonces siente las raíces profundas de su ser, en la tierra. Enraizado. La supremacía y la gloria y la magnificencia del cuerpo se afirman por fin con toda su energía. Sólo entonces asume el cuerpo su carácter sagrado, su verdadero papel. La triple división de cuerpo, mente, alma, se torna unidad, trinidad sagrada. Y con ella viene la comprensión, de que no puede exaltarse un aspecto de nuestra naturaleza sobre los demás, salvo a expensas de alguno de ellos.

    Lo que llamamos sabiduría de la vida llega aquí a su apogeo- cuando se  adivina ese carácter fundamental, sagrado del cuerpo-. En las ramas más altas del árbol de la vida se rnarchita el pensamiento. La grandiosa florescencia espiritual en virtud de la cual el hombre se elevó a proporciones de dios, perdiendo así contacto con la realidad -porque él mismo era la realidad-, ese gran florecimiento de la Idea se convirtió entonces en una ignorancia que se expresa como el misterio del Soma. El pensamiento vuelve a recorrer el tronco religioso que lo ha sostenido y, ahondando en las raíces mismas del ser, redescubre el enigma, el misterio del cuerpo. Redescubre el parentesco entre la estrella, la bestia, el hombre, la flor, el cielo. Una vez más se advierte que el tren o del árbol, la columna misma de la vida, es la fe religiosa, la aceptación de la propia naturaleza arbórea -no un anhelo de alguna otra forma de ser-. Esta aceptación de las leyes del propio ser es la que preserva los instintos esenciales de la vida, aun en la muerte. En el ascenso, el imperativo, la obsesión única, era el aspecto individual del propio ser. Pero una vez en la cima, cuando se han sentido y percibido los límites, se revela la gran perspectiva y se reconoce la semejanza de los seres circundantes, la interrelación de todas las formas y leyes del ser -la afinidad orgánica, la totalidad, la unidad de la vida-. 

   De modo que el tipo más creador -el tipo de artista individual- que más alto ha brotado y con mayor diversidad de expresión, tanto que parecía "divino’, ese tipo creador de hombre, para conservar en él los elementos mismos de la creación, tiene pues que convertir la doctrina, o la obsesión de individualidad, en una ideología común, colectiva. Ése es el verdadero sentido del Maestro-Modelo, de las grandes figuras que han dominado la vida humana desde el principio. Al llegar a la cumbre más alta de su floración, no han hecho más que recalcar su humanidad común, su innata, enraizada, ineludible calidad de humanos. Su aislamiento, en las alturas del pensamiento, es lo que les causa la muerte.

     Cuando consideramos una figura olímpica como Goethe, vemos un árbol humano gigantesco que no afirmó otra "meta" excepto el despliegue de su propio ser, excepto la obediencia a las leyes orgánicas profundas de la naturaleza. Eso es sabiduría, la sabiduría de un espíritu maduro en la cumbre de una gran Civilización. Es lo que Nietzsche llamaba la fusión de dos corrientes divergentes en un ser: el tipo soñador apolíneo y el dionisiaco extático. Tenemos en Goethe la imagen del hombre encarnado con la cabeza en las nubes y los pies bien plantados en el suelo de la raza, la cultura, la historia. El pasado, representado por el suelo histórico, cultural; y el presente, representado por las condiciones cambiantes del tiempo que componen su clima mental; se nutrió tanto del pasado como del presente. Fue profundamente religioso sin necesidad de adorar a un dios. Se había hecho un dios. En esta imagen del Hombre ya no cabe el conflicto. Ni se sacrifica él al arte, ni sacrifica el arte a la vida. La obra le Goethe, que fue una gran confesión  -"huellas de la vida", decía él -es la expresión poética de su sabiduría, y salió de él como cae de un árbol una fruta madura. Ninguna situación  era demasiado noble para sus aspiraciones, ningún detalle demasiado insignificante para su atención. Su vida y su obra asumieron proporciones grandiosas, una amplitud y majestad arquitectónicas, porque tanto su vida como su obra tenían la misma base orgánica. Con excepción de da Vinci, él es quien más se acerca al ideal de hombre-dios de los griegos. En él se dieron el ocio y el clima más favorables. Tenía sangre, raza, cultura, tiempo: todo. Y todo lo alimentaba.

     En ese momento excelso en que aparece Goethe, en que el hombre y la cultura están en la cúspide, todo el pasado y el futuro se despliegan. Allí se entrevé el final; en adelante el camino desciende. Después del olímpico Goethe aparece la raza dionisíaca de artistas, los hombres de la  "época trágica" que profetizó Nietzsche y de los cuales él mismo fue ejemplo magnífico. La época trágica, en que se siente con fuerza nostálgica todo lo que más está negado para siempre. Otra vez se revive el culto del Misterio. El hombre debe volver a representar una vez más el misterio del dios, el dios cuya muerte fecunda ha de redimir y purificar al hombre de la culpa y el pecado, ha de liberarlo de la rueda del nacimiento y el devenir. El pecado, la culpa, la neurosis, todos son una y la misma cosa, el fruto del árbol de la ciencia. El árbol de la vida se torna así en árbol de la muerte. Pero es siempre el mismo árbol. Y de este árbol de la muerte es de donde ha de volver a surgir la vida, de donde la vida tiene que renacer. Lo cual, como lo atestiguan todos los mitos del árbol, es precisamente lo que ocurre. "En el momento de la destrucción del mundo", dice Jung, refiriéndose a Ygdrasil, el fresno del mundo, "ese árbol se convierte en la madre tutelar, el árbol de la muerte y la vida, preñado.".
     En este punto del ciclo cultural de la historia es cuando tiene que aparecer la "transvaluación de todos los valores". Es la inversión de los valores "espirituales", de todo un completo de valores reinantes. El árbol de la vida conoce entonces su muerte. El arte dionisiaco de los éxtasis reafirman entontes sus derechos. Sobreviene el drama. Reaparece lo trágico. Gracias a la locura y el éxtasis se representa el misterio del dios, y en los celebrantes ebrios se despierta el deseo de morir -morir creadoramente-. Es la conversación de ese mismo instinto vital que impulsó el árbol del hombre hasta su expresión plena. Es salvar al hombre del temor a la muerte para que pueda morir.

   Avanzar hacia la muerte. No retroceder hacia el vientre. Salir de las arenas movedizas, del flujo estanco. Es el invierno de la vida, y nuestro drama consiste en alcanzar un espacio firme para que la vida pueda avanzar de nuevo. Pero ese espacio firme sólo puede procurarse sobre los cadáveres de quienes están deseoso de morir.  (*)

 (*) Fuente: Henry Miller, La sabiduría del corazón, Buenos Aires, Sur, 1966.

  EL VIENTRE INMENSO

 

 

      Como dice el diccionario, el vientre es el lugar donde se engendra y cobra vida alguna cosa. En la medida en que yo puedo comprender, nunca hay nada más que vientre. Ante todo y por último, el vientre de la Naturaleza; luego, el vientre materno; y, finalmente, el vientre dentro del cual vivimos y somos, que llamamos mundo. No aceptar el mundo como un vientre es, en gran parte, causa de nuestro dolor. Creemos que la criatura no nacida vive en estado de bienaventuranza; creemos que la muerte es una liberación de los males de la vida; pero todavía nos negamos a considerar la vida en sí como una bienaventuranza y un bien. Y sin embargo, en el mundo que nos rodea, ¿acaso no se engendra y cobra vida todo? Quizá sea nada más que oír de nuestras ilusiones considerar la tumba como un refugio y los nueve meses que preceden al nacimiento como una felicidad. ¿Quién sabe algo acerca de la vida uterina o la vida del más allá? No obstante, ha prendido, y no desaparecerá jamás, la idea de que esos dos estados de inconsciencia significan ausencia de dolor y lucha, y por ende bienaventuranza. Por otra parte, sabemos por experiencia que hay personas vivas y que andan por el mundo en lo que se llama estado de felicidad. ¿Son más inconscientes que los demás o lo son menos? Creo que la mayoría de nosotros coincidiría en que son menos inconscientes. ¿En qué difieren entonces sus vidas de las del tipo corriente de hombre? A mi modo de ver, la diferencia está en su actitud ante el mundo, en el hecho importantísimo de que han aceptado el mundo como vientre y no como tumba. Pues no parecen ni lamentar lo pasado ni temer lo venidero. Viven con un estado intenso de conciencia, pero aparentemente sin miedo.

    Se ha dicho que el miedo, que desempeña un papel predominante en nuestras vidas, fue en un tiempo algo vago, innominado, un eco, casi podría decirse, del instinto vital. Se ha dicho que con el avance de la civilización ese miedo innominado paulatinamente fue cristalizado en un miedo a la muerte. Y en la cumbre de la civilización ese miedo a la muerte se torna miedo a la vida, tal como ejemplifica la conducta del neurótico. Ahora bien, el miedo no tiene nada de raro: sea cual fuere la forma en que se manifiesta es algo que todos conocemos tan bien que cuando aparece un hombre que carece de él en seguida nos esclaviza. En la historia de la humanidad ha habido menos de un puñado de hombres así. Poco importa que hayan sido fuerzas del bien o del mal: el temor que suscitan es el temor que suscita el monstruo. En verdad que todos fueron monstruos, se llamarán Tamerlán, Buda, Cristo o Napoleón. Fueron figuras heroicas, y el héroe, según los mitos, siempre nace en forma sobrenatural. El héroe, en suma, es el que escapa a la conmoción del nacimiento.
    El héroe entonces es una suerte de monstruo inmune al dolor y al sufrimiento: está del lado de la vida. Para él el mundo es un lugar donde las cosas se engendran, cobran vida. La vida se le revela como un arte, no como una prueba. Goza de la vida reordenándola según sus propias necesidades. Quizá afirme que lo hace por los demás, pero sabemos que también es un embustero. El héroe es el hombre que se dice a sí mismo: aquí es donde suceden las cosas, no en otra parte. Obra como si el mundo fuera su casa. Semejante conducta, desde luego, provoca una confusión espantosa, pues como todos saben, la gente rara vez está en su casa, siempre está en otro lado, siempre "ausente". La vida, como se la llama, para la mayoría de nosotros es una larga postergación. Por una razón bien simple: el MIEDO.
    Como vemos siempre que estalla una guerra, el temor a la guerra se vence en el momento en que uno se encuentra realmente metido en ella. Si la guerra fuera en realidad tan terrible como la imagina la gente, hace tiempo que se la habría suprimido. Hacer la guerra es tan natural para los seres humanos como hacer el amor. El amor puede volver cobardes a los hombres tanto como el miedo a la guerra. Pero cuando un hombre se enamora desesperadamente, comete cualquier crimen, y no solamente se siente justificado, sino también contento. Está en el orden de las cosas.
    Los hombres más sabios son aquellos que hablan de la ilusión: MAYA. La ilusión es el antídoto del miedo. Cuando están en actividad, vuelven absurdamente ilógica la vida. Pero es precisamente esa dualidad paradojal de la vida la que nos mantiene, la que nos hace ir y venir alternativamente de un vientre a otro. El mundo, que no sólo es el mundo humano, es el vientre de todo, del nacimiento, de la vida y de la muerte.
    El hombre lucha constantemente por constituirse en parte de ese tercer vientre, omnímodo, EL MUNDO. Es el caos original, el asiento de la creación misma. Ningún hombre lo logra del todo. Es una condición del ES no conocida ni por el feto ni por  el cadáver. Pero el alma la conoce, y si bien es inalcanzable, no por eso es menos verdadera.
    Es curioso que en nuestra lengua el verbo que expresa el ser sea intransitivo. La mayoría de las personas hallan natural que el verbo tu be (ser) sea intransitivo. Pero sabemos que hay lenguas que no hacen la distinción entre verbos intransitivos y transitivos. El espíritu de tales lenguas está más profundamente arraigado en el símbolo. Puesto que únicamente mediante el símbolo comprendemos profundamente algo, cuanto más precisa y conceptual llega a ser una lengua, más estéril se torna. Las lenguas modernas, todas ellas, reflejan más y más la muerte que está dentro de nosotros. Reflejan muy claramente el hecho de que consideramos la vida en sí como un zaguán, poco importa que desemboque en el cielo o en el infierno. Contra ese automatismo estancado fue contra lo que luchó Lawrence su vida entera; esa entrega a los instintos de muerte es lo que enfurece a un hombre como Céline.
    La muerte real no causa terror a los seres ordinarios, inteligentes y sensibles. La gran pesadilla es la muerte en vida. La muerte en vida significa la interrupción de la corriente de la vida, la anticipación de un proceso natural de muerte. Es la forma alternativa de reconocer que el mundo no es en realidad más que un gran vientre, el lugar donde todo cobra vida. Todo lo que vive tiene voluntad, esto es, creatividad. La voluntad está en el verbo, el modificativo más importante de nuestra oración: los verbos son ipso facto transitivos. Sin embargo, la mente puede convertir en intransitivos los verbos, como puede anular la  voluntad. Pero por naturaleza los verbos son símbolos de acción, independientemente de que la acción consista en hacer, tener, respirar o ser. 

    De hecho sólo hay una corriente constante de actividad, un movimiento de aproximación o apartamiento de la vida. Esa actividad continúa aún en la muerte, resultando allí a menudo la actividad más fructífera. No tenemos un verdadero lenguaje para la muerte, puesto que nada sabemos de ella, puesto que no la hemos experimentado; sólo tenemos conceptos, contrasímbolos que son expresión de la vida en forma negativa. Todo lo que realmente conocemos es devenir, cambio y transformación interminables. Las cosas se recrean constantemente. El verdadero temor, el terror verdadero, está en la idea de fijación. Es una idea viviente de la muerte. 

    Algunas personas nacen muertas. Algunas dan la impresión de vivir sólo a medias. Otras parecen radiantes de energía. No importa que se esté del lado de la vida o del lado de la muerte.
La vida es tan maravillosa con signo menos como con signo más. El verdadero milagro es estarse quieto. Significaría convertirse en Dios, o en muerto en vida. Es la única posible escapatoria del vientre, y por eso, desde luego, la noción de Dios está tan arraigada en la conciencia humana. Dios es suma, lo cual es lo mismo que  decir cesación. Dios no representa la vida, sino la realización, que es la única forma legítima de muerte.

   En esta forma legítima de muerte que digo está detrás de la idea de realización, hay la más completa subordinación al instinto vital. Ésta es la idea que ha obsesionado a todos los maniáticos religiosos, la muy sensata idea de que únicamente viviendo algo hasta la plenitud puede haber un fin. Es una idea enteramente amoral, totalmente artística. Los artistas más grandes han sido los inmoralistas, es decir, los partidarios de vivirla hasta el fin. Por su puesto que inmediatamente fueron mal comprendidos por sus discípulos, por los que andan predicando en su nombre, propagando tal o cual evangelio. Esas grandes figuras estaban imbuidas de una idea: la de llevar las cosas a un fin. A todos les obsesionaba el sufrimiento.
    La idea de que el vientre puede ser un lugar de castigo o tortura es bastante reciente. Quiero decir con esto que tiene unos pocos miles de años. Coincide con la pérdida de la inocencia. Todas las ideas sobre el Paraíso implican la conquista del miedo. El Paraíso es siempre una condición que se merece o gana mediante la lucha. La eliminación de la lucha es la lucha mayor: la lucha por no luchar. Porque la lucha, erróneamente o no, tiene que ver con el nacimiento. Pero hubo un tiempo en que el nacimiento era fácil. Ese tiempo es ahora tanto como entonces. Para sobrepasar el dolor y el sufrimiento, para superar la lucha, hay que aprender el arte del equilibrista... Al caminar por la cuerda floja por encima de los opuestos uno llega a estar plena y agudamente consciente -peligrosamente consciente-. El estado consciente se extiende para abarcar los opuestos aparentemente conflictuales. Estar sumamente consciente, que significa aceptar la vida tal como es, elimina los terrores de la vida y mata las falsas esperanzas. Diría más bien, mata la esperanza, porque, vista desde un más allá, la esperanza se presenta más como un mal que como un bien. 

    No digo nada sobre ser feliz. Cuando realmente comprende uno lo que es la felicidad, se apaga uno como una luz.  Toda medida para una vida mejor aquí en la tierra significa mayor sufrimiento y aflicción. Todo lo que se planea para mañana significa la destrucción de lo que ahora existe. El mejor modo es el que existe ahora en este mismo momento. Es el mejor porque es absolutamente justo -lo cual no quiere decir que tenga nada que ver con la justicia-. Si deseáramos algo mejor o peor-, no tenemos más que exigirlo y bien que lo tendremos. El mundo es un sueño que se va cumpliendo de un momento a otro, y sólo el hombre está profundamente dormido en medio de su creación. Nacimiento y renacimiento, y los monstruos son una parte de la creación tanto como los ángeles. El mundo se torna interesante y habitable sólo cuando lo aceptamos in toto con los ojos del todo abiertos, sólo cuando lo vivimos hasta el fin como vive hasta el fin el feto su vida uterina. A propósito, ¿alguien ha oído hablar alguna vez de un feto "inmoral"? ¿O de un cadáver "cobarde"? ¿Puede alguien decir si los habitantes de los bosques de Australia llevan una vida acertada, una buena vida? Y las flores ¿acaso contribuyen al progreso y la invención? Son estas pequeñas preguntas las que a menudo perturban a los filósofos. Sabotaje intelectual. Pero de vez en cuando está bien hacer preguntas a las cuales no se puede responder: hace más vivible la vida.

    Recuerdo una frase que me perseguía cuando era más joven: "el hombre camino del orden". No sabía lo que quería decir exactamente, pero me fascinaba. Creía. Hoy, aunque confieso con franqueza que no sé lo que significa esa frase, creo más que nunca. Creo en todo, bueno y malo. Creo más y menos de lo que es verdad. Creo más allá de todo el volumen del pensar humano. Creo en todo. Creo en una vida colectiva y también en la vida individual. Creo en la vida del mundo, del útero que es. Creo en las contradicciones de la vida uterina de este mundo. Creo en tener dinero y también creo en no tenerlo. Y crea o no, actúo siempre. Actúo primero y averiguo después. Porque nada me parece más cierto que todo lo existente existe por un fiat. Si algo es el mundo, es un acto. El mundo no es pensamiento, pero bien puede ser un acto de pensamiento. Quienes actúan, originan reacciones, como decimos. En las agonías del alumbramiento la madre sólo reacciona: el que actúa es el feto. Y viva o muera la madre, para el feto es lo mismo. Para un feto lo importante es el nacimiento.

    De modo similar, para el hombre lo importante es nacer, nacer al mundo, al mundo -tal-como-es, no a un mundo imaginario, anhelado, no a un mundo mejor, más feliz, sino a éste, el único mundo, el mundo de AHORA. Hoy hay muchas personas que imaginan que la forma de hacerlo es pagar a otro para que les permita  tenderse sobre un sofá y les escuche el relato de sus penas. Otros también creen que las parteras que desempeñan  esa tarea deberían pagar ellas mismas para volver a nacer.

    Siempre hay Redentores, y de algún modo a los Redentores siempre se las dan por la cabeza. Nadie ha  descubierto todavía cómo salvar a quienes se niegan a salvarse a sí mismos. Y además -una pequeña pregunta uterina-, ¿queremos realmente que nos salven? Si así fuera, ¿para que, por qué, qué hay que salvar?

   Vemos cómo los bancos gastan el dinero que ahorramos para ellos; vemos cómo los gobiernos gastan los impuestos que nos obligan a pagar a fin de "protegernos", dicen ellos...¿No sabemos que Dios nos está dando constantemente su amor ilimitado? En los lugares más altos se da y gasta muchísimo. ¿Por qué entonces no nos damos a nosotros mismos, con derroche, con abundancia, completamente? Si comprendiéramos que somos parte del proceso interminable, que no podemos perder ni ganar nada, sino vivir hasta el fin, ¿nos comportaríamos como lo hacemos? Imagino el hombre del año 5000 de nuestra era abriendo la puerta de su casa y saliendo a un mundo infinitamente mejor que éste; también puedo imaginarlo saliendo a un mundo infinitamente peor que el nuestro. Pero en el fondo de mi corazón creo para él, Mr. John Doe en persona, será exactamente el mismo mundo que éste que ahora habitamos. La fauna y la flora quizá sean diferentes, el clima podrá ser diferente, las ideologías podrán ser diferentes, Dios podrá ser diferente, pero John Doe mismo será diferente y, por lo tanto, todo será lo mismo. Me siento tan cerca del John Doe del año 5000 de nuestra era como del John Doe del año 5000 antes de Cristo. Sería incapaz de elegir entre los dos. Cada uno tiene su propio mundo al cual pertenece. Quien no comprenda lo maravilloso que es el mundo, tant pis para él. El mundo es el mundo, y al mundo le interesa más su propio nacimiento y muerte que la opinión que Mr. John Doe pueda tener sobre él.

    La mayor parte de los trabajadores activos del mundo contemporáneo consideran nuestra vida sobre la tierra como un Purgatorio o un Infierno. Sudan y luchan por convertirla en un Cielo para el hombre del futuro. O si se niegan a formulárselo a sí mismos de este modo, dicen pules que es para hacerse un Cielo para ellos mismos, un poco más adelante. El tiempo pasa. Planes quinquenales. Planes para diez años. (Dinosaurios, dinastías, dínamos.) Entretanto se carian los dientes, viene el reumatismo, luego la muerte.  Pero nunca el Cielo. De algún modo, el cielo siempre está en lontananza, siempre allí la vuelta. Mañana, mañana, mañana... (*)

 (*) Fuente: Henry Miller, La sabiduría del corazón, Buenos Aires, Sur, 1966.

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo