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 LAS FUERZAS MORALES

Por José Ingenieros

 

 

José Ingenieros (1877-1925), el autor de "El hombre mediocre" y "Las fuerzas morales".

 

     José Ingenieros nació en Italia en 1877. Poco después, llegó a la Argentina. Fue en el país de la vasta Pampa y de la mítica Patagonia, donde Ingenieros consumó su trascendente obra. Su orientación filosófica lo condujo hacia las aguas del positivismo. Pero, en realidad, la dimensión de su discurso que más perdurable efecto ha causado en la historia de las letras y el pensamiento es su entusiasta exaltación del idealismo moral como poderosa fuerza de realización humana. En esta clave se sitúa el mayor logró de El hombre mediocre y Las fuerzas morales. Lo mismo que Ariel Rodó, y el propio Nietzsche (que también es una de las fuentes inspiradoras de su pensar), lo movió una profunda preocupación moralizadora, un hondo deseo de educar y orientar a la juventud. Esta meta brilla por su insistencia y profundidad en las líneas de Las fuerzas morales que ahora le presentamos en esta nueva entonación de Textos olvidados de Temakel. Ingenieros nos devuelve el oxígeno digno de la apasionada defensa del idealismo juvenil y la necesidad de estimular la educación y la justicia social.

E.I

   En Temakel, pueden visitar también el momento más famoso de "El hombre mediocre" de José Ingenieros: ver La emoción del ideal

 

   

LAS FUERZAS MORALES

Por José Ingenieros

       Cada vez que una generación envejece y reemplaza su ideario por bastardeados apetitos, la vida pública se abisma en la inmoralidad y en la violencia. En esa obra deben los jóvenes empuñar la Antorcha y pronunciar el Verbo: es su misión renovar el mundo moral y en ellos ponen su esperanza los pueblos que anhelan ensanchar los cimientos de la justicia. Libres de dogmatismos, pensando una humanidad mejor, pueden aumentar la parte de felicidad común y disminuir el lote de comunes sufrimientos.

    Los jóvenes cuyos ideales expresan inteligentemente el devenir constituyen una Nueva Generación, que es tal por su espíritu, no por sus años. Basta una sola, pensadora y actuante, para dar a su pueblo personalidad en el mundo.

    La justa previsión de un destino común permite unificar el esfuerzo e infundir en la vida social normas superiores de solidaridad. El siglo está cansado de inválidos y de sombras, de enfermos y de viejos. No quiere seguir creyendo en las virtudes de un pasado que hundió al mundo en la maldad y en la sangre. Todo lo espera de una juventud entusiasta y viril.

    Cada generación anuncia una aurora nueva, la arranca de la sombra, la enciende en su anhelar inquieto. Si mira alto y lejos, es fuerza creadora. Cada generación abre las alas adonde las ha cerrado la anterior, para volar más lejos, siempre más.

    La juventud aduna el entusiasmo por el estudio y la energía para la acción, que se funden en el gozo de vivir. El joven que piensa y trabaja es optimista, acera su corazón a la vez que eleva su entendimiento. No conoce el odio ni le atormenta la envidia. Cosecha las flores de su jardín y admira las del ajeno. Se siente dichoso entre la dicha de los demás. Ríe, canta, juega, ama, sabiendo que el hado es siempre propicio a quien confía en sus propias virtudes generadoras. Un brazo vale cien brazos cuando lo mueve un cerebro ilustrado; un cerebro vale cien cerebros cuando lo sostiene un brazo firme.

    Los jóvenes tocan a rebato en toda generación; no necesitan programas que marquen un término, sino ideales que señalen el camino. La meta importa menos que el rumbo. Quien pone bien la proa no necesita saber hasta dónde va, sino hacia dónde. Los pueblos, como los hombres, navegan sin llegar nunca; cuando cierran el velamen, es la quietud, la muerte. Los senderos de perfección no tienen fin. Frente a los viejos que recitan credos retrospectivos, entonan los jóvenes himnos constructivos. Es de pueblos exhaustos contemplar el ayer en vez de prepara el mañana. Es misión de la juventud tomar a los ciegos de la mano y guiarlos hacia el porvenir. Arrastrarlos si dudan, abandonarlos si resisten.

  El enamorado de un ideal, de cualquiera – pues solo es triste no tener ninguno-, es una chispa; contagia a cuanto le rodea el incendio de su ánimo apasionado. Los entusiastas despiertan los temperamentos afines, los conmueven, los afiebran, hasta traerlos a su propio camino; obran como si todo obedeciera a su gesto, como si hubiera fuerza de imán en sus deseos, en sus palabras, en el sonido mismo de su voz, en la inflexión de su acento. La juventud se termina cuando se apaga el entusiasmo. Solo el que ha poblado de ideales su juventud y ha sabido servirlos con fe entusiasta puede esperar una madurez serena y sonriente, bondadosa con los que no pueden, tolerante con los que no saben. Sin estudio no se tienen ideales, sino fanatismos, el entusiasmo vidente de los hombres que piensan no es confundible con la exaltada ceguera de los ignorantes.

  No basta en la vida pensar un ideal: hay que aplicar todo el esfuerzo a su realización. Cada ser humano es cómplice de su propio destino; miserable es el que malbarata su dignidad, esclavo el que se forja la cadena, ignorante el que desprecia la cultura, suicida el que vierte la cicuta en su propia copa. Los jóvenes deben ser actores en la escena del mundo, midiendo sus fuerzas para realizar acciones posibles y evitando la perplejidad que nace de meditar sobre finalidades absurdas.

  La energía juvenil crea la grandeza moral de los pueblos, cada generación debe llegar como ola vigorosa a romperse contra la mole del pasado para hermosear la historia con el iris de nuevos ideales; juventud que no embiste, es peso muerto para el progreso de su pueblo. Educando la energía, enseñando a admirarla, se plasmarán nuevos destinos de los pueblos. Repitamos a la juventud de nuestra América que ningún hermoso ideal fue servido por paralíticos y obtusos; no pueden marchar lejos los tullidos, ni contemplar los ciegos un luminoso amanecer.

  Los jóvenes que no saben mirar hacia el pasado y trabajar par él, son miserables lacayos del pasado y viven asfixiándose entre sus escombros.

  El porvenir de los pueblos está en la libre iniciativa de los jóvenes. La juventud se mide por el inquieto afán de renovarse, por el deseo de emprender obras dignas, por la incesante floración de ensueños capaces de embellecer la vida. Joven es quien siente dentro de sí la fuerza de su propio destino, quien sabe pensarlo contra la resistencia ajena, quien puede sostenerlo contra los intereses creados. Sin ideales no puede haber iniciativa.

  Merece llamarse hombre libre el que tiene capacidad de iniciativa frente a la coerción ajena; la libertad moral es la aptitud para obrar en el sentimiento determinado por la propia experiencia, imprimiendo a la conducta el sello inequívoco de la personalidad.

  Loados sean los jóvenes que izan bandera de justicia para aumentar en el mundo el equilibrio entre el bienestar y el trabajo. Sin ellos las sociedades se estancarían en la quietud que paraliza y mata; la cristalina corriente del progreso, que jamás se detiene. Loados los que conciben más justicia, los que por ella trabajan, los que por ella luchan, los que por ella mueren. Son plasmadores del porvenir, encarnan ideales que tienden a realizarse en la humanidad.

  El hombre justo se inclina respetuoso ante los valores reales; los admira en los otros y aspira a poseerlos él mismo. Ama a todos los virtuosos, a todos los que trabajan, a todos los que elevan su personalidad en el estudio, a todos los que aumentan con su esfuerzo el bienestar de sus semejantes.

  Hay solidaridad en una comunión de hombres cuando la dicha del mejor enorgullece a todos y la miseria del más triste llena a todos de vergüenza. Sin esta fuerza que acomuna las voluntades y los corazones, imposible es realizar grandes ensueños colectivos; la cohesión de un pueblo depende exclusivamente del unísono con que ritmen las esperanzas, los intereses y los ideales de todos.

  Gobernar un pueblo no es igualar a sus componentes, ni sacrificar alguna parte en beneficio de otras; es propender hacia un equilibrio que favorece la unidad funcional, desenvolviendo la solidaridad entre las partes, que son heterogéneas sin ser antagónicas.

  La heterogeneidad es natural, por la diferencia de aptitudes y de tendencias humanas; y es provechosa, porque engendra las desigualdades necesarias para las múltiples funciones de la vida social. Siendo naturales, las desigualdades no pueden suprimirse; ni convendría suprimirlas aunque se pudiese. La solidaridad consiste en equilibrarlas, creando la igualdad ante el derecho, para que todas las desigualdades puedan desenvolverse íntegramente en beneficio de la sociedad.

  Violencia: reclamar derechos sin aceptar el cumplimiento de los deberes que les son correlativos. Injusticia: imponer deberes sin respetar los derechos correspondientes. Por eso la solidaridad puede considerarse definida en la más sencilla fórmula de moral social: “Ningún deber sin derechos; ningún derecho sin deberes”.

 

LA JUVENTUD ES, POR DEFINICIÓN, INQUIETA Y RENOVADORA.

  La rebeldía es la más alta disciplina del carácter, templa la fe y enseña a sufrir, poniendo en un mundo ideal la recompensa que es común destino de los grandes perseguidos; la humanidad venera sus nombres y no recuerda el de sus perseguidores. Juventud sin espíritu, es servidumbre precoz.

  Quien tiende hacia la perfección procura armonizar vida con sus ideales. Obran como si la felicidad consistiera en la virtud, se adquiere un sentimiento de fortaleza que ahuyenta el dolor y vence la cobardía. Todos los males resultan pequeños frente al supremo bien de sentirse digno de sí mismo. La santidad es de este mundo; entran a ella los hombres que merecen pasar al futuro como ejemplos de una humanidad más perfecta.

  En toda lucha por un ideal se tropieza con adversarios y se levantan enemigos;  el hombre firme no los escucha ni se detiene a contarlos. Sigue su ruta, irreductible en su fe, imperturbable en su acción. Quien marcha hacia una luz no puede ver lo que ocurre en la sombra.

  Nada deben los pueblos a los que anteponen el inmediato provecho individual al triunfo de finalidades sociales, más remotas cuanto más altas; todo lo esperan de jóvenes capaces de renunciar a bienes, honores, vida, antes que traicionar la esperanza puesta en cada nueva generación.

  Quien ame la grandeza de su pueblo debe enseñar que el buen camino suele resultar el más difícil, el que los corazones acobardados consideran peligroso. No merecen llamarse libres los que declinan su dignidad. Juventud que se entrega es fuerza muerta, pierde el empuje renovador.

  Joven que piensas y trabajas, que sueñas y amas, joven que quieres honrar tu juventud, nunca desees lo que sólo puedas obtener del favor ajeno; anhela con firmeza todo lo que pueda realizar tu propia energía. Si quieres hincar tu diente en una fruta sabrosa, no la pidas; planta un árbol y espera. La tendrás, aunque tarde; pero la tendrás seguramente y será toda tuya, y sabrá a miel cuando la toquen tus labios. Si la pides, no es seguro que la alcances; acaso tardes en obtenerla mucho mas que si hubieras plantado el árbol, y, en teniéndola, tu paladar sentirá el acíbar de la servidumbre a que la debes.

  Cada hora, cada minuto, debe ser sabiamente aprovechado en el trabajo o en el placer. Vivir con intensidad no significa extenuarse en el sacrificio ni refinarse en la disipación, sino realizar un equilibrio entre el empleo útil de todas las aptitudes y la satisfacción deleitosa de todas las inclinaciones. La juventud que no sabe trabajar es tan desgraciada como la que no sabe divertirse.

  Combatir la injusticia es la manera eficaz de capacitar a los hombres para el bien; ser bueno sería más fácil, y aun menos peligroso, cuando en todos los corazones vibrase la esperanza de que la bondad será alentada, no encontrando el mal atmósfera propicia. Se puede, entretanto, cultivar la bondad donde existe, sembrarlo donde falta. Aunque el resultado inmediato fuera ilusorio, el esfuerzo de cada uno para abuenarse podría disminuir los obstáculos que dificultan el advenimiento de una justicia cada vez menos imperfecta. La ilusión misma es una fuerza moral y sentirse más bueno es mejorarse.

  Con la bondad aumenta la propia dicha; el que no es bueno no puede creerse feliz. Pero es necesaria la bondad de todos para que sea completa la felicidad de cada uno, pues el que soporta la maldad ajena está condenado a sacrificarle alguna parte de su dicha. El problema individual de la conducta está implícito en el de la ética social, en cuanto la bondad se desenvuelve en función de la justicia.

  Cada hombre joven debe buscar en torno suyo los elementos de renovación que incesantemente germinan, cultivándolos en sí mismo, alentándolos en los demás. La voluntad de vivir en continua ascensión y la energía para perseverar en el esfuerzo, exigen confianza en la dignidad propia y en la justicia social; quien logra fiar en ellas no necesita apoyarse en dogmatismos providenciales ni en preceptivas metafísicas.

  La juventud es, de todas, la fuerza renovadora más digna de confianza; los hombres maduros son árboles torcidos que difícilmente se enderezan, y los ancianos no podrían destorcerse sin morir. Cada nueva generación contiene gérmenes de perfeccionamiento moral; ¡guay de los pueblos en que los viejos logran ahogar en la juventud los ideales y rebeldías que son presagio de renovación ulterior! Los que afirman la perennidad del orden moral presente conspiran contra su posible perfeccionamiento futuro.

  La fe es pasión de servir un ideal; es eterna y eternamente se renueva, porque no implica una creencia particular, sino un estado de conciencia que puede coexistir con todas. Los que aman apasionadamente un ideal demuestran fe si lo predican con firmeza o lo defienden con heroísmo.

  Hora podrá llegar en que los hombres jóvenes no busquen la complicidad de utilitarios dioses, acaso inventados para consuelo de víctimas o para justificación de verdugos; la fe acentuará entonces las fuerzas morales que les impongan buscar en la sabiduría las fuentes insecables del deber y la responsabilidad. Y cuanto un hábito de siglos les haga mirar a lo alto, verán que un águila, el ideal, tiende sin cesar el ala hacia una estrella, sin alcanzarla nunca; la fe sobrevivirá a todas las supersticiones, compeliendo al hombre hacia la perfección moral, que es infinita.

  El que en nombre de errores tradicionales se opone a la libre investigación de la verdad, conspira contra la dignificación de su pueblo. Ningún sistema del pasado merece que se le sacrifique una hipótesis del porvenir. Nada debe acatarse antes de comparar hechos con hechos, ideas con ideas, doctrinas con doctrinas. Primer en el primer catecismo que se nos enseña o se nos impone, es renunciar a nuestra personalidad; adherir intencionalmente al que conviene a nuestros intereses materiales, como hacen muchos ricos incrédulos que fomentan la religión para domesticar a los pobres, equivale a renegar de toda moral.

  Amar la verdad es contribuir a la elevación del mundo moral; por eso ningún sentimiento es más odiado por los que medran mentir. En todos los tiempos y lugares, el que expresa su verdad en voz alta, como la cree, lealmente, causa inquietud entre los que viven a la sombra de intereses creados. Pero aunque a toda hora le acechen la intriga y la venganza, el que ama su verdad no la calle; el hombre digno prefiere morir una sola vez, llevando incólume su tesoro.

  En el corazón de los jóvenes la verdad es generadora, como el calor del sol que en los jardines se convierte en flores.

  La verdad es la más temida de las fuerzas revolucionarias; los pequeños motines se fraguan con armas de soldados, las grandes revoluciones se hacen con doctrinas de pensadores. Todos los que han pretendido eternizar una injusticia, en cualquier tiempo y lugar, han temido contra los conspiradores políticos que a los heraldos de la verdad, porque ésta, pensada, hablada, escrita, contagiada, produce en los pueblos cambios mas profundos que la violencia. Ella –siempre perseguida, siempre invencible- es el más eficaz instrumento de redención moral que se ha conocido en la historia de la humanidad.

  Patrimonio común de la sociedad, las ciencias no deben constituir un privilegio de castas herméticas ni es, lícito que algunos hombres monopolicen sus resultados en perjuicio de los demás. El único límite de su difusión debe ser la capacidad para comprenderlas; el destino único de sus aplicaciones, aumentar la común felicidad de los hombres y permitirles una vida mas digna. Temiendo las consecuencias sociales de la extensión cultural, algunos privilegiados predicaron otrora “la ciencia por la ciencia”, pretendiendo reducirla a un placer solitario; los tiempos nuevos han reclamado “la ciencia para la vida”, palanca de bienestar y de progreso. Cuando la sabiduría deje de ser un deporte de epicúreos podrá convertirse en fuerza moral de enaltecimiento humano.

  La duda metódica es la condición primera del espíritu científico y la actitud mas propicia al incremento de la sabiduría. El amor a la verdad obliga a no creer lo que no pueda probarse, a no aceptar lo indemostrable. Sin la firme resolución de cumplir los deberes de la crítica, examinando el valor lógico de las creencias, el hombre hace mal uso de la función de pensar, convirtiéndose en vasallo de las pasiones propias o de los sofismas ajenos. El error ignora la crítica; la mentira la teme; la verdad nace de ella.

  Merecen las ciencias el culto que les profesan los hombres libres. Son instrumentos de educación moral, elevan la mente, abuenan el corazón, enseñan a dominar los instintos antisociales. El amor a ellas, tornándose pasión, impulsa a renovar incesantemente las fuerzas morales del individuo y de la sociedad. Liberan al hombre de cadenas misteriosas, que son las más humillantes; por la mejor comprensión de sí mismo y del medio en que vive, aumentan su sentimiento de responsabilidad moral frente a las contingencias de la vida. Eliminan los vanos temores que nacen de la superstición, devuelven a la humanidad su rango legítimo en la naturaleza y desarrollan un bello sentimiento de serenidad ante la instable armonía del Universo.

  Cada sociedad humana vive en continuo devenir para perfeccionar su adaptación a un medio que incesantemente varía; las etapas venideras de ese proceso funcional son concebidas por la imaginación de los hombres en forma de ideales. Un hombre, un grupo o un pueblo son idealistas cuando conciben esos perfeccionamientos y ponen su energía al servicio de su realización.

  Sólo merecen el nombre de idealistas los hombres que anhelan algún futuro mejor contra un actual imperfecto.

  Si en cada momento del tiempo se modifica la realidad social no es concebible que los ideales de ayer tengan función hoy, ni que los de hoy la conserven mañana. Mientras coexistan en el espacio sociedades heterogéneas, cada ideal solo será legítimo donde sean efectivas las condiciones que lo engendran.

  En todo tiempo han merecido el nombre de maestros los que supieron encender en los jóvenes el amor a la verdad y el deseo de investigarla por los caminos de la ciencia; pero fueron Maestros entre los maestros los que trataron de ennoblecer ese amor y ese deseo sugiriendo ideales adecuados a su medio y a su tiempo, para que la imaginación superase siempre a la realidad, remontándose hacia las cumbres inalcanzables de la  perfección infinita.

  La educación es el arte de capacitar al hombre para la vida social. Sus métodos deben converger al desarrollo de todas las aptitudes individuales, para formar una personalidad armoniosa y fecunda, intensa en el esfuerzo, serena en la satisfacción, digan de vivir en una sociedad que tenga por ideal la justicia. Siendo indispensable el bienestar de todos la cooperación de cada uno, el que no sabe prestarla es un parásito; educar al hombre significa ponerlo en condiciones en ser útil a la sociedad, adquiriendo hábitos de trabajo inteligente aplicables a la producción económica, científica, estética o moral.

  La educación es eficaz cuando respeta la vocación de los niños, no violentando su temperamento ni sus inclinaciones. Desde la escuela de primeras letras hasta el aula de la universidad, cada hombre debe aplicar su inteligencia a sus aptitudes; nada hay más estéril que el estudio forzado de lo que no se comprende, nada más triste que privarse de aprender lo que se desea.

  La escuela es un puente entre el hogar y la sociedad. Siendo su finalidad inmediata convertir el niño en ciudadano, deberá estar en contacto con la vida social misma, con la familia, con la calle, con el pueblo, vinculada a sus sentimientos, a sus esfuerzos, a sus ideales. La escuela de leer, escribir y las cuatro operaciones es un residuo fósil de las sociedades medievales, como los castigos y los exámenes.

  La primera función de la escuela es demostrar que la actividad es agradable cuando se aplica a cosas de provecho. El niño debe aprender a trabajar jugando, entre caricias y sonrisas, entre pájaros y flores; cuando la escuela le resulte más divertida que el hogar, mezclando los juegos a la producción de cosas útiles, amará el trabajo, lo deseará y al fin estará satisfecho viendo salir de sus manos cosas estimadas, como espontánea retribución de las enseñanzas recibidas.

  La escuela será después taller y ateneo, para la educación de las manos y de la inteligencia. Hay cien pequeñas cosas que el hombre libre debe hacer, para bastarse a sí mismo; hay cien preguntas de todo orden que el hombre debe plantearse, sin necesidad de tutores, si aspira a tener personalidad. Y, entre todas las que se practiquen y estudien, cada uno preferirá más tarde las que mejor se adapten a su temperamento y vocación, con las espontáneas limitaciones implicadas en la desigualdad de las inteligencias.

  Siendo el trabajo el primer deber social, debe la escuela preparar al hombre para cumplirlo. El perfeccionamiento de la capacidad técnica convertirá a todo oficio en un arte y todo trabajador aspirara a ser un artista en su profesión. Al principio se educará para el trabajo no especializado, estimulando la agudeza de ingenio y la habilidad manual; antes de aprender un arte es necesario adquirir el hábito del esfuerzo, que después se aplicará al desarrollo de la vocación.

  Desde la escuela debe formarse en el niño el sentimiento de la responsabilidad social, con el derecho de intervenir en la organización educativa. Mediante una intensa vida cívica escolar se irá formando el ciudadano, opinando y deliberando en asambleas, proponiendo iniciativas, señalando imperfecciones, adquiriendo el hábito de ser libre y veraz. El joven tendrá carácter, dignidad, firmeza, entrando a actuar en la vida civil como un hombre y no como una sombra.

  FELIZ LA SOCIEDAD EN QUE NO LEA EL QUE NO QUIERA LEER, PERO DONDE NADIE DEJE DE HACERLO POR FALTA DE LIBROS.

  El maestro del porvenir tendrá a su cargo la función más grave de la vida social. No será un autómata repetidor de programas, que otros hacen y él no comprende, sino un animador de vocaciones múltiples que laten el niño buscando aplicaciones eficaces. Despertará capacidades con el ejemplo; enseñará a hacer, haciendo; a pensar, pensando; a discurrir, discurriendo; a amar, amando. Educar debe ser un arte agradable; el maestro formar caracteres como el escultor plasma estatuas.

  Cada generación debe repensar la historia. Los hombres envejecidos se la entregan corrompida, acomodando los valores históricos al régimen de sus intereses creados; es obra de los jóvenes transfundirle su sangre nueva, sacudiendo el yugo de las malsanas idolatrías. La historia que de tiempo en tiempo no se repiensa, va convirtiéndose de viva en muerta, reemplazando el zigzagueo dramático del devenir social con un quieto panorama de leyendas convencionales. Conviene que la juventud venere lo mejor del pasado, lo digno de ejemplificar el presente; pero más conviene que sepulte las tradiciones regresivas que en su tiempo fueron dañinas y hoy serían peores, si apartaran a la juventud de su misión renovadora.

  Rinda culto la juventud de nuestros pueblos a los grandes hombres que lucharon por la emancipación política, por el ascenso ético, por la justicia social, manteniendo la continuidad del espíritu renovador en el curso de la historia. Nació la conciencia revolucionaria con el anhelo de la independencia, triunfó derribando el feudalismo colonial, fue enriquecida por obra de pensadores y estadistas, renació en cada nueva generación y fue el núcleo de ideales sin cesar integrados por las minorías ilustradas. Ame la juventud ese pasado en marche y subraye admirativamente sus valores en la historia de los pueblos nuevos. Pero sólo será justa si al mismo tiempo reprueba a cuantos obstruyeron la obra secular, pues los que fueron ayer sus enemigos los son hoy también y mañana lo serán por fuerza.

  El progreso no resulta del querer de las masas, casi siempre conformistas, sino del esfuerzo de grupos ilustrados que las orientan. Los ideales comunes, representados por la conciencia social, no son igualmente sentidos por todos los miembros de una sociedad; solamente son claros y firmes en los núcleos admiradores, que prevén el ritmo del inmediato devenir. La capacidad de iniciar las variaciones necesarias, presionando la voluntad social, suele ser privilegio de hombres selectos que se anticiparán a su tiempo. Todo progreso histórico ha sido y será obra de minorías revolucionarias que reemplazan a  otras minorías, ante la inercia pasiva de los más, obedientes por igual a cualquiera de los vencedores.

  Un pueblo que acorta el paso ha cesado virtualmente de vivir; se encierra en lo que es y contempla lo que ha sido, renunciando a las posibilidades de ser más o mejor. Los hombres representativos de sus ciencias y de sus artes se desorientan, pierden el rumbo, tantean fuera del sendero, siguen creyéndose videntes cuando ya son estràbicos; en vano intentan probar caminos, pues cambiar el derrotero no es seguir adelante, ni basta cambiarlo para adelantar.

  Los pueblos viejos, como los hombres, se envanecen de su pasado y desdeñan a los que, por jóvenes, nada parecen ser en el presente, aunque todo pueden devenir en el futuro. La exigüidad del pasado es, precisamente, el tesoro de los pueblos jóvenes, capaces de ser núcleos de nuevas culturas; su destino está en defenderse de todo senil tradicionalismo que intente envenenar las fuentes vivas que acrecerán el cauce de su venidera grandeza.

  La juventud de los pueblos nuevos debe vivir en tensión hacia el porvenir, con más esperanzas que recuerdos, con más ensueños que leyendas.

  El sentimiento de solidaridad nacional debe tener un hondo significado de justicia. El bienestar de los pueblos es incompatible con rutinarios intereses creados, y de tiempo en tiempo necesita inspirarse en credos nuevos; despertar la energía, extinguir el parasitismo, estimular la iniciativa, suprimir la ociosidad, desenvolver la cooperación. Virtudes cívicas modernas deben sobreponerse a las antiguas, convirtiendo el sentimiento nacionalista en fecundo amor al pueblo, conforme a los ideales del siglo. Es justo desear para la parte de humanidad a que pertenecemos un puesto de avanzada en las luchas por el progreso y la civilización. En una hora grata de juventud, anticipamos éstas palabras explícitas: “Aspiremos a crear una ciencia nacional, un arte nacional, una política nacional, un sentimiento nacional, adaptando los caracteres de las múltiples razas originarias la marco de nuestro medio físico y sociológico. Así como todo hombre aspira a ser alguien en su familia, toda familia en su clase, toda clase en su pueblo, aspiremos también a que nuestro pueblo sea alguien en la humanidad”. Y en la ovación que subrayó en éstas palabras creímos sentir un homenaje a los revolucionarios de América, que, cien años antes, habían vibrado por análogos sentimientos, emancipando al pueblo de una opresión que envilecía.

  Sólo es patriota el que ama a sus conciudadanos, lucha por el bienestar de su pueblo, sacrificándose por emanciparlo de todos los yugos; el que cree que la patria no es la celda del esclavo, sino el solar del hombre libre. Nadie tiene derecho de invocar la patria mientras no pruebe que ha contribuido con obras a honrarla y engrandecerla. Convertirla en instrumento de facción, de clase o de partido, es empequeñecerla. No es patriotismo el que de tiempo en tiempo chisporrotea en adjetivos, sino el que trabaja de manera constante para la dicha o la gloria común.

  Trabajo y cultura son dos aspectos de un mismo advenimiento de la historia de la nacionalidad. Toda renovación de instituciones se inicia por una revolución en los espíritus, y todo ideal está ya en los comienzos de su realización.

  La solidaridad entre los pueblos se extiende a medida que ellos amplían su experiencia y elevan sus ideales. La capacidad de simpatía va creciendo con la civilización; todos los hombres que en el mundo comparten las mismas creencias y se animan por los mismos intereses, se sienten amigos o hermanos.

  El progreso de la solidaridad se caracterizará en el porvenir por el desarrollo de organismos jurídicos, económicos y morales que regulen las relaciones de los pueblos. Un equilibrio instable y perfectible permitirá la coordinación de las partes, armonizando el bienestar de la familia, de las regiones, de los Estados.

  El ideal presente de perfeccionamiento político es una coordinación federativa de grupos sociológicos afines, que respete sus características propias y las armonice en una poderosa nacionalidad común. Ninguna convergencia histórica parece más natural que una federación de los pueblos de la América Latina. Disgregados hace un siglo por la incomunicación y el feudalismo, pueden ya plantear de nuevo el problema de su futura unidad nacional, extendida desde el río Bravo hasta el estrecho de Magallanes. Esa posibilidad histórica merece convertirse en ideal común, pues son comunes a todos sus pueblos las esperanzas de progreso y los peligros de vasallaje. Hora es de repetir que, sino llegara a cumplirse tal destino, sería inevitable su colonización por el imperialismo que desde hace cien años los acecha: la oblicua Doctrina Monroe, firme voluntad de los Estados Unidos, expresa hoy su decisión de tutelar y explotar nuestra América Latina, cautivándola sin violencia, por la diplomacia del dólar. Son sus cómplices la tiranía política, el parasitismo económico y la superstición religiosa, que necesitan mantener divididos a nuestros pueblos, explotando sus odios recíprocos a favor de los intereses creados en cien años de feudalismo tradicional.

  Frente a estas fuerzas inmorales del pasado, la esperanza de acercarnos a una firme solidaridad sólo puede ser puesta en la Nueva Generación, si logra ser tan nueva por su espíritu como por sus años. Sea ella capaz de resistir a las pequeñas tentaciones del presente, mientras adquiera las fuerzas morales que la capaciten para emprender nuestra gran obra del porvenir: desenvolver la justicia social en la nacionalidad continental. (*)

  (*) Fuente:  José Ingenieros, Las Fuerzas Morales, obra editada originalmente en el año 1925.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo