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"LA VIDA PROFUNDA"  Y  "EL ELOGIO DEL BOXEO"

Por Maurice Maeterlinck

 

Maurice Maeterlinck (1867-1949)

 

La vida profunda

Elogio del Boxeo

  

       En Bélgica, en 1867, nace un espíritu que, con alas poéticas, navegará por las aguas de distintos lagos. Mediante su influyente obra teatral, El pájaro azul (1909), Maeterlinck recorrerá el lago del simbolismo. Será el precursor de la estética simbolista. Su alta vitalidad poética encenderá su piel con la suficiente sensibilidad como para meditar en el misterio, el silencio, la belleza y el alma. O en las flores y los insectos. Uno de sus ensayos fundamentales es La inteligencia de las flores donde las diminutas y desapercibidas plantas de nuestros jardines o balcones, y las otras de la naturaleza, protagonizan diariamente una heroica lucha por el agua y la luz. El más pequeño y complejo universo de los insectos le inspiró también asombro y múltiples reflexiones. Esto es lo que ocurre en sus memorables obras La vida de las abejas y La vida de las termitas. En "La vida profunda", el primer ensayo olvidado que les presentamos aquí, con lucidez poética Maeterlinck explora la condición del heroísmo espiritual, la percepción de los tesoros sutiles que viven en nuestro derredor. En todos los casos, una gran personalidad moral sólo nace al trascender el cofre del propio yo. Así es como Maeterlinck nos interroga: " ¿qué es en el fondo todo lo que se llama «Sabiduría», «Virtud», «Heroísmo» y «las horas sublimes, y los grandes momentos» de la vida, sino los momentos en que uno ha salido más o menos de sí mismo y en que ha podido detenerse, siquiera un minuto, en el umbral de una de las puertas eternas, desde donde se ve que el más pequeño grito, el pensamiento más pálido y el gesto más débil no caen en la nada...? Pero, junto al espíritu que se abre a la vida profunda y sutil, también existe el cuerpo y su dignidad, el poder y plasticidad de los músculos tensos. La salud del cuerpo entregado a la disciplina atlética. La potencia del puño como órgano de ataque o defensa. Maeterlinck afirma así en "Elogio del boxeo", el otro ensayo que presentamos aquí: "el puño es el arma de todos los días, el arma humana por excelencia, la única orgánicamente adaptada a la sensibilidad, a la resistencia, a la estructura tanto ofensiva como defensiva de nuestro cuerpo". Las tersuras del espíritu, los vigores del cuerpo resplandecen en estas dos gemas olvidadas de la pluma del autor de La inteligencia de las flores, que hemos hallado en uno de los volúmenes de la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, otro espíritu asombrado ante los fuegos del tiempo.

  Esteban Ierardo

 

LA VIDA PROFUNDA

    Bueno es recordar a los hombres que el más humilde de ellos tiene el deber de esculpir, conforme a un modelo divino que él no elige, una gran personalidad moral, compuesta de él mismo y del ideal en partes iguales; y que lo que vive con plena realidad, ciertamente es eso.

   Es necesario que todo hombre encuentre para sí una posibilidad particular de vida superior a la humilde e inevitable realidad cotidiana. No hay fin más noble para nuestra vida. Lo que nos distingue a los unos de los otros son las relaciones que tenemos con el infinito. El héroe no es más grande que el mísero que marcha a su lado, sino porque en cierto momento de su existencia tuvo una conciencia más viva de una de esas relaciones. Si es verdad que la creación no se detiene en el hombre y que nos rodean seres superiores e invisibles, esos seres no nos son superiores sino porque tienen con el infinito relaciones que ni siquiera podemos sospechar.

  Nos es posible multiplicar estas relaciones. En la vida de todo hombre ha habido un día en que el cielo se abrió de por sí, casi siempre, de ese instante data la verdadera personalidad espiritual de un ser. Fue en ese instante cuando se formó sin duda la invisible y eterna fisonomía que mostramos sin saberlo a los ángeles y a las almas. Mas para la mayor parte de los hombres el cielo no se abre así más que por casualidad. No escogieron el rostro por el cual los ángeles los reconocen en el infinito y no saben ennoblecer y purificar sus facciones. Sólo nacieron de una alegría, de una tristeza, de un terror, o de un pensamiento accidental.

   Nacemos verdaderamente el día en que por primera vez sentimos profundamente que hay algo grave e inesperado en la vida. Unos observan de pronto que no se encuentran solos bajo la bóveda celeste. Otros, dando un beso o vertiendo unas lágrimas, caen bruscamente en la cuenta de que «la fuente de todo lo que hay de mejor y de santo desde el universo hasta Dios está oculta detrás de una noche llena de estrellas demasiado lejanas»; un tercero vio extenderse una mano divina entre su alegría y su felicidad y otro comprendió que los muerto tienen razón. Otro tuvo piedad, otro admiró y otro tuvo miedo. Con frecuencia no se necesita casi nada; una palabra, un gesto, una pequeña cosa que ni siquiera es un pensamiento. «Antes te quería como a un hermano», dijo un héroe de Shakespeare ante un acto que admira; «antes te quería como a un hermano; pero ahora te respeto como a un alma». Es probable que aquel día viniera un ser al mundo.
Podemos nacer por consiguiente más de una vez; y a cada uno de esos nacimientos nos acercamos un poco a nuestro Dios. Pero casi todos nos contentamos con esperar que un acontecimiento lleno de una luz irresistible penetre violentamente en nuestras tinieblas y nos ilumine a pesar nuestro. Esperamos no sé qué feliz coincidencia, en que los ojos de nuestra alma se hallan por casualidad abiertos en el momento en que nos sucede algo de extraordinario. Pero hay luz en todo lo que nos acontece; y los hombres más grandes no fueron tales sino porque tenían la costumbre de abrir los ojos a todas las luces. ¿Es pues necesario que tu madre agonice en tus brazos, que tus hijos perezcan en un naufragio y que tú mismo pases al lado de la muerte para adquirir por fin el conocimiento de que estás en un mundo incomprensible donde te encuentras para siempre, y en que un Dios que no se ve permanece eternamente solo con sus criaturas? ¿Es pues necesario que tu prometida perezca en un incendio o que desaparezca ante tus ojos en las verdes profundidades del Océano para que vislumbres por un instante que los últimos límites del reino del amor van quizá más allá de las llamas casi invisibles de Mira, de Altair y de la Cabellera de Berenice? Si hubieses abierto los ojos ¿ no hubieras podido ver en un beso lo que hoy observas en una catástrofe? ¿Es necesario que el dolor despierte así a lanzadas los recuerdos divinos que duermen en nuestras almas? El sabio no tiene necesidad de esas sacudidas. Mira una lágrima, el gesto de una virgen, una gota de agua que cae; escucha su pensamiento que pasa, estrecha la mano de un hermano, se acerca a unos labios, con los ojos abiertos y con el alma abierta también. En ello puedes ver sin cesar lo que no vislumbraste más que un instante; y una sonrisa te dará a conocer fácilmente lo que una tempestad y la
mano misma de la muerte han debido revelarte.
Porque ¿qué es en el fondo todo lo que se llama «Sabiduría», «Virtud», «Heroísmo» y «las horas sublimes, y los grandes momentos» de la vida, sino los momentos en que uno ha salido más o menos de sí mismo y en que ha podido detenerse, siquiera un minuto, en el umbral de una de las puertas eternas, desde donde se ve que el más pequeño grito, el pensamiento más pálido y el gesto más débil no caen en la nada; o bien que, si caen en ella, esta caída
misma es tan inmensa que basta para dar un carácter augusto a nuestra vida? ¿Por qué esperas que el firmamento se abra al estruendo del rayo? Hay que estar atento a los minutos felices en que se abre en silencio; y se abre sin cesar. Buscas a Dios en tu vida, y dices que Dios no parece. Pero ¿qué vida no tiene millares de horas parecidas a la hora de ese drama en que todos esperan la intervención divina, y en que nadie la ve hasta que un pensamiento invisible que ha trastornado la conciencia de un moribundo se manifiesta de pronto, y un anciano exclama sollozando de alegría y de espanto:  ¿Dios? ¡Pero aquí está!...»

   ¿Es siempre preciso que nos avisen y que no podamos caer de rodillas si alguien no nos dice que Dios pasa? Si has amado profundamente, nadie ha tenido que hacerte observar que tu alma era algo tan grande como los mundos; que los astros, las flores, las olas de la noche y las del mar no eran solitarios, que nada concluía y que todo empezaba en el umbral de las apariencias; y que hasta los labios que besabas pertenecían a un ser mucho más elevado, mucho más bello, mucho más puro que aquel que tus brazos estrechaban. Viste entonces lo que no se ve en la vida sin embriaguez. Pero ¿ no se puede vivir como si se amase siempre? Los héroes y los santos no hicieron otra cosa. ¡Ah!, verdaderamente, esperamos demasiado en la existencia, como los ciegos de la leyenda que habían hecho un largo viaje para ir a escuchar a su Dios. Estaban sentados en las gradas y, cuando alguien les preguntaba qué hacían en el atrio del santuario, contestaban meneando la cabeza: «Estamos esperando y Dios no ha dicho todavía una palabra.» Pero no habían visto que las puertas de bronce del templo estaban cerradas y no sabían que la voz de su Dios llenaba el edificio. Nuestro Dios no cesa un instante de hablar; pero nadie piensa en entreabrir las puertas. Y sin embargo, si se quisiese poner atención, no sería difícil escuchar, a propósito de todo acto, la palabra que Dios debe decir.
 Vivimos todos en lo sublime. ¿En qué queréis que vivamos? No hay otro lugar de la vida. Lo que nos falta, no son las ocasiones de vivir en el cielo, sino la atención y el recogimiento; y un poco de embriaguez de alma. Si no tienes más que una pequeña habitación, ¿crees que Dios no está allí también, y que es imposible llevar en ella una vida algo elevada? Si te quejases de que vives solo, de que no te sucede nada, de que nadie te quiere, de que no quieres a nadie, ¿crees que las palabras no engañan, que es posible vivir solo, que el amor es algo que se sabe, algo que se ve, y que los acontecimientos se pesan como el oro y la plata de los rescates? ¿Acaso un pensamiento vivo -elevado o pobre, poco importa, desde el momento que procede de tu alma es grande para ti- acaso un alto deseo o simplemente un momento de atención solemne en la vida no pueden entrar en una pequeña habitación? Y si no amas o no eres amado, y sin embargo puedes ver con cierta fuerza que mil cosas son bellas, que el alma es grande y que la vida es grave casi indeciblemente, ¿no vale tanto como si te amasen o como si amases? Y si el mismo cielo te está oculto, «el gran cielo estrellado», como dice el poeta, «no se extiende a pesar de todo sobre tu alma bajo la forma de la muerte?...»

  Todo lo que nos acontece es divinamente grande y nos encontramos siempre en el centro de un gran mundo. Pero sería necesario acostumbrarnos a vivir como un ángel que acaba de nacer, con o una mujer que ama o como un hombre que va a morir. Si supieses que vas a morir esta noche o simplemente que vas a alejarte para siempre, ¿verías por última vez a los seres y las cosas como los ha visto hasta hoy? ¿y no amarías como nunca has amado? ¿Sería la bondad o la maldad de las apariencias lo que se agrandaría en torno tuyo? ¿Sería la belleza o la fealdad de las almas lo que tendrías el don de percibir? ¿Es que todo, hasta el mal mismo y los sufrimientos, no se transforma entonces en un mar lleno dc lágrimas dulcísimas? ¿Es que cada ocasión de perdonar, como ha dicho un sabio, no quita algo a la amargura de la partida o de la muerte?  Y sin embargo, en esas claridades de la tristeza de la muerte, ¿se dan los últimos pasos hacia la verdad o hacia el error?

  ¿Son los vivos o los moribundos los que saben vivir y tienen razón? ¡Ah! ¡felices los que han pensado, los que han hablado, los que han obrado de modo que puedan recibir la aprobación de los que van a morir o de aquellos a quienes gran dolor ha vuelto clarividentes! No hay recompensa más dulce para el sabio a quien nadie escuchaba en la vida. Si has vivido en la belleza oscura, no te inquietes. Una hora de suprema justicia acaba siempre por sonar en el corazón de todo hombre; y la desgracia abre los ojos que no se abrían nunca. ¿Quién sabe si no pasas en este momento sobre el alma de un moribundo como la sombra del que ya conocía la verdad? ¿No es quizá sobre el lecho de los agonizantes donde se teje la verdadera y la más preciosa corona del sabio, del héroe y de todos los que han sabido vivir gravemente en las altas, puras y  discretas tristezas de la vida según el alma?
«La muerte», dice Lavater, «no embellece solamente nuestra forma inanimada; sino que hasta sola idea de la muerte da una forma más bella a vida misma». Todo pensamiento infinito como muerte embellece nuestra vida. Pero no hay que caer en el error. Todo hombre tiene nobles pensamientos que pasan como aves blancas sobre su corazón. ¡Ah!, esos no cuentan, son extraños cuya presencia causa sorpresa y que se apartan con un gesto importunado. No tienen tiempo de tomar contacto con nuestra vida. Para que nuestra alma se vuelva grave y profunda como la de los ángeles, no basta entrever un instante el universo en la sombra de la muerte o la eternidad, en la luz de la alegría o en las llamas de la belleza y del amor. Todo ser ha tenido movimientos de esos que no han dejado en él más que un puñado de cenizas inútiles. No basta una casualidad; es necesaria una costumbre. Hay que aprender a vivir en la belleza y en la gravedad habituales. En la vida, los seres más bajos distinguen perfectamente cuál es la cosa noble y bella que debería hacerse; pero esa cosa noble y bella no tiene bastante fuerza en ellos. Esa fuerza invisible y abstracta es lo que debemos procurar aumentar de antemano. Y esa fuerza no aumenta sino en quienes han adquirido la costumbre de sentarse, más a menudo que los demás, en las cimas en que la vida penetra en el alma y desde donde se ve que todo acto y todo pensamiento está infaliblemente ligado con alguna cosa grande e inmortal.
Mira a los hombres y las cosas según la forma y pronto, reteniendo
el deseo de tu vista interior; pero no olvides jamás la sombra que proyectan al pasar por encima del muro por encima del muro no es más que la imagen pasajera de una sombra más poderosa, que se extiende como el ala de un cisne imperecedero sobre toda alma que se acerca a su alma. No creas que semejantes pensamientos sean simplemente adornos, ni que ejerzan influencia alguna en la vida de los que los admiten. Importa menos transformar nuestra vida que percibirla, pues se transforma por sí misma desde el momento en que ha sido vista. Esos pensamientos de que hablo forman el tesoro secreto del heroísmo, y el día en que la vida nos obliga a abrir ese tesoro, quedamos sorprendidos al encontrar en él más fuerzas que las que nos impulsan a la belleza perfecta. Entonces, basta que muera un gran rey para recordar «que el mundo no acaba a las puertas de las casas»; y la cosa mis pequeña basta para ennoblecer un alma cada noche.

Pero no te bastará pensar que Dios es grande y te mueves en su luz, para vivir en la belleza  y en las fecundas profundidades en que vivieron los héroes. Es posible que recuerdes mañana y tarde que las manos de todas las potencias invisibles se agitan como un toldo de innumerables pliegues sobre tu cabeza, sin que percibas nunca el menor gesto de esas manos. Hay que estar eficazmente atentos; y vale más velar en la plaza pública que dormirse en el templo.

Hay belleza y grandeza en todo, puesto que basta una circunstancia inesperada para hacérnosla ver. La mayor parte de los hombres lo saben, pero por más que lo sepan, sólo bajo el látigo de la fortuna o de la  muerte rondan el muro de la existencia en busca de grietas por donde llegar hasta Dios. No ignoran que hay grietas eternas en las pobres paredes de una cabaña y que los más pequeños cristales no quitan una línea o una estrella a la inmensidad de los espacios celestes. Pero no basta poseer una verdad, es necesario que la verdad nos posea.

    Y sin embargo, estamos en un mundo en que los menores acontecimientos asumen sin esfuerzo una belleza cada vez más pura y cada vez más elevada. Nada se mezcla tan fácilmente como la tierra y el cielo, y si has mirado las estrellas antes de abrazar a tu amante, no la abrazarás de la misma manera que si hubieses mirado las paredes de tu cuarto. Ten por seguro que el día en que te detuviste siguiendo un rayo de luz a través de una de las rendijas de la puerta de la vida, hiciste algo tan grande como si hubieses curado las heridas de un enemigo, pues en aquel momento ya no tenías enemigo.

Hay que vivir en acecho de nuestro Dios, porque Dios se oculta; pero sus ardides, una vez conocidos, son tan risueños y sencillos! La menor cosa nos revela entonces su presencia, ¡y la grandeza de nuestra vida depende de tan poco! Así es que se encuentra, en las obras poéticas, un verso que, acá y allá, en medio de los humildes acontecimientos de nuestros días ordinarios, parece entreabrir de pronto alguna cosa enorme. No se ha pronunciado ninguna palabra solemne y se diría que no se ha evocado nada; y sin embargo, ¿por qué una faz infalible nos ha hecho seña detrás de las lágrimas de un anciano? ¿Por qué toda una noche poblada de ángeles se extiende en torno de la sonrisa de un niño? ¿Y por qué, a propósito de una palabra balbuceada por un alma que canta trabajando en otra cosa, nos hemos dicho de pronto un instante nuestra respiración: «Esta es la casa de Dios, y aquí está una de las entradas del cielo»?
Es porque esos poetas estaban más atentos que nosotros «a la sombra interminable... ». En el fondo, la poesía suprema no es más que eso, y no tiene más objeto que mantener abiertos «los grandes caminos que conducen de lo que se ve a lo que no se ve». Pero es también el fin supremo de la vida, y es mucho más fácil de alcanzar en la vida que en los más nobles poemas, puesto que los poemas han tenido que abandonar las dos grandes alas del silencio. No hay días pequeños. Es necesario que esta idea descienda a nuestra vida y que en ella se transforme en substancia. No se trata de estar tristes. Pequeñas alegrías, pequeñas sonrisas y grandes lágrimas, todo ocupa el mismo puesto en el espacio y en el tiempo. Puedes jugar en la vida tan inocentemente  «como un niño en torno del lecho de un muerto» y los llantos no son indispensables. Las sonrisas, como las lágrimas, abren las puertas del otro mundo. Ve, ven, sal; encontrarás lo necesario en las nieblas, pero no olvides nunca que estás cerca de las puertas.

                                                                     * * *

Después de este largo rodeo, vuelvo a mi punto de partida, a saber, «que conviene recordar a los hombres que el más humilde de entre ellos tiene la facultad de esculpir, conforme a un modelo divino que él no elige, una gran personalidad moral, compuesta de él mismo y del ideal en partes iguales». Y esta «gran personalidad moral» no se ha esculpido nunca sino en las profundidades de vida; y la reserva del ideal necesario no aumenta sino gracias a incesantes «revelaciones de lo divino». Todo hombre puede llegar en espíritu a las cúspides de la vida virtuosa y saber a cada momento lo que habría que hacer para obrar como un héroe o como un santo. Mas no es esto lo que importa. Es preciso que la atmósfera espiritual se transforme en torno nuestro al extremo de acabar por parecerse a la atmósfera de los bellos países del siglo de oro de Swedenborg donde el aire no permitía que la mentira saliese la boca. Llega entonces un momento en que el menor mal que quisiéramos hacer cae a nuestros como una bala de plomo sobre un disco de bronce, y en que casi todo se transforma, sin que lo sepamos, en belleza, amor y verdad.

   Pero esa atmósfera no envuelve sino a los que han cuidado de airear con bastante frecuencia su vida entreabriendo, de vez en cuando, las puertas del otro mundo. Cerca de estas puertas es donde se ve. Cerca de estas puertas es donde se ama. Porque amar a prójimo no es sólo entregarse enteramente a él, servir, ayudar y socorrer a los demás. Es posible que no seas bueno ni bello ni noble en medio de los más grandes sacrificios, y la enfermera que muere del contagio a la cabecera de un tífico tiene quizá un alma rencorosa, pequeña y miserable.

  Amar al prójimo en las profundidades estables es amar lo que hay de eterno en los demás, pues el prójimo por excelencia es lo que se aproxima más a Dios, es decir, a lo más puro y bueno que hay en los hombres, y sólo permaneciendo siempre cerca de las puertas de que hace poco hablaba descubrirás lo que hay de divino en las almas. Entonces podrás decir con el gran Juan Pablo: «Cuando quiero amar muy tiernamente a una persona, y perdonárselo todo, no tengo más que mirarla durante algún tiempo en silencio.»

Es preciso aprender a ver para aprender a amar. «Yo había vivido durante más de veinte años al lado de mi hermana», me decía en cierta ocasión un amigo, «y la vi por primera vez en el momento de la muerte de nuestra madre.» Esta vez también había sido necesario que la muerte abriese violentamente una puerta eterna, para que dos almas se viesen en un rayo de luz primitiva. ¿Hay uno solo de ustedes que no se halle rodeado de hermanas que no ha visto?

Afortunadamente, aun en los que ven menos, hay siempre algo que obra en silencio como si hubiesen visto. Es posible que el ser bueno no consista más que en ser en un poco de claridad lo que todos son en las tinieblas. Por esto, sin duda, conviene esforzarnos en elevar nuestra vida y tender hacia  las cúspides donde se llega a la imposibilidad de obrar mal. Por esto conviene acostumbrar nuestra vista a mirar los acontecimientos y a los hombres en una atmósfera divina. Pero ni aun esto es indispensable; y ¡cómo la diferencia, a los ojos de un  Dios, debe parecer pequeña!

Estamos en un mundo en que la verdad reina en el fondo de las cosas y en que no es la verdad, sino la mentira, la que necesita ser explicada. Si la dicha de tu hermano te entristece, no te desprecies; no tendrás que andar mucho para encontrar en ti mismo algo que el camino no entristecerá. Y si no recorres ese camino, poco importa; algo hay que no se ha entristecido.

Los que en nada piensan tienen la a misma verdad que los que piensan en Dios: están menos cerca del umbral y nada más. «Hasta en la vida más vulgar», dice Renán, «la parte de lo que se hace por Dios es enorme. El hombre más bajo prefiere ser justo a ser injusto; todos adoramos y oramos muchas veces al día sin saberlo.» Y nos asombramos cuando una causalidad nos revela súbitamente la importancia de esa parte divina.

Hay en torno nuestro millares y millares de pobres seres que no han visto nada bello en toda su existencia; van y vienen en la oscuridad; se cree que todo ha muerto, y nadie hace caso. Y he aquí que un día, una simple palabra, un silencio imprevisto, una pequeña lágrima, procedente de los manantiales mismos de la belleza, nos enteran de que han encontrado el medio de elevar, en la sombra de su alma, un ideal mil veces más bello que las cosas más bellas que sus oídos han escuchado y que sus ojos han visto.

 ¡Oh, nobles y pálidos ideales del silencio y de la sombra! Ellos son, sobre todo, los que despiertan la sonrisa de los ángeles y suben directamente hacia Dios. ¡En qué cabañas innumerables, en qué cuartos de miseria, en qué prisiones quizá, no se los alimenta en este momento con las lágrimas y con la sangre más pura de una pobre alma que no sonrió jamás; del mismo modo que las abejas, cuando en torno de ellas han muerto todas las flores, aún ofrecen a la que debe ser su reina, una miel mil veces más preciosa que la miel que dan a sus hermanitas de la vida cotidiana!

  ¿Quién no ha encontrado más de una vez, a lo largo de los caminos de la vida, un alma abandonada que sin embargo no había perdido el valor de alimentar así en las tinieblas un pensamiento más divino y más puro que todos los que tantos otros habían tenido ocasión de ir a escoger en la claridad? Aquí, la esclava favorita de Dios es también la sencillez; y basta quizá que algunos sabios no ignoren lo que debe hacerse para el resto obre como igualmente supiera. (*)

(*) Fuente: Maurice Maeterlinck, "La vida profunda", en La inteligencia de las flores, Colección Biblioteca Personal Jorge Luis Borges, Hyspamérica Ediciones Argentina, Buenos Aires, 1985, pp. 237-250.  



ELOGIO DEL BOXEO

 

Carlos Monzón (derecha), uno de los grandes boxeadores de la historia durante una de sus peleas.

 

 En medio de nuestros cuidados intelectuales, conviene ocuparnos a veces en las aptitudes de nuestro cuerpo y especialmente en los ejercicios que más aumentan su fuerza, su agilidad y sus cualidades de hermoso animal sano, temible y dispuesto a hacer frente a todas las exigencias de la vida.
A este propósito, recuerdo que hablando recientemente de la espada, en el entusiasmo de mi asunto, estuve bastante injusto respecto a la única arma específica que la naturaleza nos ha dado: el puño. Y deseo reparar aquella injusticia.
La espada y el puño se completan y pueden hacer, si así cabe expresarse, buenas migas juntos. Pero la espada no es o no debiera ser más que arma excepcional, una especie de ultima et sacra ratio. No debería recurrirse a ella sino con solemnes precauciones y un ceremonial equivalente al que rodea los procesos que puedan conducir a una condena a muerte.

 Por el contrario, el puño es el arma de todos los días, el arma humana por excelencia, la única orgánicamente adaptada a la sensibilidad, a la resistencia, a la estructura tanto ofensiva como defensiva de nuestro cuerpo.
Efectivamente, si nos examinamos bien, debemos colocarnos, sin vanidad, entre los seres menos protegidos, más desnudos, más frágiles, más quebradizos y más flojos de la creación. Compáremonos, por ejemplo, con los insectos, tan formidablemente armados para el ataque y tan fantásticamente acorazados. Ved, entre otros, a la hormiga sobre la cual podéis acumular diez o veinte mil veces el peso de su cuerpo sin que al parecer sufra por ello. Ved el saltón, el menos robusto de los coleópteros, y pesad lo que puede llevar sin que se rompan los anillos de su vientre, sin que ceda el broquel de sus élitros. En cuanto a la resistencia del caracol, puede decirse que no tiene límites. Somos, pues, comparados con ellos, nosotros y la mayor parte de los mamíferos, seres no solidificados todavía gelatinosos y muy próximos al protoplasma primitivo. Nuestro esqueleto, que es como el esbozo de nuestra forma definitiva, es el único que ofrece alguna resistencia. Pero ¡cuán miserable es este esqueleto, que parece construido por un niño! Considerad nuestra espina dorsal, base de todo el sistema, cuyas vértebras mal articuladas no se sostienen sino por milagro; y nuestra caja torácica que no ofrece más que una serie de puntos en falso que apenas se atreve uno a tocar con la punta del dedo. Pues bien, contra esta floja e incoherente máquina, que parece un ensayo equivocado de la naturaleza; contra este pobre organismo del que la vida tiende a escaparse por todas partes, hemos imaginado armas capaces de aniquilarnos aunque poseyéramos la fabulosa coraza, la prodigiosa fuerza y la increíble vitalidad de los insectos más indestructibles. Hay que convenir en que hay aquí una curiosa y desconcertante aberración, una locura inicial, propia de la especie humana, que, lejos de corregirse, va creciendo de día en día. Para entrar en la lógica natural que siguen todos los demás seres vivientes, si nos es dado usar armas extraordinarias contra nuestros enemigos de un orden diferente, deberíamos entre nosotros, los hombres, no servirnos más que de medios de ataque y defensa proporcionados por nuestro propio cuerpo. En una humanidad que se conformara estrictamente al deseo evidente de la naturaleza, el puño, que es al hombre lo que el cuerno al toro y al león la garra y el diente, bastaría para todas nuestras necesidades de protección, de justicia y de venganza. So pena de crimen irremisible contra las leyes esenciales de la especie, una raza más sensata prohibiría todo ni yo modo de combate. Al cabo de algunas generaciones se llegaría a propalar así y a poner en vigor una especie de respeto pánico de la vida humana. ¡Y mí selección pronta y en el sentido exacto de las voluntades de la naturaleza resultaría de la práctica intensiva del pugilato, donde se concentrarían todas las esperanzas de la gloria militar! La selección es, después de todo, lo único realmente importante con que debemos preocuparnos; es el primero, el más vasto y el más eterno de nuestros deberes para con la especie.

                                                                          * * *


Mientras tanto, el estudio del boxeo nos da excelentes lecciones de humildad y arroja sobre la decadencia de algunos de nuestros instintos más preciosos una luz bastante inquietante. Pronto notamos que, en todo lo concerniente al uso de nuestros miembros: agilidad, destreza, fuerza muscular, resistencia al dolor, hemos venido a parar al último orden de los mamíferos o de los bactracios. Desde este punto de vista, en una jerarquía bien comprendida, tendríamos derecho a un modesto lugar entre la rana y el carnero. La coz del caballo, como la cornada del toro o la dentellada del perro son mecánica y anatómicamente imperfectibles. Sería imposible mejorar, por medio de las más sabias lecciones, el uso instintivo de sus armas naturales. Pero nosotros, los más orgullosos de los primates, no sabemos dar un puñetazo. Ni siquiera sabemos cuál es exactamente el arma de nuestra especie. Antes que un profesor nos lo haya enseñado laboriosa y metódicamente, ignoramos por completo la manera de poner en obra y de concentrar en nuestro brazo la fuerza relativamente enorme que reside en nuestro hombro y en nuestro bacinete. Observad dos carreteros, dos campesinos que se pelean: nada más miserable. Después de una copiosa y dilatoria sarta de injurias y de amenazas, se agarran por el pescuezo y por los cabellos, ponen en juego pies y rodillas, al azar; se muerden, se arañan, se enredan en su rabia inmóvil, no se atreven a soltar presa, y si uno de ellos logra tener un brazo libre, da con él a ciegas, y a menudo en el vacío, pequeños golpes precipitados, exiguos, barbotados; y el combate no acabaría nunca si la navaja felona, evocada por la vergüenza del espectáculo incongruo, no surgiese de pronto, casi espontáneamente, de uno u otro bolsillo.

  Contemplad por otra parte dos boxeadores: nada de palabras inútiles, nada de tanteos, nada de cólera; la calma de dos certidumbres que saben lo que hay que hacer. La actitud atlética de la guardia, una de las más hermosas del cuerpo viril, pone lógicamente en valor todos los músculos del organismo. Ninguna partícula de fuerza que desde la cabeza hasta los pies pueda extraviarse. Cada uno de ellos tiene su polo en uno u otro de los dos puños macizos recargados de energía. ¡Y qué noble sencillez en el ataque! Tres golpes, ni uno más fruto de una experiencia secular, agotan matemáticamente las mil posibilidades inútiles a que se aventuran los profanos. Tres golpes sintéticos, irresistibles, imperfectibles. Desde el momento que uno de ellos alcanza francamente al adversario, la lucha ha terminado a satisfacción completa del vencedor que triunfa tan incontestablemente que no tiene el menor deseo de abusar de su victoria, y sin peligroso daño para el vencido simplemente reducido a la impotencia y a la inconsciencia durante el tiempo necesario para que todo rencor se evapore. Momentos después, ese vencido se levantará sin avería duradera, porque la resistencia de sus huesos y de sus órganos es estricta y naturalmente proporcionada a la fuerza del arma humana que lo hirió y derribó.

  Puede parecer paradójico, pero es fácil dc observar que el arte del boxeo, donde generalmente se practica y cultiva, se convierte en una garantía de paz y de mansedumbre.
   Nuestra nerviosidad agresiva, nuestra susceptibilidad en acecho, la especie de perpetuo quién vive en que se agita nuestra vanidad recelosa, todo esto dimana, en el fondo, del sentimiento de nuestra impotencia y de nuestra inferioridad física, que se esfuerza en imponerse, con una máscara altiva e irritable, a los hombres a menudo grostescos, injustos y malévolos que nos rodean.
Cuanto más desarmados nos sentimos en presencia de la ofensa, más nos atormenta el deseo de manifestar a los demás y de persuadirnos a nosotros mismos de que nadie nos ofende impunemente.
El valor es tanto más susceptible, tanto más intratable, cuanto más el instinto asustado, agazapado en el fondo del cuerpo que recibirá los golpes se pregunta con angustiosa ansiedad de qué manera acabará la algarada.
¿Qué hará ese pobre instinto prudente, si la crisis toma mal giro? Con él se cuenta, a la hora del peligro. Destinados le están los cuidados del ataque y de la defensa.
Pero en la vida cotidiana se le alejó tantas veces de los negocios y del consejo supremo, que al llamamiento de su nombre sale de su retiro como un cautivo envejecido, súbitamente deslumbrado por la luz del día.
¿Qué resolución tomará? ¿Dónde habrá que dar? ¿En los ojos, en el vientre, en la nariz, en las sienes, en el cuello? ¿Y qué arma escoger? ¿El pie, los dientes, la mano, el codo o las uñas?
No sabe: vacila en su pobre morada que van a deteriorar, y mientras se atolondra y las tira de la manga, el valor, el orgullo, la vanidad, la altivez, el amor propio, todos los grandes señores magníficos, pero irresponsables, enconan la querella recalcitrante, que para en fin, después de innumerables y grotescos rodeos, en el inhábil cambio de porrazos chillones, ciegos, híbridos y llorones, lastimosos y pueriles e indefinidamente impotentes.
Por el contrario, el que conoce la fuente de justicia que posee en ambas manos cerradas no tiene nada de qué persuadirse. Una vez para siempre sabe lo que sabe saber.
La longanimidad, como una flor apacible, emana de su victoria ideal pero segura.
El más grosero insulto no puede alterar su sonrisa indulgente. Espera, pacífico, las primeras violencias, y puede decir con calma a todo el que lo ofende: "No pasaréis de ahí".

 Un solo gesto mágico, en el momento necesario, detiene al insolente. ¿A qué hacer ese gesto? Su eficacia es tan segura, tan rápida, que ni siquiera se piensa en él. Y con la misma vergüenza que causaría pegar a un niño indefenso, en el último extremo se decide al fin a levantar contra el bruto más fuerte una mano soberana que siente anticipadamente su victoria demasiado fácil. (*)
(*) Fuente: Maurice Maeterlinck, "Elogio del boxeo", en La inteligencia de las flores, Colección Biblioteca Personal Jorge Luis Borges, Hyspamérica Ediciones Argentina, Buenos Aires, 1985, pp. 104-110.  

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo