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 LUIS PIEDRA BUENA Y EL NAUFRAGIO DEL ESPORA

Por Dr. Armando Braun Menéndez

 

 

 

Luis Piedra Buena, un héroe patagónico

 

Breves palabras iniciales

¿Quién fue Luis Piedra Buena?

Luis Piedra Buena y el naufragio del Espora

 

Breves palabras iniciales

   El oleaje se enardece. Gritan las olas con gargantas de agua furiosa. Un pequeño retazo de madera y velas, una embarcación creada por los hombres, deambula audaz, temeraria, sobre la pasión turbulenta del mar. El barco alberga a unos pocos valientes, cuyo jefe escruta el océano. Aquel hombre no teme. Sólo desea salir victorioso en el combate con las aguas. Para luego volver a tierra firme y contemplar fascinado la ondulante danza de la bandera de su país coronando un mástil en la Isla Pavón, en la desembocadura del Río San Cruz. Sólo desea seguir sano y recio para volver a rescatar, como ya lo ha hecho varias veces, a los desamparados y atemorizados náufragos.

  Los hombres lo llamaron Luis Piedra Buena. El mar quizá le tributó otro nombre, que nunca conoceremos. El comandante Luis Piedra Buena, lo mismo que Francisco P. Moreno, fue uno de los protagonistas esenciales en el conocimiento e integración de la Patagonia. 

  En este momento de Textos sobre la Patagonia en Temakel, queremos homenajear a unos de los héroes patagónicos cuyo valor e iniciativa se expresaron en su respetuoso desafío al mar y en un altruista celo por rescatar a numerosas víctimas de los naufragios. Naufragios que él también conoció a través del hundimiento de su nave "El Espora". 

 Primero presentaremos una síntesis de los principales hechos del gran marino y luego un texto del Dr. Armando Braun Menéndez sobre los hechos del naufragio de "El Espora" editado anteriormente en la valiosa Biblioteca virtual de página web de Museo del Fin del Mundo en Ushuaia.

E.I

 Sobre el gran marino patagónico pueden consultar: 

Arnoldo Canclini, Piedra Buena, su tierra y su tiempo, Buenos Aires, Emecé.

Raúl Entraigas, Piedra Buena, caballero del mar, Buenos Aires, publicado por la valiosa editorial Elefante Blanco. 

 

QUIEN FUE LUIS PIEDRA BUENA

    "Las olas agitadas murmurarán para siempre su nombre"

      Sintetizar su gesta es casi una falta de respeto... cada minuto de su vida ha sido una epopeya, un acto de    valentía... pero no podemos obviar su figura en ésta página. Quedará, entonces, a cargo del lector, imaginar lo no escrito, los detalles implícitos en la trayectoria del máximo prócer patagónico: Don Luis Piedra Buena.

      Nació el 24 de agosto de 1833, en Carmen de Patagones. Desde su infancia el mar ejerció un gran influjo sobre él, a tal punto que siendo niño fue hallado por un capitán mercante llamado Lemón, a veinte millas de la costa tripulando una débil balsa que  había construido. El capitán Lemón lo llevó a Patagones, obtuvo el permiso de sus padres y embarcó a Piedra Buena como grumete de su barco que zarpó hacia los Estados Unidos. Completa su educación primaria en Buenos Aires, donde permanece hasta los 14 años de edad.

      En julio de 1848 embarca por primera vez, en calidad de grumete, en el pailebote "John Davison" a las órdenes del capitán W. Smiley., cumpliendo el itinerario de un viaje, Piedra Buena arribó a las islas Malvinas para cargar víveres frescos y luego continuar la travesía hacia el Cabo de Hornos, llegando hasta las puertas del continente antártico con el objeto de cazar ballenas, regresando luego a Carmen de Patagones.

     En 1849, Piedra Buena realizó un viaje de Montevideo hasta Tierra del Fuego, como segundo oficial a los 16 años, para aprovisionar a los misioneros ingleses. Se hallaban a fines de ese año en la isla de los Estados cuando la marea trajo a la playa los restos de un barco; el joven oficial salió mar afuera y regresó con catorce náufragos tripulantes de un buque alemán, rescatados de una muerte segura. Esa iba a ser una de las principales características del marino que fue Piedra Buena.

      También en esta oportunidad, le toca encontrar los restos de la misión de Allen Gardiner y sus acompañantes, que habían perecido de hambre y de frío.

       En 1850 es primer oficial de la goleta "Zerabia".  Carga ganado lanar y vacuno para las islas Malvinas. Siente la seducción de las tormentas y los peligros y llega hasta la Antártida. Navega toda la zona de los canales fueguinos, conoce a los indios de aquellas latitudes y en lonas blancas marineras pinta los colores nacionales y  les obsequia una bandera argentina, tratando de inculcarles el sentido de la patria.

       Durante los siguientes tres años, recorre continuamente los mares australes, pero ya al mando de una ballenera; explora los canales fueguinos y comienza a relacionarse con caciques tehuelches. Smiley le otorga, en 1854, el mando de la "San Martín" y con esta nave llega a Nueva York donde permanece dos años completando sus conocimientos náuticos en una escuela de marina. 

 

 

 

 

 

 Luis Piedra Buena junto su esposa Julia Dufour, tenaz pionera, ella también, en la colonización de la Provincia de Santa Cruz.

       Como primer oficial, a bordo de una nave norteamericana que comanda otra vez Smiley, navega el golfo de México y el Caribe durante otros dos años. Regresa a los mares del sur, con la "Nancy" adquirida por su mentor, realizando en inmediaciones de la isla de los Estados, el salvataje de otros 24 náufragos.

       Al mando de la "Manuelita" socorre, a la altura de Punta Ninfas, a la tripulación, compuesta por 42 hombres, de la ballenera "Dolphy".

      Es en 1859 cuando iza la bandera nacional en la isla de los Estados, iniciando su solitaria lucha por la soberanía argentina en aquellos distantes lugares. Con la "Nancy", remonta el río Santa Cruz hasta una isla, que bautiza Pavón, donde construye un rancho y deja a tres de sus hombres. Sigue luego navegando por los mares patagónicos y de la Tierra del Fuego. En 1860 concreta su máxima ambición, contar con su propio buque; le compra a su viejo maestro y amigo Smiley la goleta "Nancy", que procede a armar para defender el territorio y las costas del sur patagónico, en tanto continúa salvando vidas. Penetrado de un sentimiento de contenido nacional construye, en 1862 en la isla de los Estados, un pequeño refugio al cuidado de los hombres de su tripulación y alza en él la bandera nacionalEn la isla de los Estados (Puerto Cook) se socorre a los náufragos. Construye en Puerto Cook un refugio para náufragos y pinta, sobre un peñasco situado en el cabo de Hornos: "Aquí termina el dominio de la República Argentina. Año 1863. Capitán Piedra Buena". En uno de sus largos viajes arriba a la Bahía de San Gregorio en 1863 y traba amistad con el cacique Biguá, lo trae a Buenos Aires presentándolo a las autoridades nacionales que lo designan Cacique de San Gregorio. La finalidad está cumplida y es prolongar la Patria y Piedra Buena obsequia a Biguá el pabellón de su barco, que ha dejado de llamarse "Nancy" para ostentar el nombre de un heroico marino criollo: "Espora".

      En 1864 el presidente Mitre premia sus servicios confiriéndole los despachos de capitán de la armada, que acepta, pero renuncia a los sueldos. Compra el bergantín "Carlitos" en Punta Arenas, pero pierde este barco quedando económicamente arruinado. No obstante ello, en el puerto de Santa Cruz hace construir dos pequeñas casitas, en el lugar conocido como Las Salinas, con el objetivo de establecer una colonia. Por ley del Congreso Nº 269, sancionada el 6 de octubre de 1868, la Nación le concedió la propiedad de la isla de los Estados y de tierras sobre la margen sur del río Santa Cruz incluyendo a la isla Pavón y las salinas que ya estaban pobladas.

     Piedra Buena utilizó a la isla de los Estados como base de sus periódicas expediciones en procura de pieles y grasas.

     Se casa, en Buenos Aires, en 1869, con Julia Dufour y a sólo dos meses, lleva a su flamante esposa a la Isla de los Estados; a la vuelta, la conduce a su Iisla Pavón donde todavía están los tres marineros y algunos colonos ya llegados a Las Salinas.

     Poco después, deja a Julia en Punta Arenas, y navega a Malvinas donde compra ganado para la colonia santacruceña. También quiere establecer una colonia sobre el estrecho de Magallanes, en la bahía San Gregorio, siempre en defensa de la soberanía argentina en la región; el cacique tehuelche Casimiro Biguá lo acompaña en esta iniciativa, pero el gobernador del Magallanes chileno lo impide. A pesar de las desinteligencias habidas, el nuevo gobernador de Magallanes, César Viel, le ruega a Piedra Buena que busque la tripulación del bergantín "Tresponts" que habría sido atacada por indios.

     Renunciando de antemano a toda retribución por este servicio, don Luis zarpa al mando de la muy famosa goleta chilena "Rippling Wave". Después de un mes de recorrer los canales fueguinos, encuentra los restos de la tripulación perdida y los sepulta.

     Un par de años después, como continuaran sus desavenencias con las autoridades de Magallanes acerca de la soberanía sobre el Estrecho, Piedra Buena se aleja de Punta Arenas, donde tenía un almacén de suministros. Viajando hacia Santa Cruz, su "Espora" naufraga en la parte meridional de la isla de los Estados, sin que alcanzara a salvar siquiera algunos víveres. Alimentando a su gente sólo con mariscos y aves marinas, en 72 días es construída otra embarcación -con los restos del Espora- a la que bautiza "Luisito" (como su primogénito), y regresan con ella, en apenas 11 días más, a Punta Arenas. 

     Careciendo de medios para reemplazar al "Espora", con el "Luisito" continúa la caza de lobos, que fue durante la mayor parte de su vida, su única fuente de ingresos; con el producido de sus cacerías, explotó la industria de la grasa de lobo e intentó la de pingüinos, instalando, para ello, una suerte de caldera en la Isla de los Estados. En una de estas excursiones, salva a la tripulación del "Eagle", que habían quedado varados sobre una roca, cerca de la Iisla de los Estados, durante 15 días, incluyendo a la esposa de su capitán. A los pocos meses, otra vez suspende su pesca para restacar a la tripulación del barco alemán "Doctor Hansen", que había naufragado en octubre de 1874.

     Cansado ya de luchar en Punta Arenas, resuelve retirarse definitivamente de la localidad. Para sufragar los gastos del traslado, debe vender su "Luisito". Es el gobierno nacional el que lo subvenciona para que adquiera otra nave con que continuar sus campañas australes. Así es como vuelve al mar al mando de la goleta "Santa Cruz", en 1877. Con ella salva a la tripulación de la "Annie Richmond" que se había incendiado en alta mar. El gobierno argentino compra la corbeta "Cabo de Hornos", confiriendo el mando a Piedra Buena, quien lleva como segundo al capitán Martín Rivadavia. La coberta integra la escuadra del coronel Luis Py que se dirige al estuario del río Santa Cruz, en 1878, para reafirmar la soberanía nacional en la región. Este mismo año, fallece su esposa Julia.

     Con la misma "Cabo de Hornos", don Luis realiza el salvataje de la "Pactolus", naufragada, también, en proximidades de la isla de los Estados, en 1882.

Fallece don Luis Piedra Buena, agotado, a los 50 años de edad, y en la mayor pobreza. Apenas unos meses antes, el Instituto Geográfico de Buenos Aires lo había galardonado con una medalla de oro. (*)

(*) Fuente: Editado en pagina del Club Piedra Buena.

 

 LUIS PIEDRA BUENA Y EL NAUFRAGIO DEL ESPORA

(Título original artículo: "Astillero en la tempestad")

Por Dr. Armando Braun Menéndez

 

 

En la rada de Punta Arenas -corría febrero de 1873- el pailebote "Espora", al mando del capitán Luis Piedra Buena, desplegó a la brisa de un amanecer sus sufridas velas grises.  Zarpaba hacia la isla de los Estados, donde, en un seno elegido de sus costas quebradas, el capitán-empresario proyectaba improvisar una "fábrica" para la extracción de la grasa del lobo de mar y del pingüino.

Desde aquel pequeño puerto, Punta Arenas, situado en el Estrecho de Magallanes -a la sazón, de algunas pocas casas espaciadas, cascos arrumbados sobre la playa, olor a brea-, partían a menudo expediciones de tal naturaleza, en particular hacia las roquerías situadas al sur de la Tierra del Fuego, las cuales, si bien solían producir pingües ganancias a sus realizadores, no dejaban de ofrecerles asimismo serios peligros.  Era necesario, en efecto, desafiar la tempestad que se enseñorea en los mares del Sur, padecer el rigor del clima fueguino, esquivar la atropellada mortal del lobo de mar y evitar al indio, que acechaba detrás de las matas, armado de flecha artera.

 

 ¡Aquellos eran tiempos heroicos!  Por eso la despedida que los puntarenenses tributaban a los loberos tenía emociones de vísperas guerreras.

Junto con Piedra Buena, el "patrón", figuraban en el rol de tripulantes del pailebote los siguientes hombres de mar: en carácter de "segundo", el dálmata Carlos, recio marino cuyo apellido, vinculado tal vez a algún acontecimiento vergonzante, era discretamente callado; como Piloto, el norteamericano Smith; como contramaestre, don Celestino, apodado "el gallego"  -aquí también sobraba el apellido-, tipo clásico de quien todo lo sabe, lo presume o lo prevé.  Completaban la reducida tripulación el cocinero Espinosa, laborioso "chilote" que a bordo servía tanto para un fregado como para un barrido; y, por último, los marineros Juan Caballero -indio yagán acriollado-, el viejo Henry y un grumete.

Con este puñado de navegantes, abigarrado muestrario de razas diversas, Piedra Buena se lanzaba a la conquista de la fortuna en una empresa de caza e industria al par, puesto que se disponía a matar el lobo y el pingüino a fin de obtener sus pieles, para proceder luego, sobre el mismo terreno, a extraer de los cuerpos desollados la grasa y el aceite.  El pailebote, con sus ciento setenta y cinco toneladas de registro, estaba bien aparejado para la faena; los garrotes, el "tacho" (especie de caldero) , las barricas  vacías, arrobas de sal gruesa, dos cañones arponeros y provisiones para una larga campaña, llenaban la bodega hasta la cubierta corrida.

Tal como decíamos, el "Espora" desplegó, a la brisa de un amanecer, todo su paño y aquél se destacó sobre un fondo de cielo azul mientras singlaba hacia la boca del Estrecho empujado por la marea propicia.

A los pocos días daba fondo en la bahía Hoppner, llamada también de las Nutrias, ensenada abierta en el extremo sudoeste de la isla de los Estados.  Allí, sobre la costa que cubría nutrida colonia de pájaros niños, instaló Piedra Buena su "fábrica", empezando en seguida la trabajosa matanza, en la cual tomaban igual participación, no obstante su diferente jerarquía, los ocho tripulantes.  La labor consistía en apalear pingüinos a razón de quinientas presas al día, luego abrirlos, descuerarlos, y llenar con sus cuerpos, en medio de un vaho volteador, un "tacho" enorme, que se hacía hervir sin que se apagasen los fuegos un instante.

Todo se desarrollaba a gusto y a tiempo ... cuando sobrevino un temporal que volcó el "tacho", desparramó el aceite, aventó los cueros, obligando a los industriosos marinos a correr a bordo, con el fin de asegurar sin tardanza al "Espora", que parecía querer echarse a volar.

El viento, que soplaba en aumento, ya era huracán desencadenado cuando la obscuridad invadió la costa, ocultándola a la vista de los del pailebote.  Abierta la bahía de las Nutrias a la libre violencia del temporal, la salvación del "Espora" y sus tripulantes dependía de la resistencia del ancla y del anclote con que a aquélla se la había reforzado; amarras de las cuales el pailebote aferrado el paño y sentado de popa con la proa al viento, tiraba con fuerza dando brincos y cabeceos como potro mañero.

A medianoche, las olas empezaron su labor infernal.  Terribles bandazos golpearon los costados de la nave y barrieron su cubierta, empapando a la gente, haciendo trizas los salientes de la obra muerta y abriendo, finalmente, algunos rumbos en el casco.  Los marinos, hechos una sopa, lucharon entonces aferrados desesperadamente a la bomba para disminuir la vía de agua que amenazaba anegar las bodegas.  Entretanto, el "capitán Luis", asido a la caña del timón, con su gorra marinera encasquetada, el cuerpo cubierto por grueso capote de hule, alentaba con fuertes voces a la angustiada tripulación.

Hombre joven aún, era ya este marino un viejo lobo de mar que las había visto todas, en el hemisferio austral.  Lo tenía navegado durante muchos años, desde aquel día en que el capitán norteamericano Smiley, apodado "el Cónsul", lo tomó de la casa de sus padres, en Patagones, cuando Piedra Buena no era más que un niño, para llevárselo con él a fin de educarlo en la ruda escuela de los balleneros y de los cazadores de lobos. ¡Con la experiencia recogida desde aquella época Piedra Buena pensaba que de ésta no podría escapar!

De pronto, una ola enorme azotó con violencia al pailebote en una de sus bandas, rompió con estrépito sobre la amurada e inundó la cubierta llevándose las dos únicas embarcaciones: la ballenera y el chinchorro.  Otra ola, que cayó rugiente, volteó al gigantesco Smith, quien resbalándose, tendido cuan largo era sobre el plano inclinado de la cubierta, fue a dar con la cabeza en el espejo de popa.  Se oyó el sordo rumor del formidable cabezazo seguido de una sarta de juramentos. (Esta facilidad de Smith, sonora y fecunda, había acreditado su fama en toda la región magallánica).

Poco después, en medio de un colosal estruendo, el palo mayor, con su envoltura de velamen, jarcias y arboladura, se desplomaba sobre la banda de babor, amenazando aplastarlo todo, mientras los loberos, despavoridos, corrían sobre cubierta en busca de reparo.  En su caída, el palo mayor arrastró consigo al trinquete.

Quedaba así el "Espora" desarbolado, sin botes, la cubierta barrida, descabezadas las escotillas y haciendo agua por todas partes...

Viendo que era imposible aguantar el buque hasta la madrugada -su bendita luz hubiera permitido construir una balsa para ponerse a salvo-, Piedra Buena resolvió embicarlo en tierra.  Y como tal intento acarrearía grave riesgo para su gente, consultó el caso con los tripulantes que halló más cercanos.  Todos estuvieron contestes en declarar que él era el capitán; y que cada uno estaría en su puesto para obrar según él lo mandara. (1)

Fue entonces recogido el anclote, soltada por ojo la cadena del ancla, y, luego de virar en redondo para dirigir la proa a tierra, el "Espora", juguete ya del viento, se largó veloz hacia la playa, con su capitán en la barra luchando para evitar que la nave se atravesara, y los marinos asidos de las barandas, contraído el cuerpo por la impresión, con los ojos muy abiertos en la obscuridad...

A unos pocos metros de la restinga, todos los tripulantes, valerosamente, se arrojaron al agua, mientras el casco, desmantelado y sin gobierno, iba a dar, en un gran tumbo, sobre las rocas.

El amanecer del 10 de marzo encontró a los ocho náufragos del "Espora" tendidos en la playa mojados hasta los tuétanos, transidos de frío y emocionados ante el milagro de su salvación.

La bahía de las Nutrias se abría en forma de herradura.  En primer plano se extendía una precaria playa, cortada de rocas afiladas; a poco trecho el terreno ascendía en laderas, sobre las cuales sobresalían manchones de bosque.  Las hayas, al encaramarse hacia lo alto de los cerros, se achaparraban, retorcían e inclinaban, abatidas por el viento.  Más arriba, las cumbres se adivinaban tras el manto de una niebla compacta.  El lugar era en extremo inhospitalario, abierto a los peores vientos, el suelo húmedo, el monte pantanoso, con un horizonte tétrico de rocas peladas.

No lejos de donde se hallaban los hombres, se veía, montado sobre la rompiente el casco del buque náufrago.  Con no poco denuedo, penetrando en el agua helada, Piedra Buena, seguido de dos hombres animosos, logró encaramarse a bordo.  No obstante el estado deplorable de su buque, le pareció que aún era posible salvarlo.  Para ello acomodó las bombas, puso un cable en tierra y hasta consiguió enderezar el casco mediante la ayuda de un aparejo, con la intención de calafatear más adelante sus costados maltrechos.

A pesar de tanto esfuerzo y de turnarse el personal durante varios días en las bombas, no pudieron desagotarlo.  Aquello era un harnero.

Aun cuando el temporal había amainado, el tiempo continuaba lluvioso y frío.  Los náufragos permanecían, entretanto, al descampado, con los colchones, la ropa y las provisiones empapados.  Smith, el "largo', fue el primero en caer enfermo; lo siguió pronto otro hombre.  Tampoco el capitán Luis se sentía muy bueno debido a su enfermedad, (2) pero tenía que vencer sus flaquezas para mantener el ánimo del personal.  Se dio principio entonces a la construcción de un refugio, utilizando tablas extraídas del casco arrumbado y unas lonas, bajo el cual se cobijaron todos con el escaso aprovisiona-miento salvado de la catástrofe.

Los pobres náufragos del "Espora" quedaban librados a un destino incierto.  En efecto: pocos navegantes frecuentaban aquel paraje desguarnecido.  Si bien el estrecho Le Maire era la ruta elegida en tiempo de bonanza por los veleros que traficaban del Atlántico al Pacífico, doblando el cabo de Hornos, ningún barco iría a recalar en la bahía de las Nutrias, fondeadero apartado del rumbo, sin defensa contra los vientos adversos.

Así se explica cómo, durante la primera semana de inacción, no se divisara vela alguna a lo largo, con lo cual comenzaron los náufragos a perder toda esperanza y con ella su buen humor.  No por eso flaqueó el ánimo de Piedra Buena.  Mientras sus hombres llenaban las horas del día clamando al cielo contra el clima, el paisaje hosco, el lugar desamparado y maldiciendo el momento en que se enrolaron para la expedición del "Espora", el capitán maduraba un proyecto que, de realizarse, podía sacarlos a todos de ese rincón perdido en el confín deshabitado: ¡la construcción de un nuevo buque!

Para realizar su intento tenía que bastarse con estas herramientas: una sierra grande, otra chica y un par de hachas de mango corto; no tendría otro material de construcción que el que pudiera hallar en el manchón de hayas que se extendía cercano, la mayor parte, semipodridas de humedad; en cuanto a la mano de obra, había que vérselas con los ocho tripulantes, varios de ellos inválidos por enfermos e inservibles, de antemano desanimados para todo esfuerzo, eternos protestadores a quienes el proyecto de Piedra Buena, desde su enunciación, les pareció locura impracticable.

Animado por una energía que nos parece ahora sobrehumana, el capitán Piedra Buena pudo con ellos.  Empezó por dividir el trabajo dándoles a los enfermos, que envueltos en frazadas se estaban acurrucados bajo las lonas de la improvisada vivienda, la tarea de atender el fuego, que debía mantenerse siempre vivo para necesidad de la calefacción, la cocina y la fragua.  El grumete y el viejo Henry recibieron la misión de recolectar provisiones frescas en la comarca circundante, pues en la ladera y al borde de los riachuelos se encontraban en abundancia apio, berro y achicoria; era fácil también sorprender al pingüino incauto y descubrir nidadas de huevos de avutarda; se hallaban, además, en la playa, adheridas a las rocas que descubría la marea, almejas y mejillones y, finalmente, a orillas del mar aparecía el "cachiyuyo", especie de sargazo que puede ser comestible después de mucho hervor y mayor apetito.  De esta suerte se iba a defender y refrescar el pobre aprovisionamiento.

Los demás hombres, con Piedra Buena a la cabeza, pusieron manos a la obra, en una lucha agotadora frente a la escasez de elementos, la persistencia del mal tiempo y la poca práctica del personal para trabajos de esa naturaleza.

El dieciséis de marzo se tendió la quilla de la nueva embarcación, que iba a medir doce metros de eslora, cuatro de manga y dos de puntal.  Al día siguiente se colocaron los codastes de popa y proa; y luego, mientras unos forjaban en la fragua improvisada los pernos, las duclas y los cáncamos, otros cortaban árboles, y aquellos más hábiles aserraban tablas o labraban las curvas y cuadernas.  Entretanto, Piedra Buena en una banda, y Carlos en la otra, ajustaban las piezas, clavaban la tablazón y calafateaban las juntas, armando de esta suerte el tosco pero sólido casco de un cúter.

La enumeración escueta de estos trabajos los hace tal vez aparecer sencillos; pero es preciso tener en cuenta el lugar en que estaba situado el improvisado astillero, los medios materiales de que disponían, y, en especial, el clima en que vivían estos verídicos trabajadores del mar"; pues es el caso que el invierno se les venía encima y el mal tiempo no les daba tregua ni reposo.

Para colmo, el capitán tenía que sobreponerse a la inexplicable mala voluntad de su gente, desmoralizada aun frente a la perspectiva de construirse la única "tabla de salvación".  Eran mortificantes sus modos embromadores.  Carlos, su segundo, aunque trabajador, vivía malhumorado buscando camorra a los subalternos, quienes, por otra parte, compartían su clima espiritual.  Era de temerse, pues, a cada instante, un amotinamiento o el abandono definitivo de la construcción, ya que todos se disputaban el privilegio de ir a mariscar, con lo cual capeaban la labor pesada.  Entre todos, el contramaestre era el más pelmazo, inconstante y murmurador.  Hubo días en que don Celestino, que se había quedado para afilar hachas y cortar curvas, ¡ni afiló hachas ni cortó curvas!. (3)

Mas, a pesar de don Celestino, de los enfermos e inservibles, de la escasa voluntad subalterna y del tiempo constantemente adverso, los trabajos progresaron: a los quince días de haberse iniciado la construcción, quedaban terminados los costados del barco, se comenzaba la colocación de los baos, se tendían sobre éstos las tablas de la cubierta y se alzaba el tambucho de la cámara.  Completado así el casco, la labor se hizo menos ruda, puesto que los días de temporal pudieron aprovecharse para trabajar el interior, forrarlo, colocar el doble fondo, los pisos, levantar los tabiques de división interna y armar las pobres cuchetas en que los náufragos descansarían por fin su físico maltrecho.

El mes de abril fue íntegramente ocupado en la terminación del cúter y en su aparejo, para lo cual se utilizaron los restos del "Espora": así se lograron el mástil, el velamen, las bombas, el estanque de agua, la cadena y el ancla rescatados del mar; y con trozos de la tablazón del buque náufrago diéronse el lujo de construir un bote bien marinero.

Finalmente, el once de mayo -habían transcurrido tres meses desde el naufragio del "Espora"-, el nuevo buque, con ayuda de la marea creciente, fue botado al agua y quedó balanceándose suavemente en la bahía a pocos pasos de la orilla, observado por los nautas: con el amor admirativo que experimenta el artífice frente a su más pura obra de arte y con el alivio inexpresable del náufrago que se salva.

Quedaba así totalmente concluida la extraordinaria obra náutica.  Habían construido una embarcación de dieciocho toneladas, apta para navegar aquellos mares bravíos, en una playa desamparada e inclemente, con esta herramienta precaria: ¡dos sierras y dos hachas de mango corto!

De hazañas como ésta no es pródiga la historia.  Conocemos otro caso ocurrido en 1765: la construcción de una goleta, realizada por los náufragos de una expedición española con los restos del navío que la traía y que fue arrojado sobre la costa de la caleta Policarpo, en Tierra del Fuego. (4)  La existencia de dos hechos similares en una misma región geográfica nos la explicamos muy bien por ese afán sobrehumano, esa superación física, esa aguda clarividencia que debe posesionarse de los desdichados a quienes el destino libra a sus propios medios como único recurso para escapar de una muerte segura.  Así y todo, la envergadura espiritual de Piedra Buena, en tales circunstancias, resulta extraordinaria.

El cúter, construido a ojo, se probó muy bueno.  Había sido bautizado el "Luisito" en recuerdo del hijo del capitán Piedra Buena.  Pero los tripulantes dieron en apodarlo el "Sapo", a causa de sus líneas chatas, de su porte inelegante, y de la forma sorprendente con que saltaba sobre la ola.

Desde la isla de los Estados hasta Punta Arenas, el "Luisito" empleó nueve penosas singladuras, alternadas con chubascos de nieve y de granizo y vientos arrachados.  Este viaje podría considerarse, por sí solo, como una hazaña marinera.

El 27 de mayo el cúter dio fondo en el puerto antes mencionado.  Nadie en aquella localidad había visto jamás silueta de buque semejante al que estaba cabeceando en su fondeadero a un tiro de piedra de la playa.  Acerca de su identidad los puntarenenses tejían mil fantasías; por lo que, no poco estupor les causó el saber que esta extraña embarcación venía tripulada por los náufragos del pailebote "Espora", quienes ¡la habían construido en sesenta días!

El capitán Luis Piedra Buena, valorando la proeza realizada y previendo que quizá más adelante ésta se daría a conocer, tuvo la presencia de espíritu de anotar su diario de navegación.  En este documento, que revela un temperamento minucioso, una rara preocupación profesional y una sinceridad de hombre fuerte, podemos seguir actualmente las alternativas y los pormenores del naufragio, de los trabajos de construcción del "Luisito" y del consiguiente salvamento.

Al término de las anotaciones -día correspondiente a la llegada a buen puerto- nos hallamos frente a frases que suenan como suspiros de alivio que le salen al capitán cronista desde lo más hondo de su pecho fornido.  Advierte allí que encontró en Punta Arenas todo lo más precioso, que es su familia; admite que ha olvidado en un instante las penurias pasadas, -lo que es una condición consoladora de la naturaleza humana- y, como remate, termina con un ¡a Dios gracias!, frase con la cual, el hombre prudente reconoce siempre que sobre su esfuerzo fecundo ha mediado indudablemente el divino favor. (*)

 

La Isla Pavón, en la provincia de Santa Cruz, Patagonia Argentina, donde habitó Luis Piedra Buena (foto Marcelo Fuhr).

 

(*) Fuente:  Dr. Armando Braun Menéndez, "Astillero en la tempestad", publicado originalmente en Biblioteca virtual de página web de Museo del Fin del Mundo en Ushuaia, Tierra del Fuego, República Argentina.

 

NOTAS

(1) Para redactar este trabajo he tenido a la vista, como principal fuente de documentación, el "Diario de Navegación", o "Libro de Bitácora" que llevó al día el capitán Piedra Buena durante todo el curso de su expedición.  El original de este precioso documento me fue facilitado por don Luis Piedra Buena, hijo de aquel ilustre marino, con la autorización para aprovecharlo. Posteriormente, el aludido "Diario de Navegación" ha sido publicado íntegro, junto con una copiosa bibliografía sobre Piedra Buena, en un volumen de la Biblioteca del Oficial de Marina, editada por el Centro Naval, volumen que constituye un homenaje a la memoria de aquel marino en ocasión de cumplirse el centenario de su nacimiento.

(2) Esta alusión del propio Piedra Buena a su enfermedad la transcribo para demostrar su temple no obstante estar acosado por un malestar que debe ser muy doloroso, cuando tanto lo preocupa, al -punto de -referirse a él en su "Diario de Navegación".  En más de una oportunidad Piedra Buena nos expresa la honda preocupación que tiene sobre su salud, afectada por la grave enfermedad que lo conduciría a una muerte prematura para un lobo de mar de reconocida fortaleza física: los cincuenta años.  Aún no ha surgido en nuestro mundo de historiadores un Doctor Cabanés, capaz de descubrir en las líneas frías de la bibliografía de los héroes, la existencia y el desarrollo de sus miserias orgánicas.  Quien tenga esa afición histórico-medical, hallaría campo propicio para una investigación en "la enfermedad" del capitán Piedra Buena".

(3) Esta frase y las que aparezcan con letra bastardilla al término del relato pertenecen al "Diario de Navegación" del capitán Piedra Buena, antes citado.

(4) Noticia detallada de esta hazaña de los marinos españoles en la bahía Policarpo la hallará el lector en la excelente monografía titulada: Relato del naufragio del registro "Purísima Concepción" y construcción de la goleta "Nuestra real capitana San José y las ánimas" puesta en gradas en Tierra del Fuego, en 1765, de la pluma del distinguido historiador de las glorias marítimas españolas y argentinas el capitán de fragata Héctor R. Ratto, monografía que constituye un capítulo de su obra: Exploraciones y actividades marítimas españolas en el litoral patagónico-argentino, durante los siglos XVII y XVIII.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo