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 CON LOS OJOS DEL PUMA

        Por Hugo Covaro (*)

Ilustración de tapa de "Con los ojos del puma", de Hugo Covaro. Dibujo de Orlie Mayorga.

 

 

Son numerosos los torrentes de frescura patagónica en la literatura de Hugo Covaro. En Temakel ya hemos editado Memorias del viento y El chamán y la lluvia. Respecto a esta nueva ágata de imaginación y sabidurías patagónicas, Angel Uranga asegura: 

   "El autor de El chamán y la lluvia, vuelve en esta nueva novela al tema del que es cuidadoso y solitario traductor.

  Con los ojos del puma es el relato de una iniciación chamánica. Perdida la continuidad de un saber milenario debido a la aculturación, la machi María Reumay transfiere a un blanco sus poderes; pero el traspaso no es ni al azar ni libre de dificultades. Una cultura enterrada por el ruido moderno es evocada en esta novela, y en una prosa colorida y deslumbrante, convoca arcanos y permanentes deseos del hombre: el volar, regresar de la transvida, desmaterializarse, transmigrar; en tantas formas de la infinitud y el Retorno.

  Una novela que abre las puertas a otros plano de lo Real, a otras dimensiones de los sentidos, a los umbrales de un saber terrestre y total que accede a lo Abierto.

  Modelando antiguos mitos y leyendas patagónicas, Hugo Covaro produce una literatura inédita. 

   Estoy convencido que sus novelas son el inicio de una nueva tradición y me atrevería a augurar un nuevo género en la literatura patagónica". 

Angel Uranga

(*) La vasta trayectoria literaria de Hugo se compone de las siguientes publicaciones: "Canto joven" -poemas- 1970;"Rastro moreno" -poemas- 1972;"Inquilino de la soledad"-relatos 1975; "Memorias del viento" -relatos- 1983; 2° edición 1984; "Luna de los salares" -relatos- 1985; "El chamán y la lluvia" -novela breve- 1996; "Trampa para duendes"-relatos- 1998; "Con los ojos del puma" -novela" 2000; Inéditos: "La tierra lastimada" -poemas; "El oro del Deseado" -novela; "Mi Land Rover azul" -relatos patagónicos.

 

 

 

EL ÁGUILA

    Inmóvil, la mujer miraba el vuelo del águila. Como una flecha de sombras surcaba las distancias azules, tan alto que a veces sólo era, una muesca pequeña en el lienzo infinito del cielo.

En sus ojos se repetía esa silueta bruna, como un dardo lanzado desde algún sitio de ese inmenso territorio, para herir en pleno rostro al asombrado mediodía. Siguió mirando hasta que el ave, remontando invisibles pendientes, desapareció tras los blancos penachos de la cordillera. Lentamente volvió hasta la casa y la oscura boca de la puerta se tragó entera su encorvada figura.

Dentro de la estrecha cocina, Ramón, un muchacho huérfano que la anciana tenía como única compañía, le acercaba de vez en cuando un mate que la vieja tomaba casi sin prestarle atención, sumida en profundos laberintos.

-Ha vuelto -dijo al fin la machi, mientras se acomodaba el pañuelo que le cubría la cabeza.

-Quién? -preguntó Ramón sorprendido.

-El águila...

-No será un águila mora*? Hace unos días andaba una por los corrales...

-No. Ayer encontré una pluma cerca del menuco*. Esa es una señal que ella da cuando regresa.

-Cómo es que yo no puedo verla? -inquirió el muchacho-

-Ya te lo he dicho... porque no podes "ver".

-Podré verla alguna vez, doña María?

-No. Lo que ha regresado no es un águila en realidad. Es mi espíritu guardián que viene a ponerme a salvo de algún peligro. Por eso mañana, antes que el sol alumbre estos parajes, estaré esperándola al pie del árbol sagrado, donde ella arma su nido con los huesos de los paisanos muertos.

Y si fuera un águila verdadera la que vuela sobre la casa?

No m`hijo... ella viene `porque yo la llamo en los sueños -habló la chamana* con la mirada perdida en ignotas regiones.

Me asusta que ella traiga malas noticias -balbuceó sin disimular su miedo Ramón.

-No siempre son peligros... a veces son anuncios de cosas que sucederán. Ya lo sabremos mañana.

 Se quedó pensativa, atrapada por el antigua embrujo del fuego, regresada a un tiempo de lejanos camarucos*, desbocados awines*, por marzos llenos de rogativas y purrunes. Se veía niña, única heredera de su abuela machi en ese remoto conocimiento que viaja en la memoria de los indios desde los albores de la vida, sostenido por la magia y los sortilegios.

Era todavía noche cuando la vieja curandera emprendió la marcha. En la penumbra, apenas imaginaba la forma del sendero y los montes que aquí y allá, se agrupaban en oscuros manchones.

Casi de memoria, recorría el trayecto tantas veces transitado, a la espera que las cosas recobraran sus formas reales, cuando un sol redondo, asomando su cósmica lumbre, se trepara al cielo diáfano.

En una rama del árbol sagrado, de pecho al astro recién nacido, estaba el águila. Se la veía enorme, como suspendida del aire rumoroso, asperjando brillos fugaces en diminutas esquirlas de cobre. Sólo el duro cuarzo de sus ojos, ponía algo de oscuridad en aquella criatura luminosa.

La anciana se quitó el pañuelo que le cubría la cabeza y de cara al naciente, fijó en el águila sus pupilas neblinosas. Un silencio hondo, denso, aquietó los latidos del día hasta ponerlos de piedra.

Entonces el águila habló. La voz le llegaba a la machi por todos sus sentidos.

"Ya no tienes tiempo para esperar. No demores más la tarea que los espíritus te han ordenado. No encontrarás entre los tuyos quién reciba el poder de viajar al mundo de los muertos y regresar con los mensajes de los Padres Azules*. Alguien llegará de lejos -tal vez un extranjero- para que lo tomes como propio y le hables de la vieja enseñanza, para que no se pierda el conocimiento de los primeros pobladores de estas tierras. Ese viajero ya está en marcha, debes estar preparada para recibirlo. El llegará primero a tus sueños y cuando llame a tu puerta, recuerda que será u última oportunidad".

La anciana, como petrificada, permaneció quieta, hasta que el ave, sacudiendo sus poderosas alas, agitó el follaje al levantar vuelo. Lentamente fue cobrando altura, hasta que las altas cumbres esfumaron de lejanías su perfecta trayectoria.

Cuando la machi inició el regreso, los sonidos del paisaje habían recobrado sus definidas cadencias.

Abajo, en el pequeño valle que forman dos cordones de montañas, un humo celeste se alzaba recto, partiendo en dos mitades al macizo bosque. Debajo del humo, como salido de la tierra, aparecían de a poco las viejas maderas de su casa pobre.

-Desde el último recodo del camino, pudo ver a Ramón apoyado en el cerco de cantoneras*, esperándola. En el mirar de la abuela paisana, aún persistía un escondido fulgor dorado.

 

EN MARCHA

El sonido monótono del motor de la vieja camioneta, le producía cierta somnolencia, acentuada por esa larga ruta sin demasiadas curvas que con rumbo S.O., lo llevaba al encuentro con el paisaje cordillerano.

Había manejado desde muy temprano y su estómago le avisaba que era hora de hacer un alto, con esa languidez cada vez más acentuada.

Esperó encontrar un lugar adecuado a la vera del camino y detuvo la marcha. Una mata de molle* le abrigó la espalda del viento. Con leña menuda encendió un pequeño fuego y calentó agua para el mate.

Cortó en rodajas el resto de fiambre y el poco queso que, desde la antevíspera, era su menú fijo, junto al pan casero de corta existencia, con relación con los otros dos elementos.

Para cuando terminó con el último bocado, la pava le avisaba con tímidos silbos que estaba lista para la mateada.

El viento del oeste acamaba la rubia melena de los coirones*, doblando las curtidas ramas del viejo molle, que mostraba al mediodía las pulidas cuentas de sus frutos perfectos. Caminó un trecho para "estirar las piernas" y orinar largamente al reparo de una malaespina*.

Cuando regresaba hacia la camioneta, una bandada de corraleras* levantó un vuelo bajo, casi rozando el monte dormido. Un sol desteñido se sostenía en lo alto de un cielo anaranjado.

Otra vez en marcha. De nuevo la negra lonja estirando sus kilómetros incontables ante los ojos del viajero, en ese tránsito obcecado por los límites más extremos del desierto.

Poco a poco la vegetación cambiaba su rústica vestimenta, para dar paso a pastizales altos que trepaban hasta el vientre astroso de las ovejas, con manchones de montes de ñires* enanos, agazapando su verdor en las laderas de dilatados valles.

Al fondo, las primeras estribaciones de la cordillera, elevaban sus imponentes siluetas, azuladas de lejanías.

Al atardecer, el ruido del motor rebotaba contra la pared rocosa, prolongado en un eco metálico por la estrecha senda calada en la piedra, al filo del precipicio. Para entonces, bosques compactos, como subidos a la espalda escabrosa de la montaña, inundaban de un verde intenso, la increíble serenidad del paisaje.

Antes que las sombras esfumaran los perfiles afilados de las cumbres, a orillas de un pequeño arroyo, detuvo la marcha del fatigado motor y armó la carpa.

Pronto la noche untó su hollín umbroso en cada criatura, como si la vida escondiera de la oscuridad, su germen prodigioso.

Se durmió pronto, acunado por el memorioso canto del agua.

 

LA CASA

La casa era pequeña, hecha con troncos de ciprés*puestos uno encima del otro, dando forma a las paredes de rústica fortaleza.

El techo estaba construido de tejuelas, obra del chileno Paredes -que, como ironía, era especialista en techos-.

De su paciencia infinita, como hojas de un árbol misterioso, fueron saliendo las diminutas tejuelas de lenga*, con las que se fue tapando, de a minúsculas porciones, el cielo con las manos.

Nadie sabe cuándo llegaron los Reumay a Piedras Blancas. Sólo se sabe que habitan ese paraje desde siempre, desde que los abuelos tienen memoria.

Pero a la casa la hicieron entre todos.

Limpiaron el lugar, hacharon los árboles y los desgajaron, y a golpes de hachuela* fueron armando el sólido esqueleto de madera, cerca del arroyo que alguien le puso " del coipo",* porque por aquella época esos animales lo habitaban, hasta que la presencia humana los alejó hacia otros destinos.

En ella nacieron los hijos, sin partera, sin ayuda, a cielo limpio, y velaron entre paisanos tristes, la muerte de su marido, don Nicolás Millaqueo, en un marzo llovedor lleno de presagios.

Ella sabía que su compañero había mirado el rastro que deja "la piedra que camina"* y que no podría escapar de esa muerte lenta, que lo secaba con la persistencia de la sal, hasta volverlo viento machacado.

Lo enterraron al fondo de la casa, justo donde las blancas piedras de cuarzo, acidulan en los ojos apagados del muerto, sus soles mutilados.

A veces el recuerdo le tuerce la cabeza y le hace mirar hacia la tumba.

Y es cuando, desde una resolana turbia, la figura de Nicolás Millaqueo sale de la tierra para hablarle desde su mundo inescrutable. Ella le sonríe desde su rostro ajado, mientras por sus ojos gastados, algo dorado, como el vuelo de un águila, le abrillanta la mirada. Pero es un centelleo, una chispa fugaz, un menudo relámpago.

Después todo vuelve a tener el repetido pulso de los días campesinos, ese renovado destello desde donde la vida resucita su invencible portento.

Esa ruca* de maderos apilados, era como el maderamen de un viejo barco varado en medio de la tarde, anclado en el breve mar de un arroyo andino, que a contra mano de los peces, derramaba en el horizonte sus aguas puras.

Desde ese sitio partieron de a uno los hijos. Primero la Elvira con su guagua* recién nacida. Luego se fue Jacinto con un arreo que pasó rumbo a Mata Guanaco*. A Julián lo llamaron para el servicio militar y no supo cuál fue su destino.

Y María Reumay se quedó sola, aprisionada entre el Arroyo del Coipo y la lomada de piedras blancas que esconde la sombra penitente de Nicolás Millaqueo, su marido muerto.

 

LA PIEDRA QUE CAMINA

Se bajó del caballo apenas el animal pisó el lecho pedregoso del río seco.

De la barranca asomaban raíces oscuras de arbustos achaparrados que mostraban su subterránea existencia al impiadoso sol del desierto. Orinó contra la barda* gredosa y un hilo de espuma estiró su salmuera hasta casi mojar las suelas de sus botas.

Acomodó el cuero del recao,* le ajustó la cincha al alazán* que, como vieja maña, hinchaba su vientre lustroso, y, cuando estaba por montar, con el pie zurdo apoyado en el estribo, fue que vio el rastro.

Era una huella pareja, una marca que atravesaba las arenas del río muerto, trepando en suave viboreo su tatuaje uniforme, más allá de la barranca carcomida por las lluvias de los inviernos.

Él la siguió paso a paso, como pisándose la sombra, desandando callado ese misterioso derrotero que como a un ciego, lo conducía sin regreso hacia un final trágico. El rastro se perdía entre las raíces y ramas de una gran mata de algarrobillo*, que resguardaba de las cabras los colgantes rulos de sus vainas oscuras.

Desde Pampa del Pedrero hasta Piedras Blancas, eran tres días de andar parejo, paso y trote.

Al atardecer, al fondo del cañadón, la blanca silueta del puesto le anunciaba el final de la primera jornada de marcha. Una jauría de ovejeros flacos le salió al encuentro, apenas traspuso la tranquera, encabritando al alazán con aullidos y ladridos cortos. Del negro rectángulo de la puerta, apareció el criollo Manuel Morales.

-Pase adelante don Nicolás, qué sorpresa! -atinó a decir el mestizo mientras le ofrecía asiento junto a la tiznada cocina-.

-Cómo anda don Manuel, tanto tiempo! -contestó el indio, al tiempo que se sacaba el sombrero y ocupaba un banco bajo, hecho con madera y cuero.

-Qué anda haciendo por estos lados...qué alegría hombre! -se admiraba sin disimulo Morales.

-Vengo de Pampa del Pedrero, de lo de Fernández, de la estancia "La Porfía". Anduve domando unos potros que el gallego tenía para amansar.

Ahora estoy pegando la vuelta para la cordillera.

-Sírvase un mate amigo, que pronto estará el asadito de capón que tengo en el horno -anunció mientras le arrimaba al fuego leña nueva.

Después de comer, hablaron de las cosas del campo.

De inviernos nevadores, del zorro, de la sarna, de esquila y señalada, de largas soledades. Antes que el viento cerrara los párpados del ocaso, el indio Nicolás aserraba un pesado sueño entre cueros grasientos.

Muy temprano se despidió del amigo, ensilló y con un aire dormido en el ala del sombrero, partió empujando a puro caballo las últimas sombras del crepúsculo.

Cuando Manuel Morales entró en la cocina, el paisano Millaqueo era apenas una lejana marca en el pecho cetrino de las mesetas.

Ella lo ayudó a bajar. A la cabalgadura, un salitre manso le coronaba los ijares mustios, cuando la liberaron del jinete. Algo parecido a un temblor, le erizaba el pelaje oscurecido de sudores y ponía tenues lejías en sus pupilas tristes.

-Ya estoy viejo para domar chúcaros... -dijo casi sin voz, mientras su compañera, escondiendo la pena, lo acostaba en el catre. Le frotó el cuerpo con untura de cumtre*. Fue cuando vio su cuerpo desnudo que comprendió que en los ojos de Nicolás Millaqueo, la muerte había empollado sus criaturas funestas.

 

RAMON

Era media mañana cuando los tres hermanos, que jugaban cerca del arroyo, lo vieron aparecer. Jacinto y Julián se quedaron quietos, presos de la curiosidad por saber quién era ese hombre que saltaba de piedra en piedra cruzando el cauce en dirección a ellos.

Elvira corrió hacia la casa para avisar de aquella inesperada visita.

-Mamá, ahí viene un hombre!...

Cuando María Reumay salió al patio, el recién llegado la miraba con una expresión extraña, como quién regresa desde una honda tribulación.

-Ando buscando a la curandera, -alcanzó a decir con voz apenas audible-

vengo desde Las Taguas*... mi mujer está por parir y tiene mucha fiebre... está muy mal, señora...

Con un gesto lo invitó a pasar. Cuando estuvieron adentro, le dijo.

-Debe tener hambre, descanse, coma algo. Cuando recobre el aliento saldremos para su casa -se apresuró a decir la machi,* al tiempo que le pedía a Jacinto que ensillara los caballos para el viaje.

Las Taguas estaba a tres leguas con rumbo norte, entre los repliegues de la precordillera, con una senda por camino, como dibujada entre la vegetación tupida y peligrosos riscales.

En los últimos tramos, casi a tientas, avanzaban llevados por el instinto de las cabalgaduras, acechados de insondables abismos. Marcharon callados, maniatados por un mutismo torturante que les llenaba de arena las gargantas.

Cuando llegaron, ningún sonido denunciaba a la vida. Un candil de luz vacilante esfumó las tercas sombras del rostro de la enferma. Su mirada, hundida en el cieno obsesivo de la muerte, luchaba por mostrar de a ratos su debilitada lumbre, aferrándose a la esperanza como un animal trampeado.

A los pies, entre sábanas sucias, anclado aún por el cordón a su madre, el recién nacido parecía dormir. Un río de tinta azulaba su cuerpito inerte, ajeno al fatalismo que agostaba la savia de esos senos vacíos, que ya no imaginaba su sed.

La machi se inclinó sobre el recién nacido y con la boca le cortó el tibio lazo. Lo subió hasta sus brazos y salió con él a la hondura de la noche para adentrarse en sus misterios.

El llanto quebró el silencio nocturno, acallando los ruidos de sus criaturas invisibles. De atrás de la casa, apareció María Reumay con el niño, destilando aún su piel arrugada, las últimas gotas de las heladas aguas de la vertiente.

Abrigado con una manta de lana, lo puso cerca de la cocina. Al calor de los leños, lentamente fue recobrando vitalidad, despertando de su pesadilla, regresado al duro mundo de los mortales.

Cuando volvieron junto a la madre, la encontraron sin vida, con los ojos abiertos, mirando sin ver las ennegrecidas vigas del techo.

Ruperto Martínez contemplaba a la curandera mientras alimentaba al pequeño con leche de cabra. Sumergido en profundas cavilaciones, parecía no estar en aquel sitio, hasta que la voz de la mujer lo trajo desde alejados confines.

-Ahora que se ha quedado solo, cómo hará para criar al niño en esta soledad? -preguntó la machi sin mirarlo.

-No sé, señora... lo primero es bajar con la finadita a dar parte al destacamento -susurró con el rostro escondido tras las ásperas manos.

Por aquí no tenemos parientes... toda la familia de ella está en Chile, -agregó afligido.

Con la criatura en su regazo, sintiendo en el pecho la tibieza de ese ángel silvestre caído desde un cielo impío, la machi dijo...

-Yo me puedo encargar de la guagua* hasta que encuentre quién se la cuide. En casa somos muchos para atenderla... ya conoce dónde buscarla...

Desde los ojos del hombre, una llovizna breve caía hasta humedecerle la manga de la camisa.

Envuelta en cueros, resumida en su propia sustancia, como una crisálida* grotesca, viajaba la muerta hacia lejanos silencios atravesada sobre el lomo del caballo. La machi la seguía a media rienda, con el niño dormido apretado a su vientre, en callado cortejo.

Así marcharon hasta Bajada del Chuncho*, donde cada jinete tomó un rumbo diferente. Hacia el sur, la tarde desleía entre dormidas acuarelas, la difusa estampa de un caballo yéndose...

 

EL ENCUENTRO

La camioneta detuvo su marcha, en volviéndola con el polvo fino que parecía empujar desde atrás el pesado andar del antiguo vehículo. Apostada a la orilla del camino, ella esperaba el paso de algún viajero que la llevara hasta el pueblo. Había caminado casi la legua que separa Piedras Blancas de la ruta provincial 146 y hacía un par de horas que aguardaba, atisbando con el oído atento el mínimo sonido que perturbara la prístina calma. De a ratos, el rumor del viento entre los árboles remedaba el ronroneo metálico de un motor en marcha, que de a de a poco, era tapado por el oculto trinar de algún pájaro.

Abrió la puerta del acompañante mientras preguntaba...

-Va para el pueblo?

Con un ademán de su mano derecha, Emiliano Villaverde le indicó que subiera.

Durante el trayecto, apenas si cruzaron alguna pregunta, seguida de un monosílabo como respuesta.

-Vive por aquí?

-Sí.

-Cómo se llama este lugar ?

-Piedras Blancas.

-Hacía mucho que esperaba ?

-No mucho...

-Cuántos kilómetros faltan para llegar al pueblo ?

-Cuarenta.

Apenas aparecieron las primeras casas del pueblo, la machi dijo.

-Por aquí nomás... muchas gracias! -mientras abría la puerta y se apartaba rápidamente del vehículo.

En el pueblo, Emiliano compró algunos comestibles, cargó nafta y luego de un corto descanso, se preparó para continuar el viaje.

A lo lejos, la figura de aquella mujer parecía llamarlo desde esa quietud de estatua. Pasó al lado de la anciana que espera a la vera del camino, pero un impulso ingobernable le hizo frenar bruscamente y poner marcha atrás, hasta llegar de nuevo junto a ella.

Cuando pudo ver su rostro, algo parecido a una sonrisa le juntaba arrugas en las comisuras de su boca pequeña, disimulando un gesto de picardía. Esta vez no esperó que la invitara. Se subió y sentada junto al conductor, le dijo.

-Me llamo María Reumay... si va para allá, voy de regreso a Piedras Blancas -le indicó señalando con el mentón en dirección al camino.

-Mucho gusto... Emiliano -contestó mientras le estrechaba la huesuda mano a la curandera.

-Qué anda haciendo por aquí? -quiso saber la machi.

-Busco plantas medicinales. Soy profesor en la universidad y necesito muestras para realizar un trabajo -respondió sin sacar la vista del sinuoso camino.

-En esta región están casi todas las yerbas que curan. Hay algunas que poco se las conoce porque crecen muy arriba, montaña adentro, lejos de los lugares que camina la gente -comentó la abuela mapuche* mostrando de pronto una desacostumbrada cordialidad.

-Qué bien! -exclamó Villaverde sin disimular su entusiasmo.

Una gran peña volcánica indicaba el comienzo del sendero hasta Piedras Blancas. Antes de llegar, la anciana le avisó que ahí terminaba su viaje en vehículo. Como último comentario dijo...

-Hasta aquí se puede llegar con la camioneta. Si gusta, mi casa no está lejos, es pequeña pero le puede servir de campamento. Sin tener que moverse mucho, ahí puede cosechar todos los yuyos que quiera para su trabajo. Deje escondida la chata* detrás de aquel peñasco, que es muy raro que pase alguien por ahí.

Para cuando Emiliano Villaverde decidió seguirla, la curandera caminaba encorvada, trepando con agilidad la empinada senda.

 

POR LOS OJOS DEL AVE

Aquella noche, María Reumay había soñado con el águila. Y en el sueño pudo ver, los escondidos territorios del puma.

Desde lo alto, sostenida del vasto océano celeste, escrutó la cueva donde el puma hembra parió tres cachorros.

Maniatados por la ceguera, pasarán lentos días antes de sentir la luz del sol arponear con dardos de colores sus deslumbradas pupilas.

En lo profundo de la oquedad, apretujados buscan a tientas el alimento, guiados por el hambre y los instintos. Gimotean con chillidos breves sus reclamos, aguardando el regreso de la madre que los abrigue del frío de la piedra, a pesar que afuera, la primavera expone al clima su perenne policromía.

Son dos hembras y un macho, camuflados con rayas oscuras en el pelaje aleonado, que desaparecerán a medida que crezcan y den paso al definitivo tono, tal vez copiado del coironal andino.

La madre puma ha salido de cacería. Hace tres días que no come y el hambre, es como una espina de molle atravesando sus entrañas. Ha esperado la caída de la tarde para salir del escondite y recorrer parte de su ilimitado reino, estirado a los pies de la cordillera. Se la ve flaca, como si la piel le quedara grande. Largas arrugas le caen desde los flancos hasta la panza lacia, de donde cuelgan diminutos pezones rosados.

Aún así, puede llegar a pesar cincuenta kilos y ser capaz de transitar días enteros sus dilatados dominios.

Desde el aire, el águila la ve marchar cautelosa, husmeando en el viento los olores que reconoce desde una antigua y perdurable memoria, atávico legado de su índole felina.

Después de abandonar la madriguera, olisqueó largamente un mogote de lava endurecida, antes de rociarlo de orín, asperjado desde algún sitio oculto de su sexo. Descendió luego al lecho seco de un arroyo, marcando con el molde de su rastro repetidas flores de cinco pétalos en los suaves repliegues del arenal asoleado.

De un solo salto trepó la barranca de la orilla, para desaparecer entre una tupida maraña de zarzales.

Pero no sólo pudo ver por los ojos del espíritu guardián. También escuchó la voz del águila que le llegaba de lejanos espacios, de un ámbito remoto, pero al mismo tiempo tan cercano que parecía venir de su propia garganta, como un eco que reproduce extraños sonidos al chocar con sus huesos, y luego saltar intacto por el aire callado. Era como saber lo que iba a escuchar y asombrarse de que en realidad sucediera.

No siempre el guardián hablaba. En ocasiones eran apenas indicios lo que encontraba la vieja machi para descifrar luego el sagrado mensaje: un sueño, avistar el vuelo altísimo del ave, una pluma caída, eran la evidencia rotunda que la chamana debía interpretar adecuadamente.

Lanzada en veloz picada, el ave detuvo el brusco descenso a centímetros del suelo, iniciando un suave planeo hasta las ramas desnudas de un árbol muerto. Una vez posada, dijo...

" Cuando abandonen a la madre, las dos hembras se mudarán pronto a nuevos campos. El macho marchará solitario hacia escondidos parajes, buscando marcar y defender su terreno. Comerá carne de animales extraños y lo matarán una noche sin luna. El que lo mate le sacará de su mano izquierda la garra más grande y con ella se hará un amuleto. Eso pasará dentro de siete veranos, a contar de este instante. Y el débil cachorro que ves, crecerá hasta tener casi dos brazadas del hocico a la cola y pesará tanto como el hombre que tomará su espíritu".

Cuando abrió los ojos, sintió que una brisa helada caída de los altos picachos, tiritaba en las copas de las lengas, doradas en ese minuto por el fulgor de un sol que presentía trepado a la espalda del bosque impenetrable. De los apretados maderos del techo, un aire amarillo colgaba sahumando de luz su figura de arcilla.

 

RUPERTO MARTINEZ DEVUELTO A LA MONTAÑA

Como untados de una luz aceitosa, pintados gauchos jugaban al truco en aquel viejo boliche cordillerano, entre cañas fuertes y palabras gruesas. Acodado en el mostrador, el bolichero movía sus ojos cansados entre los jugadores y la cuadrada pupila de la ventana, por donde veía a la nieve extender su fina sal, molida entre las rocosas mandíbulas de la montaña. Una bruma espesa opacaba los relieves del paisaje dormido, acentuando los grises de la piedra lastimada de intemperie, huérfana de todo amparo de ese sol atrapado en su exilio.

Era media tarde cuando la puerta se abrió y dejó pasar a Ruperto Martínez. Empujado por un aire frío que a los paisanos les movió el ala del sombrero como en un parpadeo, les entregó sin aviso su figura de aparecido, mojado hasta los huesos. Como un estremecimiento fugaz, les recorrió la espalda a los arrieros.

Dio un par de tacazos para sacarse la nieve de las botas, se quitó el sombrero con barbijo* y con paso lento se aproximó hasta el mostrador.

-Buenas, don Pardo, una cañita por favor...

-Qué te trae por acá, muchacho ? -inquirió el bolichero para luego continuar- Con esta nevada ni las cabras abandonan los corrales!

-Ando a la siga de unos yeguarizos que le robaron al patrón los Valenzuela... si no doy con los animales los pasarán nomás para Chile- dijo el criollo mientras se sacaba con la palma de la mano los restos de nieve de sus ropas- Luego de un pequeño silencio, preguntó:

-Habrá algo para comer...como para calentar el cuerpo...

-Acomodate por ahí que ahora te preparo algo para que pongas debajo del bigote - le respondió el viejo en tono jovial.

Mientras lo miraba comer se animó a decirle.

-Por qué no esperás hasta mañana...pasá la noche y descansado, de día se ven mejor las cosas...

-No, don Pardo...si sigue la nevada se taparán los rastros... es mejor que siga... si no por ahí los pierdo.

La estampa del jinete se fue empequeñeciendo hasta que la pertinaz ventisca se la tragó con su boca de hielo. Sólo sus huellas -como una estirada cadena- sostenía su marcha hacia lo profundo del clima, atada fuertemente a uno de sus extremos al enterrado palenque del boliche.

En la alta montaña, la tempestad fermenta su limo portentoso, poniendo cargas de piedra en el cañón del trueno. Despeñada en avalanchas, desmorona su fragor adormecido por las laceradas aristas que mueren mansamente en el embrión potente de los ríos, en sitios donde sólo el viento de las cumbres pisa descalzo la virgen geología.

Abajo, la formidable mole prolonga su volcánica musculatura encerrando en abrazos gigantescos abrigadas depresiones, para que la nieve deposite su polen silente, en la resignada corola de los árboles.

Y como escapados de ese colosal vientre ígneo, pasan los torrentes despialando el estruendo de su propio cataclismo, respondiendo, como un ciego animal, al llamado irresistible del mar lejano.

Ruperto Martínez conoce como nadie esos caminos. Mientras cabalga, regresan a su memoria campesina, erguidos cipreses en los límites del arroyo rumoroso. La leñosa espesura del chapel,* escondiendo el claro verdor de los mallines* andinos. Ejércitos de colihues* alzando sus bayonetas al cielo en cañaverales inexpugnables. El monte de ñires, espeso como niebla. La mutisia*, anaranjada o lila, como una cucarda* colgada al pecho umbroso del bosque, salpicando en el verde sus luciérnagas.

Hombre de la montaña, se recuerda buscándole la hebra a los faldeos pedregosos, acompañado por el resoplar acompasado del caballo y el duro cencerro de los guijarros al caer hacia hondos despeñaderos.

Reconoce el seco sonido de la bandurria,* perforando con su pico curvo el aire dormido de los valles. Y el parloteo interminable del choroi,* mostrando a la mañana abigarrados colores. O cuando la diuca* cincela en la cascada su espina de agua, saturada de espuma su líquida garganta.

Pero todo eso ocurre en otras estaciones. No con esta nieve que todo lo transforma, que todo lo transfigura, que lo barre con su ramalazo helado.

El rastro de los cuatreros era apenas una tenue muesca en la senda escarchada. Aquí y allá aparecía, para dejar largos espacios en la piel resbaladiza de las laderas, antes de mostrar de nuevo su difusa impronta. Una cerrazón densa, apretaba la cabeza del caballo contra el aire oscuro del desfiladero, aprisionando al jinete entre las angostas paredes de áspera carnadura y las abiertas fauces de sus precipicios.

Ruperto Martínez no mira. Sólo presiente esos peligros con la mirada fija en sus pierneras* de cuero de chivo, como el límite más lejano que reconoce su cuerpo entumecido.

Desde la grupa, un viento cortajeado por los cuchillos de las cumbres, le sopla sus lamentos, mezclando relinchos viejos, gritos de arrieros, ladridos de ovejeros, con funestos responsos sacados de la boca hundida de los muertos.

Casi por instinto buscó un hueco en la arenisca desnuda. Un alero excavado por la persistente carcoma de vientos y lluvias por siglos, le sirvió de guarida. Con un poco de lana sacada del recao* y excrementos de animales que ocuparon alguna vez su misma morada, pudo encender un pequeño fuego, alimentado por ramas que fue encontrando escondidas bajo el hielo. Afuera, el caballo soltaba un vapor que lo cubría entero, una resolana menuda que lo envolvía en su espejismo y lo transportaba más allá de los ojos entristecidos de su amo.

 

PLANTAS QUE CURAN

Atardecía cuando desde el angosto sendero, apareció Emiliano cargando su cosecha de yuyos. Depositó la carga casi a los pies de la anciana al tiempo que intentaba algo parecido a un saludo. Ella lo miró fingiendo desinterés, atizando con el meñique el fuego de su pipa.

-Qué le parece mi primera recorrida? Preguntó mientras separaba y colocaba entre papeles de diarios los vegetales recién cortados.

-No está mal por ser la primera vez, pero se me ocurre que no servirán como medicina. Las plantas que son remedios deben estar maduras para que sirvan para curar -dijo la machi con la mirada puesta en las montañas, coronadas por el oro de un sol moribundo.

-Cómo que deben estar maduras, doña María? -Qué quiere decir con eso?

-Una planta está madura luego que florece. Como te dije, si una planta no florece no tiene propiedades medicinales -aseguró la paisana.

-Y de éstas, cuáles han florecido?

-Por la altura del año en que estamos, yo diría que ninguna -contestó la curandera mientras se alejaba en dirección a la cocina.

Apenas anocheció, cenaron en silencio esperando ambos que el otro iniciara alguna conversación. Fue la machi la que casi al descuido dijo...

-No me hagas caso, Emiliano...si querés secar y llevarte esos yuyos, no hay problema. A veces me olvido que la gente de ahora usa otro tipo de medicina para curar sus males. La mía sirve para mejorar a los paisanos y paisanos vamos quedando pocos...

-No, doña María, no es eso. Lo que pasa es que nuestros tiempos son diferentes. Yo no puedo esperar hasta que las plantas florezcan para cosecharlas... no puedo, debo regresar a la universidad, me entiende?

La anciana no contestó. Un prolongado silencio los separó hasta que Emiliano Villaverde levantándose dijo...

-Buenas noches señora, hasta mañana.

-Hasta mañana...

Ella se quedó quieta, hasta que la luz del candil empezara a parpadear su sueño. Algo como un ruego, salía de sus labios arrugados empujando un susurro breve. Su sombra, reflejada por la tenue lumbre, se fue estirando, cambiando de forma, hasta alcanzar la figura de un águila que al levantar vuelo se llevó su hechura humana.

Cuando despertó, los ruidos que llegaban desde la cocina le anunciaban que la anciana hacia rato que estaba levantada. Mientras se preparaba unos mates, le pareció oportuno interrogar a la curandera.

-Dígame doña María, cómo sabe usted que una planta tiene propiedades medicinales?

-Porque las conozco una por una. Es la primera cosa que enseña una machi cuando elige a la que será con el tiempo su sucesora. Después viene la forma de preparar el remedio y el modo de dárselo al enfermo.

-Pero existen algunas que son tóxicas... digamos... venenosas... cómo las distingue?

-Entre un veneno y un remedio lo único que cambia es la cantidad. Todo remedio, en el fondo, es veneno.

-Digamos, la dosis...

-Eso... todo remedio cuando empieza tiene efecto de veneno. Al principio el enfermo se siente peor... luego viene la mejoría y finalmente la cura.

-Por qué me habla a mí sobre las plantas que cura y no a algún miembro de su familia? -inquirió de pronto, para continuar con otra pregunta..-Quién será el aprendiz que seguirá con su tarea?

La anciana pareció pensar la respuesta. Al final dijo...

-Yo le enseño de plantas que curan a los que saben de plantas. Nadie le enseñaría a uno que nada entiende... eso sería como perder el tiempo. En lo que queda de mi familia, por desgracia, ninguno nació para chamán -sentenció la paisana con un dejo de resignación.

-Y cómo hará para encontrar a su sucesora, sabiendo que dentro de su propia familia nadie nació con ese don?

-Y ese es el problema! Antiguamente todo era natural. Con la llegada del blanco se fueron perdiendo los viejos conocimientos y los chamanes se volvieron cada vez más escasos. Antes, si se podía elegir, era preferible un nieto a un hijo... era mejor, más seguro. Pero si no se consigue entre la gente paisana, se debe recurrir a un extraño.

-Cualquier extraño?

-No Emiliano, no cualquiera...debe tener ciertas condiciones naturales. Pero de eso hablaremos en otro momento- dijo la machi mientras salía al patio con un brillo distinto en sus ojos.

En los días que siguieron luego de aquella charla, apenas si pudo ver a la anciana. Cada vez que Emiliano intentaba un acercamiento, ella, como si supiera de antemano, encontraba motivos para evitar el encuentro. Preocupado por ese repentino cambio en la conducta de la curandera, decidió enfrentarla para averiguar las razones de su actuar distante.

-Por fin la encuentro! -alcanzó a decir antes que la machi lo viera llegar. -Necesito hablar con usted, doña María!

-Te escucho -respondió ella sin dejar de lavar la lana de oveja que limpiaba antes de hilar.

-No se cómo decirlo... quisiera saber si está enojada conmigo. Tal vez hice o dije algo que la ofendió, señora, yo...

-Nada de eso pasa -lo interrumpió con tono severo, mientras terminaba de secarse las manos en la falda. -Cada cosa ocupa un sitio y tarde o temprano lo que está fuera de su sitio regresa a su lugar....

-No entiendo lo que me quiere decir -protestó tímidamente. De todos modos, mañana pienso salir temprano...y no quería partir sin despedirme, señora...

Una infinita tristeza le nubló la mirada. Algo muy oculto, como el nacimiento de una premonición largamente demorada, le anudó en la garganta sus nudosas raíces. Apenas podía ver a la vieja paisana atrapada en una lejía temblorosa, hablarle sin mover los labios, con la cabeza puesta de costado, como suelen mirar las aves a su presa.

Desde esa bruma, la voz de la machi le decía...

-Ya sabía de tu viaje... te pude "ver" dándome la espalda y eso significa partir, Emiliano. También sé que regresarás... pero deberás volver despojado de toda tu vida pasada, dispuesto a recibir las antiguas enseñanzas de mis antepasados, hasta convertirte en un chamán. Por ser un extraño, sólo podrás ser un chamán blanco, un medio chamán, porque hay cosas que nunca podrás conseguir. Tienes un tiempo para despedirte de tu mundo anterior, pero no demores más de lo debido que esta puede ser mi última lucha, antes que el espíritu guardián se lleve mis huesos a su nido.

Cuando arrancó el motor de la camioneta, Emiliano miró por última vez la frágil figura de la anciana, que parecía deshacerse arrastrada por un viento repentino.

 

RAICES

Hasta los doce años, Ramón pasaba sus vacaciones en Piedras Blancas, luego de permanecer en el Internado del pueblo durante el ciclo escolar. Cuando terminó la escuela primaria, pasó a ser la única compañía de la abuela paisana, que escondía su misteriosa presencia en ese ignoto paraje, a orillas del Arroyo del Coipo.

Y fue creciendo, mimetizado entre las cosas simples con las que la vida campesina amasa su barro memorioso, amamantando desde la soledad sus trágicas criaturas.

Y le fueron naciendo preguntas que la anciana dejó de responder hasta que la estatura del muchacho, andaba cercana a los límites del hombre.

Una tarde, mientras miraban saltar a los peces intentando atrapar insectos al vuelo, quebrando el frágil cristal del oscuro remanso, la voz de Ramón, como salida de enterradas angustias, preguntó...

-Abuela... cuándo me vas a contar sobre mis padres ?

-Ya te lo dije... cuando seas grande -le respondió sin demostrar demasiado interés-

-Y bueno, ya casi tengo dieciocho... soy grande, no?

La machi, con la mirada ausente, parecía regresar con el pensamiento a recuerdos guardados en los hondos repliegues de la memoria, para sacar a la luz del día, como resucitados, esos restos de historias, salvados de la muerte.

-Tu madre murió cuando te tuvo... ni siquiera supe cómo se llamaba -recordó la anciana con un hilo de voz - Tu padre me vino a buscar y fuimos... pero ya nada se podía hacer... la fiebre la había consumido...

-Y dónde está enterrada, abuela...?

-No lo sé... tu padre se la llevó en el pilchero*... él bajó hasta el destacamento y nosotros nos volvimos para acá... Ellos vivían en Las Taguas... supongo que cerca de ahí puede estar sepultada...

-Y mi padre ? -inquirió después de un corto silencio-

-Según cuentan... se perdió en una nevada... andaba a la siga de unos animales... y nunca más se supo de él... dicen que unos arrieros lo encontraron mucho tiempo después al fondo de un precipicio... estaba entero, como dormido... y parecía sonreír... dijeron.

Ramón Martínez permaneció callado, con los ojos fijos en el salto de los peces que llenaban de círculos ondulantes la piel del agua. Luego, mirando el perfil aguileño de la curandera, dijo casi en un susurro...

-Quiero que "veas" los sitios donde descansan mis padres, abuela ! Necesito saber dónde están... quiero ir a verlos !...

La anciana movió la cabeza, como aceptando un designio insoslayable. Sin pronunciar palabra, tomó la senda que la llevaba de regreso a la casa. A mitad de camino, sintió que Ramón le apoyaba la mano en el hombro, diciéndole...

-Abuela María... necesito que me ayudes !...

-Hijo... si de mí dependiera hace cuánto que lo sabrías! -se animó a decir la machi- Pero debemos esperar a que el águila dé su señal... si el espíritu guardián lo dispone, pronto me hará llegar ese mensaje. Puede que en sueños me hable. O tal vez me llame al pie del árbol sagrado para hacerme conocer su voluntad. La llamaré en sueños para que me haga "ver" dónde descansan tus padres... todo dependerá de cuál sea tu destino, Ramón...

-Y si el águila no responde? -preguntó angustiado.

-Entonces será que tu destino quiere que las cosas queden tal cuál están... no todo lo que uno quiere logra en la vida... no todo. Debes ir comprendiendo eso...

Esa noche, en sueños, María Reumay "vio" los sitios donde los padres muertos de Ramón esperaban que los zumos de la tierra, arrastraran la savia de sus huesos, hasta el oscuro limo de enterradas raíces.

En reiteradas ocasiones Ramón le reclamó a la anciana. Ella, con diferentes excusas fue postergando la decisión de guiar al muchacho hasta los lugares donde estaban sepultados sus progenitores. Sabía la machi de lo doloroso de aquel viaje, pero al mismo tiempo entendía que era el único modo de quitarle a su criado, esa torturante congoja.

Una mañana, mientras Ramón la saludaba besando su ajada frente, acariciándole las mejillas, le dijo...

-Dejá todo acomodado que mañana haremos un viaje... andá preparando los caballos que saldremos no bien despunte el alba... tenemos... calculo, tres leguas y media hasta el cañadón donde descansa tu madre. Esa será la primera jornada. Después nos llegaremos hasta los riscales que llevan al despeñadero por donde cayó tu finado padre -se animó a decirle mientras lo miraba con infinita ternura.

Cuando llegaron a la hondonada, el mediodía caía como un hachazo de luz sobre el monte callado. Apenas un cúmulo de piedras redondas delataba a la solitaria tumba, como apretando contra la tierra resignada, la porfía del alma de la muerta por escapar de su regazo de tinieblas.

Ramón Martínez se quedó largo rato montado, hasta que la anciana le estiró la mano invitándolo a apearse. Un aire bajado de las montañas nevadas, le arrugaba con su soplo helado, el bruñido cuarzo de su mirada.

Después de un lastimoso silencio, incorporándose la vieja paisana dijo...

-Vamos... m´hijo... vamos...

Marcharon hasta Las Taguas, cargando la tristeza como una niebla oscura trepada a las grupas de las cabalgaduras, desandando la poco transitada huella, mirando de tanto en tanto por sobre el hombro, temerosos de ser tocados por la muerte.

No fue tarea fácil llegar hasta la última morada de Ruperto Martínez, el padre de Ramón.

Con rumbo N. O., dejaron atrás Las Taguas y desafiando insondables peligros, se internaron en el hondo misterio de la montaña, animados por un atávico reclamo, venido desde lo más remoto de la sangre.

Atardecía cuando al fondo de una profunda quebrada, apareció la rústica cruz hecha de palos, que anónimos trashumantes clavaron en el escarpado lecho, como la más lejana y escondidas de las misericordias.

Antes de subirse al caballo, la abuela paisana dijo...

-Ahora que sabés donde duermen tus padres, es bueno que los vengas a ver de vez en cuando... no los olvides... ellos saben avisar si descansan en paz, o si el espíritu vaga sin consuelo por el modo en que murieron -aseguró la machi mientras con agilidad se trepaba a la montura. Luego de un breve mutismo, continuó...

-Ellos murieron muy jóvenes... y sus muertes no fueron naturales, como se mueren los demás paisanos... por decir... de viejos o por enfermedades. No dejes de elevar un rezo de cuando en cuando, m´hijo...

De la sepultura de la madre, nunca se dijo nada. Sí dicen algunos arrieros que pasaron por la quebrada de la cruz de palos, que de noche una luz recorre el erial, como buscando en las grietas, la boca del muerto para encender la yesca de sus huesos descarnados.

 

SEGUNDO ENCUENTRO

Más de un año tardó Emiliano Villaverde en regresar a Piedras Blancas.

Abrumado por encontradas sensaciones, volvía a los mágicos territorios de la chamana, desprovisto de todo su pasado, guiado por un oculto llamado que le trepanaba las sienes con una vibración salida de sus propios huesos.

Un relámpago que le ponía de fuego la garganta con su fósforo breve y subía como lava por su sangre hasta fundirle la memoria.

Algo parecido al miedo y al olvido, un aire doloroso y sin embargo placentero detenido en algún recodo de la mente, liberaba de pronto su fuerza desconocida. Y él se dejaba llevar, aletargado por un sopor atrapante que en su traslúcida atmósfera, alineaba los imprecisos límites de inalcanzables mundos.

Ella le había dicho que cuando fuera tiempo de regresar, un sentimiento parecido a la melancolía lo envolvería con su resolana untosa y el vuelo de un águila en sus sueños sería la señal para su partida.

Y ahora que trepaba el angosto sendero que lo llevaba hasta la casa de la machi, aún podía ver el vuelo del ave atravesar con reflejos dorados el alto cielo de sus sueños.

María Reumay parecía estar esperando su llegada. Sentada junto a la pequeña ventana, hilaba lana retorciéndola contra el escondido muslo que se presentía tras la pollera larga y rústica. El huso*, esa diminuta rueda de roca volcánica adherida al extremo de la vara, garabateaba una escritura indescifrable sobre el piso desparejo, amontonando en su vientre hinchado, la redonda madeja.

Cuando se abrió la puerta, los ojos de la anciana se achicaron hasta ser apenas dos hendijas por donde la luz entraba, para salir luego transformada en un resplandor brillante, coronando con destellos dorados su cabeza.

Se miraron largamente, hasta que Emiliano decidió ir a su encuentro y abrazarla.

Pasaron algunos días antes que la chamana le hablara de comenzar con las enseñanzas. Fue una noche después de comer que le dijo de salir a dar un paseo por las montañas. Irían -según ella- hacia el oeste, hasta un paraje defendido por sólidas paredes de roca viva, lo que hacía penoso el tránsito por aquellas inhóspitas regiones.

Cuando emprendieron la marcha, el día tibio desperezaba los brunos celajes de las cumbres, mostrando a los ojos del caminante la majestuosa acuarela de la cordillera nevada.

Recién al mediodía hicieron un alto para descansar y comer unos trozos de charqui* que la curandera sacó de su mochila.

-Comé... es carne de caballo salada y secada al sol... comer carne de caballo da energía -dijo al notar un dejo de desconfianza en la cara de Emiliano-

-Masticala despacio...hasta que se vuelva tierna en la boca antes de tragarla. Este alimento es sagrado... es la carne de una yegua sacrificada en las rogativas y se la charquea de un modo diferente porque es para dar fuerza al espíritu más que al cuerpo. Luego que la comas no sentirás cansancio ni hambre y podrás caminar por horas sin que te venza la fatiga.

No tomes agua hasta que yo te lo diga... no falta mucho para llegar, hagamos el último esfuerzo.

Al reiniciar la caminata, el muchacho experimentó una sensación de bienestar y vigor que le llenaba el pecho con una alegría hasta entonces desconocida. Nada quedaba de aquella agitación que parecía ahogarlo a cada tramo de la empinada senda, ni la transpiración que lo humedecía entero hasta traspasar sus ropas, cuando sus músculos soportaban el desacostumbrado ejercicio. Una brisa intermitente le soplaba su frescor en la cara y hasta tuvo ganas de preguntar, luego de marchar callado desde que partieron con el amanecer recién pintado de nuevo.

-Qué venimos a buscar, doña María?

-Hongos -respondió la machi sin dejar de caminar señalando el rumbo-

-Qué clase de hongos -quiso saber Emiliano-

-Unos que necesitarás para poder cruzar el límite que separa a los vivos de los muertos-

-No entiendo qué quiere decir con eso -se apresuró a preguntar, mientras un temblor se apoderaba de su cuerpo.

-No te apures... ya hablaremos sobre ese asunto -dijo la chamana tranquilizándolo.

 

Un crepúsculo pálido agonizaba detrás del acerado filo de los altos picachos, inclinando hacia el naciente las sombras de los árboles. Poco a poco la tarde se hundía en solapadas oquedades, presintiendo el frío de la noche cercana. Al este, como contenidos por un horizonte líquido, los restos del día extendían sobre la distancia sus quillangos*, armados con retazos de cobre.

Señalando un lugar resguardado del viento andino, María Reumay anunciaba el final del camino.

-Aquí haremos noche -dijo mientras descargaba la pesada mochila. Bajo este árbol podremos descansar sin que los dueños del monte se molesten con nuestra presencia. Hay que pedir permiso al dios de los árboles para caminar sus senderos y tomar del suelo algunas de sus cosas. Andá buscando un buen sitio para dormir, un lugar que te sea propicio, así podrás tener buenos sueños -le recomendó la chamana, escondiendo un gesto de malicia.

Al poco rato, Emiliano Villaverde dormía profundamente.

 

SUEÑO CON FELINOS

Primero fue como el rumor del viento bajando desde las altas copas de los árboles. Después de minúsculos silencios, algo, como el crujir de ramas quebradas le llegaba desde algún sitio cercano, pero inubicable. Hasta que las pupilas luminosas del puma alumbraron su miedo. Y lo vio saltar, arquear en el aire su robusta musculatura y caer sobre su cuerpo inerte como una avalancha de sombras oscuras.

Sintió cómo las poderosas mandíbulas apretaban su cuello hasta asfixiarlo, destrozando vértebras, mientras las garras tajaban la carne en hondos surcos. El intentó una vana defensa. Un zarpazo, luego otro y otro, fueron desmembrando su cuerpo hasta convertirlo en un guiñapo sanguinolento.

Como si el cuerpo no le perteneciera, veía a la fiera comerles las entrañas desgarrando a tirones sus vísceras, acezando un aliento fétido. Sin poder moverse, sentía cómo el puma roía sus huesos sacudiendo de a ratos su hocico ensangrentado. Todo parecía ocurrir fuera de su cuerpo, pero a la vez tan entrañablemente cercano que hasta creyó ver, cómo el animal lo arrastraba hasta un zarzal tupido para esconder lo que quedaba de él. Sintió la tierra que el felino amontonaba con sus patas traseras, antes que una larga quietud le hiciera comprender que se había marchado.

Entonces trató de incorporarse para huir de aquella prisión, escapar de esa muerte ominosa que no sentía como propia y que lo anclaba en la quietud de un mundo extraño. Pero ni un solo músculo obedeció la orden salida de su cerebro obnubilado. Un antiguo temblor, un sismo desnudando su subterránea furia, emergió de pronto reventando su tormenta de alaridos.

Cuando Emiliano abrió los ojos, la cara de la anciana era una máscara grotesca que lo contemplaba deformándose.

-He tenido un sueño terrible -atinó a decir, mientras se secaba el sudor del rostro con el dorso de la mano.

-Seguro que ha sido una pesadilla, muchacho -se adelantó a predecir la machi.

Mientras él le contaba lo que había soñado, la chamana lo contemplaba fingiendo interés. Luego de escuchar atenta , dijo...

-Es un lindo sueño! Deberías estar contento... soñar que el espíritu guardián come tu carne y entierra tus huesos es el anuncio... ahora empieza tu verdadero camino, Emiliano.

-Cómo puede ser un lindo sueño si un puma me comía vivo! Qué clase de espíritu guardián mata a su protegido? -Protestó.

-Es que no era tu espíritu guardián quién te visitó anoche.

-Entonces quién fue? -quiso saber.

-Fui yo... -contestó al tiempo que le acariciaba la cabeza.

Luego de permanecer callado largo rato, Emiliano se animó a preguntar.

-Cómo puede ser un anuncio si usted misma reconoce haber provocado esa pesadilla?

-No te apures, muchacho... todo vendrá cuándo tenga que venir!. Es parte de tu aprendizaje "soñar" que el puma te mata y despedaza, para luego enterrar tus huesos. La verdadera señal vendrá cuando sueñes que tu espíritu guardián los desentierra.

-Y será de nuevo usted, doña María ...

-No Emiliano –contestó en tono serio - serán los chamanes muertos. De ellos recibirás los poderes.

-No entiendo cómo podrán darme poder los chamanes muertos!

-Por decirlo de algún modo...-trató de explicar la paisana- si llegas a ser un hombre con poder, un nuevo chamán, los poderes te los dará Nguenechén* a través de los chamanes muertos. Pero no te preocupes en entender... ya llegará ese tiempo –dijo la machi mientras apagaba el fuego con tierra y le indicaba con un ademán que era tiempo de reiniciar la marcha.

Caminaron hasta el medio día, bajando y subiendo cuestas, entre lengas achaparradas que estiraban sus carnaduras de saurio sobre la roca viva y desnudos murallones calcinados de intemperie. Al naciente, una planicie lacia, extendía su pelambre rubia hasta confundirse con la oscura curvatura del horizonte, límite incierto de un mar azul y distante.

María Reumay se detuvo de pronto. Contempló la fornida mole de piedra oscura que aprisionaba entre sus dos mitades un angosto desfiladero y estirando su brazo en dirección al paso, dijo...

-Hemos llegado.

      CONTINUA

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo