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"EL COMPLEJO TEHUELCHE" DE FEDERICO ESCALADA 

 

Por Ángel Uranga

Un indio tehuelche

 

   En 1949, el médico Federico Escalada publicó, bajo los auspicios del Instituto Superior de Estudios Patagónicos (histórico antecedente de la actual Universidad Nacional de la Patagonia), la obra de antropología y etnología más importante de la Patagonia Central: "El Complejo Tehuelche". Ángel Uranga analiza aquí el legado de una esencial obra en el estudio de de los tehuelches, los ancestrales habitantes de la vastedad patagónica.

 

A CINCUENTA AÑOS DE "EL COMPLEJO TEHUELCHE" DE FEDERICO ESCALADA 

 

Por Ángel Uranga

¿Cuántas cosas más dice un texto aparte de lo que dice?

De una lectura transversal, ni lineal ni departamental de obras testigo como la de Federico Escalada, surgen encrucijadas de significados que pueden echar luz sobre un presente que se interroga por la identidad.

Es cierto también que autores de textos claves (en todos los órdenes) no siempre han sido conscientes de las implicaciones hermenéuticas que los lectores futuros darían a su obra, pero también es cierto que tales escritos revalidan su solidez significativa cuando siguen mandando mensajes en el tiempo. Esos textos son los que al fin denominamos clásicos.

DESCRIBIENDO LA DIFERENCIA

¿Cuánto más estrecha sería nuestra memoria colectiva sin "El Complejo Tehuelche?"

La obra de Escalada es un enfoque comprensivo hacia la Diferencia, y hacer resaltar la diferencia en una cultura cuyos fundamentos se inscriben en el principio metafísico de identidad, es socavar el monopolio del significador global. A partir de tales textos todo un pasado censurado por los valores de la cultura hegemónica comienza a hacérsenos consciente.

Al hurgar en el pasado Escalada ahonda en el amplio mapa de nuestra diferencia respecto de la identidad homogénea. Fue un acto emancipador de la ignorancia hacia nosotros mismos.

Con obras como la que nos ocupa, nuestra conciencia histórica se desplaza milenios hacia las raíces, en un recupero de orígenes incorruptos, cuando no existía pecado original alguno, cuando el mundo no era mundo disociado, cuando esto era Tierra sin Mal. Nuestra imaginación sospecha una cultura originaria como simbiosis y religación con el mundo; cultura como origen, cuando "Cielo, Tierra, Dioses y Mortales" (Heidegger) palpitaban el unísono acorde de las diferencias.

Insisto en aquello de cultura en tanto cultivo de la relación hombre-mundo y construcción de una realidad humana. Elaboración de signos no fundados en la mera racionalidad técnica y de dominio que terminaron por destruir el mundo, cultura como ecosistema donde imperaba un pensamiento mitopoético basado en lo analógico y en una concepción del tiempo cíclico.

Sistemas de vida inmersos en el continuum espacio temporal y en la percepción holística del orden vital al que someten dioses, hombres y naturaleza.

 

LA PESADILLA DE LA HISTORIA

Si la desaparición de una especie natural es una pérdida irreparable que sucede en la biósfera que la fecunda diversidad ha elaborado trabajosamente, toda desaparición de una comunidad humana resulta una catástrofe en el esquema cultural al romperse el equilibrio hombre-naturaleza y la necesaria multiplicidad y heterogeneidad que cada pueblo revela respecto a la comunidad humana en general.

La historia es esa pesadilla donde los hombres producen y reproducen vencedores y vencidos, dejando la confusa trama de glorias y cenizas, de luces y sombras, y así, por alguien que produce heridas otros hay que se empeñan en realizar suturas. Tendríamos entonces, contrastando con las sombras de Cortés la preocupación antropológica de Bernardino de Sahagún o la utopía de Vasco de Quiroga; frente a los oscuros abismos de los Pizarros, la obra vindicadora del Inca Garcilaso. Aquí, la contraparte de Winter será Francisco Moreno, el Perito.

En la larga duración de la historia, todo vencedor por el odio obtiene siempre una victoria pírrica, si es que lo rechazado era bueno para la experiencia general. En toda derrota de lo valioso queda latente un murmullo de posibilidades truncas, de utopías que esperan la ocasión para volver a salir a luz y exponer su verdad; cuando esto sucede, cuando alguien levanta la lápida del monopolio de la palabra, las voces reencarnadas nos dicen mensajes que hoy, tras un largo ciclo de destrucción intentamos balbucear para no consumirnos en nuestros propios errores.

 

INTRUSOS Y DEPREDADORES

Aunque los habitantes primigenios de nuestra región-país supieron de los europeos a comienzos del siglo XVI, cuando los hombres de Magallanes secuestran un par de nativos "gigantes", según Pigafetta cronista de la expedición, denominándolos "patagones" e iniciando en este doble acto –robo y definición- la relación colonial; a pesar de las entradas de Valdivia, los intentos de misionar de Mascardi y Cía., y de las "visitas" de viajeros ingleses: Falkner, Musters, Darwin, y esporádicas como fallidas intenciones de habitar la región por parte de los españoles; no será hasta las últimas décadas del siglo pasado en que los nativos "patagones" conocerán en su real dimensión –trágica, depredadora, colonial-, la calaña de los intrusos civilizados.

Arriba dos indios del pueblo tehuelche; abajo, derecha, dos niñas tehuelches.

 

SIN LA LENGUA DE LA TIERRA

Cuando el Otro se instaló, dejó al hombre de la tierra sin la Tierra y sin la Palabra.

La Palabra es la cuna del hombre, el manantial de donde emana la significación y el sentido.

Perder la Tierra y la Palabra es sufrir la mutilación de la propia alma. Rescatar entonces una lengua –parte de la labor de Escalada- fue liberar una realidad oculta, poniendo en relieve aquella imagen del mundo opacada por el significador despótico.

Cuando hablan los sobrevivientes –Agustina Quilcamal de Manquel en el texto en cuestión-, la vida invisible por el tiempo y los miedos vuelve a hacerse visible, la ausencia, presencia, y el pasado censurado se convierte en historia consciente.

Ellos, los Antiguos, hablaron para que nosotros tengamos memoria y aprendamos con ella a convivir no solo con el prójimo –difícil de por si también con la naturaleza. (Cuando Ellos vivían, la Madre Tierra aún no era mundo).

El tránsito dc lo crudo a lo cosido en ciertas sociedades, o del desnudo al vestido en otras, señalan –según Levi Strauss- el salto de la naturaleza a la cultura. Sin embargo, la pérdida de la Palabra (como estructura que organiza y como sentido que confiere fundamento y valor a una comunidad) indica la pérdida de la condición humana.

No hay identidad si no hay Palabra, aquella con la que se habla al prójimo, a las cosas, a los demás seres, a los dioses. No hay identidad si la Palabra sólo pertenece al Otro.

 

EL HOLOCAUSTO PATAGON

El etnocidio que significó la Conquista del Desierto, queda expuesto en el despoblamiento del "desierto". Sólo en la isla grande de Tierra del Fuego y en el espacio de una década (entre los siglos XIX y XX) el 90% de los Onas (Yámanas, Alacalufes, Selkman) desapareció, rémington, alcohol y viruela mediante.

El tehuelche era pacífico y colaborador del cristiano, sobradas pruebas dieron los grandes caciques aoni-kenk, Orkeke y Casimiro. Pese a la reconocida benevolencia, su ingreso compulsivo a la civilización significó su inapelable aniquilamiento. En los viejos libros de historia y en el imaginario argentino, la presencia patagónica comienza como una campaña de exterminio, cuando el reluciente estado nacional extendía su soberanía sobre el ominoso silencio de una raza para provecho de terratenientes y súbditos de SMB.

 

EN BUSCA DE UN MUNDO PERDIDO

El recuerdo perdido permanece oculto en tanto siga siendo rechazado, censurado, desplazado, omitido, reprimido; pero en cuanto se lo recupera y asume como parte constitutiva de nuestro historial, el recuerdo expulsado comienza a ser parte enriquecedora de la experiencia colectiva.

El texto de Escalada efectúa un buceo arqueológico en la cultura condenada. La inmersión en este complejo cultural será un jalón más en el autoconocimiento y valoración de si mismos por parte de los pueblos originarios tras el vasallaje civilizador.

A partir de "El Complejo Tehuelche" sabremos que hubo una parcialidad nativa denominada Chehuache kénk "Bastaría este descubrimiento –escribe Milcíades Vignati, prologista de la primera edición- para que el nombre de Escalada quede para siempre ligado al del conocimiento etnográfico de esos lugares y este doble prodigio ha sido logrado con el estudio de un puñado de personas en trance de extinción absoluta, subsanando la lamentable omisión de quienes los trataron por centenares".

Hoy por hoy, resulta habitual leer en los libros que hojean los estudiantes la toponimia dada por los primeros pobladores o el gentilicio de las parcialidades nómades que ocuparon estos vastos espacios.

A modo de resumen, recordemos que el núcleo de la obra distribuye en dos grandes áreas el hábitat de nuestros Antiguos:

Tehuelches insulares (Onas) donde individualiza a los Selknam y los Man(e)kenk, en la denominación del autor; y,

Tehuelches de tierra firme, Aóni-kénk, distribuídos, aproximadamente desde la Patagonia central al Estrecho;

los Chehuache kénk ocupando la franja oriental cordillerana y precordillerana desde los lagos Buenos Aires y Fontana al complejo lacustre del Nahuel Huapí; y los Guenena kene, recorriendo toda la subregión del norte del Chubut a Sierras de la Ventana y sur de Mendoza, mapa ampliado por Rodolfo Casamiquela (1969).

En cuanto al gentilicio "chehuache kénk": "Chehuache parece ser nombre geográfico, aplicado a la región precordillerana donde habitaban...(y) Kénk equivale a "gente".( El Complejo Tehuelche, p.78.)

TERRITORIO Y ESCRITURA

Escuchó y anotó sus modulaciones, tomó infinitos apuntes, se ajustó al decir sentencioso, a las pausas y a los silencios largos como los horizontes. Reconstruyó así la sintaxis vital de nuestros paisanos y contagiándose de ese ritmo rescató un léxico oculto, el lenguaje invisible de los sumergidos, y en un esfuerzo de intelectual de límites culturales, la pérdida se volvió rescate, el olvido memoración. El recuerdo oral se transmutó en historia escrita. Cumplió el cometido de testimoniar aquello que no debía ser ignorado.

Había nacido en Juárez, provincia de Buenos Aires en 1909. Se recibirá de médico en 1936 y en la década del cuarenta llega a esta región. Recorrerá los interminables caminos de la entonces Gobernación Militar de Comodoro Rivadavia mientras cumplía su profesión por los pagos de Alto Río Senguerr y Río Mayo.

En 1949 publica, bajo los auspicios del Instituto Superior de Estudios Patagónicos (histórico antecedente de la actual Universidad Nacional de la Patagonia), la obra de antropología y etnología más importante de la Patagonia Central: "El Complejo Tehuelche". Tiene sólo treinta años.

En 1951 escribe para la edición especial "Cincuentenario de Comodoro Rivadavia" del diario "El Rivadavia" una suerte de síntesis de su obra: "Contribución a la prehistoria y a la protohistoria de la Patagonia Central".

Para el Instituto Superior de Estudios Patagónicos elabora dos opúsculos: "Algunos problemas relativos a límite norte del Complejo Tehuelche" y "Bosquejo biográfico de don Julio Germán Koslowsky".

Su labor teórica se inscribe en una rigurosa y feliz tradición intelectual marcada por nombres como Félix de Augusta, Thomas Harrigton, Lehman Nitsche, Félix Outes, Milcíades Vignati, Canals Frau, Martín Gusinde, Llaras Samatier, José Imbeloni; labor continuada por Gregorio Alvarez, Berta Koessler-Ilg, Manuel Molina, Wilhem Moesbach, E. Erize, Rodolfo Casamiquela, entre tantos estudiosos y apasionados por nuestra geografía natural y humana.

Federico Escalada murió en agosto de 1959.

 

OTRA LECTURA DE "EL COMPLEJO TEHUELCHE"

¿Qué leemos hoy en "EL Complejo Tehuelche?"

Daré –si es válido- mi propia versión de la lectura de esta obra insustituible para la comprensión de nuestro devenir como comunidad de cultura.

Siempre, de toda gran obra –y esta lo es a medida que nos alejamos del momento de su producción- hay múltiples sentidos que emanan de sus incontables lecturas. Cada una de ellas da una nueva versión a lo que dice el texto. Todo lector atento es también coautor de lo escrito.

Confieso que escribí "Ampliando nuestra memoria" sin que nadie me lo solicite, surgió espontáneamente tal vez por la conjunción de un proyecto intelectual personal y la ocasión del cincuentenario de la primera edición de su obra mayor y el cuadragésimo aniversario del fallecimiento de su autor. Nunca escribo sobre lo que no me interesa. En mi caso, hay lecturas que me impulsan a elaborar otros textos que no son más que la confesión de mis dudas, de mis interrogantes tanto como de mis ignorancias.

Ha sido el placer del texto lo que hizo que mi goce se convirtiese en escritura, en otra voz sobre lo mismo, teniendo en cuenta que si no hay escritura sin deseo tampoco habrá lectura con placer. Digo escritura y señalo el medio y la forma de salir de lo conocido y acceder al misterio, a lo acallado, a lo reprimido también. En suma, siempre escribimos sobre lo escrito. Nuestra cultura resulta un vasto como interminable palimpsesto donde tratamos de imprimir nuestro destino comunitario sustantivándolo con términos como, identidad, proyecto, políticas, y otros.

Podemos leer "EL Complejo Tehuelche" desde distintos lugares: como relato de una búsqueda de raíces étnicas, como narración fenomenológica de voces y gestos ocultos y perdidos; como camino genealógico, como relato ficcional de una -hoy- inexistente realidad.

Tenemos entonces el texto de Escalada de 1949 (hay que retener esta fecha porque en ese mismo año Levi-Strauss publica sus "Estructuras elementales del parentesco") donde se rescata una tradición oral, tenemos por otro lado, el deseo de una lectura que busca la trama rizomatica del imaginario patagónico.

Hay por lo tanto, un encuentro de intenciones y de deseos. ¿Qué pudo guiar a Escalada a escribir su Complejo?. Como lector casi me resulta secundario saberlo, dado que lo que me acercó al autor y creó el estímulo de escribir fue su acto de rescate, el redescubrir aquello enterrado por el gesto soberbio del civilizador, el hecho hermenéutico de recupero y sutura de la escisión en nuestra Memoria. Una escritura, insisto, que acabó por condensar y materializar aquello que sólo viento era: voces recuperadas del territorio del olvido, casi la nada. En suma, una obra de verdad o acerca de la verdad histórica donde queda expuesta, sin afán ni intención de denuncia, la violencia sobre los cuerpos y sobre una cultura por parte del estado nacional.

Sin duda hay una tradición que nos viene de los barcos, con Pigafetta a la vanguardia; es la voz y la letra del Otro que se impone con la legalidad del dueño del verbo. Pero también hay una tradición que nos llega de la Tierra Madre, tradición que intelectuales como Federico Escalada han intentado rescatar.

Elaborar una tradición –pienso en Echeverría, en Sarmiento, en Hernández- es territorializar nuestra imagen y bosquejar el mapa de esa proyección. Construir una tra-dicción resulta configurar un corpus significante propio, sustrayéndole al otro hegemónico la capacidad y la facultad de significar por nosotros.

Como ayer Escalada, también nosotros escribimos en el borde de una cultura, que al pertenecer al sur somos frontera, margen, límite de un imaginar, un fin y un comienzo. Escalada escribía en los márgenes de un discurrir cultural donde todo lo nativo era lo otro subestimado, el rostro borroso de la barbarie, el lado oscuro, primitivo e irracional de nuestro ser colectivo.

Ahora recogemos el tesoro que una labor de rescate nos dejó. Hoy estamos inventando una tradición. Se trata de invencionar sobre nuestro aike, en torno a, y desde este cuerpo-territorio, reconstruyendo una nueva perspectiva del mundo. Se trata de rescatar nuestra memoria telúrica en momentos en que el ciclón de la globalización técnica tiende a desarraigarnos y marginarnos del goce de la vida.

Se podrá aducir que Escalada buscaba una identidad. Prefiero decir que lo que se busca –ayer y hoy- es una procedencia, una continuidad del nosotros con el ayer y con el aike; tiempo y lugar de la presencia y el testimonio, el intento por elaborar una genealogía de nuestra estar-siendo.

Federico Escalada, arqueólogo de nuestro etnos, se hunde en la memoria de una raza degradada y humillada, sumergido en el subsuelo social, cuando emerge lo hace impregnado de la humildad de los pobres y sublevado de voluntad de cambio, de deseos de hacer escuchar esas voces y el porqué de sus silencios.

Hay en "El Complejo Tehuelche" un acto literario y un hecho social, una ciencia y una conciencia solidaria, un develamiento y una experiencia de afirmación. ¿Qué más podemos pedir? (*)

Federico Escalada

(*) Fuente: Ángel Uranga, "Ampliando nuestra memoria. A cincuenta años de la primera edición de "El complejo tehuelche" de Federico Escalada, 1999, Comodoro Rivadavia.

 

 

 

 

 

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