REVISTA KENOS

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 Número 1 dedicado al Sentido del arte

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El arte en el antiguo Egipto, por E.H. Gombrich

 

    

  

 PRESENTACIÓN 

  

   En la historia de la egiptología, el desciframiento de los signos de la Paleta votiva de Narmer fue una plataforma de lanzamiento para que autores como Kemp, Livirani, y otros eruditos sobre Oriente Antiguo Próximo, pudiesen emprender un estudio más comprensivo del arte egipcio con relación a una teología integrada.

Este es el espíritu del trabajo de Gombrich, quien nos asegura que detrás de las coloridas representaciones y de la arquitectura religiosa del país de los faraones, existe un claro indicio de una forma muy particular de comprender el mundo; acentuando la herencia del arte egipcio, que ejerció una clara influencia en Occidente por medio del legado cultural de los griegos.

Los egipcios vivían preocupados por la muerte. A pesar de ello, lejos estaba su vida de ser lúgubre o melancólica. Para la creencia egipcia, la muerte corporal era un pasaje a un modo de existencia perenne, inextinguible, sutil; por lo tanto más perfecto. Esto se ve plasmado en sus construcciones mortuorias o "mansiones del doble", donde su regia suntuosidad era sostenida por la confianza en la vida eterna: privilegio del faraón en sus orígenes, y del resto de la población en períodos tardíos.

La dualidad egipcia, Alto y Bajo Egipto, caos y orden, etc., estaba equilibrada en la figura monárquica, quien bendecía la tierra con estabilidad, prosperidad y permanencia. Gombrich, expone que esta constante búsqueda de la concordancia fue plasmada en sus características pinturas, que lejos de ser para los vivos eran para ser contempladas por los habitantes del más allá. En ellas, se devela la armonía dual: tanto en los bajorrelieves (donde los objetos y las personas eran representados en figuras planas donde aparecían de manera frontal y de perfil), como en el resto de sus obras.

A pesar de que el autor, en su artículo plantea una diferencia entre el arte egipcio tradicional y arte del período Amarna (dinastía XVIII), aunque en en mi opinión personal, esa diferencia no fue tan sustantiva. 

   En el delineamiento detallado de los cuerpos del arte egipcio, y en sus múltiples edificaciones, había algo de divino, de eterno, de conjunción coherente entre los opuestos.  Un resplandor eterno que permanece incólumes hasta nuestros días.

Sergio Fuster

 

 

 
  

 

 EL ARTE EN EL ANTIGUO EGIPCIO

  Por E. H. Gombrich        


    En todo el mundo existió siempre alguna forma de arte, pero la historia del arte como esfuerzo continuado no comienza en las cuevas del sur de Francia o entre los indios de Norteamérica. No existe ilación entre esos extraños comienzos con nuestros días, pero sí hay una tradición directa, pasando de maestro a discípulo, y de discípulo al admirador o al copista, que relaciona el arte de nuestro tiempo-una casa o un cartel- con el del valle del Nilo de hace unos cinco mil años, pues veremos que los artistas griegos realizaron su aprendizaje con los egipcios, y que todos nosotros somos alumnos de los griegos. De ahí que el arte de Egipto tenga formidable importancia sobre el de Occidente.

   Es sabido que Egipto es el país de las pirámides, esas montañas de piedra que se yerguen como hitos del tiempo sobre el distante horizonte de la historia. Por remotas y misteriosas que puedan parecernos, mucho es lo que nos revelan acerca de su propia historia. Nos habla de un país perfectamente organizado, que fue posible en él amontonar esos gigantescos montes de piedra en el transcurso de la vida de un solo rey; y nos hablan de reyes tan ricos y poderosos que pudieron obligar a millares y millares de obreros y esclavos a trabajar para ello años tras año, a extraer bloques de las canteras, a arrastrarlos hasta el lugar de la construcción y a colocarlos unos sobre otros con medios más primitivos, hasta que la tumba estuviera dispuesta para recibir los restos mortales del rey. Ningún rey ni ningún pueblo llegarían a tales dispendios, ni se tomarían molestias para la creación de una mera sepultura. Sabemos, en efecto, que las pirámides tuvieron su importancia práctica a los ojos de los reyes y de sus súbditos. El monarca era considerado como un ser divino que gobernaba estos últimos y que, al abandonar esta tierra, subiría luego a la mansión de los dioses de donde había descendido. Las pirámides, elevándose hacia el cielo, le ayudarían probablemente en su ascensión. En cualquier caso, ellas defenderían el sagrado cuerpo de la destrucción, pues los egipcios creían que el cuerpo debía ser conservado para que el alma viviera en el más allá. Por ello, preservaban el cadáver mediante un laborioso método de embalsamar, vendándolo con tiras de tela. 

Arriba, izquierda, expresivo rostro egipcio; abajo, derecha, imagen de Horus, el dios halcón; más abajo, izquierda, Tutanhamón con su esposa.

  Para la momia del monarca fue para la que se erigió la pirámide, y su cuerpo se colocó allí, de pie, en el centro de la gran montaña pétrea, dentro de un cofre  también de piedra. En torno a la cámara mortuoria se escribían ensalmos y hechizos para ayudarle en su jornada hasta el otro mundo.

   Pero no son sólo estos antiquísimos vestigios de arquitectura humana los que nos hablan del papel desempeñado por las creencias de la edad antigua en la historia del arte. Los egipcios creían que la conservación del cuerpo no era suficiente. Si también se perennizaba la apariencia del rey, con toda seguridad éste continuaría existiendo para siempre. Por ello, ordenaron a los escultores que labraran el retrato del monarca en duro e imperecedero granito, y lo colocaran en la tumba donde nadie podía verlo, donde operara su hechizo y ayudase a e alma a revivir a través de la imagen. Una denominación egipcia del escultor era precisamente: "El-que-mantiene-vida».

   Al principio, tales ritos estaban reservados a los reyes, pero pronto los nobles de la casa real tuvieron sus tumbas menores agrupadas en hileras alrededor de la del rey; y poco a poco cada persona que se creía respetable tomó previsiones para su vida de ultratumba ordenando que se le hiciera una costosa sepultura, en la que moraría su alma y recibiría las ofrendas de comida y bebida que se daban a los muertos, y en la que se albergaría su momia y su apariencia vital. Algunos de esos primitivos retratos de la edad de las pirámides-la cuarta dinastía del Imperio Antiguo- se hallan entre las obras más bellas del arte egipcio. Hay en ellas una simplicidad y solemnidad que no se olvidan fácilmente. Se ve que el escultor no ha tratado de halagar a su modelo o de conservar un gozoso momento de su existencia. No se fijo más que en las cosas esenciales. Cualquier menudo pormenor fue soslayado. Tal vez sea precisamente por esa estricta concentración de las formas básicas de la cabeza humana por lo que esos retratos siguen siendo tan impresionantes, pues, a pesar de su casi geométrica rigidez, no son tan primitivas como las máscaras nativas. No están tan llenos de vida como los retratos naturalistas de los artistas de Nigerias. La conservación de la naturaleza y la proporcion del conjunto se hallan tan pefectamente equilibrados que nos impresionan como seres dotadis de vida y, no obstante, se nos aparecen como remotos en su eternidad.

  Esta combinación de regularidad geométrica y de aguada observación de la Naturaleza, es característica de todo el arte egipcio. Donde mejor podemos estudiarla es en los relieves y pinturas que adornan los muros de las sepulturas. La palabra "adornan", por cierto, difícilmente puede convenir a un arte que no puede ser contemplado sino por el alma del muerto. Estas obras, en efecto, no eran para ser gustadas. Ellas también pretenden "mantener vivo". Antes, en un pasado distante y horrendo, existió la costumbre que al morir un hombre poderoso sus criados y esclavos le siguieran a la tumba, para que llegara al más allá en conveniente compañía. Estos eran sacrificados. mas tarde, esos horrores fueron considerados o demasiado crueles o demasiado costosos, y el arte constituyo su rescate. En lugar de criados reales, a los grandes de esta tierra se le dieron sus imágenes como substituto. Los retratos y modelos encontrado en las tumbas egipcias se relacionan con la idea de proporcionar compañeros a las almas en el otro mundo.

  Estos relieves y pinturas murales, nos proporcionan un reflejo extraordinariamente animado de como se vivió en Egipto hace milenios. Y con todo, al contemplarlas por primera vez no puede uno sino maravillarse. La razón de ello está en que los pintores egipcios poseían un modo de representar la vida real completamente distinto del nuestro. Tal vez se halla relacionado con la diferencia de fines que inspiró sus pinturas. No era lo más importante la belleza sino la perfección. La misión del artista era representarlo todo tan clara y perpetuamente como fuera posible. Por ello no se ponían a tomar apuntes de la Naturaleza tal como ésta aparece desde un punto de mira fortuito. Dibujaban de memoria, y de conformidad con reglas estrictas que aseguraban la perfecta claridad de todos los elementos de la obra. Su método se parecía, en efecto, más al del cartógrafo que al del pintor. 

  (...) Cada cosa tuvo que ser representada en su aspecto más característico. Esto afectó la representación del cuerpo humano. La cabezas se veían mucho más fácilmente en su perfil; así pues, la dibujaron de lado. Pero si pensamos en los ojos, nos los imaginamos como si estuvieran vistos de frente. De acuerdo con ello, ojos enteramente frontales fueron puestos en rostros vivos de lado. La mitad superior del cuerpo, los hombros y el tórax, son observados mucho mejor de frente, puesto que así podemos ver cómo cuelgan los brazos del tronco. Pero los brazos y los pies en  movimiento son observados con mucha mayor claridad lateralmente. A esta razón obedece el que los egipcios, en esas representaciones, aparezcan tan extrañamente planos y contorsionados. Además, los artistas egipcios encontraban difícil presentar el pie izquierdo desde afuera; preferían  perfilarlo claramente con el dedo gordo en primer término. Así, ambos son pies vistos de lado y la figura del relieve parece  como si hubiera tenidos dos pies izquierdos. No debe suponerse que los artistas egipcios creyeran que las personas eran o aparecían así, sino que, simplemente  se limitaban a seguir una regla que les permitía insertar en la forma humana  todo aquello que consideraban importante. Tal vez, como ya se ha dicho, esta adhesión estricta a la norma haya tenido algo que  ver con intenciones mágicas,  porque, ¿ cómo podría un hombre con sus brazos en escorzo o "seccionados" llevar o recibir los dones requeridos por el muerto?

   Lo cierto es que el arte egipcio no está basado sobre lo que el artista podría ver en un momento dado sino sobre lo que él sabía que pertenecía a una persona o una  escena. De esas formas aprendidas y conocidas fue de las que sacó sus representaciones, de modo muy semejante a como el artista tomo las suyas de las formas que podía dominar. No sólo fue el conocimiento de formas y figuras el que permitió al artista dar cuerpo a sus representaciones sino también el conocimiento de su significado. Nosotros, a veces, llamamos "grande" a un hombre importante. Los egipcios dibujaban al señor en tamaño mucho mayor que a sus criados e incluso que a su propia mujer.

  Una vez comprendida estas reglas y convencionalismos, comprendemos también el lenguaje de las pinturas en las que se halla historiada la vida de los egipcios. 

    (...) El artista egipcio empezaba su obra dibujando una retícula de líneas rectas sobre la pared y distribuía con sumo cuidado sus figuras a lo largo de esas líneas. Sin embargo, este sentido geométrico del orden no le privó de observar los detalles de la Naturaleza con sorprendente exactitud. Cada pájaro, pez o mariposa está dibujado con tanta fidelidad que los zoólogos pueden incluso reconocer su especie. 

   Uno de los rasgos más estimables del arte egipcio es el de que todas las estatuas, pinturas y formas arquitectónicas se hallan en su lugar correspondiente como si obedecieran a una ley. A esta ley, a la cual parecen obedecer todas las creaciones de un pueblo, la llamamos un "estilo". Resulta muy difícil explicar con palabras qué es lo que crea un estilo, pero es mucho más fácil verlo. Las normas que rigen todo el arte egipcio confieren a cada obra individual un efecto de equilibrio y armonía.

  El estilo egipcio fue un conjunto de leyes estrictas que cada artista tuvo que aprender en su más temprana juventud. Las estatuas sedentes tenían que tener las manos apoyadas sobre sus rodillas; los hombres tenían que ser pintados más morenos que las mujeres; la representación de cada divinidad tenía que ser estrictamente respetada, Horus, el dios-sol, tenía que aparecer como un halcón, o con la cabeza de halcón; Anubis, el dios de la muerte como un chacal. Cada artista tuvo que aprender también el arte de escribir bellamente. Tuvo que grabar las imágenes y los símbolos de los jeroglíficos clara y cuidadosamente sobre piedra. Pero una vez en posesión de todas esas reglas, su aprendizaje había concluido. Nadie pedía una cosa distinta, nadie le requería que fuera original. Por el contrario, probablemente fue considerado mucho mejor artista el que supiera labrar sus estatuas con mayor semejanza a los admirados monumentos del pasado. Por ello, en el transcurso de tres mil años o más, el arte egipcio varió muy poco. Cuanto fue considerado bueno y bello en la época de las pirámides, se tuvo por excelente mil años después. Ciertamente, aparecieron nuevas modas y se solicitaron nuevos temas del artista, pero su manera de presentar al hombre y la Naturaleza siguieron siendo, esencialmente, los mismos.

  Sólo hubo un hombre que rompió las ataduras del estilo egipcio. Fue un rey de la decimoctava dinastía, conocido entonces como Imperio Nuevo, que se fundó después de una catastrófica invasión de Egipto. Este rey, llamado Amenofis IV, fue un hereje. Rompió con muchas de las costumbres consagradas por una remota tradición. No quiso rendir homenaje a los dioses extrañamente conformados de su pueblo. Para él sólo había un dios supremo, Atón, al que adoraba y que hizo representar en forma de sol. Se llamó a sí mismo Akhenatón, según su dios, y separó de su corte del alcance de los sacerdotes de los otros dioses, para trasladarla a una población que se conoce actualmente con el nombre árabe de El-Amarnah.

 Las pinturas encargadas por él debieron asombrar a los egipcios de esta época por su novedad. En ellas no se encuentra nada de la dignidad rígida de los primeros faraones. En vez de ello, se hizo retratar con su hija sobre sus rodillas, paseando por el jardín con su mujer, apoyado sobre su bastón. Algunos de sus retratos le muestran como un hombre feo, tal vez porque deseó que los artistas le representaran en toda su humana flaqueza. El sucesor de Akhenatón fue Tutanhamón, cuya tumba con sus tesoros fue descubierta en 1923. Algunas de esas obras siguen obedeciendo al moderno estilo de la religión de Atón, en particular el dorso del trono del rey, que muestra a éste y a la reina en un idilio conyugal. Este se halla sentado en su silla, casi recostado, en una actitud que debió escandalizar a los puritanos egipcios. Su esposa no aparece más pequeña que él, y pone suavemente la mano sobre su hombro, mientras el dios-sol, representando como un globo dorado, extiende sus manos bendiciéndoles.

Derecha, en imagen para ampliar, la tumba egipcia más antigua hallada hasta la fecha, de unos 4500 años aproximadamente. Se encuentra en las cercanías de Gizeh.

 

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 Izquierda, en imagen para ampliar, una imagen del heterodoxo estilo Armarna desarrollo durante el reino de Akhenatón, el faraón hereje.

Es muy posible que esta reforma artística acaecida en la decimoctava dinastía fuera facilitada por el rey al importar, de otros países, obras mucho menos conservadoras y rígidas que los productos egipcios. En la isla de Creta habitaba un pueblo excelentemente dotado, cuyos artistas gustaban preferentemente de representar el movimiento. Cuando el palacio de su rey, en Cnossos, fue excavado hace unos cincuenta años, hubo quienes se resistían a creen que semejante libertad, y flexibilidad de estilo pudiera haberse desarrollado en el segundo milenio anterior a nuestra era. Obras del mismo estilo fueron halladas en la metrópolis griega; una daga de Micenas muestra un sentido del movimiento y de suavidad de líneas que debió impresionar a los artesanos egipcios, llevándoles a desviarse de las normas consagradas por su tradición.

 Pero esta brecha abierta en el arte egipcio no debió persistir mucho. Ya durante el reinado de Tutanhamón las antiguas creencias fueron restauradas, y la ventana al exterior fue cerrada nuevamente. El estilo egipcio, tal y como había existido desde hacia mil años antes de esa época, continuó existiendo, durante otro milenio o más, y sin duda los egipcios creyeron que continuaría así eternamente. (*)

(*) Fuente: E.H.Gombrich, "Arte para la eternidad", en Historia del del arte, V.I., Barcelona, Ediciones Garriga, 1994, pp.43-54.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    © Revista KENOS. Número 1. 2003 Dirección Esteban Ierardo