REVISTA KENOS

 Revista digital de la página  cultural Temakel

 Número 1 dedicado al Sentido del arte

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El Ion o el origen divino de la poesía. Momentos de un diálogo platónico.

 

    

  

   PRESENTACIÓN

 

  

 

  Así como otros tópicos esenciales (recordemos, entre otros, el de la reminiscencia, la inmortalidad del alma, la teoría de las Ideas, los mitos escatológicos), el de la inspiración poética ocupa un rol central dentro del corpus platónico. Abordado en diferentes períodos de su obra e inscripto en contextos temáticos disímiles, la apelación a la inspiración divina en relación con la labor poética abarca un arco de diálogos que van desde la Apología a las Leyes, pasando por el Ion, Menón y Fedro. Pero es en el Ion donde Platón, además de retratar el lugar fundamental que ocupaban los poetas y los rapsodas en la educación tradicional griega, aborda de forma específica y extensa el antiguo tema de la inspiración poética que atraviesa toda la literatura griega, y que encontramos claramente ilustrado en la invocación a las Musas con la que abren los poemas homéricos y hesiódicos, y en el fragmento 18 de Demócrito («Lo que un poeta escribe con entusiasmo y divina inspiración es más hermoso»), entre otras referencias previas.

El Ion, como la mayor parte de los diálogos de juventud, se inscribe dentro del cuestionamiento socrático de los saberes tradicionales y, sobre todo, de los presuntos expertos que los detentan y que gravitaban con prestigio en la cultura ateniense de su tiempo. Si bien el blanco de su crítica apunta a aquellos cantores ambulantes denominados rapsodas, el diálogo desemboca, en la medida en que ellos son meros intérpretes y transmisores de la palabra de los poetas, en un cuestionamiento del carácter técnico-epistémico de la labor poética. Si, como señala Verdenius, tenemos presente que los griegos concebían a sus grandes poetas «como fuentes fidedignas y autoridades infalibles para toda clase de sabiduría práctica», podemos leer el Ion como un claro ataque a ese aparente saber que detentaban los poetas y, de forma indirecta, los rapsodas. Sócrates pone así en discusión el presunto saber del rapsoda Ion, retomando aquel tipo de investigación (o misión divina) que en la Apología dirigió hacia los políticos, poetas y artesanos, a los cuales ya interrogaba con el fin de refutar el mensaje oracular según el cual él era el más sabio de todos los atenienses.

La conclusión a la que arriba el Ion es simple: la poesía no se adquiere mediante un cierto arte o técnica (téchne) sistemática, lúcida y específica, sino que le acaece al poeta como un don divino. Al ser de tal naturaleza, tanto el poeta como el rapsoda no puedan dar cuenta de aquello que expresan en sus poemas. Y sabemos que para el Sócrates platónico un saber que no puede dar cuenta de los que sabe no constituye un auténtico saber. Homero nos habla en sus poemas de adivinación, de medicina, de estrategia militar, sin poder dar cuenta de tales saberes en forma específica. Si los poetas y, de forma indirecta, los rapsodas hablaran con un conocimiento cabal respecto de todas las cosas de las cuales poetizan, deberían poder dar cuenta de cada una de ellas. Como no pueden hacerlo, Sócrates concluye que el poeta no es un técnico, sino un inspirado, un enajenado o maniático. Al igual que los profetas y adivinos, el poeta poetiza gracias a una predisposición o fuerza divina que lo impulsa: «Porque es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite ya más en él la inteligencia (noûs). Porque al hombre razonable le es del todo imposible poetizar y cantar oraculos» (Ion 534b-c).

Además de dicha crítica negativa en términos epistémicos, hallamos en el Ion una de las más bellas metáforas que pueblan la obra platónica: la de la cadena de la inspiración divina. Las Musas, el poeta, el rapsoda y el espectador constituyen los eslabones de una cadena por la que circula el mensaje poético gracias a una fuerza divina o entusiasmo que los engarza. Con esta imagen de la cadena Platón opaca la conclusión negativa que se desprende del examen del saber de los poetas y rapsodas en clave epistémica. Abre una nueva perspectiva que permite dar cuenta del hecho poético, ya no en términos de un arte poética (téchne poietiké) sino como una manía o locura de origen divino, que volvemos a encontrar en un diálogo más tardío como el Fedro: «Aquel, pues, que sin la locura de las musas acude a las puertas de la poesía, persuadido de que, como por arte (téchne), va a hacerse un verdadero poeta, lo será imperfecto, y la obra que sea capaz de crear, estando en su sano juicio, quedará eclipsada por la de los inspirados y posesos» (245a-b). Saber técnico organizado (téchne) versus decir poético inspirado (theía moíra): tenemos así la gran oposición que va a gravitar de aquí en más los posteriores planteos estéticos.

Lucas Soares (*)

 (*) Lic. en Filosofía (UBA). Se desempeña como Profesor de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y dicta cursos en el Centro Cultural Ricardo Rojas y en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino. Autor del libro Anaximandro y la tragedia. La proyección de su filosofía en la Antígona de Sófocles (Biblos) y de diversos artículos en revistas especializadas.

 

 

 
  

 

EL ION O EL ORIGEN DIVINO DE LA POESÍA. 

MOMENTOS DE UN DIÁLOGO PLATÓNICO

 

  SÓCRATES.- Yo lo , Ion (...) Este don de hablar bien sobre Homero es, en ti, no un arte, como ya te decía hace un rato, sino una fuerza divina. Ella es la que te impulsa y pone en movimiento, como ocurre con la piedra que Eurípides denominó magnética, y que comúnmente se llama Heraclea. Esta piedra no solamente atrae los anillos de hierro, quedando en ellos mismo su acción, sino que comunica anillos, de manera que a veces se ve una larga cadena de anillos de hierro colgados unos de otros de esta manera. Y la fuerza de todos depende de aquella piedra. Exactamente igual, la Musa hace por sí misma inspirados y por medio de estos inspirados hay otros que experimentan el entusiasmo: se forma así una cadena. Todos los poetas épicos, en efecto, los buenos poetas, recitan todos esos bellos poemas, no precisamente gracias a un arte, sino por estar inspirados por un dios y por estar poseídos de él. Otro tanto hay que decir de los buenos poetas líricos: de la misma manera que las gentes que son presa del delirio de los coribantes no son dueñas de su razón cuando danzan, así tampoco los poetas líricos son dueños de su razón cuando componen esos bellos versos; desde el mismo momento en que han puesto el pie en la armonía  y en el ritmo, son arrebatados por transportes báquicos, y bajo la influencia de esta posesión, semejantes a las bacantes que, cuando están poseídas de su furor, beben miel y leche en los ríos, cosa que no hacen cuando son dueñas de su razón, eso mismo hace también el alma de los poetas líricos, como ellos mismos lo dicen. Los poetas, en efecto, nos dicen que ellos liban sus versos en fuentes de miel, en ciertos jardines y valles de las Musas, para traérnoslos a la manera en que lo hacen las abejas,  y esos mismos revolotean a la manera de estas, ¿no es verdad? Y ellos dicen verdad: el poeta es una cosa ligera, alad a, sagrada; él no está en disposición de crear antes de ser inspirado por un dios que se halla fuera de él, ni antes de haber dejado de ser dueño de su razón; mientras conserva esta capacidad o facultad, todo ser humano es incapaz de realizar una obra poética, como no lo es de cantar oráculos. Por consiguiente, al no ser en virtud de un arte por lo que ellos realizan su obra de poetas, diciendo tantas cosas bellas sobre los temas que tratan, igual que te ocurre a ti con Homero, sino en virtud de un privilegio divino, ninguno  de ellos es capaz de componer con éxito más que en el género en que es impulsado por la Musa: uno en los ditirambos, otro en los encomios: este en las pantomimas, el otro en la epopeya, aquel de más allá en los yambos; y, en lo demás, cada uno de ellos es sólo mediocre. Porque  ellos no hablan así a consecuencia de un arte, sino en virtud de un privilegio divino, ya que si ellos supieran hablar de un tema con soltura en virtud de un arte, ellos lo sabrían hacer también respecto de los demás temas. Y si la divinidad los priva de la razón, tomándolos como servidores suyos, como hace con los profetas y los adivinos inspirados, es para enseñarnos, a nosotros los oyentes, que no son ellos los que dicen cosas de tanto precio y valor -ellos no son dueños de su razón-, sino que es la misma divinidad la que habla y la que se hace oír de nosotros por intermedio de aquellos. La mejor prueba para confirmar nuestra tesis es Tinnico de Calcis. Nunca ha escrito él ningún poema que se pudiera juzgar digno de memoria, exceptuando el peán ese que anda en todas las bocas, quizá el más bello de todos los poemas líricos, un verdadero "hallazgo de la Musas", como él mismo dice. A través de este ejemplo, más que por ningún otro, la divinidad, a mi ver, nos demuestra, a fin de acallar y prevenir nuestras dudas, que estos bellos poemas no tienen un carácter humano y no son obra de los hombres, sino que son divinos y provienen de los dioses, y que los poetas no son otra cosa que los intérpretes de los dioses, estando cada uno de ellos poseído por aquel de quien recibe la influencia. Para demostrar esto es por lo que la divinidad ha hecho adrede que el más bello poema lírico fuera cantado por la boca del poeta más mediocre. ¿No crees tú, Ion, que tengo razón?

Arriba, en presentación, detalle de Platón en el famoso cuadro de Rafael Sanzio, "La escuela de Atenas", donde Platón, a diferencia de Aristóteles indica para arriba, señal de la orientación de su pensamiento hacia una trascendencia  espiritual y celeste.

ION.- Sí, por Zeus, lo creo así. Tus palabras me llegan al alma, Sócrates, y pienso que es gracias a un privilegio divino por lo que los buenos poetas están de esta manera junto a nosotros haciendo las veces de intérpretes de los dioses.
SÓCRATES.- Vosotros los rapsodas, por vuestra parte, interpretáis las obras de los poetas, ¿no es así?

ION.- También en eso dices verdad.

SÓCRATES.- Por consiguiente, vosotros sois intérpretes de interpretes, ¿no?
ION.- Exactamente.
SÓCRATES.- Pues bien, Ion: háblame aún y responde sin ocultar nada a mi pregunta. Cuando tú recitas de manera conveniente unos versos épicos, y causas en los espectadores la impresión más profunda, bien sea que cantes a Ulises saltando sobre el suelo, descubriéndose a los pretendientes y esparciendo las flechas a sus pies, o bien a Aquiles lanzándose sobre Héctor, o alguno de los pasajes patéticos sobre  Andrómaca, Hécuba o Priamo, ¿eres tú entonces dueño de tu razón? ¿No estás más bien fuera de ti, y tu alma, transportada de entusiasmo, no cree asistir a los sucesos de que tú hablas, bien sea en Itaca, en Troya o en cualquier lugar en que se desarrolle la escena?

ION.-¡ Que prueba tan definitiva acabas de darme, Sócrates! Voy a hablarte sin mentirte nada. En lo que a mí respecta, cuando recito algún pasaje patético, mis ojos se llenan de lágrimas; si lo que recito es un pasaje temible o extraño, del miedo que siento se me ponen de punta los cabellos y el corazón me late con fuerza.

 SÓCRATES.- Pues bien, Ion: ¿hemos entonces de decir que es dueño de su razón este hombre que, adornado de una vestidura colores variados y de coronas de oro, se pone a llorar en los sacrificios y las fiestas, sin haber perdido ninguna de estas joyas, o bien experimentando un miedo raro delante de más de veinte mil personas que están bien dispuestas para con él, aun cuando nadie le despoje de nada ni le haga el menor daño?

ION.-No, ¡por Zeus!, Sócrates; de ninguna manera es dueño de su razón si hemos de decir toda la verdad.

SÓCRATES.-¿Y tú sabes que sobre la gran mayoría de los espectadores producís vosotros los mismos efectos?

ION.-Lo sé muy bien. Desde lo alto de mi estrado, los veo cada vez llorando, echando miradas amenazadoras y permaneciendo, como yo mismo, pendientes de mis palabras. Lo sé porque me siento bien obligado a observarlos atentamente: si los hago llorar, yo reiré, recibiendo el dinero, mientras que si los hago reír, soy yo quien va a llorar entonces perdiendo mi salario. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos imágenes para ampliar. Derecha, arriba: "La coronación de Homero" de Ingres. El poeta es coronado por una musa. Derecha, abajo, Ludwig van Beethoven, un ejemplo moderno de un elegido por las musas a las cuales se refiere Platón en su diálogo Ion.
 

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SÓCRATES.- ¿Sabes tú que este espectador es el último de los anillos de que yo te hablaba, el que, por la virtud de la piedra de Heraclea, recibe del otro, como este del anterior, su fuerza de atracción? El anillo de en medio eres tú, el rapsoda y el actor, el primero es el poeta en persona. Y la divinidad, a través de todos estos intermediarios arrastra hacia donde le place el alma de los humanos, haciendo pasar esta fuerza de los unos a los otros. A ella, de la misma manera que a aquella piedra, está unida y de ella está colgada una cadena inmensa de maestros de coro y de ayudantes de dichos maestros atados oblicuamente a los anillos que dependen de la Musa. Un poeta está vinculado a una Musa, el otro a otra; nosotros expresamos este fenómeno diciendo: está poseído, lo que equivale a lo mismo, ya que es sostenido por ella. A estos primeros anillos que son los poetas, otros se encuentran vinculados a su vez, unos a uno, otros a otro, y experimentan el entusiasmo; unos están vinculados a Orfeo, otros a Museo; pero a la mayoría el que los posee y los tiene es Homero. Tú eres de estos, Ion; tú estás poseído por Homero. Cuando alguien canta algún pasaje de otro poeta, te duermes y no encuentras nada que decir; pero, apenas alguien hace oír un aire de ese poeta, he aquí que inmediatamente estás despierto, tu alma se pone a danzar y las ideas te vienen en masa. Porque de ninguna manera se debe a un arte ni a una ciencia el que tú tengas sobre Homero, los razonamientos y explicaciones que tienes; es en virtud de un privilegio divino y de una posesión divina por lo que tú haces esto. Las gentes que son presa del delirio o furor de los coribantes no captan con prontitud más que un solo aire, el del dios que los posee, y para conformarse con este aire, encuentran sin dificultad gestos y palabras, sin preocuparse de los demás. Tú, Ion, eres como ellos: ¿hace alguien mención de Homero? No sientes ninguna dificultad o pena; pero si se trata de otro te quedas cortado. Tú me preguntas la causa de esta facilidad que tienes respecto de Homero y que no tienes para con los demás poetas: está en que tú no debes a un arte, sino a un privilegio divino, tu habilidad para alabar a Homero. (*)

   

(*) Fuente:  Platón, diálogo "Ion o sobre la Ilíada", en Obras Completas, Madrid, Editorial Aguilar, 1993, pp.146-148

  

Para una visión más global de la relación entre poesía e inspiración divina en otros diálogos platónicos, recomendamos, además del Ion, los siguiente pasajes: Apología 22b-c, Menón 99d, Fedro 245a-c, y Leyes 719c.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    © Revista KENOS. Número 1. 2003 Dirección Esteban Ierardo