REVISTA KENOS  

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 Número 1 dedicado al sentido del arte

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Sobre el origen de la obra de arte en Heidegger. Por Eusebi Colomer

 

    

  

 PRESENTACIÓN 

  

En el atardecer griego, el templo del dios Neptuno medita entre la creciente penumbra. En un campo henchido de surcos y promesas de frutos, descansan unas botas de campesina. Mediante un célebre análisis de lo que revela el templo griego de Neptuno en Pesto, y una pintura de Van Gogh sobre unos zapatos de labriega, Martín Heidegger meditó sobre el origen de la obra de arte. Para el filósofo de Caminos de bosque, "la belleza es uno de los modos de presentarse la verdad como desocultamiento". La verdad es lo oculto que se desoculta mediante el acontecimiento de la obra de arte. En el templo griego, o en el lienzo de Van Goh, acontece la verdad. Al meditar sobre el templo heleno del antiguo dios del mar, Heidegger comprende la obra como aquello que abre un mundo, el "mundo hace mundo"; la obra le permite al entorno de la naturaleza fulgurar, dado que hace "patente la luz del día, la amplitud del cielo, la oscuridad de la noche". Y hace que el destino de un pueblo devenga y aflore. Y además muestra, produce, la tierra. La tierra es lo abierto donde se erige la obra. Y, a la vez, la tierra es lo que siempre permanece oculta, encerrada en sí misma.

  El arte no se apoltrona así en los límites de la subjetividad, en el deseo de expresión de un individuo, del artista. La obra de arte trasciende una personalidad singular y permite que, en un horizonte histórico determinado, un mundo y la tierra se digan.

  En este pliegue del primer número de Revista KENOS les presentamos una clara, y al mismo tiempo sustantiva, introducción a la meditación heideggeriana sobre la obra de arte por parte de Eusebi Colomber. Al final, pueden acceder al texto completo de "El origen de la obra de Arte", en Temakel.

  Para algunos, la obra de arte es un universo autónomo, pequeña hierba del mundo que sólo vive en su propia pradera. Para otra visión, como la cultivada por el pensar heideggeriano, la obra golpea los pórticos del ser que es origen y fuente.

Esteban Ierardo

 

 

 

  

  LA OBRA DE ARTE EN HEIDEGGER

  Por Eusebi Colomer

 

       Lejos de todo escepticismo, para comprender el arte Heidegger empieza por analizar el origen de la obra. ¿De dónde se origina la obra de arte? ¿Cuál es la fuente oculta de su esencia? La respuesta más obvia es ésta: el artista. Hay obras de arte, porque hay artistas. Pero, insiste el filósofo: ¿De dónde proviene que el artista sea un artista? ¿No será porque es capaz de producir obras de arte? Henos aquí ante un circulo. "El artista es el origen de la obra. La obra es el origen del artista. Ninguno es sin el otro. Sin embargo, ninguno de los dos es por sí sólo el sostén del otro ya que artista y obra son cada uno en sí mismos y en su referencia mutua mediante un tercero, que sin duda es lo primero, a saber, aquello de donde el artista y la obra tiene su nombre: mediante el arte". Heidegger, empero, no retrocede ante este circulo. Al contrario, piensa que el mejor modo de salir de él es entrar a fondo en él y llevar a cabo su movimiento y esto quiere decir en nuestro caso: partir de la realidad de la obra de arte y ante la "cosa misma" preguntarnos de nuevo por su esencia.

 Una obra de arte es una cosa bien conocida por todos. Se encuentra en el 

museo, en la iglesia, en la plaza pública, incluso en las casas particulares. Si la consideramos en su realidad material, no es muy distinta de una "cosa" (Ding). "El cuadro cuelga de la pared como la escopeta de caza o el sombrero. Una pintura, por ejemplo aquella de Van Gogh que representa un par de zapatos de campesina, vaga de una exposición a otra. Las obras son transportadas como el carbón del Ruhr o los troncos de árbol de la Selva Negra. Los himnos de Holderlin se metían durante la guerra en la mochila como los enseres de aseo. Los cuartetos de Beethoven yacen en los anaqueles de las editoriales como las patatas en la bodega. Todas ¡as obras tienen este carácter cósico". Quizá nos choque esta manera tan tosca y superficial de ver la obra, propia del guardián o de la mujer de limpieza del museo. Pero tampoco la tan cacareada vivencia estética puede pasar por alto lo cósico de la obra de arte. La realidad material de la obra es tan palpable y evidente que, en vez de constatar simplemente que la obra arquitectónica necesita de la piedra, como la escultórica de la madera, la pictórica del color, la poética del sonido y la musical del tono, deberíamos más bien decir: "La obra arquitectónica está en la piedra. La escultórica en la madera. La pictórica en el color. La poética en el sonido. La musical en el tono".

 Arriba, en presentación, imagen del templo de Neptuno (Posidón en su fórmula griega); arriba, izquierda, foto de Heidegger en su madurez.

  La obra de arte se muestra, pues, ante todo como una cosa. Pero ¿qué es una cosa? En el sentido más amplio del término, todo es una cosa (Ding = res = ens un ente). Sin embargo este concepto tan amplio de cosa no coincide siempre con el uso del lenguaje. Difícilmente nos atreveríamos a llamar a Dios una cosa. Nos abstenemos también de tomar por cosa al mecánico, al labrador o al maestro de escuela. El hombre no es una cosa. Hasta dudamos en llamar cosa al ciervo en el claro del bosque, al escarabajo en el césped, al tallo de hierba. Ni siquiera el martillo, el zapato, el hacha o el reloj son meras cosas. Como tales sólo son para nosotros cosas la piedra, el terrón, el pedazo de madera. ¿Adónde se encaminan estas reflexiones? A mostrar que a diferencia del "ente" o del "utensilio" el lenguaje reserva el nombre de "cosa" a los objetos inanimados de la naturaleza.

  Entre paréntesis: en esta diferenciación de la obra respecto del utensilio se muestra el cambio realizado en la autocomprensión del ser-ahí después de la vuelta. El autor de Ser y tiempo partía del utensilio. El ente nos salía allí al encuentro como ser-a-la-mano. La obra, en cambio, no está nunca a la mano. No es posible determinarla partiendo de nosotros mismos como hacía el ser-ahí con el utensilio. El ser-ahí ha cambiado y por ello la obra podrá llegar a ser para él un modo de aparición de la verdad".  

   Sabemos lo que se entiende por "cosa" en contraposición al "ente" o al "utensilio". Pero ¿cómo determinar ulteriormente a la obra de arte? Cabría definirla como una "cosa confeccionada". La obra se acerca a la cosa por su soporte material y porque no presenta ningún sentido utilitario. Pero en la obra hay también algo más, además de lo cósico de la cosa. "La obra de arte es en verdad una cosa confeccionada, pero dice algo otro que la simple cosa. La obra hace conocer claramente lo otro, revela lo otro, es alegoría A la cosa hecha se le junta en la obra de arte algo distinto. La obra es símbolo. Alegoría y símbolo forman parte con razón del marco de representaciones, dentro del cual se mueve hace tiempo la caracterización de la obra de arte". Heidegger acaba de abrir una prometedora perspectiva para la adecuada comprensión de la obra de arte. Vinculada por su material al mundo de las cosas, su forma artística la convierte en "signo" de una realidad diferente. La obra es una cosa y representa a otra. En ella se hace misteriosamente presente algo distinto de lo que ella es. Por eso precisamente no es una mera cosa, sino una obra de arte.
  Pero ¿cómo explicar ese carácter "representativo" de la obra? ¿Qué es aquello que la obra de arte revela? Para que estas preguntas encuentren una respuesta, no hay otro camino que situarnos ante una obra de arte concreta y esforzarnos por escuchar lo que nos dice, adoptando un método que es el fenomenológico, puesto que consiste en describir sencillamente lo que tenemos delante al margen de toda teoría filosófica. Aunque la práctica heideggeriana no se ajusta exactamente al programa, ya que la descripción se mezcla con la interpretación, la fenomenología con la hermenéutica, el supuesto teórico es análogo al de Ser y tiempo: toda ontología es fenomenología porque, aunque no haya nada tras el fenómeno, éste tiene, sin embargo, que ser descubierto, ya que siempre se oculta o disimula.

  Henos aquí, pues, ante el famoso cuadro de Van Gogh que representa un par de zapatos de labriega. El tema de la obra no puede ser más sencillo: un par de zapatos. Todo el mundo sabe lo que es un zapato: un útil que sirve para calzar el pie. En el cuadro de Van Gogh ni siquiera podemos decir dónde están estos zapatos. En torno a ellos no hay absolutamente nada a lo que pudieran pertenecer o corresponder, fuera de un espacio indeterminado. Ni siquiera llevan adheridos terrones del terruño o del camino. Un par de zapatos de labriega y nada más. Y sin embargo...La obscura boca de su gastado interior nos pone delante la fatiga de los pasos laboriosos de la campesina. El cuero esta impregnado de la humedad del 

Arriba, el cuadro de Van Gogh de las botas de campesina; abajo, derecha, otra imagen del templo de Posidón.

suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino al atardecer. Los pobres zapatos nos recuerdan la llamada silenciosa de la tierra, la ofrenda del trigo maduro, la yerma desolación del campo invernal. Los vemos impregnados del mudo temor por el pan cotidiano, la callada alegría de una buena cosecha, la esperanza ante la llegada del hijo y la angustia ante la amenaza de la muerte
  ¿Que ha sucedido? Sencillamente, que el cuadro de Van Gogh ha hablado. En su cercanía nos hemos encontrado de pronto donde habitualmente no estamos. La obra de arte nos ha revelado un mundo: el mundo ingenuo y denso de la campesina. Y al insertar el par de zapatos en ese mundo, la obra nos ha revelado a la vez lo que ellos son: un par le zapatos de labriega. He aquí la misión del arte: mostrarnos lo que cada cosa es en función de un mundo humano, en el que encuentra su exacto significado y al que aporta un complemento enriquecedor.
  El primer momento de la esencia de la obra de arte consiste, pues, en la de una revelación de un mundo. "Mundo" tiene aquí un significado ontológico. El mundo es la suma de las cosas existentes conocidas o desconocidas. El mundo no es un objeto ante nosotros que se pueda mirar. "El mundo es lo inobjetivable de lo que dependemos, mientras los caminos dcl nacimiento y la muerte, la bendición y la maldición nos retienen absortos en el ser. Dondequiera que caen las decisiones esenciales de nuestra historia, unas veces aceptadas por nosotros, otras abandonadas, desconocidas y nuevamente planteadas, allí mundea (weltet) el mundo".

  Sin embargo, esta revelación de un mundo no sucede sin contacto con la tierra, a la que la obra de arte pertenece por su materia. ¿Cómo es, pues, la relación primigenia que reúne en la esencia de la obra de arte su pertenencia a la tierra? Para esclarecer esta oculta relación Heidegger acude de nuevo a las cosas mismas. La obra de arte elegida es ahora una muestra grandiosa de la arquitectura griega, el templo de Neptuno en Pesto. Una obra arquitectónica como un templo griego no representa nada. Se levanta sencillamente en el hendido valle rocoso. Sus columnas simples y majestuosas determinan en el espacio un recinto sagrado. En él está presente el dios. Esta presencia del dios es en sí la ampliación y delimitación del recinto como sagrado. Aunque la arquitectura no forma parte de las obras de arte representativas, el templo, con su sola presencia, hace patente cl horizonte peculiar del hombre griego. Aquella unidad de las vinculaciones fundamentales del hombre con el nacimiento y la muerte, la felicidad y la desdicha, la victoria y la ignominia, la perseverancia y la ruina que constituyeron el mundo familiar de este pueblo histórico El templo, suprema expresión del mundo griego, significa, a la vez, la suprema vinculación a este mismo mundo. Ante él el pueblo griego tomo conciencia de sí mismo, de su destino en el tiempo y en la historia".

  Pero el templo, revelador de un mundo, no se aguanta en el aire, sino que descansa sólidamente sobre la roca. Allí se enfrenta, erguido, a la tempestad que se enfurece contra él y la muestra sometida a su poder. Su noble silueta hace visible el espacio invisible. La firmeza inconmovible de la obra contrasta con el incesante oleaje del mar cercano. El brillo de la piedra da mayor relieve a la luz del día, al azul del cielo, a la oscuridad de la noche. A su alrededor el árbol y la hierba, la serpiente y el grillo adquieren por vez primera una acusada figura y muestran lo que son. Pertenecen a (...) la "tierra". La madre tierra que recoge en su seno a todos los entes que nacen y mueren. El templo ha abierto un mundo, pero para devolverlo a la madre tierra.
   El arte auténtico no sólo revela un mundo, sino que lo vincula a la tierra. El arte necesita de la naturaleza y constituye a la vez su mejor expresión. Sin piedra, metal, colores y sonidos no es posible la obra de arte, pero, contrariamente, es también en la obra de arte donde "la roca comienza a soportar y reposar y así deviene por vez primera roca, el metal comienza a brillar y centellear, los colores a lucir, los sonidos a sonar, la palabra a llegar a la dicción". En el análisis de la obra de arte hay que tomar, pues, en consideración un segundo momento constitutivo: la tierra. Como antes el mundo, la tierra tiene también un significado estrictamente ontológico. Corresponde a lo que en Ser y tiempo se llamaba la facticidad. La tierra es lo que acoge y soporta, pero también lo que nunca puede ser amaestrado. Es el empuje infatigable que no tiende a nada. La tierra hace que todo lo que quiere penetrar en su interior se estrelle contra ella. Por ello dice de ella Heidegger, como Heráclito, que "tiene por esencia ocultarse a sí misma". Y, sin embargo, es a la tierra, en cuanto tal, a la que Heidegger asigna un papel ontológico de primer orden, a saber, el de ser fundamento de la morada del hombre. "El hombre histórico funda sobre la tierra su morada en el mundo". Un mundo que no se funda sobre la base firme de la tierra, un mundo aéreo y quimérico, no puede garantizar al hombre una morada estable. El hombre debe vivir con y entre las   cosas, violentarlas, dejándoles ser lo que son. Ahí radica precisamente el humanizador de la obra de arte. "Al establecer la obra un mundo, produce la tierra. El producir (berstellen) se entiende aquí en el sentido más estricto de la palabra. La obra levanta y mantiene la tierra en lo abierto de mundo. La obra deja a la tierra ser tierra". Ahora bien, como la tierra ama ocultarse, "producir la tierra quiere decir: llevarla a lo abierto como la que se oculta a sí misma".

   "El establecimiento de un mundo y la producción de la tierra son los dos rasgos del ser-obra de la obra. Ambos dos pertenecen a la unidad de la obra". Pero esta unidad no es una unidad en reposo, sino en movimiento. Tierra y mundo se encaran en la obra de arte en una actitud dialéctica de conflicto. Son a la vez combatientes y combatibles en un mismo combate. La tierra sólo surge por medio de un mundo y el mundo sólo se asienta en la tierra. "La tierra no puede prescindir de lo abierto de mundo, si es que ha de aparecer como tierra en el impulso liberado de ocultación. A su vez el mundo no puede desasirse de la tierra, si es que de fundamentarse en algo decisivo como horizonte y camino que rige todo destino esencial". Sin embargo, es en el seno de esta lucha entre la tierra y el mundo, lucha nunca acabada y que exige siempre y en todas partes la mediación de la obra de arte, donde se realiza su unidad esencial. Y del juego recíproco de la tierra y del mundo se origina el descubrimiento y la desocultación del ente en su totalidad, es decir, lo que Heidegger entiende por verdad.

  El ser-obra de la obra de arte es, pues, uno de los pocos modos esenciales en los que acontece la verdad. "Estableciendo un mundo y produciendo la tierra la obra es la resolución de aquella lucha, en que se conquista la desocultación del ente en su conjunto, la verdad". En el estar ahí del templo acontece la verdad. En el par de zapatos de Van Gogh acontece la verdad. La obra de arte pone en obra la verdad. Una  verdad que aparece con el resplandor de la belleza, ya que "la belleza es un  modo de estar presente la verdad como desocultación". Por eso lo que importa en arte no es la glorificación del artista por medio de la obra, sino el servicio humilde y obediente a la verdad. El culto de la personalidad creadora, arbitraria y genial, es un rasgo de la época moderna. "El culto moderno del genio está arraigado en la metafísica de la subjetividad y era impensable en la edad media y en tiempo de los griegos". No es el artista genial, en tanto que favorito de la naturaleza, quien da la medida de la obra de arte: la creación artística no se estima más que en la medida en que es una obra dc arte. El artista no es dueño de su obra, sino que se halla  a su servicio en tanto que acontecimiento de la verdad". 

   (...) El arte es de un modo esencial "poesía", en el sentido profundo de creación de una obra, en que la verdad aparece con el resplandor de la belleza. Todas las artes, desde la arquitectura hasta la música, son en su raíz poéticas, ya que en todas ellas se lleva a cabo aquella instauración de la verdad que es la esencia misma del arte. Y puesto que lo que en el ámbito de la creación literaria denominamos estricta (Poesie) cumple de manera privilegiada esta misión del arte, será también poesía (Dichtung) de manera privilegiada. El primado que Heidegger confiere a la poesía -en este punto como en tantos otros de acuerdo con Hegel- resulta el papel singular de la palabra en el advenimiento de la verdad. "El lenguaje mismo es poesía en sentido esencial. Pero, puesto que es aquel acontecimiento en el que por vez primera se abre para el hombre el ente como ente, la poesía (Poesie) en sentido restringido es la poesía (Dichtung) más originaria en sentido esencial". Es decir, la poesía es la más poética de las artes. Las otras artes se mueven en el surco que la poesía previamente ha abierto.

 Arriba, izquierda, vista del templo de Posidón sobre cabo Sounio; derecha, en imagen para ampliar, las sobrevientes columnas del templo de Posidón y su solitario diálogo con el atardecer. 
 

fotoahtemploposidono.jpg (8526 bytes)

 

 

   Es preciso tener muy presente esta condición poética del arte para comprender su fuerza instauradora. "La esencia del arte es la poesía. La esencia de la poesía es la instauración de la verdad. El verbo 'instaurar' lo entendemos aquí en una triple acepción: instaurar como regalar; instaurar como fundar e instaurar como comenzar". El arte, en efecto, es proyecto poético de la verdad. Como proyecto que pone en obra la verdad de una manera extraordinaria y deshabitual el arte es regalo, sobreabundancia, don; como proyecto que, lejos de realizarse en el vacío, se refiere un grupo humano histórico es fundación, desvelamiento de lo que constituye el subsuelo histórico de un pueblo, de aquello en lo que el ser-ahí está ya proyectado como histórico, "su" tierra y "su" mundo; finalmente, como regalo y fundación es, siempre comienzo verdadero, un "salto por encima de lo venidero, si bien como encubierto". Heidegger, pues, entiende el aspecto "creador" del arte en un sentido muy distinto del moderno subjetivismo. Éste lo malentiende en definitiva en el sentido de la tarea genial del artista como sujeto soberano. Para Heidegger, en cambio, "todo crear es extraer (sacar el agua de la fuente). En la relación entre el artista creador y la fuente está la clave para entender la libertad del arte.

 En resumen, el arte acontece como poesía. La poesía es instauración en el triple sentido del regalo, la fundación y el comienzo. El arte como instauración es esencialmente histórico. Esto no significa que el arte tenga una historia sino que "es historia en el sentido esencial de que funda la historia". "El arte permite que surja la verdad. El arte, como conservación creadora, hace surgir la verdad del ente en la obra. Hacer surgir algo, ponerlo en el ser desde la proveniencia esencial en el salto fundador, es lo que significa la palabra origen (Ursprung). El origen de la obra de arte, es decir, a la vez de los creadores y los conservadores, lo que quiere decir, de la existencia histórica de un pueblo, es el arte. Esto es así porque el arte es en esencia origen: una manera extraordinaria de llegar a ser la verdad y hacerse histórica. (*)

  
(*) Fuente: Eusebi Colomer,"Arte y poesía en Heidegger", en El pensamiento alemán de Kant a Heidegger, v.III, Biblioteca Herder, Barcelona, 1990, pp.600-608. 

 

 

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© Revista KENOS. Número 1. 2003 Dirección Esteban Ierardo