REVISTA KENOS

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 Número 3 dedicado a la apreciación de la naturaleza

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    LOS ORÍGENES MÍTICOS DEL FUEGO EN SUDAMÉRICA, por James Frazer; y EL MITO GUARANÍ DEL ORIGEN DEL FUEGO, por Girala Yampey 

 

    

  

   PRESENTACIÓN 

  

 

 

 

 

 

 

    Las columnas de fuego bailan en la noche. Las llamas tributan un calor que protege y que convierte la carne en apetecible alimento. La llama vivaz enciende las lámparas del intelecto y el sol de la sabiduría. Gracias al fuego el hombre teje los hilos de la civilización. 

   Una creencia se reitera en el alba mítica de los pueblos. Un héroe, un animal, un dios o un simple humano, roba el fuego en el comienzo. Los pueblos sudamericanos precolombinos confirman también este ancestral esquema mitológico. James Frazer es el famoso antropólogo británico autor de La rama dorada, obra aún hoy de un gran valor documental en torno a las creencias y mitos esenciales de los pueblos de los diversos continentes. Otra de las investigaciones cruciales de Frazer es Mitos sobre el origen del fuego. Allí, se exploran las mitologías que narran la génesis del fuego en Tasmania, Australia, Indonesia, Madagascar, África, Grecia e India antiguas, entre otras regiones del mundo. Que asimismo incluyen a Sudamérica. El erudito inglés examina aquí los mitos de los indios lengua y los matacos y tobas del gran Chaco, los Supai del Brasil, los jíbaros de Ecuador, entre otras etnias. 

En esta segunda exhalación de Kenos 3 consagrada a la naturaleza, recuperaremos algunos valles míticos donde se imaginaba el origen del poderoso fuego. 

  Uno de los pueblos que también imaginó esta génesis del elemento fulgurante de la naturaleza son los guaraníes, pueblo de profunda mitología que habitó en el sur de Brasil, el Paraguay y el noreste de la actual Argentina. Girala Yampey, poeta y escritor, estudioso de la mitología guaraní que vive actualmente en la ciudad argentina de Corrientes, nos permitirá aproximarnos al mito guaraní del fuego.

  El fuego: los pechos rojizos y danzantes de la materia. La naturaleza ebria de luces.

E.I

 

 

 

LOS ORÍGENES MÍTICOS DEL FUEGO EN SUDAMÉRICA 

Por James  Frazer

 

Los indios lengua del Chaco paraguayo cuentan la siguiente historia sobre el origen del fuego entre los hombres. Dicen que en los primeros tiempos, siendo incapaces de producir fuego, los hombres se vieron obligados a comer la carne cruda. Un día, un indio se había pasado el día cazando, pero no había tenido suerte en toda la mañana; así que, hacia el mediodía, para entretener las punzadas de hambre, se detuvo en las cercanías de un marjal para recoger algunos caracoles. Mientras los comía, llamó su atención un pájaro que salía de la chacra con un caracol en el pico. Pareció ir a depositarlo al pie de un gran árbol a cierta distancia. Volvió a la charca, cogió otro caracol, e hizo la misma operación. Y así varias veces. El indio se dio cuenta también de que del lugar donde el pájaro iba depositando sus caracoles surgía, por así decirlo, una leve columna de huno. Se despertó su curiosidad, y la siguiente vez que vio al pájaro volar hacia la chacra, avanzó con cautela hacia el sitio de donde surgía el humo. Observo allí un montón de palitos, dispuestos cónicamente, con las puntas enrojecidas, y que despedía calor. Acercándose más, vio que había algunos caracoles colocados cerca del montón de palos. Hambriento como estaba se acercó a probar los caracoles asados, y encontrándolos deliciosos se determinó a nunca más volver a comer caracoles crudos.

  Cogió pues algunos palos encendidos, y corrió con ellos a su aldea, donde contó a sus amigos su descubrimiento. Inmediatamente, éstos fueron a buscar provisión de madera a la jungla, para mantener viva tan violada adquisición, a la que dieron en adelante el nombre de tathla, o fuego. Aquella noche cocinaron su carne y sus verduras por primera vez, y poco a poco fueron encontrando nuevos usos para este descubrimiento.

  Pero cuando el pájaro volvió al lugar donde había ido dejando sus caracoles y descubrió el robo de su fuego, montó en cólera y determinó vengarse del ladrón, estando tanto más irritado cuanto que no podía producir más fuego. Remontando el vuelo hacia el cielo, empezó a buscar en círculos al ladrón, y para su asombro descubrió  a la gente de la aldea sentada junto a su tesoro robado, gozando de su calor y cocinándose con él su comida. Cavilando su venganza, se retiró a la espesura, donde formó una tormenta eléctrica, acompañada de gran aparato de rayos y truenos, que causó grande destrozos y aterrorizó a la gente del poblado. Desde entonces, siempre que truene es señal de que el pájaro-trueno está enojado y pretende castigar a los indios con fuego caído del cielo; ya que desde entonces, habiendo perdido su fuego, dicho pájaro no tiene más remedio que comer su comida cruda. El misionero que recogió esta historia, añade: "Es curioso que los indios crean una fábula como ésta, puesto ellos mismos producen el fuego por fricción; y no siempre se muestran muy cuidadosos en mantener encendido el fuego cuando no lo necesitan. Así como tampoco temen especialmente al trueno ni al rayo".

  Esta historia de los lengua recoge, en forma mítica, la creencia de que los hombres aprendieron por primera vez el uso del fuego a partir del incendio provocado por un rayo; ya que es creencia común entre los indios americanos que el trueno y rayo son causados por el batir de las alas y el centellear de los ojos de un pájaro gigante.  

  (...) Los indios mataco del Gran Chaco dicen que el jaguar estaba en posesión del fuego y lo guardaba para sí, antes de que el hombre pudiera procurárselo. Un día en que los mataco se hallaban pescando, un cerdo de guinea fue a visitar al jaguar, llevándole pescado; pero,  cuando intentó acercarse al fuego para coger un poco, el jaguar se lo impidió. No obstante, el cobaya hizo lo posible por conseguir robar un poco de fuego, y logro ocultárselo. El jaguar le preguntó qué era lo que se llevaba, pero el cerdo le dijo que no era nada. No obstante, el cerdo de guinea logró llevarse un poco de fuego; y con el prendió una gran higuera, en la que asó el pescado en un abrir y cerrar de ojos. Y cuando los pescadores se hubieron ido, el fuego prendió en la hierba y empezó a arder. Los jaguares vieron el incendio, y vinieron corriendo a intentar apagarlo con agua. Los pescadores, por su parte, al volver a su casa prendieron un gran fuego con los tizones que habían tomado consigo, y desde entonces el fuego nunca se ha apagado; ni un solo indio mataco carece de fuego.

  Los indios toba, del Gran Chaco boliviano, dicen que hace mucho tiempo un gran fuego arrasó toda la tierra, hasta no dejar nada. Por aquel tiempo aun no existiría tobas. Los primeros toba surgieron de la tierra, cogieron un tizón del gran incendio y se lo llevaron. Así han obtenido el fuego los hombres, y lo han mantenido vivo mediante una raíz que los toba llaman tannara. Empezaron a pescar además peces en el río. Pero no existían aún mujeres toba.

  Los chiriguano, que fueron en otro tiempo una tribu poderosa del sureste de Bolivia, hablan de una gran inundación en la que resultó ahogada toda la tribu, con excepción de un niño y una niña, y en las resultaron apagadas todas las hogueras de la tierra. ¿Cómo podían arreglarse los niños para cocinar el pescado que cogían? En semejante tesitura un sapo vino en su ayuda. Antes de que la Gran Inundación cubriera toda la tierra, esta prudente criatura había tomado la precaución de esconderse en un agujero, guardándose en la boca unas cuantas brasas encendidas, que consiguió mantener vivas durante todo el diluvio soplando sobre ellas con su aliento. Cuando vio que la superficie de la tierra está seca de nuevo, saltó de su agujero con los carbones prendidos en la boca, y dirigiéndose derechamente a los niños les otorgó el regalo del fuego. Así pudieron cocinarse los peces que habían pescado y calentar sus ateridos cuerpos. Con el tiempo, crecieron y de su unión desciende toda la tribu de los chiriguano.

  En el siglo XVI, los indios tupinamba de los alrededores de Cabo Frío, Brasil, solían relatar de qué modo el cielo, la tierra, los pájaros y los animales habían sido creados por un gran ser al que daban el nombre de Monan y al que, según se nos dice, atribuían las mismas perfecciones que nosotros asignamos a Dios. Este Monan vivía familiarmente con los humanos hasta que enojado por su malicia y su ingratitud, se apartó de ellos e hizo que el fuego del cielo, al que los tupinamba daban al nombre de tatta, lloviera sobre ellos y arrasara la superficie de la tierra. Sólo un hombre, llamado Irin-magé, se salvó de este incendio, por haberlo transportado Monan al cielo o algún otro lugar, donde escapó a la furia de las llamas. Por sus insistentes súplicas, Monan hizo que lloviera tan torrencialmente que el incendio se apagó, y el agua que había caído en forma de lluvias, se convirtió en el mar, cuya salinidad se debe a la cenizas que en ella permanecen desde el Gran Incendio. Según otra versión de esta historia, dos hermano con sus esposas, se salvaron de la Gran Inundación. Con respecto al origen, o más bien la recuperación del fuego, después de la Gran Inundación, los indios decían que durante la catástrofe Monan había salvado el fuego colocándolo entre los hombros de una bestia grande y pesada (el perezoso), de la que los hermanos sacaron dicho elemento cuando las aguas se hubieron retirado. Hasta este día, decían los indios, aún esta bestia conserva las marcas del fuego en su hombros. En confirmación de lo cual, el escritor francés que esta historia refiere, observa que, "a decir verdad, si se contempla a esta bestia desde lejos, como en ocasiones he hecho cuando se me ha señalado, puede llegar a suponerse que toda ella está ardiendo, de tan brillante que es el color que muestra sobre todo en torno a los hombros; y ya más de cerca puede suponerse que recibió quemaduras en la parte antedicha. Tales marcas aparecen sólo en los machos. Hasta el día de hoy, los salvajes llaman a estas marcas del fuego de la citada bestia bestia ttata-ou pap, que quiere decir, 'fuego y hoguera'".

  Así, los indios de Cabo Frío, como tantos otras salvajes, refieren su historia sobre el origen del fuego, en parte al menos, para dar cuenta del peculiar colorido de un animal que les parecía ser producto de la acción del fuego.  

 ...Los jíbaros, tribu india del Ecuador Oriental, dicen que en tiempos antiguos sus antepasados no conocían el uso del fuego, y aderezaban sus vituallas calentándolas bajo sus socados, recalentando la yuca (raíz comestible) entre sus mandíbulas, y cociendo los huevos bajo los rayos del sol. El único que disponía de fuego era un cierto jíbaro llamado Tacquea, que sabía cómo producir fuego frotando entre sí dos palos. Pero, estando enemistado con el resto de los jíbaros, ni les prestaba el fuego, ni tampoco les enseñaba cómo producirlo. Muchos jíbaros se acercaron volando (porque en aquellos tiempos parece que los jíbaros eran pájaros) e intentaron robarles el fuego a Tacquea, pero no lo consiguieron. Porque el astuto Tacquea mantenía su puerta un poco entornada, y cada vez que un pájaro intentaba penetrar, cerraba de golpe la hoja de la puerta y aplastaba al pájaro entre la hoja y el dintel.

  Por fin, se alzó el colibrí y dijo a los restantes pájaros: "Yo iré a robar el fuego a casa de Tacquea". Se remojó las alas y se quedó tirado en medio del camino, simulando que no podía volar y temblando de frío. La mujer de Tacquea, al volver de su huerto, vio al pájaro y se lo llevó a su casa, para que pudiera secarse su mojado plumaje junto al fuego. Pero, como el colibrí era demasiado pequeño para poder coger en su pico un tizón entero, decidió introducir su cola entre las llamas, para que éstas prendieran, y con su cola llameante voló hasta un árbol muy alto, de corteza muy reseca, a los que los jíbaros llaman  mukúna. La corteza del árbol empezó a arder, y con un trozo de la corteza ardiendo el colibrí voló hasta su casa, gritándoles a los restantes pájaros: "¡Aquí tenéis fuego!" Tomadlo rápidamente, y llevároslo, todos. Ahora podéis cocinar adecuadamente vuestra comida; ya no necesitáis recalentarla bajo los sobacos".

  Cuando Tacquea se dio cuenta de que el colibrí había logrado escapar con el fuego, se sintió humillado y se le reprochó a su familia diciendo: "¿Cómo dejasteis que ese pájaro entrara a robar mi fuego? Ahora todo el mundo tendrá fuego. Vosotros sois los responsables de este robo". Desde entonces, los jíbaros han tenido fuego y han aprendido el arte de encenderlo mediante el frotamiento de dos trozo de madera de álamo". (*)

(*) Fuente:  James Frazer, "El origen del fuego en Sudamérica", en Mitos sobre el origen del fuego, Librería Altari, Barcelona, 1986, pp.117-128.

 

 Abajo, izquierda, en imagen para ampliar, obra de Quinquela Martín en torno a un fiesta popular del fuego. 

 

 

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EL MITO GUARANÍ DEL ORIGEN DEL  FUEGO

Por Girala Yampey

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 Arriba, niña guaraní entregada a un hábil trabajo de cestería.

    En todas las comunidades, el uso del fuego es imprescindible, vital. Los guaraníes tiene una explicación mítica sobre la forma en que han logrado hacerse nuevamente del valioso elemento que le otorga Ñanderuguasu y que, al parecer, lo habían perdido, sin que haya una explicación de cómo ni por qué.

  Los Mellizos lo recuperaron de los yryvu kuéra (cuervos) seres despreciables y egoístas, que se habían apoderado del indispensable factor y lo guardaban celosamente, custodiándolo en todo momento para que nadie pudiera utilizarlo. Las negras aves carroñeras se habían convertido en sus exclusivas dueñas.

  Ñanderyke'y, planeó un artilugio para rescatarlo de sus detentadores, pues resultaba esencial para el desarrollo de la vida. El fuego tiene una aureola sagrada que atrae a todo los seres vivientes. Siendo capaz de destruir la existencia, a la vez, ofrece condiciones de fatalidad tan poderosas que la vida no podría desarrollarse sin él. En los fogones, las miradas se encandilan en la danzas de sus llamas que cobijan las imaginaciones de la mente. Su energía es la que cuece los alimentos. Su fuerza provee tibieza para el hogar y purifica de todo el mal. Su calor protege del crudo invierno y madura las ideas y los sentimientos.

  Esperando lograr que su plan sea exitoso, Ñanderyke'y, se hizo acompañar de su hermano menor a la zona donde moran las grandes aves de rapiña. Al avistarlas, ocultó a Tyvra'i entre unos arbustos y, simulando estar muerto, se echó en el suelo, emitiendo nauseabundamente olores. Los cuervos descubrieron enseguida la presencia del supuesto cadáver. Sus finos olfatos percibieron muy pronto el olor del alimento y sus penetrantes miradas ubicaron rápidamente la presa. Con prudencia, rondaron el lugar sobrevolando al bulto tumbado. Al notar que todo estaba tranquilo y comprobar la ausencia de otros poderes, trajeron el fuego. Una vez dispuestos los encendidos carbones sobre el cuerpo tendido, se posaron en las ramas de unos árboles cercanos y esperaron que se cocinara la presa. Repentinamente, el mayor de los Gemelos, se incorporó y, sacudiéndose enérgicamente, arrojó una multitud de brasas a su alrededor. En ese momento, un kururu (sapo), implicado en la artimaña, saltó desde su escondite sobre las ascuas desparramadas y tragó varias de ellas. Los engañados cuervos recogieron prestamente sus fuegos y emprendieron una veloz huida despavorida. Entonces, Ñanderyke'y, ordenó al sapo que le entregara lo que había recogido pero este se resistió y queriendo engañarlo, dijo no haber tomado ninguno. Ante la insistencia y la amenaza de castigo, optó por vomitar varios carbones encendidos. Cuentas que, desde aquel tiempo, el sapo quedó con la piel rugosa, como ampollada, debido a la lumbre que había tragado. 

  Al recuperan el fuego, el héroe guaraní, lo deposito dentro del tronco de varios árboles cuyas ramas, hasta hoy, contienen la fuerza ígnea que se les entregó en custodia. Ñanderyke'y, conservó ése secreto y conoce cómo obtener el fuego. Sabe cómo usarlo y controlarlo. Él, lo preservó al almacenarlos en esos gajos que, cuando están bien secos, frotados unos con otros, reproducen el valioso elemento. Ese conocimiento lo transmitió a la descendencia guaraní que aprendió cómo generarlo desde esas ramas. Es uno de los legados que Ñanderyke'y, ha dejado para uso perenne. El tesoro de luz y calor había vuelto a menos de los moradores de las selvas, pero parece ser que la aculturación les hizo olvidar la forma de originarlo. Ahora, esa habilidad es reemplazada por el simple fósforo, que tiene que comprar.

 El origen del fuego constituye un Mito guaraní, también lo es el Fuego en sí mismo. La forma de generarlo es un ritual de raíz sagrada. Ambas creencias están dentro de lo sacro. Trascienden la mera enunciación de la ocurrencia. Superan el simple relato. Tienen influencia en la mentalidad y la conducta colectiva.

(*) Fuente: Girala Yampey, Mitos y leyendas guaraníes, Universidad Nacional del Nordeste, Resistencia (Chaco, Argentina, ), 2003, pp. 31-33.

 

 

  

 

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El fuego: los pechos rojizos y danzantes de la materia creadora. La naturaleza ebria de luces (Foto Rubén Sotera).

 

  

  En la obra de James Frazer mencionada, arriba, La rama dorada, sobre los festivales ígnicos en Europa, como los fuegos cuaresmales y pascuales, los fuegos de Beltane. Y también una interpretación simbólica de los festivales mediante una teoría solar.

 En Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, Fondo de Cultura Económica, en el capitulo XIII, Mitos, símbolos y ritos paralelos, en sección "El calor místico", pueden investigar el vínculo entre el fuego y las ancestrales prácticas chamánicas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    © Revista KENOS. Número 3. 2003 Dirección Esteban Ierardo