REVISTA KENOS

 Revista digital de la página cultural Temakel

 Número 3 dedicado a la apreciación de la naturaleza

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    EL DON DE LA LLUVIA. Un pasaje de El hacedor de la lluvia, por  Hermann Hesse 

 

  

 

   PRESENTACIÓN 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Un cristal delicado roza el aire. Es una estela delgada y lejana al  principio. Luego es la esfera líquida que se estira. Es la gota. Las gotas. La lluvia. Que se difunde en la humedad de la tierra, o en las aldeas, o en los duros  contornos de las ciudades. Lluvia: las melenas acuosas que, desde los hombros de la altura, se descuelgan sobre el mundo terrestre. Agua que danza al precipitarse en figuras ondulantes. Que acaso se asemejan a serpientes. Aguas, lluvias que vierten su alimento para las semillas. Nutrición indispensable para la salud del fruto y la planta, para la cosecha que alimenta y permite la supervivencia. 

  Y cuando, por mucho tiempo, las nubes no regalan la lluvia benéfica, es necesaria la súplica. El humano que invoca a los dioses y antepasados y traza los pasos sagrados de un rito. Rito del que se espera que quiebre la sequía. Que ahuyente la escasez. Para que regrese la lluvia. La generosidad del cielo.

 El personaje que invoca la lluvia ilumina uno de los relatos más resplandecientes de Hermann Hesse: El hacedor de la lluvia, parte de la novela El juego de abalorios. En estas páginas el autor de El lobo estepario o Demian imagina un Estado donde reina el Espíritu: Castalia. Allí, Joseph Knecht guía la orden laica de Castalia. De los Benedictinos, orden religiosa dirigida por un historiador, recibe el conocimiento de la ciencia histórica. Toma entonces conciencia plena del devenir y entiende que el ideal de perfección ama en realidad lo inmóvil. Luego Knecht será el preceptor de un joven que recibe al sol con una danza y después invita a su maestro a adentrarse en un lago. Mediante lo líquido, Knecht ingresó al más allá. Sólo dejó sus escritos, sus poesías. Y los relatos de sus tres vida anteriores: confesor cristiano, vidente en la India. Y hacedor de la lluvia. En su pasada encarnación, Knecht fue un joven de un pueblo antiguo, pagano. Allí, fue elegido por Turu, el hacedor de la lluvia, para ser iniciado en los secretos ancestrales del arte de invocar o "hacer" lluvia. 

  En este momento de Kenos 3 hemos elegido el comienzo del aprendizaje de Knecht y su lenta llegada a una cosmovisión donde todo está ligado en una gran red universal de conexiones, donde la luna es un ser vivo que se ofrece como un mágico espectáculo en la noche. La propiciación de la lluvia necesita de un hombre sabio, de una sensibilidad que comprenda los ciclos del sol y de la luna, de las estaciones y los días. La lluvia se entregará a aquel que ore con el corazón hundido en el viento.

  La lluvia a veces es castigo o la asfixia de la inundación. Y otras es el don por el que el cielo, con caricias húmedas, desciende sobre lo que tiene sus raíces en la tierra.

Esteban Ierardo

 

 

 

    

 

 

 EL DON DE LA LLUVIA. 

Un pasaje de El hacedor de la lluvia, por  Hermann Hesse 

 

      ...Turu ayudó muy lentamente al niño, no le allanó el camino. Pero el jovencito estaba siempre a su vera, seguía al anciano y él mismo no sabía cómo. A veces, cuando Turu colocaba una trampa en algún lugar en lo más oculto del bosque, del pantano o del matorral, olía el rastro de un animal, arrancaba una raíz o recogía semillas, podía sentir de pronto la mirada del muchacho que lo seguía, callado e invisible, horas enteras y le acechaba. A veces hacía como si no lo advirtiera, a veces refunfuñaba y echaba descortés al perseguidor, pero a veces también le hacía señas de que se acercara y lo dejaba todo el día a su lado; le encomendaba algún servicio, le mostraba esto y aquello, lo hacía pensar, lo ponía a prueba, le decía los nombres de las hierbas, le hacia traer agua o encender el fuego, y para cada labor conocía maneras, ventajas y fórmulas, que enseñaba al muchacho, imponiéndole el secreto más cuidadoso. Y finalmente, cuando Knecht fue más grandecito, lo tomó consigo, lo reconoció como aprendiz, llevándole del dormitorio de los niños a su choza. Con eso el joven Knecht estaba señalado ante todo el pueblo, no era más niño, sino aprendiz del hacedor de la lluvia y esto quería decir que si perseveraba y servía, sería su sucesor.

  Desde el momento en que Knecht fue llevado por el anciano a su choza, cayeron entre ellos todas las barreras, no ciertamente la de la obediencia y del respeto, pero sí la de la desconfianza y la reserva. Turu se había rendido, se había dejado conquistar por la corte constante de Knecht; ahora solo quería hacer de él un buen hacedor de lluvia y sucesor en todo. No dio para esta instrucción ni ideas, ni doctrinas, ni métodos, ni escritos o números, sólo muy pocas palabras; fueron más los sentidos de Knecht que su inteligencia lo que educó el maestro. Se trataba no sólo de administrar y ejercer un gran tesoro de tradición y experiencia, todo el saber del hombre de entonces acerca de la naturaleza, sino también de transmitirlo. Ante el joven se fue abriendo lentamente, en claridad creciente, un intrincado sistema de experiencias, observaciones, instintos y hábitos de investigación; casi todo eso no podía expresarse con palabras, casi todo debía ser sentido, a aprendido y examinado por los sentidos. Base y centro de esta ciencia era la noción de la luna, sus fases y sus influjos, de cómo crecía periódicamente y periódicamente desaparecía, poblada por las almas de los muertos, dispuesta siempre a enviarlas a un nuevo nacimiento, para dejar lugar a otros muertos.

  En forma parecida a la de aquella tarde con su ida desde la recitadora de fábulas a las vasijas en el hogar del anciano, se grabó en la memoria de Knecht una hora entre la noche y la mañana, cuando el maestro le despertó un rato después de la medianoche y salió con él en la profunda oscuridad, para mostrarle la última salida de la luna menguante. Se quedaron -el maestro en callada inmovilidad, el joven un poco asustado y con frío por la falta de sueño- largo tiempo sobre la colina boscosa en la saliente de una roca, hasta el momento preanunciado por el maestro, cuando la delgada luna, apenas una curva delicadamente trazada, apareció en la forma e inclinación por él descriptas. Knecht miró temeroso y hechizado el astro que subía lentamente; se elevaba suavemente, nadando entre tinieblas de nubes hacia una clara isla del cielo.

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 Arriba, derecha, en imagen para ampliar, la lluvia obsequiando su poesía en un sitio de la tierra frondosa. 

 

  -Muy pronto, su figura cambiará y volverá a crecer: será entonces el momento de sembrar el alforfón -dijo el hacedor de la lluvia, mientras contaba con los dedos los días que faltaban. Luego se hundió otra vez en el silencio de antes; como si hubiera quedado solo, Knecht se quedó acuclillado sobre la briosa piedra; templaba de frío; desde lo más hondo del bosque llegaba el grito largo de un mochuelo. Mucho meditó el anciano, luego se puso de pie, posó su mano en el cabello de Knecht y dijo en voz queda, como si hablara en un ensueño:

-Cuando muera, mi espíritu volará a la luna. Serás un hombre y tendrás mujer; mi hija Ada será tu esposa. Si tiene un hijo tuyo, mi espíritu volverá y habitará en vuestro hijo y lo llamaras Turu, como yo me llamo Turu.

  El aprendiz escuchó asombrado, no se atrevió a decir palabra; la delgada hoz de plata y estaba ya cubierta en parte por las nubes. Milagrosamente, el jovencito tuvo una intuición de muchas relaciones y enlaces, repeticiones y cruzas entre las cosas y los sucedidos; milagrosamente, se encontró con espectador y aun colaborador delante de este extraño cielo nocturno, en el cual, por encima del bosque sin fin y las colinas, había aparecido netamente delineada la delgada hoz, exactamente anunciada por el maestro; el maestro se le apareció maravilloso, envuelto en mil misterios, al pensar en su muerte, al pensar que su espíritu viviría en la luna y volvería de ella para reencarnar en un ser humano, que sería hijo de Knecht y debía llevar el nombre del que fue su maestro...El futuro y el destino parecían maravillosamente abiertos y por trechos transparentes como el cielo nublado, allí ante él, y supo que era posible saber de ellos y nombrarlos y hablar a su respecto; le parecía gozar de una vista en infinitos espacios, llenos de maravillas y, al mismo tiempo, de orden. Por un instante todo le pareció accesible al espíritu, todo cognoscible y acechable, el ligero y seguro paso de los astros allá arriba, la vida de los hombre y los animales, sus asociaciones y sus enemistades, sus movimientos y luchas, todo lo grande y todo lo pequeño, junto con la muerte oculta en cada ser viviente; todo esto vio o sintió en un primer terror de presentimientos, como un conjunto, y él mismo encuadrado y absorto en él, como en un mundo de orden, regido por leyes, accesibles a la inteligencia. Era el primer presentimiento de grandes secretos, de su dignidad y profundidad, como también de la posibilidad de conocerlos, y esto conmovió al jovencito en esa frescura de la selva nocturna y casi matinal, sobre la roca asomada a las mil cimas murmurantes como manos espectrales. No pudo hablar de aquello, ni entonces ni en toda su vida, pero debió pensar en aquello muchas veces; esa hora y su vivencia estaría siempre presentes en su largo aprender y experimentar: "Piensa-le advertía-, piensa que existe todo esto, que entre la luna y tú y Turu y Ada pasan rayos y corrientes, que hay en la muerte, y el país de las almas, y el retorno de él, y que para todas las imágenes y los fenómenos del mundo hay en el fondo de tu corazón una respuesta, y que todo te concierne y de todo debes saber cuanto es posible que sepa un ser humano". Así, más o menos, habló aquella voz. Era la primera vez que Knecht percibía tan clara la voz del espíritu, su seducción, su incitación y su mágica influencia cautivante. Había visto vagar por el cielo muchas lunas ya y oído a menudo el grito nocturno del mochuelo, y de labios del maestro, aunque fuera tan parco en palabras, había escuchado muchos relatos de antiguo saber o solitaria reflexión; pero hoy eso era nuevo y diverso, era la intuición del todo que surgía en él, el sentido de las conexiones y relaciones, del orden, en fin, que lo implicaba también a él y lo hacía corresponsable. Aquel que tuviera la llave para ello, no debía solamente reconocer un animal por su rastro, una planta por sus raíces y semillas; debía abarcar el conjunto del universo, las estrellas, los espíritus, los hombres, los animales, las medicinas y los venenos, todo, y por cada parte y cada signo saber de lo restante. Había buenos cazadores que conocían mejor que otros los que decían una huella, una ligadura, un pelo o un residuo; sabían por un par de pelillos no sólo de qué clase de animal procedían, sino también si ese animal era viejo o joven, macho o hembra. Otros adivinaban el tiempo que haría al día siguiente por la forma de una nube, un olor en el viento, la manera de conducirse y de ser de los animales y las plantas; su maestro era insuperable en esto y casi infalible. Otros a su vez poseían una innata habilidad: había chiquillos que podían voltear con una piedra un pájaro a treinta pasos de distancia; no había aprendido a hacerlo, sabían hacerlo simplemente, eso ocurría sin esfuerzo, por magia o gracia; de sus manos la piedra volaba por sí misma, la piedra debía dar en el blanco y el pájaro quería ser alcanzado. Y había quienes podían predecir el futuro: si un enfermo debía morirse o no, si una embarazada tendría niño a niña; la hija de la gran abuela era famosa por eso y también el hacedor de la lluvia -se decía -dominaba esa ciencia. En la gigantesca red de las conexiones, decía existir -le pareció en ese momento a Knecht -un centro en el cual se podía ver y casi leer como en un libro todo lo pasado y lo futuro, todo. El saber debía fluir hacia quien se hallara en ese centro, como corre el agua del valle, la liebre a la berza; su palabra debía golpear aguda e indefectiblemente, como la piedra lanzada por la mano del buen tirador; gracias al espíritu, el debía reunir en sí y dejar actuar cada uno de estos admirables dones, cada una de estas nobles facultades: ¡entonces sería el hombre perfecto, sabio, insuperable! Ser como el maestro, acercársele, ir hacia él: tal era el camino de los caminos, la meta; eso prestaba consagración y sentido a una existencia. Algo así debió sentir, y todo lo que tratemos de decir de él en nuestra lengua que él no comprendía ni conocería, nada puede explicarnos acerca del estremecimiento, y el ardor de sus vivencias. El levantarse en la noche, el ser guiado a través del bosque oscuro y silencioso, lleno de peligro y misterio, el aguardar allá arriba sobre la roca en la fría madrugada, el aparecer del delgado espectro lunar, las parcas palabras del sabio, el estar sólo con el maestro en una hora extraordinaria, todo eso fue vivido y guardado por Knecht como una gloria, como un misterio, como fiesta de la iniciación, como aceptación en un liga, en un culto, en una relación de servidumbre honrosa con lo innombrable, con el misterio del universo.  (*)

 

  

(*) Fuente:  Herman Hesse, El hacedor de la lluvia, en El juego de abalorios, p.373-381.

 

Herman Hesse (1877-1962)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    © Revista KENOS. Número 3. 2003 Dirección Esteban Ierardo