REVISTA KENOS

 Revista digital de la página cultural Temakel

 Número 3 dedicado a la apreciación de la naturaleza

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     LA FURIA DE LA TORMENTA.  Un pasaje de Tifón, por Joseph Conrad

 

 

   PRESENTACIÓN 

 

 

 

 

 

 

 

 

   El mar es primero una bella y llana armonía azul. Pero luego llega el viento. Enojado. Y el cielo es tachonado por nubes oscuras. La tormenta arroja sus anclas. Las espadas luminosas de sus rayos caen en alta mar. Y allí el barco es castigado por los puños del aire. Y en el navío sudan los humanos. Sienten el áspero temor en sus cuellos. Arañas amenazantes flotan en sus ojos. Y el capitán con desesperación grita las órdenes que ansían conseguir la supervivencia. Y el escritor, Conrad, contempla y narra en su novela Tifón la tempestad enloquecida; se acerca a los hombres que no quieren visitar la profundidad del océano. Y que usan los vaivenes infernales para aturdirse y olvidar la amenaza de la muerte. 

 Y Joseph Conrad nos abre la puerta imaginaria que nos deja aspirar la tempestad en la lisura del papel, o aquí, en la pantalla electrónica. Conrad escribe lo que vivió y vio. Nacido en Ucrania en 1857, de una familia de patriotas polacos, fue luego marino y recorrió los mares como su Lord Jim. Murió como ciudadano británico. Detrás de sí dejo el oleaje de una obra escrita en inglés.

  En este momento de Kenos 3, la vivida literatura de Conrad nos acercará a otra dimensión del mundo natural. La naturaleza como furia marina, como violencia del aire. Como poder anterior y superior al mamífero que piensa. 

  Incluimos aquí el momento más intenso de la tormenta que sorprende al vapor Nan-Shan bajo el mando del capitán Mac Whirr. Whirr, junto con el joven Jukes, el segundo a bordo, se enfrentan con la tempestad salvaje.

  El arte literario de un gran narrador nos permite, otra vez, suprimir distancias y deambular dentro de la naturaleza embravecida como si en el ella estuviera el centro esencial. El centro de la realidad que no alcanzamos a entender.

Esteban Ierardo

 

 

    

 

 

  LA FURIA DE LA TORMENTA

Un pasaje de Tifón, por Joseph Conrad

 


"...Un débil relámpago serpenteó a su alrededor, como si hubiera estallado dentro de una cueva, en una negra y secreta cámara del mar con un suelo de espumosas crestas. Durante un siniestro y aleteante instante, desveló una masa deshilachada de nubes bajas, el movimiento del largo perfil del barco, las figuras negras de los hombres sorprendidos en el puente, con la cabeza gacha, como si se hubieran quedado petrificados en el momento de la embestida. La oscuridad palpitante lo envolvía todo desde arriba y, entonces, finalmente, llegó lo de verdad. Fue algo formidable e inmediato, como la ruptura repentina de ira. Parecía explotar alrededor del barco con una intimidante detonación y una avalancha gigantesca de las aguas, como si una presa inmensa hubiera cedido empujada por el viento. En un instante los hombres perdieron todo contacto. Este es el poder desintegrador del vendaval: aislar al hombre de los de su especie. Un terremoto, un corrimiento de tierras, una avalancha, pueden alcanzar al hombre como si fuera por casualidad, sin apasionamiento. Pero un temporal furioso le ataca como si fuera un enemigo personal, intenta agarrarle los miembros, se cierra sobre su mente, intenta agarrarles los miembros, se cierra sobre su mente, intenta extirparle hasta el espíritu".

  Jukes se vio arrancando de la proximidad de su capitán. Tuvo la sensación de ser lanzado a gran distancia, en un torbellino de violencia. Todo desapareció, incluso, por un momento, su capacidad de pensamiento; pero su mano había un montante de la baranda. Su angustia no se veía en absoluto aliviada por una inclinación a dudar de la realidad de aquella experiencia. Aunque joven, había vivido algún temporal, y no había puesto nunca en duda su capacidad para imaginar lo peor; pero esto sobrepasa de tal manera las posibilidades de su fantasía, que parecía incompatible con la existencia misma de barco alguno. Habría experimentado la misma incredulidad acerca de sí mismo, quizá, si no hubiera estado tan agobiado por la necesidad de ejercer un esfuerzo titánico contra la fuerza que intentaba arrancarle de su anclaje. Además, la sensación de estar casi ahogado, brutalmente sacudido y parcialmente asfixiado, le permitía convencerse de que no estaba por completo acabado.

  Le pareció estar allí agarrado del momento, precariamente solo, durante largo, largo tiempo. La lluvia le empapaba, fluía en cortinas. Respiraba a bocanadas; y a veces el agua que tragaba era dulce, a veces salada. Casi todo el tiempo mantenía los ojos bien cerrados, como si temiera que la inmensa furia de los elementos acabara con su vista. Cuando se atrevía a parpadear rápidamente, encontraba cierto apoyo moral en el resplandor verde de la luz de estribor, que brillaba débilmente entre la lluvia y la espuma. Esta luz era precisamente lo que estaba mirando cuando iluminó la ola encrespada que acabaría por apagarla. Vio alzarse y caer la cabeza de la ola, añadiendo el estrépito de su caída al tremendo tumulto a su alrededor, y casi en el mismo momento, el montante le fue arrebatado de las manos. Tras caer de espaldas con un fuerte golpe, se encontró de repente flotando y sostenido por el agua. Su primer e irresistible pensamiento fue que todo el mar de China se había subido al puente. Luego, con mayor sensatez, concluyo que se había caído por la borda. Mientras grandes cantidades de agua le lanzaban, zarandeaban y revolcaban, iba repitiéndose mentalmente, con la mayor precipitación: "¡Dios mío! ¡Dios mío!".

  De repente, rebelándose de puro desespero y miseria, tomo la insensata resolución de salir de allí. Y empezó a agitar brazos y piernas. Pero en cuanto inició su penoso forcejeo, descubrió que de alguna manera se encontraba revuelto con una cara, un impermeable, unas botas. Se agarró ferozmente de todas estas cosas unas tras otra, las perdió, volvió a encontrarlas, volvió a perderlas una vez más, y finalmente se encontró atenazado a su vez por un par de fornidos brazos. Devolvió el abrazo apretando entre los suyos un cuerpo sólido y recio. Había encontrado a su capitán.

  Fueron dando tumbos una y otra vez, estrechamente abrazados. De súbito, el agua les dejo caer con un golpe brutal; y, varados contra la pared lateral de la caseta del timón, magullados y sin aliento, allí quedaron tambaleándose en el viento e intentado agarrarse donde fuera.

  Jukes se sentía horrorizado, como si hubiera escapado a algún ultraje sin procedentes contra sus sentimientos. Algo que había minado su fe en sí mismo. Sin saber hacia dónde dirigirse, empezó a gritarle al hombre que sin embargo sentía cercano en la oscuridad enemiga: "¿Es usted, señor? ¿Es usted, señor?", hasta que sus sienes parecieron a punto de reventar. Y por respuesta oyó una voz muy lejana, como si le gritara ansiosamente desde una gran distancia una sola palabra: "Sí". Otras olas barrieron de nuevo el puente. Las recibió indefenso en su cabeza descubierta con las dos manos ocupadas en aferrarse.

 

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 Arriba, derecha, en  imagen para ampliar, un barco atrapado por la tempestad en una famosa pintural del romantico ingles Turner.

 

 Los movimientos del barco eran extravagantes. Sus sacudidas parecían extrañamente inevitables: hundía la proa como si saltara al vacío y cada vez se encontrara con una pared al fondo. Cuando cabeceaba, se inclinaba totalmente de lado, y se enderezaba con un golpe tan demoledor que Jukes percibía su tambaleo como el de un hombre tumbado a garrotazos, que se levanta antes de desplomarse de manera definitiva. El temporal aullaba y forcejeaba gigantescamente en la oscuridad, como si el mundo entero no fuera más que un enorme barranco negro. En ciertos momentos, el viento enfocaba de lleno el navío, como succionado por un túnel, con una fuerza de impacto tan sólida y concentrada que parecía levantarlo del agua y mantenerlo suspendido un instante, sólo atravesado por un escalofrío de extremo a extremo. Y luego el barco volvía a dar tumbos, como si lo hubiera dejado caer en una caldera hirviente. Jukes intentaba con todas sus fuerzas ordenar su mente y considerar la situación con serenidad.

  El mar, allanado bajo las rachas más fuertes, se alzaba de repente por encima de ambos extremos del Nan-Shan en surtidores de espuma blanca, desbordándose ampliamente, más allá de ambas bordas, hacia la noche. Y contra esta deslumbrante cortina, extendida bajo la negrura de las nubes y emitiendo un resplandor azulado, el capitán MacWhirr atisbaba la desolada visión de algunas manchas diminutas, negras como el ébano: la parte superior de las escotillas, las escaleras inundadas, los cabrestantes cubiertos, el pie de un mástil. Era todo lo que podía ver de su barco. La estructura central, cubierta por el puente en el que se hallaba él, su segundo de a  bordo y la cabina con un hombre al timón encerrado por el temor de ser lanzado al mar con todo lo demás en un golpe gigantesco; su estructura central, decimos, que era como una roca costera bañada por la marea. Como una roca adentrada en el mar, con el agua rebullendo a su alrededor, cubriéndola, golpeándola -como una roca a la que se aferran los náufragos, antes de dejarse ir-, pero con la diferencia de que esta roca se elevaba, se hundía, cabeceaba continuamente, sin respiro ni descanso, como un peñasco que se hubiera desprendido milagrosamente de la tierra y flotase mar adentro.

 El Nan shan era pasto de la tormenta con una furia destructiva y sin sentido; en un pillaje furibundo que no dejaba nada entero. Dos de los botes ya habían desaparecido. Nadie los había visto y oído caer, como si se hubieran fundido en el impacto y el reflujo de la ola. Jukes no se dio cuenta de lo que había pasado a tres metros de su espalda hasta más tarde, cuando gracias al destello blanco de otro ola inmensa cerniéndose sobre el centro del navío, tuvo la visión de dos pares de serviolas saltando, negras y vacías de la sólida oscuridad.

  Movió la cabeza hacia delante, buscando el oído de su capitán. Sus labios tocaron la oreja, grande, carnosa, muy mojada. Gritó con tono de inquietud:

-¡Estamos perdiendo los botes, señor!

  Y de nuevo escucho aquella voz, forzada y débil, pero con un penetrante efecto calmante en la enorme discordancia de ruidos, como proveniente de algún remoto remanso de paz, más allá de la negra inmensidad del temporal; de nuevo escuchó la voz de un hombre, el frágil e indomable sonido que puede servir de vehículo a una infinidad de ideas, decisiones y propósitos, que pronunciara palabras confiadas el ultimo día, cuando se hundan los cielos y se haga justicia; de nuevo la escuchó, y le estaba gritando, como si estuviera lejos:

  -Está bien.

 Creyó que no había conseguido hacerse entender.

 -¡Los botes! ¡He dicho los botes, los botes, señor! ¡Hemos perdido dos!

  La misma voz, a un palmo de distancia, pero tan remota, grito sensatamente.

 -¡Qué le vamos a hacer!

  (...) Si el timón no cedía, si las inmensas masas de agua ni reventaban la cubierta o hacían añicos las escotillas, si los motores no se paraban, si el barco conseguía mantener el rumbo contra aquel viento espantoso y no se sumergía en aquel tremendo oleaje, del cual sólo podía recibir a veces, cerniéndose sobre su proa, la tremenda visión de sus blandas crestas, entonces habría una posibilidad de salvación. Algo en su interior pareció decantarse, dejando aflorar la sensación de que el Nan-Shan estaba perdido.

  "Está perdido", se dijo a sí mismo con una sorprendente agitación mental, como si hubiera descubierto un sentido inesperado en este pensamiento. Inevitablemente, una de estas cosas iba a suceder. Nada podía evitarse, ni remediarse. Los hombres a bordo no contaban, y el barco no podía aguantar mucho más. El temporal era demasiado fuerte.

  Jukes notó como un brazo rodeaba pesadamente sus hombros; y respondió a este gesto, con mucho tino, agarrando al capitán por la cintura.

 Así enlazados permanecieron en la noche ciega, luchando unidos contra el viento, mejilla con mejilla y los labios contra la oreja del otro, como dos embarcaciones amarradas de costado.

  Y Jukes oyó la voz de su capitán, tan tenue como antes, pero más cercana, como si, habiendo atravesado la prodigiosa furia del huracán, se le hubiera atravesado la prodigiosa furia del huracán, se le hubiera aproximado, transmitiéndole aquel extraño efecto de serenidad, como el tranquilo resplandor de un halo.

  -¿Sabe usted dónde están los marineros?-preguntó, de forma vigorosa y evanescente a la vez, superando la fuerza del viento y perdiéndose con rapidez tras rozar el oído de Jukes.

  Jukes no lo sabía. Estaban todos en el puente cuando el huracán había alcanzado el barco con todas sus fuerzas. No tenía ni idea de donde podían haberse refugiado. En aquellas circunstancias, era como si no estuvieran en ninguna parte, teniendo en cuenta lo inútiles que hubieran resultado. De alguna manera, el deseo del capitán inquietó a Jukes.

Arriba, derecha, "El naufragio", otra obra de Turner que recrea la desesperada fragilidad del hombre ante el mar y la tormenta. 

 -¿Les necesita, señor?-gritó, aprensivamente.

-Debería saber dónde están- afirmó el capitán MacWhirr-. Agárrese fuerte.

  Se agarraron fuerte, los dos. Una explosión de furia desatada, una racha maligna del viento equilibro de repente el navío, que se quedó suspendido, solo con un balanceo rápido y ligero como el de una cuna, durante un terrible momento de angustia, mientras parecía que la atmósfera entera les envolviera como un torrente, alejándose de la tierra tenebrosa con un rugido infernal.

  Se asfixiaban, y con los ojos cerrados se agarraron todavía con más fuerza. Algo, que a juzgar por la magnitud del choque debía de haber sido una columna de agua inmensa, azotó el barco, se rompió y desplomó sobre el puente desde muy arriba, con un peso letal.

  Un fragmento de aquella masa derrumbada, un simple salpicón, les envolvió en un remolino de pies a cabezas, llenándoles la boca, la nariz y los oídos de agua salada. Les golpeó las piernas y retorció los brazos, rebulló bajo sus barbillas; y, abriendo los ojos, vieron las masas amontonadas de espuma correr de un lado a otro de lo que parecían ser fragmentos de un barco. La nave había cedido bajo el enorme peso, y los dos hombres, con el corazón palpitante, también se sintieron desfallecer; pero de repente el barco resurgió de su desesperada zambullida, como si intentara salir arrastrándose de entre las ruinas. (*)

 

  

(*) Fuente: Joseph Conrad, Tifón, Unidad editorial, Madrid, 1988, p. 38-44.

 

Joseph Conrad (1857-1924)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    © Revista KENOS. Número 3. 2003 Dirección Esteban Ierardo