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  SOLITARIO VISITANTE DEL POLO NORTE

 

                                  

 Uemura y sus perros mientras descansan sobre la blanca faz del Polo Norte. 

  El Polo Norte respira solitario. Su nieve, su viento y su cielo no necesitan del hombre. Pero, quizá, recibe con beneplácito y sorpresa al explorador, también solitario, que acude a su encuentro. En 1978, el japonés Naomi Uemura fue el primer hombre en arribar solo al Polo Norte. Antes de esta exploración, Uemura había recorrido en balsa 6.000 kilómetros del Amazonas y, en trineo, 12.000 kilómetros desde Groelandia hasta Alaska (el recorrido más largo jamás realizado por una sola persona en trineo en perros). En 1970 forma parte de la primera expedición japonesa que alcanzó la cima del Everest. En este momento de Viajeros y exploradores de Temakel, le presentamos una versión condensada del viaje de Uemura publicado originalmente por el National Geographic. Un nueva exploración para meditar en las geografías aún secretas que quedan por explorar en nuestras propias vidas.

 

  SOLITARIO VISITANTE DEL POLO NORTE

Por Naomi Urema

  Poco antes del amanecer, enfundado todavía en el saco de dormir, escucho el ladrido repentino de mis perros. Son pocas las criaturas del Ártico por las que un perro de trineo siente temor por instinto: una es el hombre; otra, el oso blanco.

   Oigo un ruido de pisadas cortas, irregulares. Luego un jadeo, y advierto las presencia de un oso a escasos centímetros de mi tienda.
    Todo ha terminado, me digo. Me va a matar. Mi pensamiento vuela
hacia mi adorada esposa, en Tokio. Ayúdame, Kimi-cham, imploro, y me sobreviene una súbita sensación de tranquilidad. Si permanezco inmóvil y respiro lo menos posible, tal vez me salve.
     Mi rifle está casi al alcance de la mano, pero se halla descargado. El sudor me produce cosquilleo en todo el cuerpo. El oso revuelve los víveres allá afuera.
    Con los pulmones a punto de reventar, oro en silencio porque la bestia se contente con eso.
     Pero no queda satisfecha. Vuelve su atención hacia la tienda y la rasga con sus enormes garras. Contengo la respiración. El terror se apodera de mí al ver que la tienda comienza a combarse y al sentir la nariz de la bestia en mi espalda. Ahora sí, todo ha terminado, pienso. 

    De pronto, el oso se marcha. Torna luego el silencio, y tomo una profunda bocanada de aire.

      Es el 9 de marzo de 1978, cuarto día desde que salí en trineo de mi campamento principal, establecido en la costa del océano Glacial Ártico, en Cabo Columbia (Canadá). Alimento el firme propósito de ser el primer hombre en llegar solo al polo norte. Para lograr mi objetivo he dispuesto que un avión equipado con esquíes venga desde el poblado de Resolute a proveerme de víveres en diversos puntos del trayecto, de 776 kilómetros. Ahora, apenas iniciado mi viaje y viendo los destrozos causados en mis provisiones, doy gracias de estar todavía con vida.
     Me comunico por radio a mi base de operaciones para que me envíen otra tienda y víveres frescos. Luego me siento a esperar al intruso, seguro  de que volverá. Me preocupa el rifle, pues a temperaturas de 40 C. bajo cero puede congelarse o trabarse en cualquier momento.

     Casi 24 horas después de su primera incursión, el oso surge de entre las altas cumbres blancas y se dirige a mí. Se ve colosal y majestuoso en la mira del rifle. Cuando está a 50 metros aprieto el gatillo; la fiera se queda quieta unos instantes; luego lanza un rugido y se desploma.
    A la vuelta de unas horas escucho el zumbido del avión, que me lanza lo que necesito. Una vez más, el trineo está lleno de provisiones, que en conjunto pesan más de 450 kilos, mucho para 17 perros. El ll de marzo reanudamos la batalla contra nuestro sempiterno enemigo: el océano Ártico. Es una región terrible. Los perros y yo nos esforzamos por conducir el trineo por maraña de dentados predejones de hielo. A menudo necesito abrir camino a barreta para los perros. En ocho horas de esfuerzo hemos recorrido un par de kilómetros. Es un alivio detenernos y levantar la tienda.
   El polo está todavía lejos, una temperatura de 38 C. bajo cero y el viento que me azota el rostro me han llagado la nariz y el mentón. Los perros apenas si han salido mejor librados.
    El 16 de marzo surge un nuevo problema. En una planicie de hielo encontramos un estrecho de aguas abiertas de unos 50 metros de anchura, que obstruye nuestra ruta. Sólo nos queda esperar a que la franja se cierre. Por fin la distancia se reduce a metro y medio, y dirijo entonces los perros al otro lado. Están entumecidos, y cinco se dan un chapuzón; su húmedo pelaje se congela en un segundo. Bastan, sin embargo, diez minutos de masaje para que vuelvan a calentarse.
    Ya el día 26 avanzamos a mejor paso, más de 19 kilómetros en este día. En la nieve blanda los perros corren como si nadaran, con las patas delanteras tendidas al frente y la cabeza bien erguida. Aunque les doy diario ración completa-más de medio kilo de tasajo y alimento para perro a cada uno- siempre tiene hambre.

    Es apremiante la necesidad de mantenerse en movimiento, por lo que sólo duermo cinco o seis horas cada noche. Al final del día, tras
batallar y batallar con el hielo, mis piernas vacilan y siento como si mi cuerpo no me perteneciera. A veces me quedo dormido tan pronto como  entro en la tienda.


   EL PRIMERO de abril es un día especial. El avión de provisiones ha  logrado aterrizar en una planicie helada y me ha traído un trineo más ligero, dos perros descansado, y alimento para perro. Además, para mí, carne de caribú, galletas, azúcar, aceite de ballena, sal, café y mermelada. En el avión se van el trineo viejo y dos perros inválidos. El aparato alza el vuelo y yo vuelvo a quedarme solo. 

    Al igual que los perros, tomo alimento una vez al día -al final de la jornada- y siempre carne sin cocer. El caribú crudo es nutritivo y delicioso; además no tengo tiempo para cocinar. Si lo hiciera dentro de la tienda, el vapor se cristalizaría y provocaría una tormenta de nieve.

     Es día 5 y el frío continúa. Mi consulta matutina del sextante se ve estorbada por un fuerte viento del nordeste que ataca mis manos como abejas. Con todo cuidado determino mi posición: estoy a 154 millas aéreas (285 kilómetros) de Cabo Columbia, y a más del doble de esa distancia, 322 millas, del polo. Con decisión reanudo la marcha hacía el norte.
     El 12 encontramos un estrecho de ocho metros de anchura; en su punto más angosto flotan unas cuantas lajas de hielo. Corto de la orilla otros trozos, que agrego a los que hay para formar una especie de pontón.

    Al fin estamos listos. A una voz mía, los perros comienzan a tirar, y yo empujo el trineo desde atrás para pasarlo de laja en laja. Al llegar a la última, cuando ya los animales han cruzado, dejan de pronto de tirar.

    La laja se ladea peligrosamente y los perros de atrás resbalan. Golpeo los tirantes con el mango del látigo. "¡Vamos, vamos!" grito. En un esfuerzo final, arremeten hacia adelante y el trineo toca por fin hielo sólido.

     El 13 ya he recorrido más de medio camino. Al otro día me deja el avión víveres frescos y varios perros. Faltan 364 kilómetros para llegar a mi destino, y, si el hielo y el tiempo lo permiten, acaso llegue en diez días. Pese a las dificultades pasadas, tengo la extraña certeza de alcanzar el éxito.

    En la mañana del 15 de abril me siento menos optimista. Una enceguecedora tormenta de nieve me obliga a detenerme dos días.
     A mediodía del 17 la temperatura mejora un poco y ya no puedo esperar, pero la nieve, enemiga astuta, cubre todo el terreno y disfraza por igual el hielo sólido y las superficies recién formadas, de hielo delgado. Varias veces los perros rompen una capa, y en más de una ocasión yo me hundo hasta las rodillas.

    Pronto se presenta un nuevo peligro: grandes superficies de hielo están en movimiento; el mundo que me rodea parece un escenario revolvente. Por primera vez estoy verdaderamente a la deriva en el océano Ártico, y cruzo bloques gigantescos de hielo suelto y quebradizo. Inevitablemente, las secciones se van haciendo más pequeñas.
    Esa tarde acampo en una isla hielo de apenas 300 metros de anchura. De pronto, a menos de metros de mi tienda, aparece una grieta enorme. ¿Qué haré? Mientras evalúo las posibilidades, se abre otra hendedura más cerca y la isla se vuelve islote; ya no queda tiempo para meditar.

     Un remolino lanza el trozo de hielo contra otro bloque que rige a lo que, al parecer, es una masa de hielo sólido. Tras doblar mi tienda, tomo la barra y la coloco en el tirante, entre los perros y el trineo. "¡Vamos!" grito a voz en cuello y de un solo tirón los perros llevan el trineo al otro bloque.

    Una vez más estamos a salvo. Vuelvo a apoyar la barra en el tirante y de nuevo los perros tiran con todas sus fuerzas. Segundos después estamos en hielo firme. 

    A raíz de este escape milagroso considero que me estoy pasando de impaciente; por eso espero a que se congelen los bloques de hielo y formen una sola masa. No es sino en la mañana cuando decido que podemos reanudar la marcha sin tantos riesgos.
     Mi paciencia recibe su recompensa: avanzamos 40 kilómetros, y el 22 otros 60, uno de nuestros mejores recorridos.
    Con todo, seguimos avanzando. A veces cruzamos estrechos valiéndonos de un puente flotante de lajas de hielo; y en su defecto utilizo como puente el propio trineo, para lo cual lo deslizo sobre el agua que cada extremo reposa en orilla del estrecho.

   Los perros no parecen muy convencidos de mi destreza, pero conduzco uno a uno sobre el puente improvisado. Al otro lado vuelvo  a uncirlos y, de un solo tirón, el puente vuelve a ser trineo.
   El 26 de abril, el último vuelo de abastecimiento deja caer comida varios días, y hago votos porque no vaya a necesitar más. Impulsado por ese propósito, dirijo al día siguiente a los perros a marchas forzadas, y hacemos un recorrido excelente. Sólo faltan 76 kilómetros.

   Abril 28: ¿ será este el último día? Después de una hora de trayecto, los pedrejones parecen hacerse más escasos, y  aparecen, como oasis anhelados, algunos fragmentos de hielo plano. Mas de nuevo
encontramos estrechos que surcan la superficie como la red que algún pescador gigante hubiese puesto a  secar. Si bien la mayoría son angostos, perdemos mucho tiempo. Avanzamos de continuo durante casi  14 horas, más no es suficiente; mañana debe ser el día. Con fastidio desato a los perros y levanto la tienda, espero que por última vez. La emoción me impide dormir.

     En el verano ártico las mañanas comienzan cuando uno lo decide; no hay un momento preciso en que termine la noche. Me levanto temprano, los perros prestan atención al arribo del nuevo día.

    Al reanudar la marcha cambia la situación. Los perros realizan un esfuerzo tremendo. Una vez en camino, me invade una sensación de bienestar; estoy seguro de llegar hoy. Al correr tras el trineo, no puedo menos de sentirme agradecido con los canes por su contribución a la victoria final.

   Después de casi 12 horas de viaje calculo que ya hemos llegado a la meta.  El 29 de abril a las 6: 3O de la tarde, hora de Greenwich, detengo el trineo y consulto el sextante. Está tan cerca que me parece que, si hubiera polo norte, ya estaría a la vista. Para asegurarme empleo dos días en realizar nuevas lecturas. Todas indican que, en realidad, he llegado a la cima del mundo.

   Mientras espero al avión que me trasladará a mi base de operaciones, repaso los 55 fatigosos días que acaban de pasar, y pienso en mi esposa y en las innumerables personas que me ayudaron. Estoy feliz: por primera vez, el hombre ha llegado solo al polo norte. (*)

 

(*) Fuente: Naomi Urema, "Solitario dominador del Polo Norte"; número de enero de 1980 de Selecciones del Reader`s Digest, pp.81-85.

 

 

                                              

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