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   VIAJE HACIA YAMA, REY DEL INFIERNO TIBETANO

                                                                                                                             Por Harrison Forman

 

 

                                         

   Hacia largos años que me atraían con irresistible hechizo las mágicas leyendas de la tierra prohibida del Tibet. Cuando fui a China, a vender cañones antiaéreos al Gobierno, después de cumplir mi cometido me dediqué a estudiar esas leyendas. Organicé una expedición cinematográfica al Turquestán Oriental de China. Desde allí me interné en las soledades inmensas del Tibet. Dos jóvenes que me acompañaban murieron a manos de los bandidos: pero en el viejo Sherap, hechicero tibetano, tuve la suerte de encontrar un compañero y un guía. Gracias a mi habilidad para sacar los demonios del cuerpo con un portentoso conjuro de las sales de sulfato de magnesia, del aceite de ricino y de ungüentos y polvos, me tuvo por uno de los suyos y me inició en la ciencia de los sortilegios del Tibet.

    Disfrazado de hechicero tibetano, penetré con el Viejo Sherap en la selva de Radja Gomba. Mi acompañante estaba aterrorizado. Si me descubrían, sus cofrades brujos nos matarían a los dos.

 "Si nos encontramos en un apuro", le prometí, "juraré no haberte visto jamás".

   Poníase ya el sol cuando llegamos a un claro de la selva, en donde estaban sentados en ronda unos hechiceros. Guardaban profundo silencio, interrumpido de trecho en trecho por débil cuchicheo. Tomamos asiento de la manera más disimulada y discreta que pudimos. Apenas si dirigieron una ojeada indiferente hacia nosotros. Mi viejo amigo suspiró tranquilo. Me puse a observar al hechicero que se hallaba a mi izquierda. Tenía la cara fea y desaseada. Los largos cabellos negros enroscados como tirabuzones parecían un nido ideal para cuanto bicho reptante hay en el mundo. Clavaba en el espacio, como en éxtasis, los ojos negros como el carbón.

   El y sus compañeros practicaban el boenismo, secta pagana anterior al budismo en el Tibet. Así como los lamas del budismo sirven de mediadores entre los creyentes y las deidades benignas, los nukhwas del boenismo interponen su valimiento cerca de las potencias del mal. Y lo que yo había ido a presenciar allí, era, precisamente, la materialización de esos espíritus malignos.

   Entre los árboles empezó a soplar el viento del crepúsculo, presagiando la temible llegada de los seres maléficos que aguardábamos, y que yo, el escéptico de la partida, estaba seguro de que no vendrían.

Entonces, por un claro del bosque apareció un hombre de elevada estatura e imponente traza, que se subió a un gran peñasco. Era Drukh Shim, el Gran Brujo. A sus ojos escudriñadores y penetrantes no escapaba nada cuanto había en su derredor. A su derecha, sobre la piedra, había un fémur humano. A su izquierda una calavera. Transcurrieron unos minutos de absoluto silencio. La penumbra avanzaba. Entonces, los hechiceros, como a una señal, aunque no vi dar ninguna, empezaron a moverse hacia delante y hacia atrás, repitiendo tres veces en un tono grave esta palabra: "¡Yamantaca! ¡Yamantaca! ¡Yamantaca!".

   Así llamaron, para que apareciese primero, al Rey del Infierno, ¡al propio Yama!.

   A la tercera vez, el Gran Brujo se llevó el fémur a los labios. Era una trompa y sus notas solemnes retumbaron luctuosamente por el bosque. Después se llevó a los labios la calavera, que le servía de cáliz para sus libaciones. El Viejo Sherap me había instruido ya sobre todo aquello y comprendí el simbolismo de aquella manera pausada y ceremoniosa de beber. En otros tiempos habían celebrado sacrificios humanos, y lo que el Gran Brujo estaba bebiendo ahora era sangre humana.

   El Gran Brujo volvió la calavera a su sitio. Los hechiceros reanudaron su canto: ¡Yamantaca! ¡Yamantaca! ¡Yamantaca!.

  Inclinaron la cabeza. Yo también la incliné, pero observando al grupo con el rabillo del ojo, en guardia para sorprender cualquier trampa o superchería. Preguntábame yo, a la vez, como se las arreglarían para el embeleco. Por supuesto, yo no creía en demonios ni diablos. Y menos aún creía en que pudieran hacerse visibles a los ojos mortales. Me propuse mantenerme durante toda la ceremonia en mi actitud objetiva de indagación científica.

   Otra vez sonó la trompa del fémur. Drukh Shim tornó a beber. Más aprisa volvieron a balancearse los hechiceros repitiendo su invocación.

Mecíame y aullaba yo con ellos. Y algo se infiltró en mi interior, algo empezó a correrme por la sangre. No sé lo que era ese algo, pero sentía su presencia y su efecto, y principió a desvanecerse poco a poco mi incredulidad. Al darme cuenta de aquella peligrosa suplantación de mi propio, verdadero, ser, se levantó en mí una voz de rebeldía. No: yo no podía, no quería dejarme hipnotizar hasta el punto de llegar a ver lo que la razón me decía y probaba que no existía.

   Sabía que podía ser hipnotizado. Y pensé que el hipnotismo sería tal vez la clave de lo que iba a ocurrir en la selva sagrada. Pero ¿qué clase de hipnotismo? ¿El hipnotismo colectivo? ¿Ibamos a ver cosas creadas en la mente de otro? O, bajo los efectos de la autosugestión, ¿íbamos a crear en nuestro propio cerebro lo que queríamos ver?

   Levantóse, en esto un sordo y monótono murmullo de voces que se lamentaban con el diapasón más profundo, y me dije para mis adentros: ¿Puede concebirse modo más apropiado de empezar, si es que quieren hipnotizar a alguien? ¿Y que sabía yo si el temor que el Viejo Sherap mostraba de llevarme alli, no era sino un engaño, y si lo que se proponen los hechiceros no es hipnotizarme para que, al salir de allí, vaya por el mundo haciéndome lenguas de aquellos prodigios?

   Continuaba la monótona salmodia. Seguían dobladas las cabezas. Iba sintiéndose uno invadido por extraña languidez. Pero yo estaba resuelto a no dejarme engañar. ¡Bah! Aquello era puro hipnotismo. Y de la especie más sencilla y boba.

   Entonces pensé que tal vez no estuviera yo jugando limpio. ¿Cómo iba a penetrar el sentido de aquel rito fantasmal si me negaba a verlo, y a oírlo y tratar de comprenderlo? Después aparecieran los demonios, ¿Qué de particular tendría que acudieran, con ser corporal, a una evocación? ¿Quién era yo para decir que los tibetanos no sabían lo que se traían entre manos?

  Me estremecí, miré a mí alrededor lleno de curiosidad y expectación. En aquella selva sagrada del Tibet era indudable que estaba a punto de ocurrir algo enteramente desconocido para mí. Sentí que unas manos invisibles empezaban a sujetarme contra mi voluntad. Intenté sacudirme aquella sensación. Lo que hay en mí de hombre de ciencia me reclamaba imperiosamente una explicación.

   Dirigí una mirada al Gran Brujo, encaramado allí en su peñasco. Temerosa figura rodeada de sagrado halo. Me hice cargo que se empeñaba en dominarme a mí y a todos los demás. Resistí. Dabame yo cuenta de que estabamos librando una batalla. Tal parecía que nuestros espíritus, desprendiéndose de nuestros cuerpos, si hubieran trasladados al centro del claro y sostuvieran allí regia lucha por el equilibrio del poder entre nosotros. Hice un intenso esfuerzo de concentración para rechazar la voluntad del jerarca. Luché con todas mis fuerzas; pero no pude evitar que las ideas empezaran a esfumárseme. El monótono murmullo de los nukhwas, iba subiendo, subiendo en continuo, fragoroso crescendo que me heló la sangre, me asordó la mente, se me entró hasta la raíz del alma.

¡Yamancata! ¡Yamancata! ¡Yamancata!

  El coro de hechiceros empezó a balancearse ahora suavemente de izquierda a derecha y viceversa. La salmodia iba subiendo de tono. Empecé a creer en todo lo que había dicho el Viejo Sherap que vería yo allí: Yama, el Rey de los infiernos y sus satélites los diablos. Fijé la vista en el lugar por donde debían aparecer los demonios esforzándome por ver algo allí donde la razón me decía que no había nada.

  No sé lo que mi máquina fotográfica hubiese registrado. Solo sé lo que creí ver entonces. Yama el rey del infierno, iba apareciendo poco a poco. No surgió de entre los árboles. No era un tibetano disfrazado. Un segundo antes no estaba allí en aquel sitio vacío. De repente empezó a tomar forma y a crecer ante mis propios ojos.

   Todos los hechiceros lo vieron al mismo tiempo. Su canto se hizo cada vez más ronco y desaforado. Aquello no era un sueño. A nuestro alrededor, y detrás del Gran Brujo, veía yo, y distinguía claramente, los pinos y los álamos. Me puse a estudiar atentamente las caras de los hechiceros. Me fijé especialmente en el Viejo Sherap que estaba a mi lado con su largo pelo enroscado en la cabeza como una serpiente. Yama acudía a nuestra invocación. Con tanto fervor como los demás, yo repetía ¡Yamancata! con la voz más grave que me era dable.

   Fueron sus brillantes ojos saltones lo primero que vi. Desde la altura en que se hallarían en un hombre de estatura corriente, nos miraban, llenos de malignidad. Flotaba en ambos lados de los ojos una extraña niebla que empezó a tomar forma corpórea, hasta que quedaron plasmados y a vista los treinta y cuatro brazos de Yama, cada uno con treinta y cuatro manos que blandían instrumentos de destrucción.

   La cabeza central se perfilo alrededor de los ojos. Fueron apareciendo luego otras cabezas, nueve en total, envueltas en llamas trasparentes y azuladas que parpadeaban y brillaban sin cesar. Después aparecieron los hombros en los que llevaba colgadas guirnaldas de calavereas que, al menor movimiento, entrechocaban produciendo un horrible sonido.

   Me eché a temblar. Aparté los ojos de aquella espantosa visión. Cuando volví a mirar, creí que Yama ya no estaría allí. Pero allí estaba, mirándome fijamente con sus ojos saltones. Sus labios, ahora visibles, eran enormes y sensuales. Los dientes, como los colmillos de un animal nunca visto.

   Pero la aparición de Yama, más difícil de conseguir fue solo el preludio. Después y sin gran esfuerzo, se presentaron los diablos menores. Reconocí al demonio de la lujuria, del hambre de la cólera y a modo de gran final el propio Yama empezó una danza macabra, la más horrible de todas.

   Un sudor frío me cubrió de pies a cabeza, al pensar en lo que podía ocurrir si los hechiceros no tenían bastante poder para sojuzgar a las fuerzas que habían invocado. Que para mí en ese momento eran seres tan reales como yo mismo. De repente note que todos los hechiceros estaban en la misma tensión nerviosa que yo. Aunque seguí pensando que aquello era efecto mentiroso del hipnotismo colectivo o de la autosugestión, me sorprendí a mí mismo haciendo esfuerzos por sumar mi voluntad a la de los demás para rechazar aquella oleada de diablos. ¿Venceríamos?. Cada minuto de aquella angustiosa duda me pareció un siglo. Por fin apuntó nuestra victoria, los seres empezaron a desvanecerse.

  No tuve valor para mirar a los demás. Estaba temblando. Me quedé sentado, aturdido, hasta que el último hechicero hubo desaparecido en la selva sagrada. Se fueron uno a uno como habían venido. Y se perdieron en la sombra creciente. El Viejo Sherap fue el único que se quedó.

  -¿Y qué? ¿Crees ahora?- me preguntó con voz extraña.

  -Amigo mío, no lo sé. Me parece haber visto a Yama y a sus diablos. Ahora, en este mismo momento, tengo la seguridad de haberlos visto tal como tú me los habías pintado. Pero no tengo la menor idea de lo que voy a creer o pensar mañana...

   Hasta hoy las espectrales apariciones que vi en la selva sagrada, apariciones en que no creo, pero que no puedo negar haber visto con mis propios ojos, me han acompañado constantemente. En aquel atardecer, en los empinados bosques del Tibet, hubo algo que ni pude explicarme entonces ni puedo explicarme ahora. (*)

(*) Fuente: Artículo publicado en la revista Selecciones del Reader´s Digest en Julio de 1943, condensado de "Harper´s Magazine".

 

                                             

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