Inicio  Mapa del sitio  Volver Viajeros y exploradores

 

 

 
 

UN VIAJE A MONGOLIA

 

Por Juan Carlos Queirolo

 

 

 

  Juan Carlos Queirolo y otros viajeros en Mongolia, durante su recorrido a caballo entre Ulan Bator y Moron. 

   

   Mongolia fue la patria de las nómadas tribus mongolas que, una vez, bajo la guía férrea de Gengis Khan, construyeron el imperio más extenso de la historia. Los mongoles conquistaron numerosas ciudades chinas. Gradualmente, se convirtieron en sedentarios administradores de un poder centralizado. Ese fue el inicio de la extinción de su nomadismo ancestral. La vida nómada suponía la libre errancia, el cabalgar sin obstáculos por vastas estepas. Muy poco perdura ya de ese estilo de vida. En el recomendable film del directo ruso Nikita Mijalkov, Urga, puede apreciarse la nostalgia por la vida errante mongola y, a su vez, su disipación.

   Hace poco años, un grupo de jóvenes argentinos y chilenos intentó revivir el espíritu del nomadismo mongol. Para ello, como los viejos nómadas, cabalgaron un vasto trayecto entre Ulan Bator, capital de Mongolia, y Moron (derecha mapa para ampliar con indicación del recorrido). Juan Carlos Queirolo, uno de los integrantes de aquella poco difundida expedición, relata ahora, para esta sección de Viajeros y exploradores de Temakel, aquel viaje donde la aventura fue evocación del sonido de los cascos de los antiguos caballos que sirvieron de montura a Gengis Khan y su pueblo.

  E.I

UN VIAJE A MONGOLIA

 

Por Juan Carlos Queiroldo

    Luego de tres meses de trabajo voluntario para la ONG inglesa Raleigh International, en China,  mis amigos y yo, buscábamos una experiencia que nos relacione con un hábitat silvestre, duro y desconocido. Queríamos conocer una cultura con tradiciones milenarias y que viviera una vida fuera de lo que erróneamente se entiende como "civilizada". Era momento de visitar Mongolia. Entendimos que la mejor manera de hacerlo era a caballo. Los mongoles le deben su historia a este animal, el cual fue el arma de distinción frente a sus enemigos a la hora de expandir y defender su imperio en la época de Gengis Khan. Y el caballo, el que, día a día, los ayuda en sus duras tareas para enfrentar su difícil vida de nómades. Queríamos conocer las estepas siberianas sobre el caballo de baja estatura pero fuerte como un toro capaz de recorrer enormes distancias y soportar los crudos inviernos de Mongolia. Sin duda, sería una experiencia totalmente distinta donde el contacto con la naturaleza y la aventura se convertiría en una constante. El objetivo era conocer esa región, su gente, sus costumbres y seguir el rastro de una tribu de nómadas llamada Tsastan que habitan el norte del país en los alrededores del lago Kovsgol Nur.

Nos encontrábamos en Pekín, donde comenzamos los trámites para conseguir la visa de Mongolia, y los equipos que serían imprescindibles para afrontar las frías temperaturas que dominan esas tierras durante todo el otoño e invierno. Los integrantes de esta nueva aventura serían los chilenos José Miguel Burmeister (Pepe), Camilo De Luca y Cristóbal González (Gonzzo), y dos argentinos, Ramiro Fernández (Rama) y yo, Juan Carlos Queirolo. Durante una semana estuvimos atando todos los cabos necesarios para ingresar a la estepa mongola.

Un buen día, finalmente llegó el momento de reunidos en la estación central de trenes de Pekín, donde abordamos el Transmongoliano. Tren de gran historia. El solo hecho de ascender a ese misterioso y antiguo tren nos aceleraba las pulsaciones. Poco tarda éste en alejarse de la imperial metrópolis China y sumergirse en los planicies cultivadas y pueblos campesinos. A las pocas horas de traqueteo, nos encontrábamos atravesando la "Gran Muralla China" o "la pared blanca" como peyorativamente la llaman los mongoles, debido a que siglos atrás la atravesaron sin escollos para apoderarse de todo el territorio chino. El tren bordea y luego atraviesa la Muralla hasta cruzar la provincia china de Inner-Mongolia, que nada tiene que ver con Mongolia. Ya que poco de la cultura mongol queda en esas personas que sólo se asemejan físicamente a sus hermanos del norte debido a que el régimen chino comunista a destruido sus costumbres y tradiciones.

A media noche llegamos a la frontera chino-mongol. El tren se detuvo, sobre el andén, un hilera de uniformados chinos observaban el tren mientras se preparaban para realizar la inspección aduanera. Todos correctamente formados bajo la escasa luz del andén, parecían mirarnos fijamente; era como si el tiempo se hubiera detenido en una escalofriante escena de la Segunda Guerra Mundial. Continuamos la marcha. Después de algunas horas de sueño pude apreciar el deslumbrante amanecer sobre el desierto de Gobi.

El tren avanzaba por el interminable páramo salpicado, por un pequeño pueblo o grupo de gertz, tienda circular exterior blanco, donde viven los campesinos nómades. La República Popular de Mongolia posee un territorio de 1.566.500 km2 y tiene una población de alrededor de dos millones y medio de habitantes. De los cuales, afortunadamente, más de un cuarenta por ciento son campesinos nómades que habitan la vasta estepa y territorios montañosos del país. Al atravesar el amarillento desierto del Gobi pudimos evidenciar esa característica demográfica. Kilómetros y kilómetros de llanos habitados sólo por manadas de caballos y dromedarios. El cambio era tan abrupto, veníamos de uno de los países más contaminados y superpoblados del mundo y en ese momento estábamos transitando por un país salvaje y solitario, totalmente opuesto a China.

Llegamos a Ulan Bator (Ulaan Baatar, significa Héroe Rojo), capital de Mongolia. El centro urbano más grande e importante del país, con sus 700.000 habitantes. U.B. es una ciudad muy interesante y desarrollada. Posee una arquitectura que simboliza los años de influencia y dominación rusa en la república (desde la década del 20 hasta 1990). Posee todas las facilidades que uno podría esperar encontrar en una capital añadiendo el factor de sus hermosos alrededores y habitantes. Ya instalados en un guest house (residencia para mochileros) ultimamos los pocos detalles que faltaban resolver. Probamos los equipos, carpas y bolsas de dormir compradas en Pekín. Conocimos a muchos jóvenes mongoles en la universidad de U.B. y recorrimos la capital. Al cabo de unos días y con todos los detalles arreglados, Rama y yo decidimos adelantarnos y partir hacia Moron, rumbo al lago Kovsgol. Los chilenos se nos unirían unos días después, ya que Gonzzo había contraído algún tipo de virus y tuvo que pasar un día internado en un hospital.

Viajamos rumbo oeste, alejándonos de la ciudad en un antiguo colectivo, probablemente de procedencia rusa. El vehículo recorrió los pocos kilómetros de carretera asfaltada que hay en Mongolia, unos 50 km, para luego tomar un precario camino de ripio el cual atravesaba la interminable estepa. El colectivo iba colmado de gente y bártulos. Se sacudía sin piedad mientras seguía la huella marcada en la tierra reseca. A las pocas hora nos encontrábamos en medio de la nada, la vastedad del entorno pertenecía a otro planeta. Creo que ni en el cruce de la Patagonia se puede hallar tal sentimiento. Dentro del vehículo el clima era otro, la gente charlaba y se reía al vernos acostados sobre las montañas de sacos. Debíamos viajar todo un día hasta llegar a un pueblo llamado Moron y de allí continuar viaje hasta Khargal en pueblo que se hallaba a las orillas del Kovsgol Nur. Con la llegada del atardecer comenzamos a relacionarnos con los demás pasajeros. Y allí, en medio de la nada, bajo la rutilante luz de la luna filtrándose por el interior del colectivo, nuestros compañeros de viaje comenzaron a cantar. Según nos explicó una señora, que había aprendido algo de español en Rusia para ir a Cuba, eran canciones sobre los tiempos de Genjis Khan, canciones de guerreros que defendían su imperio, el más basto que nunca hubiera. La piel se me erizaba al escuchar esas voces y el sentimiento que en ellas se hallaba. Luego, sería nuestro turno, ya que nos pidieron que cantásemos algo de nuestro país. Rama y yo, por no negar el pedido, con un auricular del walk-man cada uno, intentamos acompañar a la Negra Sosa en "Cambia todo Cambia". Sin duda que nuestra representación debió ser espantosa ya que al rato los mongoles prorrumpieron en risas y aplausos.

Al amanecer nos encontrábamos detenidos en un valle hermoso, de pastos amarillentos y frondosos árboles. El chofer había parado para dormir. El viaje continuo, mientras tanto yo aprendía unas palabras en mongol de un muy simpático señor. Ya en Moron, arrendamos un jeep que nos llevaría a Khatgal. Tres horas después llegábamos a ese tranquilo y pintoresco pueblo. Un señor de nombre Bairslata, que alquilaba caballos y tenía servicio de guías, nos ofreció su casa mientras esperábamos la llegada de Pepe, Gonzzo y Camilo. Allí, entablamos relación con cuatro norteamericanos quienes nos contaron las aventuras de 20 días de cabalgata bordeando el lago Kovsgol. Estaban muy entusiasmados con la experiencia que habían vivido y no paraban de hablar sobre Ungru, el guía, que había saltado del caballo sobre un cordero y con su cuchillo se sacó el corazón en cuestión de segundos.

Al día siguiente fuimos a presenciar una competencia de lucha grecorromana. El deporte más popular de Mongolia. La lucha no parece muy atractiva; sí lo son las danzas y extraños movimientos imitando el vuelo de aves que realizan antes y después de cada combate. Terminamos el día compartiendo unos mates con los norteamericanos. Tanto les gustó, que se lamentaban de no tener una costumbre similar a la nuestra ya que consideraron fascinante el clima que se creaba en la ceremonia.

Al otro día llegaron los chilenos. Con los caballos listos y preparadas las reservas de alimentos, partimos, con los guías Ungru y Otton, en busca del lago. Luego de dos horas de cabalgata y viendo la aproximación de la noche, acampamos en la amarillenta ladera de un cerro.

No bien salió el sol emprendimos la ruta por unos valles que nos conducirían a las orillas del Kovsgol. Esa mañana nos encontramos por primera con una familia de campesinos nómadas, anteriormente sólo las habíamos visto desde lejos. Al toparnos con un grupo de gertz, los guías se acercaron a ellos, indicándonos que los siguiéramos. Como puede suponerse, ni los guías ni los campesinos hablaban inglés ni español; así, debíamos acostumbrarnos a comunicarnos por señas y a aprender mongol. El primer contacto con esta gente nos dio una pauta de la amabilidad y hospitalidad que yace sobre aquellas estepas. Siempre con una sonrisa en el rostro y una mano extendida para brindar calor al viajante. Un tazón de caliente leche de yak, un poco de queso y estábamos listos para continuar. Un gran valle surgió ante nosotros; allí nos detuvimos para contemplar la imponente vista del lago. Era sin duda uno de los espejos de agua dulce más grande que yo había visto. El azul de sus aguas y el amarillo del otoño creaban un contraste mágico en el entorno. Bordeamos el lago durante varios días. La dureza de las monturas mongolas se hacía sentir en nuestros cuerpos. Cabalgábamos alrededor de ocho horas por día. Antes de caer la noche acampábamos sobre tierra fría pero acogedora, sabiendo que en cualquier momento las grandes nevadas estarían por llegar y el frío de la nieve encrudecería nuestros campamentos. No faltaron los atardeceres sobre el lago con nubes color turquesa que se desplazaban con lentitud, reflejándose en la quietud del agua bajo el fulgurante cielo rojizo. Una noche, la luz de la luna produjo un extraño efecto sobre la carpa de Gonzzo. Confundiendo a unos yaks que merodeaban por la zona, los cuales se abalanzaron sobre ella creyendo que era un charco de agua. Recuerdo, los gritos de Gonzzo pidiendo auxilio al notar que los gigantescos animales le succionaban la carpa, con él dentro. Inmediatamente los guías espantaron a los animales y el acontecimiento terminó entre encendidas risas.

Durante varios días cabalgamos sin problemas, inmersos en paisajes espectaculares, visitando campesinos que encontrábamos a nuestro paso y aprendiendo en cada encuentro una costumbre nueva. Como la de no tocar a la puerta de la tienda sino ingresar a ella directamente. Gracias a que poco a poco aprendíamos mejor su lengua, lográbamos comunicarnos mejor con ellos y con nuestros guías. Era fascinante descubrir costumbres y luego practicarlas en su debido momento, como por ejemplo, la forma de agradecer un recogedor tazón de té grasiento, rico en calorías, acercándolo a la cabeza repitiendo: "Bairsla, Bairsla,..."

Al sexto día llegamos a un paso en la montaña donde teníamos una excelente vista del Kovsgol Nurr. Fue allí donde percibimos por primera vez que se avecindaba una tormenta de nieve. La temperatura comenzaría a bajar. Comenzamos a descender por el paso y una agradable nevisca comenzó a caer. Al rato lo que era un escenario pintoresco y agradable, se convirtió en una fuerte tormenta de nieve y viento. Grandes copos de nieve caían sobre nosotros cubriendo todo con un manto blanco. La travesía comenzaba a tomar el carácter extremo que estábamos buscando. Cabalgamos durante una hora más hasta que los guías encontraron un refugio de invierno para el ganado donde refugiarnos. Allí esperamos a que la tormenta amainara. La sensación térmica había bajado mucho, el clima benigno que nos acompañó durante los primeros días había culminado. El frío era intenso.

Finalmente descampó y nos encaminamos hacia el oeste decididos a enfrentar un terreno más desafiante, ya que debíamos atravesar un cordón montañoso. Atrás quedó el lago. Con la llegada de la tarde la temperatura bajó considerablemente, calculamos unos 20 grados bajo cero. Era impresionante la velocidad con la cual se congelaba el agua de las cantimploras, la extraña sensación de que se te helaran los bigotes o el perder la sensibilidad de los dedos de los pies. Los valles estaban cubiertos por treinta centímetros de nieves, el espectro había cambiado sustancialmente. Por alguna razón que desconozco, me agrada acampar en la nieve, aunque dificulte un poco algunas maniobras.

Amanecimos con las bolsa de dormir (teníamos dos para cada uno) cubiertas por hielo debido a la condensación de nuestra respiración. Por momentos, el frío me hizo pensar en abandonar semejante odisea y emprender la vuelta, pero ya sabía que iba a ser así y en parte sabía que venía a descubrir mis límites. Durante el cruce por las montañas el viento azotó nuestros cuerpos con ímpetu, el frío congelaba las gotas que caían sobre nuestras ropas y borsegos. Algunos arroyos en nuestro paso ya estaban congelados, y se les hacia difícil a los caballos caminar sobre el hielo. Cuando éste no cedía, para poder avanzar Ungru y Otton utilizaban una técnica muy interesante: juntaban una buena cantidad de piedritas las cuales arrojaban sobre el hielo, echaban agua encima que se congelaba al instante y así quedaban afirmadas, formando un angosto sendero por el cual podíamos pasar sin resbalar.

Al atardecer llegamos a un gertz, estábamos agotados por la larga jornada y la lucha contra el clima hostil. Enseguida nos ofrecieron pasar la noche en los getrz junto a las familias. Nuestro entusiasmo era evidente, la experiencia valdría todo el esfuerzo al atravesar las montañas. Con la oscuridad de la noche nos acomodamos en las tiendas. El interior de un gertz es muy cálido debido a la cocina económica que se encuentra en el centro. Sobre los costados de la tienda se hallan los muebles. Camas, baúles y cajoneras adornadas con dibujos geométricos idénticos a los característicos del Tibet. Mucho rojo y amarillo cubre los muebles. Coloridos telares cubren las paredes, donde también se puede encontrar colgado algún pedazo de carne de yak o caballo esperando a ser cocido en la profunda sartén.

Allí comenzamos una relación muy especial con los campesinos. La comunicación fue bastante buena, primeros nos calentamos con leche de yak y unos trozos de queso. Luego sacamos el mate y preparamos unas rondas. Al comienzo nadie se atrevía a probar hasta que uno de los jóvenes lo hizo. Le gustó, entonces su padre probó un poco, aunque no muy convencido. Luego sacamos las fotos de nuestros parientes y amigos, siempre es bueno mostrarlas. Comentarios y risas se escuchaban en el gertz. Luego de unas horas, el "hombre" de la familia, ya vestido con su tradicional "dehl" (vestimenta tradicional de Mongolia y Tibet, similar a un sobretodo; cubre desde el cuello hasta por debajo de las rodillas. Utilizan este tipo de prenda durante todo el año ya que tienen de distinto abrigo. El que se utiliza en invierno lleva un corderito entero dentro y pesa alrededor de cinco kilos.) me invitó a sentarme junto a él. Delante del mueble que contiene las fotos de su familia y ancestros. Es sabido que ese gesto corresponde a una aceptación como "invitado de honor" en la familia. En el mueble podía distinguir fotografías del señor en distintos sitios como en Ulan Bator, Moscú y Pekín. Sin duda estas personas viajan mucho más lejos de lo que uno cree. Asímismo había fotografías de sus ancestros en distintas ciudades y acontecimientos, como en competencias de lucha o tiro con arco y flecha. Luego el hombre me ofreció un polvo para inhalar, era de color marrón. Al inhalarlo produjo una sensación muy molesta en la nariz y todos comenzaron a reírse. Gonzzo me dijo que era rapé. Los más jóvenes se mostraban muy curiosos por las cosas que teníamos, como las linternas que usábamos en la cabeza. Unos de ellos nos pidieron dos prestadas y salieron con ellas a cabalgar, estarán como locos cabalgando por la noche. Al pobre Gonzzo le gastaron las pilas. Luego cenamos una carne hervida, más que carne era pura grasa, la cual sabía muy bien y te llenaba de fuerzas. La dieta de las culturas que habitan sitios tan fríos es muy grasosa, esto es para almacenar muchas calorías. Esa noche fue cuando nos contaron que ellos distinguen la llegada del invierno cuando se les congela la sopa.

Mongoles con los que se encontraron Queirolo y los otros viajeros

  A la mañana siguiente, luego de una buena dosis de yoghurt y queso, nos despedimos de las familias que tan amablemente nos alojaron, dejándoles algunos regalitos como agradecimiento por lo brindado. Nos sacamos fotografías todos juntos y nos mostraron sus yaks más impresionantes. Atravesamos un valle enorme, de vivos colores, poblado de jaks y gertz. Por el valle serpenteaba un arroyo que lo atravesaba en su zona central. No cabe duda de que era un valle muy fértil por la cantidad de tiendas y ganado que había. Del otro lado del valle se encontraba el pueblo llamado Renchinlumqui, adonde nos dirigíamos. Este es un pueblito muy pintoresco, de casas construidas en madera rústica rodeadas por un cerco de madera de casi dos metros de altura. Esa era una de la primeras veces que veía un tipo de aparcelamiento en Mongolia, especialmente en el campo. Las tierras en este país son de todos, todos tienen el mismo derecho de habitar y explotar su suelo. El ganado de las familias pastan las mismas praderas y ellos habitan las tierras. Sin duda, ver tal vastedad de territorio sin alambrados produce una grata sensación en uno, ya que al parecer el capitalismo barbárico no ha llegado a todos los rincones de la tierra. Las casas parecían estar corroídas por los años y por el áspero clima que domina a esta región del país. Allí viven los hermanos de Ungru a quienes visitamos y quienes nos atendieron con un espléndido almuerzo. Esa noche acampamos en medio de una planicie desértica, ni agua ni árboles había a kilómetros a la redonda, el viento soplaba fuerte y las marmotas curioseaban por los alrededores de nuestras carpas.

Al amanecer levantamos campamento y galopamos hasta las orillas de un río de deshielo. Sus aguas eran turquesas, sin duda era leche glaciaria. Para cruzar las frías aguas había una balsa de troncos dirigida por un abuelo que debía ser más viejo que el río. Sus manos curtidas por cinchar con el cable que unía las dos orillas, mostraban a un hombre fuerte y de corazón de hierro. Esperamos que dos yaks bajasen de la balsa junto a un señor en una moto rusa, similar a las de la Segunda Guerra. Con gritos y tirones logramos que los primeros tres caballos subieran a la balsa junto a Ungru y Gonzzo. El río estaba manso, el espectáculo era de ensueño y cada vez me alegraba más de hallarme en esas congeladas tierras siberianas junto a mis compañeros. Cruzamos el río y seguimos adelante.

A media tarde llegamos al lago Sagan Nur, hermoso como el Kovsgol, aunque no tan grande. Intentamos ponernos de acuerdo sobre la posibilidad de continuar hacia el norte con el fin de encontrar una tribu de nómades. Estos viven del reno y habitan la región que comprende el norte de Mongolia y parte de Rusia. Sin embargo no iba a ser fácil dar con ellos, debido a que permanecen en continuo movimiento, es por ello que al régimen soviético nunca les fue fácil "domesticarlos". Ungru y Otton coincidían en que muy probablemente estuvieran del lado ruso y que no convenía continuar rumbo norte debido a las bajas temperaturas. Por otro lado, nuestra visa de un mes no nos daba el tiempo suficiente para prolongar muchos días más nuestra travesía. Estábamos a menos de 30 km. de Rusia, y para pasar al otro lado necesitábamos un permiso especial. Descartamos ese plan. Decidimos quedarnos un día más en el lago y luego emprender el camino de regreso a Khadgal.

Luego de un día de descanso, sin montar, una gran nevada cubrió la estepa. Las bajas temperaturas nos alentaron a levantar campamento y retornar a Renchimlunqui, en medio de un paisaje donde todo parecía pintado de blanco. Queríamos llegar al pueblo ese mismo día pero nos demoró el cruce del río, esta vez estaba muy picado. A mitad de camino encontramos una cabaña vacía; nos pareció providencial, y sin dudar la ocupamos para pasar la noche. Los caballos y nosotros estábamos muy cansados como para continuar la marcha. Aquella cabaña que surgió de la nada fue nuestro refugio salvador. Rama salió de noche en busca de agua y sufrió el congelamiento parcial de una mano. Por suerte el asunto no pasó a mayores; inmediatamente le dimos te caliente con mucha azúcar y leche condensada. Por la mañana, pudimos practicar patinaje sobre la laguna.

El camino de regreso a Khadgal no seria el mismo, tomamos una vía alternativa que, en vez de bordear el lago, nos llevaría por un sinuoso camino de montaña. Anochecía cuando acampamos y al amanecer nos despertaron ruidos extraños. Recuerdo haber salido de la carpa para ver que se trataba y me sorprendí al ver que unos dromedarios merodeaban cerca de nuestro campamento. Busqué la cámara y les tomé unas fotos. Rápidamente, Ungru y Otton, comenzaron a ahuyentarlos con gritos y saltos, al parecer asustan a los caballos. Cabalgamos por valles cerrados y boscosos. No fue un día fácil, el caballo de Pepe cojeaba y tropezaba continuamente haciendo que el pobre Pepe fuera a parar al suelo a cada rato. Con cierta aprensión vimos huellas de osos y lobos sobre la nieve que cubría el suelo del bosque. La idea de cruzarnos con alguno de estos mamíferos me excitaba aun más, era lo único que faltaba para convertir esta travesía en un éxito rotundo.

Cruzamos por un paso a dos mil trescientos metros sobre el nivel del mar, en el cual nos encontramos con un Ovoo, este es un montículo de piedras, en algunos casos tallada, la cual representa una vieja tradición chamánica donde los mongoles piden por su protección durante el camino y dejan ofrendas como botellas de vodka, bufandas de seda azul, cabezas de animales, etc. Al llegar a uno de estos hitos, uno debe darle la vuelta tres veces y pedir un deseo. Este tipo de costumbre deriva del budismo tibetano o lamaísmo religión oficial de los mongoles. Descendimos desde el paso hacia un valle cubierto de nieve, la cual alcanzaba el metro y medio y nos cubría las piernas mientras montamos. A medida que lo atravesábamos para llegar a un segundo paso notamos que el clima comenzaba a empeorar. Caía la tarde y con ella una tormenta se apodero de los cielos complicando la visibilidad y congelando nuestros dedos. Era imprescindible encontrar un refugio y viento blanco enfriaba nuestros cuerpos de manera peligrosa. Oscureció. Supuse que Ungru había equivocado el camino y que allí no existía ningún refugio. Pero no fue así, Ungru, un mongol ducho en su trabajo, encontró el lugar apropiado para pasar otra noche. Él conocía estas montañas y nos condujo hasta una cabaña robusta y acogedora donde nos protegimos de la fuerte tempestad que se había desatado.

Nuestra amistad con Ungru y Otton se había fortalecido con el tiempo y con las hostilidades que habíamos enfrentado. En especial con Otton, yo mantenía muy buena relación, a pesar de las dificultades obvias de comunicación. Recuerdo como se reía cuando yo intentaba tirar del caballo a Pepe ,quien se ponía como loco ya que había caído al piso más veces de las que realmente habría querido. Y luego yo lo abrasaba a Otton y manteníamos luchas grecorromanas sobre los caballos. Era una persona muy especial.

Nuestro ultimo día de cabalgata fue espectacular, la tormenta había pasado y una temperatura muy agradable nos alentaba a continuar rumbo sur. Abandonábamos las montañas, también nos despedimos de la nieve. Poco a poco íbamos reconociendo los valles, nos estábamos acercando a Khadgal. Aquellos pastizales rojizos por donde cabalgábamos, anunciaban la cercanía al pueblo. Sentí un extraño cruce de sentimientos. Por un lado, estaba contento de haber terminado de buena manera una travesía dura e inolvidable. Por otro, me apesadumbraba la idea de tener que despedirme de Ungru y Otton con quienes, llevado por las circunstancias, había iniciado una amistad muy especial. Sabia que muy probablemente, nunca los fuera volver a ver en mi vida. Pasada media tarde llegamos a Khadgal. Era el punto final de una aventura de quince días inolvidables. La despedida fue muy emotiva; una parte de mi vida partía junto con ellos hacia las misteriosas estopas de Mongolia.

Pasamos un día en el pueblo y luego comenzamos el regreso a Ulan Bator. Las estepas que mostraron su color amarillento en el viaje de ida, se habían convertido en un solo e interminable manto de nieve. Era otro territorio y el crudo otoño se había apoderado de Siberia y a nosotros ya no nos quedaba mas tiempo en Mongolia.

Ya en Ulan Bator hicimos tiempo a visitar el imponente Lamaserio de la capital y el muy interesante Museo de Historia del Hombre; dos sitios que bien valen la pena recorrer. A las corridas tuvimos que dejar la ciudad rumbo a la frontera. Se nos vencía la visa y ninguno estaba dispuesto a pagar una multa por sobre-estadía. Tomamos un tren hacia la frontera con China y cruzamos justo en fecha. Luego continúe el viaje junto al Pepe por China cruzando el país de norte a sur, durante un mes y medio más. Laos fue nuestro último destino, donde pasamos un mes más viviendo otras aventuras dignas de narrar.

Un lago mongol que brilló ante los ojos de los viajeros que pueden ser reconocidos en dos de las fotografías que, arriba, ilustran texto.

 

 

 

   ©  Temakel