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 VIAJEROS DEL ORIENTE Y OCCIDENTE MUSULMÁN

 

     «Mi alma me movió a abandonarla y a vagar errante, porque el agua es más pura en la nube que en el charco». Al-A’ma al-Tutilí (m. 1126), poeta andalusí. 

     Angelo Arioli (Nettuno, 1947), profesor de Lengua y Literatura Arabe en el Departamento de Estudios Orientales de la Facultad de Letras de la Universidad de Roma, especialista en onomástica y prosopografía islámica, es autor de estas significativas líneas: «En principio fue la Palabra; inmediatamente después llegaron los mercaderes. Mercaderes viajeros, una de las dos categorías, de las dos tipologías arcaicas, a las que se puede reducir el tropel de narradores, de aquellos que de plausibles experiencias personales extrajeron o proporcionaron, conscientes o no, materia de relato, desde que el mundo es mundo, o lo que es lo mismo, desde que el viaje es viaje, hasta este mundo nuestro donde se viaja frenéticamente, pero ya no se cuenta, ya no se fabula, sobre tierras o acontecimientos lejanos, unos y otros superficialmente cercanos en el cotidiano aplastamiento del espacio/tiempo perpetrado por los medios de comunicación, entendidos en el más amplio sentido. Antaño eran los mercaderes quienes narraban novedades y eventos: "narrar", "novedades", "eventos", tres palabras que la lengua árabe hace derivar de la misma raíz, las dos primeras unidas en la misma palabra, como para sugerir que es el "evento", lo que es "nuevo", lo digno de "narración", o, si se prefiere —por darle vueltas a un juego dialéctico contemporáneo —, que lo que es objeto de "narración" se postula implícitamente como "evento", "novedad".  (Angelo Arioli: Islario maravilloso. Periplo árabe medieval, Julio Ollero Editor, Madrid, 1992, pág. 215).

 

  VIAJEROS DEL ORIENTE MUSULMÁN 

   El principio islámico de viajar, al menos una vez en la vida, a las ciudades santas de La Meca y Medina, sumado a la tradición de visitar lugares sagrados como Jerusalem, Naÿaf y Karbalá, viajes que se realizaban desde zonas remotas como al-Ándalus o el Turquestán y que podían durar incluso años, entre la ida y la vuelta a su lugar de origen, junto con las necesidades propias de los comerciantes y también de los gobernantes, la geografía adquirió en el Islam una real importancia. El Islam es, pues, por excelencia, una civilización de movimientos de tránsito, lo que supone lejanas navegaciones y una múltiple circulación caravanera, tendida, ante todo, entre el océano Indico y el Mediterráneo, lanzada generalmente desde el Mar Negro a China y a la India y, por último, eficaz desde el «país de los negros» (Bilad as-Sudán) a Africa del Norte. Este sistema caravanero tenía metas tanto culturales y religiosas como comerciales.

      El Islam tiene sus mercaderes musulmanes y no musulmanes. Se han conservado por casualidad las cartas de los mercaderes judíos de El Cairo desde la época de la primera cruzada (1095-1099); demuestran que los musulmanes conocían todos los instrumentos de crédito y de pago y todas las formas de asociación comercial (por consiguiente, no será Italia la inventora de ellos como se ha aceptado con demasiada facilidad). Suleimán at-Taÿir (es decir: "el mercader"), llevó hacia el año 840 sus mercancías a la China y la India desde el puerto iraní de Siraf en el Golfo Pérsico. Un autor anónimo de 851 escribió un relato del viaje de Suleimán; este relato es anterior en 425 años a los viajes de Marco Polo (cfr. J. O’Kane: The Ship of Suleiman, Londres, 1972). 

     A fines del siglo IX, Abu Zaid as-Sirafí compila su obra Silsilat at-tawari ("Cadena de las crónicas"), recogiendo excelentes informes sobre la navegación en el océano Indico, la India y China. Igualmente, hacia el año 1000?, otro persa, el Capitán Bozorg, hijo de Shahriyar al-Ramhumurzí (relativo a la ciudad de Ramhumurz, en la provincia iraní de Juzistán), acopia relatos sobre el Lejano Oriente. El primer gran geógrafo musulmán es Ubaidullah Ibn Jordadbeh (825-912), autor de una obra cuyo título se repetirá abundantemente en este género, a lo largo de varios siglos: Kitab al-masalik wa al-mamalik ("Libro de los caminos y los reinos"), aparecido en 846 y nuevamente, revisado, hacia 885 (traducido por M. J. de Goeje, Leiden, 1967). En él se hace abstracción de la parte astrónomica o matemática para extenderse en la descripción de los países, señalando cuidadosamente los itinerarios, indicando lo más aproximadamente posible las distancias entre dos puntos, de forma que el caminante pudiera en todo momento conocer la dirección a seguir.

      También encontramos el curioso relato del viaje del intérprete Sallam a «la muralla de Gog y Magog», denominación con que el autor parece indicar la Gran Muralla china (cfr. F.E. Peters: Allah’s Commonwealth. Ibn Khurdadhbih, Nueva York, 1973). Otra importante obra de este tipo es el Kitab al-Buldán ("Libro de las comarcas"), publicado hacia 891 (traducido por M.J. de Goeje, Leiden, 1976) por un shií, Abu l-’Abbás Ahmad al-Yaqubí (m. 897), autor también de una gran historia universal (edit. por M.T. Houtsma, Historiae, Leiden, 1969). Abu Zaid Ahmad ben Sahl al-Baljí, muerto en 934, escribió un Kitab suwar al-aqalim ("Libro de los visitantes de las regiones"), donde se describen los distintos territorios del mundo islámico. El número de mapas será siempre de veintiuno, a partir de este momento. El primero, responde a la totalidad del mundo habitado, conocido hasta el momento por los geógrafos islámicos. Otros tres nos muestran los tres mares más importantes para los musulmanes: el Mediterráneo, el Caspio y el «cuasi mar» Golfo Pérsico. Los diecisiete restantes representarán las diversas regiones en el que los geógrafos dividían el mundo islámico. La característica común a todos estos mapas es la de ser extraordinariamente esquemáticos, usando figuras geométricas. Por ejemplo: representan las islas como círculos, lo que permitía ser consultados por personas de no gran formación en la materia. como podían ser lo viajeros y peregrinos. 

   Embajada a Carlomagno 

   Una de las primeras grandes travesías que tuvo como protagonistas a viajeros musulmanes del Oriente se refiere a aquella embajada enviada por el abbasí Harún ar-Rashíd (766-809) a la coronación del Emperador de Occidente, Carlomagno (742-814), en Aquisgrán (hoy Aachen, Alemania). Esta arribó a destino el 30 de noviembre del año 800 (la ceremonia estaba prevista para la Navidad a cargo del Papa León III), luego de recorrer varios miles de kilómetros desde Bagdad. Los embajadores del Islam le llevaron al rey de los francos como prueba de buena voluntad, un elefante, animal que no se veía en esas latitudes desde los tiempos del estratega cartaginés Aníbal (247-183 a.C.). El paquidermo desfiló por las calles camino de palacio aclamado por una alborozada multitud. Carlomagno quedó encantado con este obsequio y otros magníficos presentes cedidos por el califa bagdadí, como un juego de ajedrez, camellos, especias y perfumes, un reloj hecho por sus relojeros que tañía una campanada cada hora, y un órgano musical neumático, el primero de su clase que entraba en Europa. Y lo que parece increíble: «las llaves del Santo Sepulcro y el estandarte de Jerusalem». Véase Travellers and Explorers. An Elephant for Charlemagne, Iqra Trust, Londres, 1992, págs. 8-11; Sigrid Hunke: Kamele auf dem Kaisermantel —deutsche-arabische Begegnungen seit Karl dem Grossen, Stuttgart, 1976; Francis William Buckler: Harun al-Rashid and Charles the Great, Ams Press, Nueva York, 1978. 

   Ibn Fadlan  

    El 21 de junio del 921 (Safar 309), un grupo de viajeros partió desde Bagdad. Esta nueva embajada era encabezada por Nadir al-Haramí que portaba mensajes amistosos del abbasí al-Muqtadir (califa entre 908-932) para ser entregados al rey de la Rusia vikinga, Igor (877-945), hijo de Rurik (m. 879), fundador de la dinastía homónima. La embajada llegó a destino en mayo de 922 (Muharram 310). En realidad se trataba de una delicada misión diplomática destinada a lograr un alianza contra un enemigo común: Bizancio. Igor lideraría una fracasada expedición contra Constantinopla en 941-944 que contó con el apoyo del califa al-Mutaqqí (cfr. Frank R. Donovan: Los Vikingos, Editorial Timun Mas, Barcelona, 1965, págs. 62-77).

      Entre los viajeros se contaba un sagaz y observador secretario, Ahmad Ibn Abbás Ibn Fadlan quien recorrería enormes extensiones de Escandinavia, Rusia central, el mar Negro y el Caspio. En 922 llevó a la madurez un diario de ruta llamado en árabe Risala ("Tratado"), también conocido como «Viaje al país de los búlgaros del Volga» (trad francesa de M. Canard, en Annales de l'Institut d'etudes orientales de la faculté des lettres de l'Université d'Alger, t. XVI, Argel, 1958). Sus observaciones, caracterizadas por un afán de objetividad, son muy valiosas, pese a que de vez en cuando se manifieste en ellas la indignación por las costumbres de pueblos no musulmanes como los eslavos y los turcos paganos (cfr. A. Ibn Fadlan: Voyages chez les Bulgares de la Volga, Sindbad, París, 1988). 

   Al-Mas’udí  

   Abu al-Hasan Alí Ibn al-Husain Ibn Alí al-Mas’udí, nacido en Bagdad y fallecido en El Cairo en 957, nacido en el seno de una familia shií, es el autor de la monumental obra Muruÿ ad-dahab wa ma’adin al-ÿawahir ("Campos de oro y minas preciosas"), generalmente citado en Occidente como "Las praderas de oro" (traducida al francés en 9 tomos por Charles Barbier de Meynard y Pavet de Courteille, París, 1861-1877, y 1962). Escrita hacia 947, y revisada y publicada nuevamente en 957, es una enciclopedia monumental de treinta tomos sobre historia y biografías, pero su mayor interés reside todavía en sus noticias y descripciones geográficas y en los innumerables datos sobre historia natural y sobre descripciones de usos prácticos y de procedimientos técnicos. Por ejemplo, en ella se encuentra la primera mención conocida de una colección de cuentos de origen persa llamada Hezar efsaneh ("Mil cuentos") cuyo fondo es de procedemcia india, que luego formaron «Las mil y una noches». Por esto los historiadores e islamólogos occidentales acostumbran llamarlo «el Plinio, además del Herodoto, del mundo musulmán». 

     Gran cosmógrafo, redactó el Kitab al-Tanbih ua-l-ishraf ("Libro de la advertencia y de la revisión"), un tratado de ciencia, filosofía, mineralogía y botánica que fue traducido por M.J. de Goeje (E.J. Brill, Leiden, 1967), con traducción al francés por Carrá de Vaux: Macoudi, le livre de l'avertissement et de la révision (París, 1897). También escribió una «Historia de Alí y del imamato». 

     Viajero incansable e insaciable, recorrió grandes extensiones de Siria, Palestina, Arabia, la costa oriental de Africa, Irán, Asia central, la India, Ceilán y el mar de la China. Perspicaz educador, no comprimía su materia hasta la aridez, sino que escribía a veces con una amable despaciosidad que no evitaba dar, de vez en cuando, una historia divertida. Al-Mas’udí es una de las fuentes más ricas, de más confianza y más variadas acerca del estado del mundo islámico en su época. 

     En las cuarenta obras de al-Mas’udí, así como las de sus contemporáneos Ibn Hauqal Sobre Abu l-Qasim Muhammad Ibn Hauqal se puede agregar que estuvo al servicio fatimí y fue comerciante. Pasó su adolescencia en Irak y luego viajó por el Egipto, norte de Africa, al-Ándalus, Ghana, Sicilia, Armenia, Azerbayán e Irán. Ibn Hauqal (hacia 975) describe una especie de pagaré por 42.000 dinares dirigido a un mercader de Marruecos, con la palabra árabe saqq; correspondiente a esta forma de crédito deriva la palabra cheque. Escribió el Kitab Surat al-ard «Libro de la configuración de la tierra» (traduc. J.H. Kramers, Leiden, 1938), y el Kitab al-masalik wa al-mamalik «Libro de los caminos y de los reinos» (traducido por M.J. de Goeje, Leiden, 1967). 

    En Ibn Hauqal y Abu Ishaq Ibrahim al-Istahrí (floreció hacia 950), es donde encontramos las primeras menciones de los molinos de viento, la cual fue una invención islámica (véase Barón Carra de Vaux: Les penseurs de l’Islam, 5 vols., París, 1921). Al-Muqaddasí Por la misma época descolló el geógrafo Abu Abdallah Muhammad al-Muqaddasí (946-1000), natural, como se ve por su apodo, de Jerusalem (en árabe: Baitul Muqaddás). Su principal trabajo es Kitab Ahsan al-taqasim fi ma’rifat al-aqalim ("La mejor de las divisiones para el conocimiento de los países"), publicado en 985, y traducido en Leiden en 1906. Al-Muqaddasí fue un verdadero trotamundos que visitó todas las regiones del Islam excepto al-Ándalus y sufrió incontables aventuras y vicisitudes (cfr. Basil Anthony Collins: Al-Muqaddasi: The Man and His Work. With Selected Passages Translated from the Arabic, University of Michigan, Michigan, 1974). 

   Yakut  

   Yakut Abdillah ar-Rumí (1179-1229) fue junto al-Idrisí, uno de los más grandes geógrafos de la Edad Media. Griego del Asia Menor, donde había nacido, fue educado por un mercader de Bagdad y gracias a su buen trato y orientación se convirtió al Islam. Viajó mucho, primero como mercader, luego como geógrafo. En Merv (una ciudad al norte de la actual Mashhad, en Irán, hoy desaparecida) encontró diez bibliotecas, una de ellas con doce mil libros. Los bibliotecarios, que sabían distinguir quien amaba la sabiduría, le permitieron llevar hasta 200 volúmenes de una vez a su aposento. Luego pasó a Jiva (Uzbekistán) y a Balj (Afganistán). Allí los mongoles casi lo atraparon en su avance destructor y asesino; huyó, pero sin soltar sus manuscritos de viaje, a través de Irán hasta Mosul (Irak).         Mientras comía el pan de la pobreza trabajando como copista, hacia 1228 completó su Muÿam al-buldán ("Diccionario de las comarcas"), vasta enciclopedia geográfica que reunía casi todos los conocimientos geográficos de la época. 

      Otra de sus obras es el Muÿam al-udaba (traducido por David Samuel Margoliuth en 6 volúmenes, Leiden, 1907-1931). Al año siguiente fallecería en Alepo, Siria. Yakut lo abarcó todo: astronomía, física, arqueología, teología, historia. Su Muÿam al-buldán fue publicado en árabe en diez volúmenes por M. Al-Janiÿi, El Cairo, 1906-1907; también hay una traducción parcial al inglés por W. Jwaideh: The Introductory Chapters of Yakut's Mu'jam al-buldan, Brill, Leiden, 1959. 

    Ibn Maÿid  

   Un aspecto destacable de la tradición náutica musulmana es la de la navegación astronómica. A este respecto, no hemos de olvidar la larga experiencia acumulada por los musulmanes en el océano Indico y que culminó en los siglos XV y XVI con el piloto Shihabuddín Ahmad Ibn Maÿid al-Naÿdí (1437?-1501?). Este celebérrimo navegante, que compuso un gran tratado de náutica, el más importante del Islam, llamado Kitab al-Fawa’ id fi usul al-bahr ua-l-qawa’id ("El Libro de los Beneficios relativo a los Principios y Fundamentos de la Ciencia del Mar", traducido y comentado por el catedrático inglés Gerald R. Tibbetts con el título Arab navigation in the Indian Ocean before the coming of the Portuguese, The Royal Asiatic Society, Londres, 1981), es de quien se ha dicho que fue el piloto coaccionado a guiar a Vasco de Gama (1469-1524) desde Malindi (en la costa oriental de Africa) hasta Calicut (en la costa sudoeste de la India) en 1498 (cfr. Auguste Toussaint: Historia del Océano Indico, FCE, México, 1984 Ibn Maÿid, que era hijo y nieto de marinos, y quien según el investigador francés Gabriel Ferrand (1864-1935) pertenecía a la escuela shií de pensamiento (ver G. R. Tibbetts, O. cit., pág. 17), se refiere en repetidas ocasiones a los pilotos que le habían precedido y a las guías (rahmani) que éstos habían escrito mucho antes que él. Gracias al cronista portugués João de Barros (1496-1570), que lo cita en su Década I, Libro IV, Capítulo VI, sabemos que Ibn Maÿid le mostró a Vasco de Gama un instrumento que era desconocido en Occidente. Se trataba del kamâl, constituído por un pequeño cuadrado de madera o de cuerno, de cuyo centro salía un hilo graduado con un nudo que correspondía (en cada uno dos kamâl) a un determinado ángulo. Su práctica era simple: una vez que el observador había escogido el kamâl adecuado, tomaba entre los dientes el hilo a la altura del nudo y con el hilo tenso hacía coincidir la estrella que había elegido con la arista superior del referido cuadrado de madera, mientras que la arista inferior rozaba el horizonte.

      Según la descripción de Barros, parece que había un kamâl para cada altura utilizada. Más adelante, el kamâl evolucionó y llegó a disponer de un hilo graduado con varios nudos, lo que permitía observar las estrellas en varias alturas con el mismo instrumento. Vasco de Gama trajo este instrumento de la India y en Lisboa se calculó, para su uso, una tabla con una graduación en pulgadas, posiblemente con la participación de dos pilotos musulmanes. El navegante Pedro Alvares Cabral (1467-1520) llevó un ejemplar, por lo menos, de este instrumento en el viaje en el que descubrió el Brasil en 1500. 

    Evliya Çelebi  

   La tradición de la rihla prosiguió en diversas partes del mundo musulmán y, bajo los otomanos, fue cultivada por Ibn Darwish Mehmed Zilli, conocido como Evliya Çelebi (1611-1684), autor del Seyahatnamé, también llamado Tarihi seyyah, importante fuente sobre los pueblos del imperio otomano, de historia y aspectos geográficos y sociológicos que comprende diez volúmenes (cfr. Korkut M. Bugday: Evliya Çelebis Anatolienreise aus dem dritten Band des Seyahatname, Leiden, 1996). Evliya Çelebi viajó por Hungría y Austria, y visitó la esplendorosa ciudad de Viena (la antigua Vindobona "la ciudad blanca") «con el ojo avizor de un guerrero de frontera». 

     El siglo XVII se caracterizó por los enfrentamientos entre otomanos y austríacos que culminó con el infructuoso segundo sitio (el primero fue entre el 27 de septiembre y el 15 de octubre de 1529) de la capital a orillas del Danubio entre el 17 de julio y el 12 de septiembre 1683 por parte del ejército del visir Kara Mustafá (1634-1683), el cual se dejó sorprender por la columna aliada franco-germana-polaca de socorro al mando de Carlos de Lorena (1643-1690) y Juan III Sobieski (1629-1696).

    Evliya Çelebi fue sin duda un gran viajero y un gran romántico, a veces fantasioso cuando se refiere a una obvia mítica expedición de cuarenta mil jinetes tártaros a través de Austria, Alemania, y Holanda hacia el Mar del Norte. Su estilo literario es excelente y destacan la minuciosidad y precisión de sus descripciones geográficas, de personas y grupos sociales. Por ejemplo, sobre la Casa Real de Austria opina lo siguiente: «Por la Voluntad de Dios Todopoderoso, todos los emperadores de esta casa son igualmente repulsivos en su aspecto. Y en todas las iglesias y casas, así como en las monedas, el emperador es representado con su feo rostro, y ciertamente, si cualquier artista osara retratarlo con un bello semblante sería ejecutado, pues él considera que así lo desfiguran. Estos emperadores están orgullosos de su fealdad». Sin embargo, otros juicios de Evliya Çelebi sobre la sociedad austríaca son altamente favorables e incluso halagadores. Sobre las mujeres vienesas dice que «gracias a la pureza del agua y al buen aire son hermosas, altas, de esbelta figura y rasgos nobles». También pondera las excelencias de la vasta y bien cuidada biblioteca de la catedral de San Esteban. 

   En sus narraciones, Evliya, a diferencia de otros viajeros y escritores musulmanes, evita cuidadosamente cualquier comparación explícita entre aquello que vio en Austria y lo que él y sus lectores conocen en casa. En las historias magistrales con las cuales entretiene a su público, importantes y detallados señalamientos pueden apreciarse acerca del ejército, el sistema judicial, la agricultura, así como sobre las características topográficas y edilicias de la ciudad capital.

 Véase Evliya Çelebi: Narrative of Travels in Europe, Asia and Africa, (2 vols.). traducción parcial de J. von Hammer, Londres, 1834.

    Ilias Ibn Hanna de Mosul  

   Desde los comienzos del Islam, miembros de las minorías cristianas y judías viajaron desde el mundo musulmán hacia los cuatro puntos cardinales del planeta con una libertad inimaginable en nuestros días presentes de pasaportes, visas, controles electrónicos y restricciones migratorias. Un ejemplo es el sacerdote cristiano caldeo Ilias Ibn Hanna de Mosul. En 1668 viajó a Italia, Francia y España, y desde allí abordó un navío que lo llevó a la América española, donde visitó México, Panamá y Perú. Sin lugar a dudas, se trata del primer oriental en visitar y describir el «Nuevo Mundo», por lo menos oficialmente (cfr. Ilyas b. Hanna: Le plus ancien voyage d'un oriental en Amerique, 1668-1683, A. Rabbath, Beirut, 1906).

    Abu Talib Jan  

   Mirzá Abu Talib Jan nació en Lucknow en 1752, en el seno de una familia shií. Entre 1799 y 1803 viajó extensamente por Europa, y a su vuelta a la India escribió un libro describiendo sus aventuras y descubrimientos (cfr. C. Stewart: Travels of Mirza Abu Talib Khan, Londres, 1814; Masir-i Talibi ya Safarname-i Mirza Abu Talib Khan, ed. H. Khadiv Jam, Teherán, 1974). 

     Abu Talib Jan comenzó su itinerario europeo en Irlanda y pasó la mayor parte del tiempo en Londres. El retorno a su tierra natal lo hizo vía Francia, Italia y Oriente Medio. Este viajero indomusulmán señala, muy sorprendido, que en Dublín había sólo dos casas de baño, ambas muy pequeñas y mal equipadas, destinadas exclusivamente para enfermos. «En verano —explica— la gente de Dublín se baña solamente en el mar, y en invierno no se bañan para nada»

    Abu Talib Jan encontró a las mujeres inglesas en un estado social lamentable respecto de sus hermanas musulmanas. «Las inglesas se mantienen ocupadas en tiendas y diversos puestos de trabajo —una situación que Abu Talib atribuye a la sabiduría de los legisladores y filósofos ingleses en la búsqueda del mejor camino para mantenerlas alejadas de la malicia—, pero, sin embargo, están sujetas a fuertes restricciones. Por ejemplo, ellas no salen después de oscurecer y no pasan la noche en ninguna otra casa que la propia sin la companía de sus maridos. Una vez casadas, carecen de derecho de propiedad y están completamente a merced de sus maridos, quienes podrían despojarlas a voluntad. Las mujeres musulmanas, por el contrario, están muchísimo mejor. Su posición legal y derechos de propiedad, incluso contra sus propios esposos, están establecidos y defendidos por la ley. Y tienen otras muchas ventajas. Ellas pueden salir de sus moradas a visitar a sus familias, a sus relaciones o a sus amigas, y al mismo tiempo, permanecer fuera de sus hogares por varios días y noches» (cfr. Stewart, págs. 135-37; Masir, pág. 268). 

    Rifa'a al-Tahtauí  

   En el siglo XIX, uno de los viajeros musulmanes más notables en cuanto a experiencias y producción literaria fue el sheij egipcio Rifa’a Rafi’ al-Tahtauí (1801-1873), un becario a quien el jedive (virrey otomano) de Egipto, Muhammad Alí (1769-1849), envió a estudiar a París (1826-1831). Su rihla, titulada «Purificación del oro en París» (Tajlís al-ibriz fi taljís Bariz, que lleva el subtítulo contemporáneo: Usul al-fikr al-arabi al-hadith ind al-Tahtawi: Las bases del pensamiento árabe moderno según al-Tahtauí, El Cairo, 1974), es un cuadro fascinante de las costumbres de los franceses decimonónicos. Muhammad Alí favoreció su publicación a partir de 1834 y la hizo traducir al turco. «El relato del viaje a París de Rifa'a Tahtawi apunta ya los temas esenciales de la Nahda y justifica la noción de renacimiento del dinamismo cultural árabe» (Mohammed Arkoun. El pensamiento árabe, Paidós Orientalia, Barcelona/Buenos Aires, 1992, pág. 112).

      El sheij al-Tahtauí durante sus cinco años de permanencia en la ciudad a orillas del Sena (la antigua Lutecia Parisiorum de los romanos) se multiplicó en recopilar información y aprender todo lo que pudiera ser útil para el Islam y los musulmanes. Así se tomó el trabajo de traducir al árabe el texto completo de la constitución francesa y de numerosas obras de la Ilustración sobre ciencias, filosofía y derecho. Era un políglota que dominaba dieciséis lenguas orientales y occidentales. También recorrió otras regiones y ciudades de Francia, entre ellas Marsella. 

    El sheij al-Tahtauí rápidamente reconoció el valor de la prensa en el mundo de las comunicaciones pero la juzgó con su peculiar ojo crítico: «Los hombres se enteran del modo de pensar de otros a través de ciertas páginas diarias llamadas Journal y Gazette. De ellas, un hombre puede saber lo que sucede dentro y fuera del país. Aunque tal vez se puedan hallar más mentiras que verdades, de todas formas contienen noticias por las que se puede adquirir conocimiento...Entre las ventajas que contemplan estas páginas se encuentra la alternativa de que si un hombre ha hecho bien o mal y es importante, los del Journal escriben sobre el particular y el hecho es conocido tanto por los grandes como por la gente común, con el objetivo de ganar aceptación para los hombres de buenas obras y condena para los transgresores». Sobre los habitantes de París dijo: «Los parisienses se distinguen entre la gente de la cristiandad por la agudeza de sus intelectos, la precisión de su comprensión, y la consagración de sus mentes a los temas profundos... y siempre desean conocer el origen de las cosas y las pruebas correspondientes. Incluso el pueblo común sabe leer y escribir...Están más cerca de la avaricia que de la generosidad... Entre sus creencias desagradables está la que afirma que el intelecto y la virtud de sus sabios son más importantes que la inteligencia de los profetas»

    Veamos la percepción que tuvo el Sheij al-Tahtauí al concurrir por primera vez a una cafetería francesa en Marsella junto a otros estudiantes egipcios en 1826: «La primera obra de arte en la que reparamos fue un magnífico café, en el que entramos tras considerar su extraordinario aspecto y disposición... En este café se vende todo tipos de bebidas y pastelería... Normalmente, cuando una persona toma café, se le sirve azúcar con la taza para que lo mezcle, lo disuelva y lo beba. Nosotros procedimos así, según sus costumbres. La taza de café que tienen es cuatro veces más grande que en Egipto; en fin, es un tazón más que una taza. En ese café se encuentran las hojas con los acontecimientos del día, a disposición de los clientes»

    El Sheij al-Tahtauí, adherente a la escuela shafi'í de pensamiento islámico, está considerado como el principal precursor del Renacimiento (Nahda) literario árabe. Otras obras suyas son las odas patrióticas egipcias Manzuma Misría y Fi al-Din ua al-lughah ua al-adab (Beirut, 1981). Dejó inconclusa una crónica llamada Anuar Taufiq-il-Ÿalil, de la cual sólo apareció el primer tomo que abarca un período histórico que llega hasta el Profeta Muhammad (BPD). Entre 1835 y 1848 se centralizó la actividad traductora en Egipto bajo la dirección del sheij al-Tahtauí.

    Abu-l-Hasan Shirazí  

   La actividad diplomática iraní no comenzó hasta el siglo XIX, cuando las Guerras Napoleónicas extendieron sus escenarios bélicos y políticos al Medio Oriente e incluso la India. La primera figura notable entre los visitantes iraníes a Europa fue Haÿÿi Mirzá Abu-l-Hasan Muhammad Alí Shirazí, quien partió de Teherán para Londres el 7 de mayo de 1809, acompañado del famoso diplomático y novelista británico James Justinian Morier (1780-1849), autor de las célebres «Aventuras de Haÿÿi Baba de Isfahán» (1824) y «Las Aventuras de Haÿÿi Baba de Isfahán en Inglaterra» (1828), que satirizan a la civilización occidental. Shirazí salió de Londres de regreso a Persia el 18 de julio de 1810, acompañado por James Morier y Sir Gore Ouseley, un orientalista (cfr. I. Ra'in: Safarname-i Mirza Salih Shirazi, Teherán, 1968; C.A. Storey: Persian Literature, vol. 1, págs. 1076-8, Londres, 1953). 

    Husain Jan Muqaddam 

   El segundo embajador iraní enviado al Occidente en el siglo fue Husain Jan Muqaddam Aÿudán Bashí, un militar elevado al rango de adjutor general. En 1838, por comisión del shah Muhammad de la dinastía Qaÿar, viajó a Europa, aparentemente para asegurar el retorno del embajador británico en Teherán, Sir John McNeill. Su ruta hacia Inglaterra fue vía Estambul, Viena y París, llegando a Londres en abril de 1839. Aunque Husain Jan no escribió detalles de su viaje, un auxiliar anónimo de su embajada, muy idóneo y observador, redactó una interesante crónica de eventos conocida como Sharh-i ma'muriyat-i Ajudan bashi (Husain Khan Nizam ad-Dawla) dar Safarat-i Otrish, Faransa, Inglistán, publicada en Teherán en 1968. El islamólogo Alessandro Bausani hizo la traducción italiana con el título: Un manoscritto Persiano inedito sulla Ambasceria di Husein Han Moqaddam Agudanbashi in Europa negli anni 1254-1255 H (1838-39), Oriente Moderno 33, Roma, 1953. Una de sus anécdotas, ocurrida durante la inauguración del tramo ferroviario entre Londres y Croydon en 1839, relata la sorpresa que produjo en la multitud allí reunida (cercana a las cuarenta mil personas), la presencia de la embajada persa con sus barbas, turbantes y ropas tradicionales: «Tan pronto como nos vieron comenzaron a gritar con exclamaciones de asombro y escarnio. Pero el Aÿudan Bashí tomó la delantera saludándolos muy cortésmente, y ellos respondieron descubriéndose y agitando sus sombreros, por lo que todo acabó muy convenientemente» (cfr. Sharh-i ma'muriyat-i Ajudan bashi..., pág. 385; Bausani: Un manoscritto Persiano..., págs. 502-3). 

 

 VIAJEROS DEL OCCIDENTE MUSULMÁN  

    El historiador irakí A. Dhul Nun Taha describe, en un artículo publicado por una revista francesa especializada, las peculiaridades de los viajes andalusíes hacia Oriente: «En las relaciones entre al-Ándalus y los países de Oriente la balanza se inclinó, en los primeros tiempos, en favor de Oriente. Entre los sabios, los viajes eran más frecuentes de al-Ándalus hacia Oriente porque era éste el centro culturalmente más desarrollado. Al-Ándalus se apoyaba mucho, en un comienzo, en las ciencias de Oriente, a las que consideraba el origen y fundamento que los andalusíes debían conocer. Los viajes fueron, por tanto, un factor de fortalecimiento y afirmación de los vínculos entre ambas regiones. Gracias a ellos la vida científica y cultural andalusí se desarrolló y alcanzó gran expansión, con lo que al-Ándalus pasó de la situación de país relativamente atrasado, a la zaga del Oriente musulmán, a la de competidor, a veces superior a este último» (Importance des voyages scientifiques entre l’Orient et al-Ándalus, en Revue de l’Occident musulman et de la Méditerranée, París, 1985, nº 40). 

   El término árabe Rihla significa «viaje, partida, marcha, salida, emigración, periplo, itinerario, relato de viaje», es justamente esta última acepción la que se especializó para dar nombre a un género que ocupa un lugar destacado en la literatura islámica. Efectivamente, en el siglo XII aparece algo nuevo en las letras árabes, el género de la rihla. Dicho género tiene como característica el que casi todos sus autores sean occidentales, andalusíes o magrebíes, y peregrinos hacia los lugares santos del Islam (cfr. Francesco Gabrieli: Viaggi e Viaggiatori arabi, Sansoni, Florencia, 1975). 

    Ibn Hamza (m. 814) fue el precursor del género relatando los avatares de su misión como embajador en Bizancio, donde había sido enviado por el emir omeya de Córdoba Hisham I. El primer gran viajero andalusí fue Abu Hamid al Garnatí (1080-1169), autor de la rihla llamada Tuhfat al-ahbab ua mujbat al-aÿab ("El Regalo de los corazones y elección de maravillas"), quien visitó el norte de Africa, Siria, Irak, Persia, Jorasán, Transoxiana y centro y sur de Rusia, Hungría y pereciendo en el transcurso de uno de sus viajes, en Damasco. Véase Blanche Trapier: Les Voyageurs Arabes au Moyen Age, Gallimard, París, 1937; César Dubler: Abu Hamid el Granadino y su relación de viaje por tierras eurasiáticas, Edit. Maestre, Madrid, 1953; Dale F. Eickelman y James Piscatori: Muslim Travellers. Pilgrimage, Migration and the Religious Imagination, Routledge, Londres, 1990; Abu Hamid al-Garnati: Tuhfat al-Albab (El Regalo de los espíritus), AECI, Madrid, 1990; Abu Hamid al-Garnati: Al-Mu'rib 'an ba'd aya'ib al-Magrib (Elogio de algunas maravillas del Magreb), AECI, Madrid, 1991. 

  Ibn Yaqub Ibrahim Ibn Yaqub al-Israilí al-Turtushí, fue un comerciante judío andalusí, nacido en Tortosa (Cataluña), que viajó durante la primera mitad del siglo X por Francia, Holanda, el norte de Alemania, Bohemia, Polonia y el norte de Italia. Sus magníficos y sagaces comentarios de ciudades y regiones europeas que visitó, y de otras que logró precisar en su itinerario de viaje, como las Islas Británicas, Utrecht, Burdeos, Schleswig y Maguncia, entre 934 y 935, sirvieron como valiosas referencias incluso a geógrafos musulmanes muy posteriores, como el afamado enciclopedista iraní Zakariya Ibn Muhammad al-Qazviní (1203-1283). Al referirse a los francos, Ibn Yaqub, como buen andalusí, se horroriza de su falta de higiene: «No encontraréis a nadie más sucio e inmundo que ellos. Son gente pérfida y traicionera. No se bañan más que una o dos veces por año, y en agua fría, y jamás lavan sus ropas hasta que éstas se caen a pedazos... Pregunté a uno de ellos la razón de por qué se afeitan la barba, y me contestó: "El pelo es una superfluidad. Si nos lo quitamos de nuestras partes íntimas, por que lo dejaríamos permanecer en nuestras caras"» (cfr. André Miquel: L'Europe occidentale dans la relation arabe de Ibrahim b. Yaqub, Annales ESC, París, 1966, pág. 1053). Véase también Tadeus Kowalski: Relatio Ibrahim Ibn Jakub de itinere slavico, en Monumenta Poloniae Historica 1, Cracovia, 1946, E. Ashtor; The Jews of Moslem Spain, Filadelfia, 1973, vol. 1, págs. 344-49. 

   Los Almagrurinos

  Los adelantos en la ciencia náutica desarrollados en el seno del Islam permitieron que ocho hermanos de una familia musulmana de Lisboa, en al-Ándalus (hoy Portugal), llamados al-Mugarribún, latinizados como «los Almagrurinos», zarparan hacia el «Mar de las Tinieblas» (Bahr al-Dulumat) en el año 1013 -379 años antes de Colón-, hacia esa inmensidad también llamada en árabe al-Bahr al-Zafit «Mar de pez negra», al-Bahr al-Ajdar «Mar Verde», al-Bahr al-Garbí "Mar Occidental", o al-Bahr al-Mudlim al-Muhît «Mar Tenebroso Circundante o Envolvente», al que los griegos denominaran con el adjetivo Atlantikós, que recoge en una ocasión al-Idrisí (ver aparte), al citar a Aristóteles y Arquímedes. Tras más de dos meses de navegación llegaron a la isla de los «hombres rojos». Este hecho tan poco conocido en Occidente fue divulgado por el escritor español Vicente Blasco Ibañez (1867-1928) en su obra En busca del Gran Khan y hace pensar si los hermanos Almagrurinos habrían llegado a tocar en alguna isla oriental de América (cfr. Ibrahim H: Hallar, Descubrimiento de América por los árabes, Buenos Aires, 1959).

     Desde el siglo VIII al XI, los musulmanes fueron los únicos dueños del Mar Mediterráneo y en el Océano Indico ejercieron una efectiva talasocracia hasta principios del siglo XVI. Del árabe provienen los nombres marinos, como almirante, aduana, tarifa, fragata, amarra, zozobrar, falúa, calafate, azimut, rambla, chalupa, canal, etc., términos que luego se integraron definitivamente a los idiomas europeos. Por ejemplo, las palabras arsenal, atarazana y dársena provienen del nombre árabe dar al-sinaa, «casa de fabricación». 

   Ibn Ÿubair  

  Abu al-Husain Muhammad Ibn Ahmad Ibn Ÿubair al-Kinaní al-Andalusí al-Balansí ("el Valenciano"), nació en Valencia en 1145 y murió durante su tercera travesía, en Alejandría, Egipto, en 1217. Su famosa Rihla se refiere a su primer viaje, el que realizó entre el 15 de febrero de 1183 y el 25 de abril de 1185, cruzando el Mediterráneo y visitando Egipto, La Meca, Siria, Irak, Palestina, Cerdeña, Sicilia y Creta. La Rihla de Ibn Ÿubair, uno de los textos narrativos más fiables y documentados de fines del siglo XII (ver Ibn Ÿubayr: A través del Oriente. El siglo XII ante los ojos, traducción y notas de Felipe Maíllo Salgado, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1988), es una de las fuentes más importantes con que cuenta el historiador para saber como se encontraba el Mundo Islámico, la Sicilia normanda y la navegación en el Mediterráneo en el siglo XII. 

     Ibn Ÿubair, al hacer escala en Palermo de vuelta de la peregrinación a La Meca, en diciembre de 1184, nos brinda este valioso testimonio de la Sicilia normanda del rey Guillermo II (1154-1189): «La más hermosa de las ciudades es la sede de su rey, los musulmanes la llaman al-Madina (la Ciudad) y los cristianos la conocen como Balarma (Palermo). En ella está la la residencia de los musulmanes urbanos, tienen allí mezquitas, y los mercados que les están reservados en los arrabales son numerosos (...) La actitud de este rey es admirable en lo concerniente a la bondad de su conducta y al empleo de musulmanes (...) El tiene plena confianza en los musulmanes, confía en ellos sus negocios e importantes oficios, hasta el punto que su intendente (nazir) de su cocina es un hombre musulmán. Tiene una tropa de negros musulmanes bajo el mando de un jefe (qa'id) salido de entre ellos. Sus visires y chambelanes también son musulmanes (...) Una de las admirables condiciones que de él se cuentan es que lee y escribe el árabe (la lengua de los normandos era el francés) y que, según lo que nos manifestó uno de sus servidores privados, su fórmula de validación es: Alabado sea Dios, Señor de los Universos (Alhamdulillah Rabbil 'Alamin). En cuanto a las doncellas de honor y favoritas su palacio son todas musulmanas. Una de las cosas más extraordinarias que nos ha contado el sirviente susodicho —Yayha Ibn Fityan, el bordador, que borda con oro en el taller real (tiraz)—, es que si una franca cristiana es introducida en su palacio se vuelve musulmana, pues las mencionadas damas la convierten al Islam» (Ibn Ÿubair: O. cit., págs. 377-378). 

    Más adelante nos revela ciertos aspectos de la vida cotidiana en Palermo y sus cercanías : «En esta ciudad el vestido de las cristianas es el mismo que el vestido de las mujeres musulmanas. Las lenguas alerta, envueltas y veladas, salen en esta fiesta susodicha (de la Natividad) vistiendo ropajes de seda bordados de oro, envueltas en mantos magníficos, veladas con velos de varios colores, calzadas con botines ornados de oro se pavonean yendo a sus iglesias llevando el conjunto de los atavíos de las mujeres de los musulmanes: alhajas, tintes y perfumes (...) Pasamos por una serie de pueblos y aldeas colindantes. Contemplamos labores y cultivos en una tierra que no hemos visto semejante en cuanto a bondad , generosidad y extensión; la comparamos a al-Qanbaniya (la Campiña) de Córdoba; pero ésta es mejor y más fértil. Pasamos una noche en el camino, en una ciudad llamada Alqama (Alcamo, entre Palermo y Trapani), grande y vasta, en ella hay un mercado y mezquitas. Sus habitantes, así como los habitantes de las aldeas que se hallan en este camino, son todos musulmanes» (Ibn Ÿubair: O. cit., págs. 387-388). 

   Ibn Battuta  

   El gran explorador Shamsuddín Abu Abdallah Muhammad Ibn Battuta at-Tanÿí ("el Tangerino"), nació en Tánger el 25 de febrero de 1304 (17 de raÿab de 703 H.) y murió cerca de Fez, Marruecos, en 1368/9 (770 H.) o en 1377 (779 H.). El 13 de junio de 1325 (2 de raÿab de 725 H.), a la edad de veintidós años partió por primera vez hacia La Meca con el firme propósito de cumplir con la peregrinación preceptiva en el Islam. Visita el Norte de Africa, Egipto, Palestina, Siria, Arabia (La Meca), Irak, Irán y retorna a La Meca, donde reside por espacio de tres años (1327-1330). En su segundo viaje pasa por Yemen, Adén y la costa oriental africana. Desde allí regresa por Omán y el Golfo Pérsico cumpliendo una tercera peregrinación a La Meca en 1332. En su tercer viaje cruza por Egipto, Siria, Rusia y Constantinopla. Luego vuelve a través del interior ruso y sale a Afganistán para llegar al valle del Indo. En la India reside casi diez años (hasta 1342), y uno y medio en las remotas Islas Maldivas donde ejerció como juez islámico (Cadí). Su derrotero en el Lejano Oriente comienza en la isla de Ceilán (hoy Sri Lanka), y sigue por Bengala, Assam, Sumatra, China (1347), cumpliendo una cuarta y última peregrinación a La Meca (1348), y retornando a Fez (1349). Más tarde, viajará a al-Ándalus (1350) y a Malí (1352).

      Sus escritos describen la fascinación que lo embargó al descubrir la capital del reino nazarí: «Después continué la marcha hacia Granada, capital del país de al-Ándalus, novia de sus ciudades. Sus alrededores no tienen igual entre las comarcas de la tierra toda, abarcando una extensión de cuarenta millas, cruzada por el famoso río Genil y por otros muchos cauces más. Huertos, jardines, pastos, quintas y viñas abrazan a la ciudad por todas partes...» (Ibn Battuta: A través del Islam, Alianza, Madrid, 1988, págs. 761-763). 

    En Siÿilmasa (Marruecos), la ciudad de oro, Ibn Battuta encontró, bien es verdad que con alguna extrañeza por su parte, a uno de sus compatriotas de Ceuta, el alfaquí al-Bushrí, a cuyo hermano había conocido en China. El Islam de esta época abunda en desarraigados de todo género que la hospitalidad musulmana acoge, desde el Atlántico al Pacífico, sin desertar en ningún momento de esta tarea. Ibn Battuta es el viajero y explorador más extraordinario de la historia de la humanidad. Sus viajes entre 1325 y 1354, realizados en una época donde no existían medios rápidos y seguros de transporte, totalizaron ciento veinte mil kilómetros, o sea tres veces superior a la distancia cubierta por su predecesor europeo, el veneciano Marco Polo (1254-1324), cuyo libro de viajes fue en realidad escrito por el amanuense Rustichello de Pisa (Marco Polo: Libro de las Maravillas, Ediciones B, Barcelona, 1997). 

    El título original en árabe de su Rihla o Libro de Viajes es Tuhfat al-nuzzar fi ÿaraib al-amsar ua aÿaib al-asfar, es decir «Don para quienes observan las curiosidades de las ciudades y las maravillas de los viajes». Por disposición del sultán mariní de la época, Ibn Ÿuzayy, un escribano andalusí, vertió en bella prosa las memorias de Ibn Battuta conformando la obra citada. Si los cineastas de Hollywood quisieran aceptar la historia real, y se informaran sobre las vidas de Ibn Battuta o Ibn Ÿubair, no tendrían nada que inventar para filmar las películas más extraordinarias y taquilleras (cfr. Ross E. Dunn: The Adventures of Ibn Battuta, University of California Press, Los Angeles, 1986; Thomas J. Abercrombie: Ibn Battuta. Prince of Travelers, National Geographic magazine, Washington, Diciembre 1991, págs. 2-49); Roderic Owen: The Great Explorers. Ibn Battuta, Orion Publishing Group, Londres, 1995, págs. 30-33). 

    Benjamín de Tudela  

   Otro viajero-geógrafo muy conocido fue el judío andalusí Benjamín de Tudela (1130-1175). Hacia 1165 parte desde Zaragoza y pasa por Jerusalem, Alejandría, Bagdad y muchas otras ciudades y pueblos. Se habla de que llegó hasta la India, cosa que no ha podido ser comprobada. Regresa a al-Ándalus en 1173. Se trata, por tanto, de un viaje de ocho años, realizado en su mayor parte a través del Mundo Islámico sin pasaporte ni salvoconductos, con entera libertad, pese a su condición de no musulmán. Veamos como nos describe el trato de los pacientes en el hospital Dar al-Maristán (Casa de los enfermos) de Bagdad (inaugurado en el año 794): «En esta casa se retienen a los enfermos mentales de toda la ciudad... Mensualmente los funcionarios del califa les interrogan y examinan, soltándoles si han recobrado la razón, y cada cual vuelve a su casa y a (ocupar) su cargo... Hay allí en Bagdad como unos cuarenta mil judíos y permanecen en calma, tranquilidad y honor bajo el poder del gran califa» (cfr. Libro de Viajes de Benjamín de Tudela, Riopiedras ediciones, Barcelona, 1989, págs. 92/93.

   Al-Magribí  

    En el siglo XIII se destaca el gran viajero y geógrafo Ibn Said al-Magribí (1208-1286) de Granada, cuyo Kitab bast al-ard fi tuliha ua al-’ard ("Libro sobre la extensión de la tierra a lo largo y a lo ancho") fue muy utilizada por autores posteriores como el historiador y geógrafo Abu al-Fada al-Ayubí (1273-1331). También es autor de una rihla llamada An Nafha al-miskiyya fi s-sifarat almakkiyya ("Suave exhalación de almizcle en la embajada mecana"). El magrebí At-Tamgrutí (muerto en 1595 en Marrakesh), compondría una rihla titulada An nafahat al-miskiyya fi s-sifarat at-turkiyya ("Suaves exhalaciones de almizcle en la embajada turca"), tras ser enviado por el sultán de Marruecos en embajada a la corte del sultán otomano Murad III. (*)

(*) Fuente: Texto de R.H. Shamsuddín Elía, Profesor del Instituto Argentino de Cultura Islámica.

 

 

 

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