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 RECORRIDOS POR LAS SELVAS PATAGÓNICAS NEUQUINAS     

                                                                                        Fotos y texto Andrés Manrique          

 

                                       

    En este momento de Viajeros y exploradores de Temakel nos adentraremos en un viaje por la zona de los lagos Neuquinos. Un recorrido que se internará en el viajero; desplazándolo del centro y volviéndolo al lugar que le toca entre la vida natural. Un lugar en el que la geografía invade y desborda al viajero que llega después de haber cubierto más de trescientos kilómetros de estepa casi desértica. Un viaje desde la ciudad de Neuquén hasta los pies de la cordillera que alberga una variedad vegetal y animal donde se destacan las araucarias, cuya presencia es perceptible kilómetros antes, al asomar gigantes, acariciando el cielo. El mismo cielo que vuelan aguiluchos, águilas y cóndores en busca de presas menores que el puma, el felino paciente que mora también por estos pagos. Por allá, al pie de las montañas y a orillas de los lagos, la ciudad pasa a formar el fragmento borroneado de un mal sueño. Allí, la atmósfera vuelve a palpitar y el latido anterior puede volver a sentirse. 


  RELATO

  DEspués de catorce horas de colectivo, a unos 1147 kilómetros de Buenos Aires, llegamos a Neuquén. El mediodía devolvía a los neuquinos, al calor de sus hogares, y a eso de las dos de la tarde la ciudad se vació. La quietud y el silencio sólo eran alterados por los latigazos del viento.      Después de andar la ciudad, unos bancos que descansaban bajo la glorieta en el boulevard de la calle central nos invitaron al descanso hasta la hora de partida.En una Combi, recorrimos los 322 kilómetros hacia el oeste, hasta el pueblo de Aluminé (del mapuche: olla brillante), una localidad bautizada por los mapuches abrigada por uno de los tantos valles de la cordillera. Desde allí, diversos caminos se abren hacia los lagos de origen glaciar del norte del Parque Nacional Lanín. El atardecer de desplegó por la ruta 22. Mientras dormitaba Juan, amigo y compañero de viaje, mi vista rodó por la estepa cubierta de arbustos enanos que brillaban como borbotones de algodón bajo la luz de un sol remolón. Pasamos Zapala y tomamos la ruta 46. A pocos kilómetros, sobre nuestra derecha, el chofer nos señaló el Parque Nacional Laguna Blanca: 11.250 hectáreas protegidas que albergan el área de nidificación más importante de la Patagonia con más de cien especies de aves e incluye una de las mayores poblaciones de cisnes de cuello negro del país. Despedimos la camioneta 16 kilómetros antes de llegar a Aluminé, en el parador Rahue, a 30 del lago Quillén. La noche era fría y entramos en la única construcción de la zona: una cálida cabañita donde un guía turístico nos convidó unos mates revitalizadores mientras nos recomendaba el mejor lugar para la carpa, donde dormimos a rienda suelta. El Quillén en vista. Entrado el día, desayunamos con el guía mientras nos daba información sobre los senderos ocultos de la zona. Remontamos el ripio de la ruta 46, paralelo al río Quillén, que conduce al lago homónimo. Luego de una hora a paso cargado, por las inmensas mochilas, una sombra golpeó la tierra. Estábamos fuera de estado y el calor del sol y los veinte kilos que llevábamos en la espalda nos aplastaban. “Che, che, ¿eso no es...?” “¡Sí, un cóndor!”, gritó Juan. La potencia de semejantes alas terminadas en dedos, nos propinó energías para seguir. Dos horas después, el primer vehículo que nos pasó (una “Volkswagen Saveiro”), afortunadamente, nos levantó. Tras cuarenta minutos de zigzagueos, subidas, bajadas y traqueteo sobre un terreno infértil, nos dejó a dos kilómetros del lago. Desde el área de acampe, los 24 kilómetros cuadrados de agua abrazan como un anillo de cristal, al centro azul marino del lago. Recorrimos la playa de canto rodado y degustando el último bocado de la cena... a la bolsa. Al día siguiente, desarmamos el campamento bajo un sol radiante y caminamos 5 kilómetros hasta el camping Pudú-Pudú; menos turístico que el anterior, también a orillas del Quillén, vimos cuando el sol huía tímidamente mientras el agua se plateaba e imprimía nuevos tonos al pico del volcán Lanín: la pared montañosa iba incendiándose con el caer de la tarde y proyectaba un intenso contraste con la vegetación abundante del valle. Cautivos por el espectáculo, sin noción del tiempo, la noche cayó. 
   Hacia el lago Hui HuiCon una viandita en la espalda, salimos hacia el lago a media mañana por un sendero liviano que en sólo 6 kilómetros pasó de la estepa árida, a bosques con galerías de cañas y vegetación selvática. De pronto unas densas nubes oscurecieron el camino. La garúa se hizo lluvia que devino en chaparrón. Empapados, seguimos camino. ¡Qué maravilla! Las infinitas gamas de verde fosforecieron con el barniz de lluvia. Los pájaros salieron de sus nidos y convocaron con sus gritos al sol, que entibió nuestro cuerpo aterido. Los cerros rocosos del valle destellaron: los altos nevados, algunos cubiertos de pinos y otros descampados por los incendios que dejaron su rastro infernal en centenares de troncos retorcidos y semi carbonizados. Llegamos a un mirador que expone por entero al lago Hui Hui, cuya isla en el centro emerge como un monstruo mitológico de sus entrañas. Después del almuerzo, escapando del sol, nos sumergimos en el vientre del lago. Bajo el agua translúcida, se colaba la luz en una miríada de rayos luminosos, pelos lumínicos que rozaban la rocas adormecidas en su profundidad. Cuando el sol empezó a caer, regresamos al campamento. El pico del Lanín estaba blanco y dos estrías finas de roca negra lo estilizaban. La lluvia del valle, había sido nevada en su cumbre. Después de un caliente guiso de lentejas, Morfeo nos convocó. Aventuras en tierra de mapuches
  El nuevo día nos levantó y cual caracoles, con todo a nuestras espaldas, desandamos hasta el camping Quillén. Desde ahí, teníamos dos opciones para llegar al lago Rucachoroi (del mapuche: “casa de loros”): volver por el ripio hasta Aluminé y de allí, 24 km más hasta el destino; o recorrer diez horas de senda que escala el cordón montañoso entre ambos lagos. El Guardaparque nos describió el terreno e hizo lo imposible para disuadirnos: “...1200 metros de desnivel... mal señalizada... pumas sueltos.” Una buena opción era alquilar unos caballos y hacerlo con algún baqueano experimentado. Y como entonces no había forma de contactar a ninguno, para mí el desafío estaba planteado y la encaré a pie. Juan, más sensato, se inclinó por lo seguro y se fue en camioneta. La cara roja
   Tendría que haber leído con atención el permiso que me hizo firmar el Guardaparque antes de salir: “La A.P.N. no se responsabilizará por percances, contingencias o fallecimientos que pudieran...” Contingencias pasaron, a montones. Anduve tres kilómetros por una huella hasta una estancia mapuche que descansaba al pie del cerro que debía trasponer. Las primeras horas de caminata corrieron entre liebres y conejos salvajes de color marrón, gris, blanco y veteado que acolchonaban el terreno como almohadoncitos animados. En la estancia, los primeros en salir a mi encuentro fueron los perros y gracias a sus ladridos, desde el fondo de la casita, salió un hombre moreno y rasgos aindiados que farfulló en un dialecto incomprensible mientras señalaba hacia algún lado con el dedo. Afortunadamente, un baqueano me acompañó a caballo hasta la entrada al sendero correcto. Comencé el ascenso que estaba indicado con marcas amarillas cada unos metros. A medida que avanzaba, las marcas se iban distanciando más. El bosque quedó atrás y me interné en un cañaveral que me desorientó totalmente. La senda estaba cruzada por un montón de picadas que había abierto el ganado, las ovejas y las cabras. Los caminos eran innumerables y yo estaba dentro de un cañaveral, perdido. Todos los caminos terminaban cerrándose. Si quería abrirme paso entre las cañas por la fuerza, me lastimaría todo. Después de muchos intentos, agotado por los tábanos que no se cansaban de rondarme, encontré un túnel en medio de las cañas. Parado no pasaba y en cuatro patas me metí en él. El miedo cubría ahora mi cuerpo agotado y se me ocurrió imaginar que podría estar yendo hacia un cubil de pumas, (felinos de los que el guardaparque me había precavido). Transpirado y tembloroso sentí, de pronto, un alivio generalizado en la musculatura mientras de mis poros brotaba una pelambre dorada. Comenzaba a andar con más sutileza. Ya no sentía las horquillas de las cañas en las palmas de las manos ni incrustándoseme en las rodillas. El miedo desapareció y vi todo de otra forma, con otras formas desde unos ojos que captaban casi todo el entorno. Empecé a escuchar más precisos los ruidos, el fluir del viento por encima, el movimiento, mis pasos acolchonados y hasta creo que sentí el parpadeo de una lagartija que huía de un zarpazo. Su ligero movimiento dejó suspenso en el aire un aroma indescriptible, y tras ese, una multitud de olores comenzó a guiarme. No sé cuánto habré andado así, pero de golpe, había salido del cañaveral. Me quise erguir y tropecé, carecía de equilibrio. Me quedé sentado mientras el mundo volvía a hacerme hombre cuando vi otra chapita pintada de amarillo y volví a suspirar. Un poco más calmo, nuevamente por el sendero, mis piernas volvieron a responder. 
   Llegó el mediodía y sólo me quedaban unos besitos de agua en la
cantimplora. Desde la roca descubierta vi enrojecida otra de las caras del Lanín y una vista panorámica estupenda. Mis piernas temblaban por el esfuerzo y no podía parar porque no bien lo hacía, un millón de hormigas trepaban por mis borceguíes enloquecidas. Me propuse una meta, si para las dos de la tarde no llegaba a la cima, regresaría. Se hicieron las tres y luego de andar una hora por rocas sueltas, asediado por la sed y el cansancio, llegué a ver del otro lado. Esperaba el vergel, el húmedo valle, y nada: montañas rocosas. No había dudas, había errado el camino. Empezó a llover, me perdí, tuve que nadar para cruzar un río, pero a las 20.00 volví al puesto de Guardaparque que había dejado trece horas antes. Preocupado por Juan que debía estar esperando nervioso en el Rucachoroi, me moví lo más rápido que pude. Pedí que avisaran por radio al otro Guardaparque para que mi compañero se despreocupara. Finalmente, el azar, “el que mejor hace las cosas”, por intrincados caminos -primero a dedo hasta Aluminé y desde ahí en remis por la ruta 18- me dejó en Rucachoroi a las tres de la mañana. Con un sentido abrazo de mi amigo y un “Pensé que te había pasado algo”, despedimos el día. El sol despuntó y nos levantamos bajo enormes araucarias, fuentes de vital energía para los antiguos pobladores indígenas. Estos gigantes verdes sostienen en sus copas unos frutos parecidos a ananás gigantes que dentro contienen decenas de piñones, un alimento nutritivo y rico en aceite que, cocidos, constituían la base de la alimentación para los mapuches en los inviernos fríos. Las ramas gruesas trizaban al sol y el viento trisaba cuando las recorría. El nuevo ambiente natural nos llevó por un camino que bordea al lago Rucachoroi hasta la imperdible Laguna Verde, a unos siete kilómetros del campamento, sobre una de las colinas del valle. El chillido del viento entre las araucarias fue quedando atrás y, a medio camino, nos detuvimos para sacar unas fotografías. El silencio volvió a dominar el ambiente y unos pasos más adelante escuchamos el campanilleo de las pequeñas hojas plateadas de un álamo que reverberaban con el aliento. La paz era total. Seguimos por la margen izquierda del lago hasta un descampado al que llega repiqueteando el arroyo Calfiquitra, que baja encajonado por una de las laderas. Ahí sale la senda de ascenso tan bien señalizada como empinada. Sin embargo, entre la promiscua vegetación, de tanto en tanto, un tronco milenario, de entre dos y más metros de diámetro, sirve para recuperar el aliento. Sin darnos cuenta, llegamos a la laguna después de pasar un bosque de cipreses, alerces y robles. Es de altura y realmente le hace honor al nombre: verde de ver. Está protegida del viento por delgadas araucarias que convierten la superficie acuosa en espejo de lo que la rodea. A la vuelta, la vista se amplía desde distintos puntos panorámicos que muestran al Lago Rucachoroi en su esplendor, y el dibujo que el arroyo Calfiquitra traza al bajar por la ladera de la derecha. Cerca de la zona, se encuentra una de las últimas reservas de Mapuches. 

   No son muy sociables pero pasean con sus yuntas de bueyes que usan para trasladar leña y aportan al lugar, su tierra, un halo más de misterio. En compañía de manadas de caballos, ágiles cabras, majadas de ovejas y chivos saltarines, se deambula inmerso en el ambiente agreste. El camino de las cascadas.
  Volvimos a Aluminé. De ahí hacia el norte por el ripio de la 23 que desemboca en el camino al Ñorquinco. En total, 55 kilómetros recomendables para hacer de día y provistos con una bolsa de caramelos para ir repartiendo a los mapuchitos que van al colegio por el costado de la ruta tierrosa con sus guardapolvos inmaculados. A dedo llegamos al “Eco camping” que tiene una casita de té y recepción construida íntegra y artesanalmente en madera. ¡Duchita templada! Pizza casera en ambiente tibio, alfajorcito recién horneado y sueño placentero. Al día siguiente, el dueño del camping nos marcó, carta mediante, los senderos más interesantes de la zona. Muchos pasan por estancias privadas y se los puede recorrer con permiso del dueño. Pasamos una vieja casona luego de una hora y media de caminata y seguimos, a campo traviesa, hasta una meseta cortada a cuchillo; una roca en forma de trapecio que en su interior, como un volcán en miniatura, recela una laguna. Llegó el día y nosotros a un camping menos poblado que el anterior, a la vera del río Pulmarí. El amabilísimo guardaparque nos indicó una caminata ineludible: como quien dice en el patio de su casa, tiene una cascada de 10 metros de caída que forma una cueva con la roca. Por un costado se entra sin salpicaduras y a través de la melena de agua se puede ver al lago Ñorquinco recortado por la vegetación. Bordeando la senda llegamos a un frambuesal silvestre. Pequeños rubíes rezumantes de jugo y dulzor. Dos horas más adelante, el camino concluye en un puesto de gendarmería. Ahí, el guardia nos rumbeó hacia la siguiente cascada. En minutos, llegamos a la trenza de agua que, corriendo entre las rocas del otro lado del valle, cae desde lo alto. La pendiente es empinada para descender y preferimos gozar de lejos su espumoso porrazo sobre el río Coloco. Los últimos días de viaje los pasamos en una playa de mullido pasto sobre una de las innumerables vueltas del Pulmarí. Un lugar especial para nadar. El lecho del río dormita bajo cinco metros de una corriente calma. El sol y el clima cálido nos sumergió en el origen de la vida, el agua. Así, vueltos a nacer, nos despedimos de aquélla selva patagónica de valles, riscos y alturas para volver a la ciudad de cemento amnésico.

Fotografias (de arriba hacia abajo): 1: El Lago Verde; 2: Cielo y árbol de madera y cielo y árbol de agua; 3: Cueva tras la cascada; 4: Flores abrazadas por la madera antigua; 5: El sereno sueño del Lago Neuquén. ( Todas las fotografías pertenecen a Andrés Manrique).

 

 

 

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