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CINCO AÑOS A CABALLO

La exploración de Bettina Bonifatti a través de Argentina y países limítrofes

 

Bettina Bonifatti durante su viaje, ensillando su caballo.

 
    Expedición de 8.000 kilómetros por Argentina y países limítrofes. Desde Tierra del Fuego, cruzando el Estrecho de Magallanes, la Cordillera de los Andes, pasando por Chile, la ruta del desierto, Buenos Aires, Uruguay, Litoral y noroeste argentinos, Brasil y Paraguay. El viaje de Bettina Bonifatti, pintora y psicóloga argentina, quien en la partida contaba con veinte años de edad y decidió hacer un taller de pintura nómada sin apoyo de vehículo (abajo, imagen de izquierda, para ampliar, puede apreciarse el recorrido completo del viaje en mapa). 

Lo que sigue a continuación es un fragmento de su libro, hoy en preparación por Barco Edita, Colección Literaturas, e imágenes de su obra pictórica y de los momentos de su especial viaje.

 

  

Para comunicación con Bettina: 

bbonifatti@yahoo.com

 

 

NOTA ACERCA DE QUEDAR A PIE (la nave de cuero)

 

Por Bettina Bonifatti

Cuando aprendí todo acerca del frío vino el calor. Cuando me adapté y reaprendí sobre el desierto rionegrino y la pampa, llegó Buenos Aires; lo atravesé conociéndolo. Después me metí en el litoral impresionante; de él me enamoré y, cuando más lo amaba, tuve que irme otra vez. Cuando me resigné, apareció un dios llamado Córdoba. Me encandiló Santiago del Estero; en su luz de sal me quedé (o me quemé), pero terminó en una selva, Tucumán. Su geografía pequeña quedó atrás y entré en Salta. Y en Salta, te cambia la vida. Como un oasis quedó Uruguay, un país para no dejar; y como un llanto Paraguay, guarania de un tiempo sin explicación. Yo nunca creí en los desplazamientos. Y sin embargo viajé, como si quieta estuviese.

 

Cuando salí, tenía un entorno conocido en el que más bien había vivido enquistada; era Buenos Aires, un lugar en el que uno se siente seguro, se mueve como pez en el agua. La ciudad tiene sus códigos y no se tiene más que andar, llamar el ascensor, salir a tomar el colectivo, sentir la distancia social callejera, la vida en suma conocida.

Me trasladé a Río Grande para partir de allí con los caballos. En el avión ni pensé, sólo me quedé mirando por la pequeña ventanilla la costa de Santa Cruz y las nubes. Bajé en el aeroparque con un viento atroz, abrazada a un sombrero negro que jamás me había puesto; tampoco conocía su utilidad.

Ya en el campo, empecé a sentirme en falta; no entendía una frase completa, como si la gente estuviese hablando en otro idioma. Sabía que debía observar, ser prudente. Tanto espacio y tan poco diálogo empezaron a asustarme. El primer mes llegué a la conclusión de que sólo en el truco y en la mateada me sentía normal; eran los únicos códigos que conocía, el resto era de una crudeza sin límites.

Empecé a desenquistarme de lo ciudadano; un parloteo mental me impedía respirar hondo y ver con calma un cielo extremadamente estrellado. Veía carnear los animales con más pánico que interés y luego comía reviviendo la sangre y los gritos. Nunca había matado para comer, y menos había visto hacerlo a diario. Cuando el agua se empezó a congelar en las casas, en los charcos y en mi nariz, supe que había vivido en otro mundo.

Después, con la sabiduría del campo contra mi perfecta ignorancia en hacer nudos, aparecieron los primeros problemas de cada día; se me desataban los caballos, se me corría la montura, me dolía el cuerpo y sólo veía las ancas enormes caminar como seres de patadas en potencia. Buscaba comunicarme con esos bellos animales; no sabía qué era lo efectivo en ese trato y me quería amigar con quinientos kilos de músculos y tendones paranoides. El tiempo fue el único aliado, además del camino, que amansa a los animales volcándolos al hombre cuando se sabe perdidos.

Supe que un caballo tiene querencia, que así se llama a su tierra, la que él conoce y en la que se crió; que al salir de la querencia el animal se da cuenta y es entonces cuando te empieza a respetar. Supe que la dependencia por la comida y la sed también lo acercan a uno; que si se tiene agua cada vez que él la desea se puede empezar también a encontrar su confianza. ¿Y para qué?, para facilitarlo todo, para no correrlo durante una hora por la mañana, o simplemente para ver el camino sobre el lomo de un animal que te reconoce.

Con las personas fue distinto. Cuanto más lejos y desolado, más emocionante es ser visita. Me preguntaba por qué razón los demás cobraban una consistencia tan dramática o absoluta en el hombre de campo; cualquier prójimo tiene para él poderes similares al de un dios, la capacidad de ejercer el bien y el mal para con el resto. Traté de que ellos no cobraran consistencia en mí, con su solemnidad tácita que en verdad me aburría, porque así como tomé sus enseñanzas padecí sus críticas. Me fui apaisanando, llenando de elogios, en una cultura de recados donde se dice que siempre hay que caer parado y donde impera un clima de inquisición ante la duda. En esos momentos, el alivio era llegar a una ciudad, conocer a alguien que también se cuestionara, que fuese amigo de la ironía, de entrar en ella desde el lado de lo sorprendente, una mirada que me hiciera reír. Eso era en la ciudad. Sí, es lindo el campo, pero yo escribí y pinté siempre pensando en la ciudad.

De entrada tuve la idea de que iría a tolerar la naturaleza y no solamente a disfrutar de ella, y era eso precisamente lo que me impulsaba; hacerlo igual. Meterme en el mundo del campo para poner mi cuerpo en esa prueba, bancarme el cuerpo de los animales cerca (demasiado cerca para uno). Porque nunca tuve la ilusión de que la vida es más o menos verdadera según el grado de contacto con lo natural. Así que no me fui, como podría suponerse, a realizar el sueño mítico de una vida primitiva, sino a hacer muchas vidas, todas originales y falsas a la vez. Me seducía esta idea: no saber porqué uno hace las cosas pero seguir haciéndolas, no buscarle el sentido sino tratar de esquivarlo, hasta que ese saber se impone, de golpe, como en Salta.

Tampoco me fui por renegar de la ciudad, si es lo que más me gusta. Por el contrario, tomé el recorrido por esos caminos como un gran viaje urbano y, en las circunstancias desfavorables (tormenta, por ejemplo), después de pensar que no debía estar así, a la intemperie, me proponía continuar, en fin, desobedecer pero quedándome con algo.

Una vez escuché a un escalador de montañas decir que lo que más le atraía de todo era bajar. Ese tipo escalaba con un vasito de tinto, despacito se la bancaba, hasta se fumaba un pucho en el ascenso (cosa que se supone inadmisible y antideportiva), pero el tipo quería bajar, y subía tratando de pasarla bien. Bueno, a mí me ocurrió eso. El campo fue la subida.

Sentía al paisano cerca cuando, desde la acción, me enseñaba cosas de trabajo que yo necesitaba aprender, quitándome la ignorancia sobre ese hecho concreto que tenía que resolver con urgencia. En esos casos, dejaba partes de lado, desechaba esa solemnidad característica, no le creía todo. Porque el paisano no deja ver debilidades en la reflexión. Ese lado fuerte, sobre todo el de sus dichos, siempre fue algo que tuve que soportar. La falta de duda me desesperaba. Sin embargo, algunas veces, a la noche, tomando vino, sus confesiones eran como un contraste.

Lo que sí me sorprendió fue su facilidad para llorar, sobre todo porque el paisano es alguien a quien siempre le dijeron que los hombres no lloran. Aparece la fortaleza esta de la lágrima y termina siendo frágil, aunque todos se empecinen en enseñarle lo contrario. En general esto sucedía en las despedidas, cuando yo más los quería y ellos me nombraban hija.

Los padecí y los quise, como en las mejores familias. Traté de verlos desde distintas perspectivas, de comprender sus encierros, su madrugar, saber hacerse esos fuegos parejos o afilar los facones y probarlos en el callo del dedo. Pero también lloré (sufrí verdaderamente) cuando repetían palabras y frases. Sin embargo, algo me cautivó de estos hombres, sus dioses de la tierra y el vino volcado antes de beber. Un campo abierto y su buena vista seguirán impresionándome. De la vida, esquivé sus optimismos redondos sin salida y me terminé encontrando con ellos en los detalles de un saber que sólo el campo da, cuando hay que vivir en él y arreglárselas. Por eso me tira su palabrita argel, picoblanco o rabicano; conocer las plantas, saber herrar, sahumar, apartar hacienda, cachimbo de lo que no conoceremos nunca, agua de sus ojos afuera, saber los vientos, entender cada helada. Sé que jamás volveré a verlos de igual a igual, prendiendo un armado de caballo a caballo en medio de una vieja huella bonaerense, que ya no podré estar en el medio de sus vidas, una más de la peonada, maceteando con ellos los cueros en una matera de Alberdi.

Me fui. Ya no más alambrados ni nudos potreadores, ya no más yesquero ni carne de charqui colgando de mi montura. Pero me di el gusto. Viví con ellos. Me quedo con el paisanito puestero solo, sintonizando Bach en la radio, en un mundo de luna y lana, una noche de tormenta entre ovejas blancas; adolescente solo que se hace la sopa y estira el catre.

Arriba, Bettina Bonifatti luego de su llegada a la ciudad de La Plata. Arriba, derecha, una de las hojas del diario de viaje.

Los tradicionalistas se dividen en dos: los que no anduvieron el campo y el tipo de fortín que ahora está en el pueblo o en la ciudad pero que anduvo y que sabe mucho. El primero va en un Ford Sierra criticando todo con sobrepuesto de carpincho sobre el asiento tapizado. El segundo es el que tantas veces agradecí encontrar, porque es el que entiende sin necesidad de explicárselo que lo primero es atender el animal y después conversar. Si dicen defender lo nacional no pude nunca dejar de discutir con ellos, cordial y hasta de manera divertida como suelen hacerlo entre ellos, argumenté cada vez que nunca quise perder de vista al tipo ese que adopta lo nuevo y lo incorpora, el hombre curioso de campo que busca solucionar sus problemas y se pone la bota de goma (una genialidad) y sale a trabajar, en campera de nylon liviana y cómoda bajo la lluvia. Porque el paisano de tierra adentro tuvo sus razones para usar zapatillas deportivas en la semana y después endomingarse, sacar el emprendado de soga hecho por él e ir al desfile.

La vida en el campo es demasiado diversa e inimaginable hasta que la ves. La colla con bolso Nike y mochila Adidas sobre el burro colorido de matra hilada a mano, y la mesa de madera con la gran botella de Pepsi para todos. La Pepsi familiar bajo los algarrobos, los chicos con el medallón de las tortugas Ninjas caminando por la sal del desierto, y un juego de tabas al lado de la bicicleta todo terreno. El que se enoja pierde. Las remeras de University Oklahoma y el ramito de albahaca en la oreja del carnaval de Salta. Que querés, yo no me puedo enojar como los viejos del pueblo más cercano. No me gusta hablar de lo "verdadero", porque yo no sé qué es verdadero, si los pantalones turcos son las bombachas que vendió el ejército francés después de la guerra de Crimea y como sobraron todos esos lienzos los vendieron en el Río de la Plata porque era un mercado aprovechable; lo mismo las guitarras españolas, y la vaca, que no es americana. Entonces no hay que juzgar. Nada más santiagueño que un sonido de violín. Después, si se utiliza mal o bien es otro cantar, como la televisión.

 Retrato de Macedonio Fernández, ejemplo de la actividad como pintora de Bonifatti.

El paisano es un gran tipo que no se preocupa por esas locuras del tradicionalismo fanático. ¿Literatura? No sé, nunca vi libros en los ranchos; los vi en las casas, en los cascos de las estancias. Apenas en los ranchos vi los álbumes de fotos: comunión, casamiento, fiesta de quince, bautismo y jineteada; no faltan nunca y son mostrados a los paseantes con lujo de detalles y explicaciones. También vi posters, cuadernos de clase de los chicos y el cuaderno grande en el que se llevan las cuentas de la hacienda y los potreros (los números de vacas, las pariciones, etc.) Además, ellos me lo dijeron: al Martín Fierro lo escribió un señor llamado Martín Fierro.

Cada provincia fue una isla, una isla Córdoba y Santiago del Estero. Islas unidas, rasgos propios, inconfundibles como Salta. La Patagonia es un mundo donde se jubila a los perros. La provincia de Buenos Aires, otro planeta, códigos de avanzada y riqueza de la tierra, criollo con información. El litoral, alegría profunda, sapucai y río; aún así, Misiones es otra isla dentro de él, donde el trabajo es lo más importante. Contrabando de azúcar en una lancha, portuñol, barro que te hunde la boca, un beso profundo de animales. Allí uno también muere, pero porque quiere, no por destino como en Salta. Más bien es una gran voluntad de enterrarse y ver la raíz del pomelo rosado. Qué lugar para llorar y que no te escuchen. En silencio, no a gritos como en Salta. En Misiones llorar es solitario chorrear de lágrimas sin poder contarlo, porque es deseo imposible, buey prohibido que resbala en la huella jabonosa. Diablos, Misiones diablos con caras de pájaro. Río de hombre enorme que ya no canta ni sueña, oro verde, yerba mate hasta en los dedos de los pies, perros verdes de polvo de yerba caminando lentos por el secadero, temor en el estómago, miel de caña y de galpón, lagartos de arcilla y niños tuertos. Adolescentes amamantando al sol bebés rubios y después andar así, de camisa abierta por la chacra, los pechos a la luz entre los árboles del monte y junto a la casa, por si el niño quiere más. Ropa tendida y canoa vieja. Misiones es un hombre recostado de cuerpo selvático con mujeres que le caminan; y él se queda pensativo, criando a los gurises en hamacas paraguayas que ofician de cunas. Territorio límite de otra isla, de nombres húngaros y checos que no vieron ni verán la nieve. Tierra de mi abuela de la que sólo decía:

_ Es todo monte. Y no se equivocaba.

Córdoba es otra isla, como si tuvieran su propia religión, su mundo, y vos entrás. Ojo, estás en Córdoba. Es otra cosa, ahí no andés mostrando que sos rico porque no vas a conmover a nadie, como en la provincia de Buenos Aires, donde muchos querrían ser como sus patrones para estar del otro lado y ser peores que el suyo. Pero ojo, estás en Córdoba, una isla de hermanos, como si vos fueses allí y los tuvieras que encontrar y aparecen, con nombres como Aparicio.

Hay sitios del alma cordobesa en los que no se puede entrar. Los lugareños están cansados del turismo. La visita no es gran cosa, no es como llegar a un lugar adonde nadie va; todos por una razón o por otra pasan por ella. Pero ojo, estás en Córdoba, en la provincia de los caudillos asesinados.

Salta. La Salta que tuerce los destinos. Aún en la fe o en el dominio de la iglesia, la gente anda con su otro dios en el poncho: la Pachamama. En Salta algo te va a pasar, inevitable, como la muerte. Una isla de telas rojas, donde no amanece. Salta es toda anochecer, crepúsculo y viento zonda. Se sale con otra cara de ella, con miradas que se han sumado a la de uno (no tiene retorno esta provincia). Ella es como una república de cóndores, es como hacer el acto de confianza o algo que uno no ha hecho nunca. Va en su dolor un hilo de sangre alta, vida de guanacos y sombras redondas que bajan como ojos. Pájaros que entran en la casa. Ventanas al universo. Vino al pozo del suelo en un estrellado agujero de locura de quien mira para abajo desde su sombrero faltante. Nunca viene. Salta va. Y uno con ella sin carrera desciende o se alza. Salta es vaivén sin vértigo pero con inseguridad; punto fatídico porque uno no está preparado para ese hálito que no es mareo.

Salta muerte, Salta hermosa venganza para robarle a la vida lo que no te iba a dar. Y le dicen la linda, porque viene de joven con los huesos cargados hasta la última partícula, y viene de oxígeno exiliado, y se va de hombre agachado con leña en las manos y en su caminar se dobla la calle. ¿Arrastrar Salta? No. Se arrastra Misiones con uno y que lo sigue. Salta te espera; meses, años. A Salta hay que beberla, engrandecerse siendo la hormiga que, como ella, va entre los cerros; involucrarse en las procesiones con vírgenes de otro cielo o con Elviras sin dueño. Y ser muy justo con el nombre que uno le pone a los perros.

Voy de costado como los cangrejos, arrancando muerte. Quedé de a pie. Después de cinco años de centauro, quedé de a pie. Una ofensa al deseo. Quedé de a pie. Me ahogo, quedé de a pie, no lo quiero recordar. A veces siento que la vereda me toca el mentón y ya no sé medir la estatura de mi cuerpo. Mido cincuenta centímetros. La vida no me dejó, me dejó el caballo, las riendas me dejaron. Me duelen las piernas de no caminar, los ojos de no ver, las manos de no atar. No me animo a lavar este bozal. Cada vez que escucho los cascos al pasar un carro llevando cartón me largo a llorar sin consuelo con la cara entre las manos, y nadie lo entiende. Creen que lloro por el caballo, y no. No siento nostalgia; soy presa del hábito, no sé cómo vivir.

Cinco años es mucho para no bajarse. Mi cuerpo tenía otro cuerpo abajo de mí, de media tonelada a ver si lo entendés; podía correr a sesenta kilómetros por hora sin moverme, y elevar sobre el horizonte mis tres metros. Y durante tanto tiempo fui yo así que ahora me asalta entre los paragolpes el piso cerca de la cara. Tenía una nave de cuero, una tonelada a favor del pensamiento, ocho horas diarias de reflexión obligada; y cada día buscar el agua, pedir la sombra, dormir en el suelo. Me acomodo en este presente de rincón, ya no tengo cuatro orejas y los oídos me zumban.

Entre las deudas estaba caminar, tomar mate arriba de la planta, nadar con un zaino los ríos dulces, brutalmente no filmar nada, ahogar la cámara de fotos e el río, tirar todo. Yo colgué diálogos e las estalactitas que medían cuatro metros, pero porque no tenía con quién hablar. Por eso a veces siento hundirme en un espacio cerrado que no tendrá remedio.

Ahora solo veo agua en vasos y canillas. Me siento un absurdo animal encerrado. Todo aún lo quiero gritar. Me desespero y me violento frente a mi cabezada vacía e el rincón del departamento, y en vez de ver un perro muerto sobre el camino, veo perros vivos caminando sobre el camino muerto.

En el ojo que guía los sobresaltos me tocará un disparo. Eran días de luz al tranco de unos caballos y, a la noche, la ansiada oscuridad como una bendición. Dolor imposible de explicar es ahora, cuando de noche hay luz artificial, y siento el espanto.

No lloro caballos, ni vida nómade. Porque no era el hecho de viajar, era el acto. Entro en los bares y todos están hablando. Admiro ahora a estas personas parlantes, pero no puedo entrar. Quedé afuera. De tanto cielo me quedé afuera. Y siento cabras abajo del mundo.

Me fui del viaje. Cierro los ojos entre los edificios con la sensación de los pies descalzos contra las costillas del caballo. La sombra está en todos lados; antes tenía dueño y yo aprendí a pedirla. Ahora no sé qué hacer con tanta sombra colectiva. Entre todas estas puertas que parecen cantidades, pongo la pava. Hice abandono del no hogar. Y salgo a viajar por mi casa y a conocer gente como mi madre.

Los ponchos del pasado me buscan la cabeza. Veo mis riendas tan gastadas que me da euforia de crines ausentes. Me da por tener un cogote cerca de mis piernas, y un temblor de relincho en las rodillas. Basta. Ya no sueñes. Ni siquiera la boina me corresponde. Y ando así, en cabeza.

 

(... ) CABALGATA I

EL SUR

Evitar los pensamientos sobre Buenos Aires.

Engrasar los cueros, pedir grasa a los esquiladores.

Aprender a ensillar.

Montar y practicar con dos de tiro a la asidera.

Nadie me dice nada.

Evitar la nostalgia, es mejor la bronca de no aflojar.

Tantear antes de pisar, manejarse en la noche cerrada sin linterna.

El viento sopla a 130 km. por hora.

Las cosas se vuelan (cuaderno, documentos, pelero, etc.). El tema del vuelo no es un tema menor, porque a esa velocidad es irrecuperable el sombrero.

No olvidar ir a ver a los buscadores de oro del Cordón Baquedano.

Inventariar mentalmente para no olvidar las cosas al partir. Si sigo dejando una por día, en 200 km. no tendré nada.

Tener en cuenta la constatación de que los paisanos oyen lo que uno dice en voz baja a distancia.

Averiguar cuál es el antecesor del fósforo.

Para poder fumar mientras escribo, tener a mano piedras de pesa sobre el cuaderno.

Las velas se apagan, probar escribir con la linternita en la boca, aunque se alterne con el cigarrillo.

Anotar todas las soluciones caseras y remedios para curar mataduras hasta hoy: Jabón neutro, grasa de auto, orín de cristiano, azufre molido con kerosene, carbón de pila, betún y nafta.

La mano en la rienda con el cuerpo agotado al final del día donde surge un solo pensamiento: Esto no es para mí.

Reforzar los botones.

Barcaza Melinka. Pasan algas de cuatro metros.

Cumplí 21 años y tiré al Estrecho de Magallanes el permiso de viaje de mi padre.

No saltar sobre los arroyos congelados.

Caminar de a ratos con el cabresto en la mano para entrar en calor y poder tener las manos libres de guantes.

Aprender el nudo cola bozal para llevar los caballos de tiro hasta Morro Chico.

Recordar quitarme las antiparras de moto al entrar a una estancia.

Perros prolijos, ante el silbido del arriero traen un mar de ovejas que encandila.

Descansan asegurándoseles el sustento y cuentan con enormes jaulas para su cuidado con un encargado. Se les dice perros jubilados. Hay de vacunos y de lanares, según peguen el tarascón o sólo toreen.

Hay casillas vacías, con alguna vela, o yerba. Dejar algo al irse para quien pudiera venir atrás.

Se permite carnear una oveja pero hay que estirar el cuero en el alambrado para contabilidad del dueño del campo.

Cuidado con los números, los hombres confunden el diez con el cien.

Anotar referencias de Punta Arenas.

Averiguar por qué esa Bahía se llamaba Inútil.

Ir a Navimag para conseguir el Roll on - roll of e ir por mar a continente en el carguero de ganado.

Improvisar un corral con pasto en la cubierta por cuatro días dado que en los tres niveles de camiones jaula van 1200 vacas hacinadas.

Aconsejan dormirse antes de entrar al Golfo de Pena para evitar la vigilia durante las doce horas de cabeceo y rolido.

Imposible dormir en el suelo de un transbordador que se sacude en el Pacífico.

¿Por qué le llamarán pacífico a un océano así?

Para subir la escalera a cubierta, aprovechar cuando cabecea la proa, lo que hace que uno se caiga para arriba y suba como si bajara.

Subir a cubierta a dar agua a los caballos en el brete improvisado y atarlos cortos a la baranda para que usen su cogote como una quinta pata.

La poca gente de la tripulación bromea. Los que no se marean quieren atar al cocinero para que les cocine.

No pisar de noche a los que están tirados en el suelo.

Esperar la quietud del barco es una tortura.

Agarrarse de las paredes de los pasillos de los camarotes. Recostarse es recibir los sacudones como palizas fuertes, como si la sangre se te fuera para los costados y presionara la piel por horas. Muchas horas, siete, acostada, prefiero andar por el barco, aún con náuseas y jugar con la percepción, para ver si pasa más rápido el tiempo.

Ir a ver los cóndores cuando se haga de día.

Ir a conversar con el Capitán.

Bajar a los niveles de camiones jaula a ver cómo sacan las pocas vacas muertas durante la noche.

El Servicio Agrícola Ganadero de Chile (S. A. G.), prohibe llegar a puerto con animales muertos.

El negocio es llevar quinientas de más y que mueran asfixiadas cinco.

A las vacas muertas voy a ver cada noche, antes de acostarme en el suelo.

Se necesitan cinco hombres para tirar una vaca al mar: uno la agarra de cada pata y otro empuja el lomo. Las arrastran por la cubierta, como marineros cowboys, hasta alzarla en el borde y la arrojan. Me asomo a ver eso, cuando vuela como una suicida, cae en un estruendo y perfora la negrura del océano con espuma alrededor. Parece un pez muerto y enorme sobre la estela que deja el barco y que la abandona.

Estas visiones intraducibles son las que a veces me hacen seguir. Ver lo nunca visto. Oír lo no oído. 

Llegada de la viajera a Punta Mogotes, Ciudad de Mar del Plata, frente a las aguas deuas del del Atlántico.

 

 

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