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LA ARCAICA SONORIDAD DEL DIDJERIDOO

                                                                            

                        

   

    El didjeridoo es un tubo de madera ahuecado de 2,5 metros. Su sonido es vísceral, su vibración puede expandirse con una baja frecuencia capaz de generar un fuerte efecto sobre nuestro sistema nervioso. El didjeridoo es quizá el instrumento musical más antiguo de la humanidad. Es originario de Australia. Su origen late entre los cristales de la mitología aborigen australiana. Aun hoy el mágico instrumento anima ceremonias sagradas de seres que danzan entre arcaicos ritmos y sobre las rojizas manos del desierto australiano. En este momento de Temakel, a través de las agudas corrientes sonoras del didjeridoo, nos remontaremos a sus principales mitos que explican su origen y hacia el posible simbolismo que aún pulsa dentro de su madera resonante. Y, desde ya, alentamos la escucha de esta sonoridad ancestral; para ello, abajo recomendamos algunas obras de David Hudson, uno de los principales difusores del sonido poderoso del didjeridoo.

     

      Para los pueblos aborígenes australianos, en el comienzo fue lo sagrado. En el comienzo fue el Tiempo de los Sueños, la época Tjukurpa. En aquel entonces, sobre la tierra sólo existía una vida inmóvil, una sustancia embrionaria enorme, translúcida, compuesta por una amalgama de seres irrealizados, pertenecientes a una especie animal o vegetal. Y entonces, "aquel que salió de la nada y existe por sí mismo", el llamado Ser Supremo, esculpió en la masa informe un cuerpo, brazos, manos, piernas y una cabeza. Creó los seres capaces de sostenerse en pié.

     Durante el Tjukurpa todo fue creado:  montañas, valles, llanuras, corriente de agua. Nada existía antes de Tjukurpa. Y durante el Tiempo del Sueño, seres ancestrales en forma de humanos, animales y plantas viajaron a lo largo y ancho de la tierra y consumaron hechos esenciales de creación y destrucción. Los viajes de aquellos seres son recordados y celebrados aún. La memoria de aquellos periplos sagrados hoy perdura en la forma de accidentes geográficos como la montaña sagrada de Uluru.

    Y en aquella era del Tiempo de los sueños el Ser Supremo, la Gran Energía Sagrada,  difundió su esencia, su poder, en cada uno de los seres humanos, en cada uno de los animales, de las plantas y los minerales, en las estrellas y en el aire y en el agua. Luego, los Grandes Antepasados, criaturas gigantescas, terminaron por crear el mundo tal y como es ahora. Generaron vínculos entre los diferentes pueblos. Así, de norte a sur, de este a oeste, los parentescos creados tejieron una gigantesca telaraña cuyos hilos nos guían y protegen desde entonces. 

     Luego, antes de desaparecer, antes de que concluyera el Tiempo de los Sueños, cuando nacieron los hombres en su forma actual, les dijeron: "Este es vuestro país. Lo hemos creado para vosotros. Aquí viviréis y lo conservaréis tal como os lo entregamos. No lo dejaréis nunca, pues sois sus Guardianes. Sois los Guardianes de nuestra Creación."

   Y luego del Tiempo del Sueño, nació el didjeridoo

    El didjeridoo fue creado durante un latido imprecisable del pasado. Dos jóvenes adolescentes fueron raptadas por un gigante que deseaba convertirlas en sus esposas. Después de mucho tiempo, las muchachas pudieron escapar y regresaron a su tribu. El gigante estaba hambriento cuando descubrió lo que había ocurrido. Fue entonces a reclamar lo que consideraba su propiedad. Mientras tanto, las jóvenes de mayor edad de la tribu, hicieron una trampa para apresar al gigante. Cavaron un enorme pozo a lo largo del sendero que conducía a su hogar. El gigante, en su hambrienta prisa, cayó dentro del hoyo e inmediatamente fue ultimado por las lanzas de los cazadores que, cerca, permanecían escondidos. Antes de su muerte, el ser ciclópeo se enrolló en su pene. Parecía un puerco espín cuando comenzó a golpear su falo y a emitir un sorprende y zumbante sonido. Los cazadores de la tribu intentaron imitar este sonido. Sólo lo lograron cuando hallaron un largo palo hueco cuyo centro había sido comido por termitas.  Y al soplar un extremo del largo palo hueco descubrieron que podían emitir un sonido muy aproximado al que antes generaban el gigante atrapado. Entonces, nació el primer didjeridoo.

    Pero quizá una de las historias más difundidas acerca del origen del ancestral instrumento australiano sea aquella que asegura que, una vez, tres hombres acamparon durante una noche fría en el desierto. Uno de los viajeros le pidió a otro que colocara un leño en el fuego; éste dio unas vueltas alrededor y halló un palo, ahuecado en su interior. Al regresar descubrió que el madero se hallaba abarrotado de termitas en toda su extensión. El hombre no quería entonces arrojar la rama a la fogata porque entonces mataría a todas las termitas. Pero sus amigos le exigieron que entregara a las llamas el palo porque hacía mucho frío y era necesario generar calor. Así removió todas las termitas, las depositó en una de sus manos y las alojó luego dentro del leño. Después alzó la rama sobre sus labios y sopló fuertemente. Y las termitas que flotaban en el aire se convirtieron en las estrellas. Y el primer didjeridoo fue creado. 

     El didjeridoo también se asocia con la mítica la Serpiente del Arco Iris, acaso la divinidad más antigua del planeta. El sagrado reptil de los siete colores jugó una parte importante en la creación deslizándose sobre la tierra, haciendo ríos y delineando los rasgos más distintivos del paisaje. En las ceremonias de los Gjun GGuwan el didjeriddo con su particular medida, unos 2,5 metros y medio, y representa a Yurlunggur, la Serpiente de Arco Iris.

    Otra historia ligada al didjeriddo y su creación dice que, en el comienzo, el Gran Espíritu Balame creó al hombre y la mujer, sobre quienes recayó la responsabilidad de crear a los pájaros y los animales terrestres. Creación que consumaron mediante el canto y el sonido mientras tocaban el didjeridoo.

  Esteban Ierardo

 

OBRAS DE DIDJERIDOO DE DAVID HUDSON:

  * Gonkal. 62m. 

  *  Woolunda. Ten solo for Digjeridoo. 48 m.

 

 

©  Temakel. Por Esteban Ierardo